lunes, 31 de octubre de 2011

BORIS PASTERNAK (LA INFANCIA DE ZHENNIA LIUBERS-DíAS LARGOS)

Borís Leonídovich Pasternak (Moscú, 29 de enerojul./ 10 de febrero de 1890greg. - Peredélkino, cerca de Moscú, 30 de mayo de 1960)1 fue un poeta y novelista ruso, Premio Nobel de Literatura en 1958.




LA INFANCIA DE ZHENIA LIUBERS

ZHENIA LIUBERS Nació y se crió en Perm. Sus recuerdos más tardíos, igual que los de antes, cuando eran de muñecas y barquitos, se perdían en las afelpadas pieles de oso que tanto abundaban en las casas. Su padre, gerente de las minas de Lúniev, contaba con numerosos clientes entre los fabricantes de Chúsovo.
Las pieles regaladas eran de color marrón oscuro, casi negras y muy suntuosas. La osa blanca de la habitación de los niños parecía un crisantemo enorme de hojas caídas: la habían adquirido para la «habitación de Zheñechka»; fue elegida, regateada en el almacén y enviada a la casa por un recadero.

Durante los veranos vivían en una finca, en la orilla opuesta del Kama. En aquellos años acostaban a Zhenia muy temprano. No podía ver las luces de Motovílija. Pero un día el gato de Angora, asustado por algo, se movió bruscamente durante el sueño y despertó a Zhenia. Vio entonces a los mayores en el balcón. El aliso que pendía sobre los travesaños era tan espeso y tornasolado como la tinta. El té de los vasos se veía rojizo, los puños y las cartas amarillas, el paño verde. Parecía una pesadilla, pero la pesadilla tenía un nombre y Zhenia también lo conocía: jugaban a las cartas.
Pero no podía comprender lo que ocurría en la otra orilla, lejos, muy lejos; aquello no tenía nombre, ni color definido, ni contornos exactos. Aunque inquietaba, resultaba familiar, entrañable, no era una pesadilla como aquello que se movía y murmuraba entre vaharadas de humo de tabaco, despidiendo sombras ondulantes, frescas, sobre las ocres vigas del balcón. Zhenia se echó a llorar. Entró el padre y le explicó. La institutriz inglesa se volvió hacia la pared. La explicación del padre fue corta.
—¡Si es Motovílija! ¡Que vergüenza! ¡Una niña tan grande!... Duerme.
La niña no comprendió nada, pero satisfecha, sorbió una lágrima que resbalaba por su mejilla. Sólo necesitaba aquello, conocer el nombre de lo desconocido, ¡Motovílija! Aquella noche eso lo explicó todo porque aquel nombre tenía un significado total, infantilmente tranquilizador.
A la mañana siguiente, sin embargo, empezó a hacer preguntas sobre Motovílija y lo que hacían allí por la noche; supo que Motovílija era una fábrica, una fábrica del Estado y que en ella hacían hierro, y que del hierro..., pero eso ya no le importaba; quería saber si aquello que llamaban «fábricas» no eran unos países especiales y quiénes eran los que vivían allí, pero no hizo esas preguntas, se las guardó intencionadamente para sí.
Aquella mañana salió de su primera infancia en la cual había permanecido aún por la noche. Por primera vez en su vida sospechó que había algo que convenía esconder para uno mismo y de revelarlo a alguien, hacerlo tan sólo a personas que sabían gritar y castigar, que fumaban y cerraban las puertas con pestillo. Por primera vez, como aquella nueva Motovílija, no dijo todo lo que había pensado, reservándose lo más esencial, concreto e inquietante.
Los años iban pasando. Los niños se habían acostumbrado tanto a las ausencias del padre desde su nacimiento que un aspecto esencial de la paternidad era para ellos almorzar con él de vez en cuando y no verle jamás durante la cena. Eran cada vez más y más frecuentes las partidas de cartas, las discusiones; comían y bebían en habitaciones completamente vacías, solemnemente deshabitadas, y las frías lecciones de la inglesa no podían sustituir la presencia de la madre que llenaba la casa con la grata pesadumbre de su irascibilidad y obstinación, como una especie de entrañable fluido eléctrico. A través de las cortinas se filtraba el apacible, pero no jubiloso, día norteño. El aparador de roble parecía blanquecino, la plata se amontonaba pesada y grave. Por encima del mantel se movían las manos de la inglesa, perfumadas de lavanda; repartía las viandas por igual y poseía una inagotable reserva de paciencia; el sentimiento de equidad le era inherente en el mismo elevado grado en el cual su habitación y sus libros estaban siempre limpios y ordenados. La doncella, al servir la comida, se quedaba en el comedor y se iba a la cocina sólo en busca del plato siguiente. Todo era confortable y cómodo, pero terriblemente triste.
Y como aquellos años eran para la niña de suspicacia y soledad, sentimiento de pecado y de aquello que me gustaría denominar «cristianismo» en francés, por la imposibilidad de calificarlo de «cristiandad», le parecía a veces que no podía existir nada mejor, no debía existir, que lo tenía todo merecido por su depravación y falta de arrepentimiento. Sin embargo —eso jamás llega a la conciencia de los niños—, era al revés. Su ser entero divagaba estremecido, incapaz de comprender la actitud de sus padres frente a ellos cuando estaban en la casa, cuando ellos no es que volvieran a la casa, sino que entraban en ella.
Las raras bromas del padre eran, en general, poco afortunadas y siempre inoportunas. El se daba cuenta y sentía que los niños lo comprendían. Un matiz de melancólica confusión jamás abandonaba su rostro. Cuando el padre se irritaba, se convertía en un ser ajeno a ellos, decididamente extraño en el momento justo que perdía el dominio de sí mismo. No les conmovía ese ser extraño. Los niños jamás se insolentaban con él.
Pero a partir de un cierto tiempo la crítica que procedía de la habitación de los niños, y que sin hablar se leía en sus miradas, le dejaba indiferente. No la notaba. Invulnerable a todo, desconocido y lastimoso, ese padre causaba miedo en oposición al padre irritado, el extraño, el ajeno. Era más severo con la niña que con el hijo.
Ninguno de ellos comprendía a la madre: les colmaba de caricias, de regalos, pasaba en su compañía horas enteras cuando ellos menos lo deseaban, cuando eso pesaba en sus conciencias como inmerecido y no se reconocían en aquellos cariñosos epítetos que brotaban de su disparatado instinto maternal.
A veces, cuando una excepcional serenidad, clara, insólita, se adueñaba de su espíritu y cuando no se sentían culpables y se alejaba de su conciencia todo lo misterioso que tanto temía ser descubierto, parecido a la fiebre que precede a la erupción, veían a su madre como ajena a ellos, como si los evitara y se enfadara sin motivo. Venía el cartero. La carta iba destinada a la madre. La recogía sin dar las gracias. «Ve a tu cuarto.» Golpeaba la puerta. Con la cabeza gacha, silenciosos, aburridos, se sumían en una larga y triste perplejidad.
Al principio, lloraban; luego empezaron a tener miedo después de un enfado particularmente violento; más tarde, con el transcurrir de los años, acabaron por sentir una hostilidad oculta, cada vez más arraigada.
Todo cuando les venía de los padres era a destiempo, de rebote, no estaba provocado por ellos, sino por causas ajenas y sabía a lejanía y a misterio, como los gemidos nocturnos en los puestos de vigilancia cuando todos se van á dormir.
En ese ambiente se educaron los niños. No eran conscientes de ello, ya que son pocos los adultos que saben y entienden aquello que les sustenta, ajusta y conforma. La vida inicia a muy pocos en lo que hace con ellos. Le gusta demasiado su labor y durante su trabajo habla tan sólo con aquellos que le desean éxito y admiran su quehacer. Nadie puede ayudarle, pero estorbarle pueden todos. ¿De qué modo? Pues del siguiente. Si se confía a un árbol el cuidado de su propio crecimiento todo él se llenará de ramas, o se convertirá en raíz, o gastará su fuerza entera en una sola hoja porque se olvidará del universo, del cual debe tomar ejemplo, y al producir uno entre mil seguirá produciendo en miles siempre lo mismo.
Y para que no haya nudos en el alma, para que el crecimiento no se detenga, para que el ser humano no se entrometa torpemente en la hechura de su esencia inmortal fueron instituidas muchas cosas que distraen su banal curiosidad por conocer la vida, que no quiere que vea su trabajo y lo evita valiéndose de todos los medios. Con tal fin se crearon todas las religiones auténticas, todos los conceptos generales y todos los prejuicios humanos, y el más destacado entre ellos, el que más le distrae, la psicología.
Los niños habían salido ya de su primera infancia. Los conceptos de castigo, regalo, recompensa y justicia habían penetrado en su alma de modo infantil y distraían su atención, dejando que la vida hiciese con ellos aquello que consideraba preciso, importante y bello.

II

MISS HAWTHORN NO LO HABRÍA HECHO. En uno de sus inmotivados accesos de ternura por sus hijos, la señora Liubers zahirió por motivos fútiles a la inglesa, y ella desapareció de la casa. Muy pronto, y casi sin que ellos se diesen cuenta, apareció en su lugar una francesa enclenque. Más tarde, Zhenia sólo recordaba que la francesa se parecía a una mosca y que nadie la quería. Su nombre se había perdido por completo y Zhenia era incapaz de recordar entre qué sílabas y sonidos podía encontrarse. Recordaba únicamente que la francesa la había reñido primero y luego cogió unas tijeras y recortó con ellas los pelos de la osa que estaban manchados de sangre. Le parecía que desde ahora todos le gritarían, que jamás se le quitaría el dolor de cabeza y que ya nunca más comprendería aquella página de su libro predilecto que se embarullaba ante sus ojos como un manual después del almuerzo.
Aquel día se le hizo terriblemente largo. Su madre no estaba en casa y Zhenia no lo lamentaba. Le parecía, incluso, que se alegraba de que no estuviese.
Poco tiempo después, aquel día tan largo fue olvidado entre las formas de «passé» y «futur antérieur», riego de los jacintos y paseos por las calles de Sibírskaia y Ojánskaia. Lo había olvidado a tal punto que la largura de otro, el segundo en la cuenta de su vida, lo notó y percibió sólo al anochecer, cuando leía a la luz de la lámpara y el relato, en su indolente avance, le sugirió centenares de reflexiones ociosas. Cuando recordaba más tarde la casa de la calle Ossínskaia en la que vivían entonces, la veía siempre tal y como la viera en aquel segundo día largo, cuando ya estaba a punto de finalizar. Fue un día realmente largo. Era primavera. En los Urales la primavera madura dificultosamente, parece estar enferma, pero luego irrumpe tempestuosa y amplia. Las luces de las lámparas matizaban la vaciedad del aire vespertino. No daban luz, se inflaban por dentro como frutos enfermos de hidropesía turbia y clara que hinchaba las panzudas pantallas. Era como si estuviesen ausentes. Se hallaban en los lugares precisos, encima de las mesas, descendían de los techos escayolados en las habitaciones donde la niña estaba acostumbrada a verlas. Diríase, sin embargo, que las lámparas tenían mucha menos relación con las habitaciones que con el cielo primaveral al que se encontraban tan próximas como la bebida de la cama del enfermo. Su alma estaba en la calle donde sobre la tierra húmeda pululaba el parloteo de la servidumbre y se inmovilizaba por el frío nocturno la cada vez más escasa agua del deshielo. Era allí donde se perdía la luz de las lámparas por las tardes. Los padres estaban de viaje, pero a la madre, al parecer, se la esperaba aquel día. Ese día tan largo o en los próximos. Sí, probablemente. O tal vez se presentaría de pronto. Tal vez haría eso.
Zhenia se preparaba para acostarse, pero vio que el día era largo por la misma razón que aquel otro; pensó primero en usar las tijeras y cortar esos lugares en la camisa y la sábana, pero decidió luego que sería mejor usar los polvos de la francesa y ocultar así las manchas con lo blanco; tenía la polvera en las manos cuando ésta entró y la golpeó. Todo el pecado quedó concentrado en los polvos.
—¡Se pone polvos! ¡Sólo eso faltaba!
Ahora al fin había comprendido. Lo sospechaba hace tiempo.
Zhenia se echó a llorar por los golpes, los gritos y la ofensa, por sentirse inocente de aquello que sospechaba la francesa; sabía que era culpable de algo —ella lo sentía— mucho peor que aquellas sospechas. Era preciso —lo sentía con todas las fibras, hasta el embotamiento, lo sentía en sus piernas y sienes— ocultar eso como fuera, a toda costa. Le dolían las articulaciones, no le parecían suyas en su hipnótica sugestión. La agobiante y angustiosa sugestión era obra del organismo que ocultaba a la niña el sentido de todo y, comportándose como un criminal, la obligaba a suponer un mal vil y nauseabundo en aquella pérdida de sangre. «¡Menteuse!» . No tenía más remedio que negar, defenderse obstinadamente de lo que era peor de todo, de lo que estaba entre el bochorno del analfabetismo y la vergüenza de un suceso callejero. Había que temblar, apretando los dientes y, ahogándose en lágrimas, pegarse a la pared. No podía lanzarse al Kama porque aún hacía frío y los últimos hielos bajaban río abajo.
Ni ella ni la francesa oyeron en su momento el timbre. El jaleo armado fue absorbido por la densidad de las oscuras pieles y cuando entró la madre ya era tarde. Encontró a su hija bañada en lágrimas y a la francesa arrebolada. Exigió explicaciones. La francesa le declaró sin rodeos que Zhenia, no dijo Zhenia, sino «votre enfant», su hija se ponía polvos y que ella ya se había dado cuenta antes, lo sospechaba. La madre no la dejó proseguir, su error no era fingido, la niña no había cumplido aún los trece años.
—Zhenia... ¿Tú?... ¡Dios mío, a lo que hemos llegado! (a la madre le parecía en aquel momento que esa palabra tenía sentido, como si ya supiera antes que la niña se degradaba y corrompía, que ella no había tomado a tiempo las medidas oportunas y por eso la encontraba en un escalón tan bajo de la caída). Zhenia, ¡di toda la verdad, si no será peor! ¿Qué hacías con...? —probablemente la señora Liubers quería decir la polvera, pero dijo «con esa cosa» y sujetando la «cosa» en la mano, la agitó en el aire.
—Mamá, no creas a Mademoiselle, yo nunca... —y prorrumpió en sollozos.
Pero la madre percibía en ese llanto entonaciones malévolas que no existían en él; sentíase culpable y, en su fuero interno, horrorizada de sí misma; en su opinión había que tomar medidas, era preciso, aunque fuera en contra de su naturaleza maternal, «alzarse hasta racionales medidas pedagógicas». Decidió no dejarse llevar por la compasión, esperar a que pasara ese torrente de lágrimas que tanto la atormentaban.
Se sentó en la cama, fijando una mirada serena y vacía en un extremo del estante de libros. Olía a perfume caro. Cuando la niña se recobró volvió a su interrogatorio. Zhenia dirigió la mirada de sus ojos llorosos hacia la ventana y sollozó. El hielo bajaba ruidosamente por el río; brillaba una estrella. La noche, desierta, de áspera negrura, sin reflejos, era fría y hueca. Zhenia apartó la vista de la ventana. En la voz de la madre sonaban la impaciencia y la amenaza. La francesa de pie junto a la pared, era toda seriedad y pedagogía concentrada. Con el gesto de un ayudante de campo su mano descansaba en el cordón del reloj. Zhenia volvió a mirar las estrellas y el Kama. Se había decidido. A pesar del frío y de los hielos. Y se lanzó. Embrollándose en las palabras, aterrorizada, contó a su madre eso, de forma inconexa. La madre la dejó hablar hasta el fin porque estaba sorprendida de la emoción que había puesto la niña en su relato. En cuanto a comprender, lo había comprendido todo desde la primera palabra. Incluso antes, por la profunda aspiración que hizo Zhenia cuando empezó a hablar. La madre escuchaba palpitante de gozo, llena de amor y ternura por aquel frágil cuerpecito. Sentía deseos de abrazarla y llorar. Pero, ¡la pedagogía! Se levantó de la cama y levantó la manta. Llamó a la niña y empezó a acariciarle la cabeza muy, muy despacio, con ternura.
—Buena ni... —esas palabras se le escaparon rápidamente. Se acercó a la ventana con amplio y ruidoso ademán apartándose de ellas.
Zhenia no veía a la francesa. Las lágrimas y la madre llenaban toda la habitación.
—¿Quién hace la cama?
La pregunta no tenía sentido. La niña se estremeció. Sintió lástima de Grusha. Luego se dijo algo en el para ella familiar idioma francés: algo muy severo. Y luego, dirigiéndose de nuevo a ella, pero con entonación completamente distinta, la madre dijo:
—Zheñechka, ve al comedor, nenita; yo iré en seguida y te hablaré de la maravillosa finca que hemos alquilado papá y yo para vosotros..., para nosotros este verano.
Las lámparas volvían a ser suyas, como en invierno, estaba con los Liubers, cariñosos, serviciales, abnegados; la piel de marta de mamá retozaba sobre un mantel de lana azul. «Causa ganada. Parada en Blagodat, espérame finales Semana Santa si...», el resto no podía leerse por estar doblado el telegrama en una esquina. Zhenia tomó asiento en un borde del diván, feliz y cansada. Se sentó con aire modesto y correcto, exactamente igual a como medio año después tomó asiento en el pasillo del liceo de Ekaterinoburg en un extremo del largo banco amarillo cuando después de recibir un sobresaliente en el examen oral de lengua rusa supo que «podía irse».
A la mañana siguiente, la madre le explicó lo que debía hacer en casos semejantes; le dijo que no tenía importancia, que no debía tener miedo, que eso se repetiría y más de una vez. No le dio ningún nombre y nada le explicó, pero añadió que a partir de ahora ella misma le daría las clases porque ya no volvería a marcharse.
La francesa fue despedida por negligencia, sólo estuvo unos meses en la casa. Cuando vino a buscarla el coche y descendía por la escalera, tropezó en el descansillo con el doctor que subía. El respondió a su saludo con gesto desabrido y nada le dijo como despedida; ella comprendió que él ya lo sabía todo, frunció el ceño y se encogió de hombros.
En la puerta estaba la doncella, esperando que pasara el doctor y, por ello, en el pasillo donde se hallaba Zhenia, el ruido de los pasos y su eco sobre las piedras del empedrado perduró más tiempo de lo habitual.
Y así quedó grabado en su mente la historia de su primera madurez juvenil: la plena resonancia de la gorgojeante calle matinal que, deteniéndose en la escalera, envolvió con su tibieza la casa; la francesa, la doncella y el doctor, dos delincuentes y un iniciado, purificados y lavados por la luz, el frescor y la sonoridad de la marcha. El mes de abril era soleado y tibio. «¡Los pies, secaos los pies!», resonaba de una esquina a otra del largo y claro pasillo desnudo.
Las pieles se guardaban en verano. Las habitaciones lucían limpias, distintas, aliviadas; respiraban dulcemente. El día entero de tan tardío anochecer, tan largamente impuesto en todas las esquinas, en el centro de las habitaciones, en los cristales adosados a las paredes, en los espejos, en las copas con agua y en el aire azulado del jardín, jugueteaba insaciable, infatigable, frenético, riente, el cerezo silvestre y la madreselva se agitaba jubilosa como si se atragantara. A lo largo del día y la noche se oía el tedioso parloteo de los patios; declaraban depuesta la noche y repetían machacones, con voces fraccionadas y entrecortadas que las noches jamás volverían y que ellos no dejarían dormir a nadie.
«¡Los pies, los pies!» Pero ellos tenían prisa, volvían borrachos de libertad, les zumbaban los oídos y no podían comprender claramente cuanto les decían; se apresuraban a beber, a comer lo más deprisa posible para apartar las sillas con chirriante ruido y volver de nuevo al día no terminado aún, que se quebraba en la cena, donde el árbol al secarse emitía su breve crujido, donde el azul del cielo gorjeaba estridente y relucía grasienta la tierra como manteca fundida. Había desaparecido la frontera entre la casa y el patio. La bayeta no alcanzaba a borrar las huellas de las pisadas. Los suelos se cubrían con un enlucido seco y claro que crujía bajo los pies.
El padre había traído un montón de golosinas y de maravillas. El ambiente en la casa era maravilloso. Las piedras advertían con húmedos susurros su aparición de entre el papel de fumar que se iba coloreando paulatinamente, haciéndose cada vez más y más transparente, a medida que capa a capa se desenvolvían aquellos paquetes blancos y suaves como la gasa. Unas se parecían a gotas de leche de almendras, otras a salpicaduras de acuarela azul, las terceras a una lágrima solidificada de queso. Algunas piedras eran ciegas, somnolientas o soñadoras, otras tenían chiribitas juguetonas como el zumo congelado de las naranjas chinas. No apetecía tocarlas. Eran bellas sobre el fondo del espumoso papel que las destacaba igual que destaca la ciruela su opaco brillo.
El padre estaba muy cariñoso con sus hijos y con frecuencia acompañaba a la madre a la ciudad. Regresaban juntos y parecían contentos. Y, sobre todo, tenían el ánimo tranquilo, eran afables y constantes, y cuando la madre, a hurtadillas, lanzaba miradas de alegre reproche al padre, diríase que extraía esa paz de sus ojos pequeños y no bellos y la expandía después con los suyos grandes y hermosos sobre sus hijos y todo cuanto les rodeaba.
Un día los padres se levantaron muy tarde. Luego, no se sabe por qué, decidieron almorzar en un barco anclado en un puerto y llevaron consigo a los niños. A Seriozha le dieron a probar cerveza fría. Les gustó tanto todo ello que otro día volvieron al barco. Los niños no reconocían a sus padres. ¿Qué les había pasado?
Zhenia, perpleja, rebosaba de felicidad y le parecía que ahora siempre sería así. No se pusieron tristes al saber que aquel verano no les llevarían al campo. El padre partió poco después. Aparecieron en la casa tres baúles enormes, amarillos, con sólidos herrajes.

III
EL TREN SALÍA DE NOCHE. El padre, que se había trasladado un mes antes, escribía que la casa ya estaba dispuesta. Algunos coches bajaban al trote hacia la estación; su proximidad se notaba en el color del pavimento. Estaba negro y la luz de las farolas de la calle golpeó de pronto ocres hierros. En aquel momento, desde el viaducto, se abrió ante sus ojos el panorama del río y debajo de ellos apareció atronador un barranco negro como el hollín, trajinante y angustioso. Corría como una flecha hacia adelante y allá lejos, muy lejos, en el otro confín, se expandió terrorífico haciendo oscilar los parpadeantes abalorios de las lejanas señales. Hacía viento. Se perdían los contornos de las casuchas y las vallas y como las cascarillas de los cedazos ondeaban vacilantes en el aire revuelto. Olía a patatas. El cochero rebasó una fila de carros saltarines llenos de cestas y bultos que tenía delante, y vieron de lejos el gran carro que llevaba su bagaje. Llegaron a su altura. Desde el carro, Uliasha gritó algo a la señora, pero el fragor de las ruedas ahogó su voz; saltaba sacudida en los baches y también su voz saltaba.
La novedad de todos aquellos ruidos nocturnos, la noche y el frescor disipaban la tristeza de Zhenia. Lejos, muy lejos, negreaba algo misterioso. Tras las barracas del puerto se agitaban unas lucecitas, la ciudad las enjuagaba en el agua de la orilla y de las lanchas. Después se hicieron numerosas, se reproducían densas y lustrosas, ciegas como gusanos. En el muelle de Liubimov azuleaban sobriamente las chimeneas, los techos de los depósitos, las cubiertas. Panza arriba, las barcazas miraban al cielo. «Aquí debe haber muchas ratas», pensó Zhenia. Les rodearon los porteadores. Seriozha fue el primero en saltar a tierra. Miró en torno suyo y quedó muy sorprendido al ver que ya estaba allí el carrero que llevaba sus bagajes; el caballo había alzado la cabeza, la collera, grande de pronto, parecía un gallo enhiesto; el caballo retrocedió apoyándose en la parte posterior de un carro. ¡Y él que estuvo preocupado todo el tiempo por el retraso que llevarían!
De pie, con su blanca camisa de liceísta, Seriozha sentíase radiante ante la perspectiva del viaje. Para los dos constituía una novedad, pero él ya conocía y amaba las palabras depósitos, locomotora, vía muerta, directa, y el sonido de la palabra «clase» tenía para él un sabor agridulce. También a Zhenia le atraía todo eso, pero a su modo, sin la sistematización que distinguía a su hermano.
Inesperadamente, como si saliera de las entrañas de la tierra, apareció la madre. Ordenó que llevaran a los niños a la cantina. Desde allí, abriéndose paso majestuosamente por entre la muchedumbre, se encaminó hacia aquel que fue denominado por primera vez, en voz alta y amenazadora, «jefe de estación», término que se mencionó después con frecuencia en diversos lugares y con distintas variantes, entre las más diversas bataholas.
Los niños no dejaban de bostezar, sentados junto a una de las ventanas llenas de polvo, recargadas y enormes, que parecían más bien oficinas hechas de cristal de botellas donde era preciso quitarse el sombrero. Zhenia veía por la ventana algo que no era una calle, sino más bien una habitación, sólo que más adusta y grave que esa de la jarra de cristal; en aquella habitación penetraban lentamente las locomotoras y se detenían sembrando la oscuridad, y cuando se iban, dejando vacía la habitación, resultaba que no era una habitación, porque había cielo tras unos postes y al otro lado un montículo y casitas de madera, y la gente, alejándose, iba hacia allí; tal vez ahora cantaran allí los gallos y acabara de pasar el aguador, dejando sucias huellas de su paso...
Era una estación de provincias, sin el ajetreo de la capital, sin esplendores; los viajeros acudían con tiempo anticipado desde la ciudad sumida en la noche, dispuestos a una larga espera; estación silenciosa, con emigrantes dormidos en el suelo, entre perros de caza, baúles, máquinas enfundadas en lonas y bicicletas sueltas.
Los niños se acostaron en las literas de arriba. Seriozha se durmió de inmediato. El tren no había partido aún. Amanecía y Zhenia fue dándose cuenta de que el vagón era azul, limpio y fresco. Y también se dio cuenta... pero ya dormía.
Era un hombre muy grueso. Leía el periódico y se balanceaba. Mirándole se veía claramente el balanceo que, como el sol, inundaba, invadía todo el vagón. Zhenia le contemplaba desde lo alto con la misma perezosa meticulosidad con que piensa en algo o mira algo una persona completamente despierta con la mente fresca, que sigue acostada porque espera tan sólo que la decisión de levantarse llegue por sí misma, sin su ayuda, clara y libre al igual que sus restantes pensamientos. Al contemplarle, pensaba al mismo tiempo cómo es que estaba en su compartimento y cuándo había tenido tiempo de vestirse y lavarse. No tenía ni idea de la hora que era. Acababa de despertarse; debía de ser, lógicamente, la mañana. Zhenia le miraba, pero él no podía verla: las literas se inclinaban hacia la pared. El no la veía, porque aunque de vez en cuando miraba por encima del periódico hacia arriba, de lado, al sesgo, sus miradas no se cruzaban cuando las dirigía hacia su litera; o bien veía la colchoneta o bien... Zhenia recogió y estiró las medias que había aflojado. «Mamá está de seguro en aquel rincón, ya arreglada y leyendo un libro —decidió, analizando las miradas del gordinflón—. A Seriozha no le veo abajo. ¿Dónde se habrá metido?» Zhenia bostezó placenteramente y se desperezó «¡Qué calor tan terrible!». Tan sólo ahora se dio cuenta de ello y miró desde lo alto por la ventanilla semiabierta. «Pero, ¿dónde está la tierra?», pensó conmocionada en lo mas íntimo de su ser.
Lo que veía era realmente indescriptible. La rumoreante nogalera por donde corría, serpenteando, el tren, habíase convertido en mar, en el universo, en todo cuanto se quisiera. El bosque susurrante, frondoso, descendía en toda su amplitud cuesta abajo, haciéndose más y más espeso; luego se achicaba y terminaba bruscamente, ya negro del todo. Y aquello que se alzaba al otro lado del precipicio parecía una inmensa nube de tormenta, llena de rizos y bucles de color verde pajizo. Zhenia, absorta en sus pensamientos, retuvo el aliento y percibió de inmediato la fluidez de aquel aire inmóvil e ilimitado; comprendió de pronto que la nube de tormenta era una comarca, una región que llevaba un nombre sonoro de montaña, todo expandido en derredor, lanzado hacia abajo con las piedras y la arena, hacia el valle; que la nogalera sólo sabía susurrar ese nombre, susurrarlo sin descanso: aquí y allí, y más a-ll-á-á; tan sólo ese nombre.
—¿Son los Urales? —preguntó a todo el compartimento, incorporándose en la litera.
El camino restante lo pasó Zhenia pegada a la ventanilla del pasillo, sin apartarse ni por un momento, como adherida a ella, asomando a cada instante la cabeza. Tenía ansia por ver. Descubrió que era más agradable mirar hacia atrás que hacia delante. Los majestuosos picos conocidos se cubrían de bruma y retrocedían. Después de una breve separación, durante la cual se ofrecían a la vista nuevas cordilleras maravillosas, volvía a encontrarlos. El panorama montañoso era cada vez mayor y más amplio. Algunos picos se veían negros, otros iluminados, aquéllos oscurecidos, los de más allá a punto de estarlo. Se juntaban y separaban, descendían y volvían a subir. Todo se realizaba de acuerdo a un lento girar, como la rotación de las estrellas, con la cautelosa reserva de los gigantes, que a un pelo de la catástrofe cuidan la integridad de la tierra. Dirige esos complejos desplazamientos un zumbido uniforme, grandioso, inaccesible al oído humano, con la vista puesta en todo. Su mirada de águila lo abarca todo; mudo y oscuro pasa revista a cuanto le rodea. Así se construyen, se construyen y reconstruyen los Urales.
Zhenia entró un instante en el compartimento, guiñando los ojos por la intensidad de la luz. La madre charlaba con el desconocido y se reía. Seriozha, sentado en el diván de felpa roja, sostenía en la mano una especie de correa adosada a la pared. La madre escupió en el puño la última pepita, sacudió del vestido las que habían caído en él e inclinándose, rápida y ágil, tiró todos los desperdicios debajo del banco. En contra de lo que cabía suponer, el gordinflón tenía una vocecita cascada y ronca. Probablemente era asmático. La madre se lo presentó a Zhenia y él le tendió una mandarina. Era divertido y, al parecer, bondadoso; al hablar se llevaba constantemente la gordezuela mano a la boca. Sus palabras parecían inflarse y, de pronto, como ahogándose, se interrumpían con frecuencia. Supo que era de Ekaterinburg, que había viajado a lo largo y ancho de los Urales y conocía muy bien la comarca, y cuando extrajo un reloj de oro del bolsillo de su chaleco y se lo llevó a los ojos hasta casi rozar la nariz, guardándolo después, Zhenia observó que sus dedos inspiraban confianza. Como es frecuente en la naturaleza de los gordinflones sus movimientos eran como los de alguien que da; su mano se balanceaba todo el tiempo como si la tendiese para el besamanos y saltaba suavemente como si golpeara una pelota contra el suelo.
—Ya falta poco —dijo, ladeando la vista y alargando los labios en dirección contraria a Seriozha, aunque se dirigía a él precisamente.
—Sabes, él dice que hay un poste en la frontera de Asia y Europa y que tiene escrito «Asia» —desembuchó de golpe Seriozha bajando rápidamente del diván, y corrió al pasillo.
Zhenia no entendió nada y cuando el gordinflón le explicó de lo que se trataba, también corrió hacia allí para esperar el poste, temerosa de haberlo dejado pasar. En su desbordada imaginación, «la frontera con Asia» se alzaba en forma de un límite fantasmagórico, algo así como unos barrotes de hierro como los que se colocan entre el público y la jaula de los pumas, como una franja que indicara un peligro negro como la noche, amenazador y hediondo. Esperaba aquel poste como la subida del telón en el primer acto de una tragedia geográfica sobre la cual había oído contar muchas fábulas por todos cuantos la conocían, solemnemente emocionada de tener la suerte de estar allí y poderlo ver muy pronto.
Sin embargo, lo que antes la impulsó a volver al compartimento donde estaban los mayores continuaba sin variación: a la grisácea nogalera que bordeaba la línea férrea desde hacía media hora no se le veía fin, y la naturaleza no parecía prepararse para el próximo acontecimiento. Zhenia sentía rabia contra la aburrida y polvorienta Europa que tan fastidiosamente aplazaba el advenimiento del milagro. ¡Qué desilusión la suya cuando al grito frenético de Seriozha desfiló ante la ventana, de costado a ellos, y quedó atrás algo semejante a un monumento funerario, llevando consigo el tan esperado nombre mágico hacia el aliso de los alisos que le perseguían! En aquel instante, multitud de cabezas, como puestas de acuerdo, se asomaron por las ventanillas de todas las clases y el tren, que descendía cuesta abajo en medio de una nube de polvo, se animó. En Asia ya existían muchas estaciones desde hacía tiempo y, sin embargo, seguían agitándose los pañuelos en las cabezas asomadas, la gente intercambiaba miradas, había hombres rasurados, barbudos, y volaban todos entre nubes giratorias de arena; volaban y volaban dejando atrás los alisos polvorientos hace poco aún europeos, pero asiáticos desde hace mucho tiempo.

IV

LA VIDA TOMÓ UN RUMBO NUEVO. La leche no llegaba a la casa, a la cocina, con un repartidor, sino que la traía Uliasha por las mañanas recién ordeñada y el pan era distinto del de Perm. Las aceras eran de mármol o de alabastro, de ondulado brillo blanco; sus losas relucían hasta en la sombra como soles congelados, absorbiendo ávidamente las sombras de los esbeltos árboles que, extendidos a sus lados, se diluían y fundían en ellas. Aquí el salir a la calle, ancha, luminosa, con vegetación, era complemente distinto.
—Igual que en París —repetía Zhenia las palabras del padre.
Lo había dicho el primer día que llegaron. La casa era confortable y espaciosa. El padre había tomado un tentempié antes de ir a la estación, y no participó del almuerzo. Su cubierto quedó tan limpio y reluciente como Ekaterinburg; se limitó a extender la servilleta, a sentarse de lado y a contar algo. Se había desabrochado el chaleco y la pechera asomaba fresca y retadora. Decía que era una magnífica ciudad de tipo europeo; llamaba cuando había que recoger o traer alguna cosa, llamaba y contaba. Y por caminos desconocidos de habitaciones desconocidas aparecía silenciosamente una doncella morenucha vestida de blanco, con frunces almidonados, a la que se hablaba de «usted» y ella, la nueva, sonreía a la señora y a los niños. Se le daban órdenes respecto a Uliasha, que se hallaba en la cocina, no conocida aún y probablemente muy, muy oscura, donde habría seguramente una ventana desde la cual podría verse algo nuevo: un campanario o una calle o pájaros. Uliasha, seguramente, estaría allí preguntándole algo a esa señorita, poniéndose lo más viejo para ir colocando las cosas; estaría allí preguntándole y mirando en qué rincón está el horno para ver si es el mismo que en Perm o bien en otro distinto.
El padre dijo a Seriozha que el liceo no estaba lejos, más bien muy cerca, y que tenían que haberlo visto al venir. El padre bebió un sorbo de agua mineral y continuó:
—¿Será posible que no te lo haya enseñado? Desde aquí no se ve, tal vez desde la cocina (calculó un instante), pero será en todo caso el tejado...
Tomó otro sorbo de agua y llamó.
La cocina resultó ser clara y fresca, exactamente igual, así se lo pareció a Zhenia un minuto más tarde, a como se la había imaginado en el comedor: refulgían los azulejos blanquiazulados del fogón y había dos ventanas dispuestas en el orden que ella esperaba; Uliasha se había cubierto los desnudos brazos y la cocina se llenó de voces infantiles; por el tejado del liceo había gente y se veían las partes altas de unos andamios.
—Sí, lo están reparando —dijo el padre cuando todos en fila, empujándose y riendo, pasaron al comedor por un pasillo ya conocido, pero no explorado, al que tendría que volver al día siguiente después de haber colocado los cuadernos, colgado del gancho su manopla de baño y haber acabado con mil quehaceres semejantes.
—Es una mantequilla extraordinaria —dijo la madre, tomando asiento.
Pasaron a la sala de estudio, que habían ido a ver aún sin cambiarse de ropa, tan pronto como llegaron.
—¿Por qué esto es Asia? —pensó Zhenia en voz alta.
Pero Seriozha, extrañamente, no comprendió aquello que habría comprendido en otro tiempo: hasta aquel entonces vivían al unísono. Corrió hacia el mapa colgado de la pared y trazó con la mano una raya a lo largo de la cordillera de los Urales y miró a su hermana vencida, a su parecer, por semejante argumento.
—Simplemente se pusieron de acuerdo para trazar un límite natural, y eso es todo.
Zhenia recordó el mediodía, tan lejano ya. No podía creer que el día, en el cual había cabido todo eso, el día que continuaba ahora en Ekaterinburg, no hubiera terminado aún. Pero al pensar que todo eso ya pertenecía al pasado, conservando su inanimado orden en la lejanía correspondiente, experimentó un sentimiento de asombroso cansancio espiritual tal como al anochecer lo siente un cuerpo después de un arduo día de trabajo. Como si también ella hubiera participado en el apartamiento y traslado de aquellas pesadas bellezas y estuviera rendida. Convencida, no se sabe por qué, de que ellos, sus Urales estaban allí, dio media vuelta y corrió a la cocina a través del comedor donde ya había menos vajilla, pero aún permanecía la asombrosa mantequilla con hielo sobre sudorosas hojas de arce y la quisquillosa agua mineral.
El liceo estaba reparándose, los vencejos cortaban bruscamente el aire como descosían con los dientes las costureras el madapolán, y abajo —Zhenia asomó la cabeza— relucía un coche junto al hangar abierto de par en par; brotaban chispas de un torno de afilador y olía a todo cuanto habían comido, pero mejor y más apetecible que cuando se sirvió; era un olor melancólico y tenaz, como en un libro. Zhenia olvidó para qué había ido a la cocina y no se dio cuenta que sus Urales no estaban en Ekaterinburg; observó, en cambio, cómo iba anocheciendo en el patio y cómo cantaban en el piso de abajo haciendo, probablemente, un trabajo fácil: habrían fregado, tal vez, el suelo, y con manos aún calientes extendían las esteras, tiraban el agua del cubo de fregar y aunque la tiraron abajo, ¡qué silencioso era todo! Y cómo brotaba el agua del grifo y cómo... «Y bien, señorita...», pero Zhenia evitaba aún a la nueva doncella y no quería escucharla... y cómo abajo —seguía pensando—, en el piso inferior al de ellos ya conocían su venida y dirían seguramente: «Hoy han llegado unos señores al número dos.»
Uliasha entró en la cocina.
Aquella primera noche los niños durmieron profundamente y despertaron Seriozha en Ekaterinburg y Zhenia en Asia, como pensó de nuevo con extrañeza y asombro. En los techos se irisaba alegremente el estratiforme alabastro.
Se lo habían comunicado en verano. Le hicieron saber que ingresaría en el liceo. La nueva era agradable, desde luego. Pero se lo notificaron. No era ella quien había invitado al profesor a la sala de estudio donde la luz solar se adhería tanto a las paredes pintadas al temple que tan sólo el atardecer se conseguía arrancar el día con sangre. No fue ella quien le llamó cuando en compañía de la madre entró en la sala para que él conociese a «su futura discípula». No fue ella quien le adjudicó el absurdo apellido de Dikij . ¿Acaso era ella quien quería que los soldados torpones, resoplantes y sudorosos, como el rojo espasmo del grifo cuando se rompe la cañería, hicieran siempre la instrucción al mediodía y que sus botas fueran pisoteadas por la violácea nube de tormenta que en cuanto a los cañones y ruedas sabía mucho más que las blancas camisas, las blancas tiendas de campaña y sus blanquísimos oficiales? ¿Acaso había pedido ella que desde ahora dos cosas como la palangana y la toalla, combinados como los carbones en la lámpara de arco, provocaran en el acto la tercera idea que se evaporaba de inmediato, la idea de la muerte, como aquella muestra del barbero donde eso le había ocurrido por vez primera? ¿Acaso estaba ella conforme con que las barreras rojas que «prohibían detenerse» se convirtieran en lugares misteriosos, prohibidos en la ciudad y los chinos en algo personalmente terrible, algo que le pertenecía y la horrorizaba? No todo, como es natural, se aposentaba tan dolorosamente en su alma. Muchas cosas, como su próximo ingreso en el liceo, eran agradables. Pero como todo lo restante, se le era notificado. La vida dejó de ser una bagatela poética para fermentar en áspero cuento negro, en tanto en cuanto era prosa y se había convertido en un hecho. Los elementos de la existencia cotidiana penetraban opacos, dolorosos y obtusos en su alma en formación que parecía estar en un estado de constante desembriaguez. Se depositaban en su fondo reales, endurecidos y fríos como somnolientas cucharas de estaño. Y allí, en el fondo, el estaño comenzaba a flotar, se fundía en bolas y goteaba en ideas fijas.

V
LES VISITABAN CON FRECUENCIA LOS BELGAS. Así les llamaban. Así les llamaba el padre cuando decía: «Hoy vendrán los belgas.» Eran cuatro. El que no llevaba bigotes venía raras veces y no era locuaz. En ocasiones se presentaba solo y de imprevisto, entre semana, eligiendo algún día que hacía mal tiempo o llovía. Los otros tres eran inseparables. Sus rostros parecían tabletas de jabón fresco, intacto, envueltas todavía en papel, perfumadas y frías. Uno de ellos llevaba barba; era espesa, esponjosa y castaña, también era esponjosa su cabellera castaña. Se presentaban siempre en compañía del padre de vuelta de no se sabe qué reuniones. En la casa todos les querían. Hablaban como si vertieran agua en el mantel: de forma ruidosa, refrescante y siempre de cosas distintas, inesperadas para todos; sus limpios chistes y anécdotas, comprensibles para los niños, dejaban en ellos profundas huellas y saciaban su sed.
Surgía en derredor de ellos el bullicio, brillaba el azucarero, la niquelada cafetera, los blancos y fuertes dientes, las ropas sólidas. Corteses y amables, bromeaban con la madre. Aquellos colegas del padre poseían el fino don de frenarle oportunamente cuando, en respuesta a sus rápidas alusiones y comentarios sobre asuntos y personas que en aquella casa sólo ellos, los profesionales, conocían, el padre se ponía a hablar detalladamente, con parsimonia, en un francés deficiente, de las contrataciones, les réferences approuvées y las ferocités, es decir, bestialités, ce que veut diré en russe , latrocinios en Blagodat.
El belga sin bigotes se había dedicado desde hacía algún tiempo a estudiar el ruso, y probaba con frecuencia sus fuerzas en ese nuevo campo, en el cual naufragaba todavía. Como resultaba violento reírse de las palabras del padre dichas en lengua francesa y sus ferocités turbaban a todos, los esfuerzos de Negarat proporcionaban una bendita ocasión para reírse a mandíbula batiente.
Se llamaba Negarat; era valón de la parte flamenca de Bélgica. Le recomendaron a Dikij como profesor. Anotó su dirección en ruso, trazando de muy cómica manera las letras que no existían en su alfabeto. Le salían dobles, como desparramadas. Los niños se permitían ponerse de rodillas sobre los cojines de cuero de los sillones y apoyar los codos sobre la mesa: todo estaba permitido, todo se hallaba revuelto. Reían a carcajadas, se retorcían de risa al ver las letras que había trazado. Evans golpeaba la mesa con el puño y se secaba las lágrimas; el padre, temblando de risa, se paseaba todo rojo por la habitación: «¡Ya no puedo más!» repetía y estrujaba el pañuelo.
—Faites de nouveau —decía Evans, añadiendo leña al fuego—. Commencez .
Y Negarat, entreabierta la boca, titubeante como un tartamudo, meditaba en la forma de trazar aquellas letras rusas tan desconocidas como las colonias del Congo.
—Dites: «uvy nievygodno» —proponía el padre con voz ronca y húmeda.
—Ouvoui, niévoui.
—Entends-tu? Ouvoui nievoui, ouvoui nievoui. Oui, oui, chose inouie, charmant —reían los belgas.
El verano se acabó. Zhenia pasó los exámenes con buenas notas, algunas excelentes. El rumor frío y transparente de los pasillos del liceo fluía como si saliese de algún manantial. Todos se conocían allí. Las hojas del jardín amarilleaban con destellos dorados. En su claro y saltarín reflejo se angustiaban los cristales de las aulas, opacos en el centro, brumosos e inquietos en su parte inferior. Los postigos se retorcían en azules espasmos; las ramas broncíneas de los arces rayaban su fría claridad.
Zhenia no sabía que todos sus temores quedarían convertidos en aquella divertida broma. ¡Dividir ese número de arshin y vershkov por siete! ¿Valía la pena haber estudiado los zlotniki, doli, funty, pudy , etcétera, que siempre le habían parecido las cuatro edades del escorpión? En el examen de gramática se demoró en la respuesta, porque todas las fuerzas de su imaginación estaban concentradas en el intento de representarse las desafortunadas razones que podían haber producido esa palabra que escrita de otro modo resultaba tan hirsuta y salvaje. No acabó de comprender el porqué no la mandaron al liceo, aunque quedó admitida e inscrita y ya le habían cortado el uniforme de color café, se lo habían probado con alfileres en pruebas tediosas y largas durante horas enteras, y en su habitación se le abrieron horizontes nuevos en forma de cartera, portaplumas, una cestita para llevar el almuerzo y una calcomanía asombrosamente repulsiva.

(1)Mentirosa. (En francés en el original.)
(2)Diki, en ruso, significa salvaje.
(3)Las referencias aprobadas, las ferocidades, bestialidades, que en ruso significa... (En francés en el original.)
(4)Pruebe otra vez. Comience. (En francés en el original.)
(5)Arshim y vershok son antiguas medidas rusas equivalentes, respectivamente, a 0,71 metros y 4,4 centímetros.
(6)Antiguas medidas rusas.


http://www.cuentocuentos.net/cuento/960/la-infancia-de-zhennia-liubers+dias-largos.html

ANDRÉI PLATONOV (EL PESO DE LOS CAÍDOS

Andréi Platónov, en cirílico ruso: Андре́й Плато́нов, seudónimo de Andréi Platónovich Kliméntov (Vorónezh, 1 de septiembre de 1899 - 5 de enero de 1951) fue un escritor soviético, uno de los primeros que emergieron después de la Revolución rusa de 1917. A pesar de ser comunista, sus obras fueron prohibidas por su posición escéptica respecto a la colectivización. Su obra más conocida es la distopía Chevengur.

EL PESO DE LOS CAÍDOS



Una madre regresó a su casa. Había estado fuera, refugiada de los alemanes, pero no pudo acostumbrarse a vivir en otro lugar que no fuera su pueblo natal, por lo que regresó a casa.
Dos veces debió atravesar por tierra de nadie, cerca de las fortificaciones alemanas, porque el frente por allí era desigual y ella había tomado el camino recto, el más rápido. No le temía a nadie, no se cuidaba de nadie, y los enemigos no le hicieron daño. Avanzaba triste por los campos, despeinada y con la cara desencajada, como de ciega. Le daba igual lo que había en ese momento en el mundo y lo que estaba sucediendo en él, y nada en el universo podía ni alegrarla ni entristecerla, porque su desgracia era eterna y su tristeza inabarcable: ella, una madre, había perdido a todos sus hijos. Ahora se sentía tan débil e indiferente, que avanzaba como una brizna de paja llevada por el viento y en todo encontraba la misma indiferencia hacia ella. Al sentir que nadie la necesitaba y que, por lo mismo, tampoco ella necesitaba a nadie, sintió aún mayor pesar. A veces esto basta para que una persona muera, pero ella no murió: necesitaba ver la casa en la que había vivido toda su vida y el lugar en el que habían muerto sus hijos en combate o ejecutados.

En el camino se cruzó varias veces con los alemanes, pero éstos no tocaron a la mujer; les extrañó ver a una vieja tan desgraciada, les horrorizó la mucha humanidad que descubrieron en su cara y la dejaron irse para que muriera por su cuenta. A veces, en las caras de las personas se refleja una opaca luz de extrañeza que es capaz de asustar a los animales y a las personas malintencionadas. Nadie tiene fuerza suficiente para acabar con estas personas y a nadie le resulta posible acercarse a ellas. El animal y la persona prefieren pelear con sus semejantes y dejar ir a quienes no se les parecen, porque temen ser vencidos por una fuerza desconocida.

Después de atravesar toda la guerra, la vieja madre alcanzó por fin su casa, pero encontró su pueblo natal vacío. Su casa pequeña y pobre, revocada con barro pintado de amarillo, con su chimenea de ladrillo que parecía la cabeza de una persona meditabunda, hacía mucho que había sido quemada por el fuego alemán, que sólo dejó cenizas tras de sí. Sólo la hierba, como la que crece sobre las tumbas, nacía entre aquellas cenizas. También había desaparecido todo el vecindario, toda la vieja ciudad. Una luz blanca y triste lo iluminaba todo, y era posible ver en la lejanía a través de la tierra silenciosa. Pasaría muy poco tiempo y la hierba cubriría del todo este lugar antes habitado, los vientos soplarían libres, los torrentes de lluvia lo igualarían y ya no quedaría huella humana ni nadie para asimilar y heredar como un conocimiento útil todo el sufrimiento de la vida terrestre. Este último pensamiento hizo suspirar a la mujer, y también el dolor que sentía su corazón por tanta vida perdida y sin memoria. Pero su corazón era bondadoso y quería vivir para amar a los muertos, para terminar los planes que la muerte había interrumpido.

Se sentó en medio de aquellas cenizas frías y apoyó las manos en el polvo en que se había convertido su casa. Sabía cuál era su destino, sabía que había llegado su hora, pero se resistía, porque si ella moría, ¿qué pasaría con el recuerdo de sus niños?, ¿quién los conservaría en su amor si también su corazón dejaba de respirar?

La madre no sabía la respuesta a esta pregunta y meditaba sola. Se le acercó su vecina, Yevdokía Petrovna, una mujer joven y de buen ver, antes gorda, pero ahora débil, silenciosa e indiferente. Una bomba había matado a sus dos hijos pequeños cuando regresaba con ellos de la ciudad. Su esposo había desaparecido en unos trabajos de excavación, y ella había vuelto para enterrar a sus hijos y terminar de vivir el tiempo que le quedaba en aquel lugar muerto.

-Buenas, María Vasílievna -dijo Yevdokía Petrovna.

-¿Eres tú, Dunia? -le preguntó María Vasílievna-. Siéntate, hablemos. Inspeccióname la cabeza, porque hace mucho que no me baño.

Dunia accedió con docilidad y se sentó a su lado; María Vasílievna recostó la cabeza en sus rodillas y la vecina empezó a inspeccionársela. Las dos se sintieron mejor dedicándose a esta tarea. Mientras una trabajaba afanosamente, la otra se arrebujó contra su cuerpo y se quedó dormida con la tranquilidad que le infundía la cercanía de una persona conocida.

-¿Los tuyos murieron todos? -preguntó María Vasílievna.

-¡Sí, todos, claro! -le contestó Dunia-. ¿Y los tuyos?

-Todos, no queda nadie -dijo María Vasílievna.

-Entonces estamos a la par: ni tú ni yo tenemos a nadie -comentó Dunia satisfecha de que su desgracia no fuera única en el mundo, de que a los demás les hubiera tocado la misma desdicha.

-Mi desgracia es mayor que la tuya: antes también era viuda -dijo María Vasílievna-. Y mis dos hijos han caído cerca del pueblo. Se alistaron en el batallón de trabajadores cuando los alemanes salieron de Petropávlovsk a la carretera de Mitrofánievsk... Mi hija me llevó bien lejos de aquí porque me quería mucho, era mi hija. Después se alejó de mí, empezó a amar a todo el mundo, compadeció a un hombre -mi hija era una muchacha bondadosa-, se inclinó sobre él, que estaba débil y herido, y entonces la mataron, desde arriba, desde un avión... ¿Y yo qué? No tengo nada y regresé. ¿Qué tengo ahora? Me da igual. Tengo la sensación de estar muerta...

-Bueno, ya nada se puede hacer. Sigue viviendo como una muerta; yo también vivo así -dijo Dunia-. Todos los míos descansan y los tuyos también descansan... Sé dónde están los tuyos, sé adonde los arrastraron a todos para enterrarlos, yo estaba aquí y lo vi con mis propios ojos. Primero contaron a todos los muertos, levantaron un acra, pusieron a un lado a los suyos, y a nuestros muertos los llevaron más allá. Luego desnudaron a todos los nuestros y apuntaron en el acta cuánta ropa se podía aprovechar. Se alargaron en este tipo de asuntos y luego empezaron a empujarlos y a lanzarlos a la tumba.

-¿Y quién la cavó? -se preocupó María Vasílievna-. ¿Cavaron profundo? Una tumba profunda sería más caliente porque estaban desnudos, sentirán frío.

-¡No, nada de profunda! -le informó Dunia-. ¡Una fosa de proyectil fue su tumba! Los amontonaron hasta llenarla, pero no había sitio para todos los muertos, así que pasaron por encima con un tanque de guerra, los muertos se aplastaron, se hizo más espacio y echaron allí a los muertos restantes. No tenían ganas de cavar, ahorraban sus fuerzas; echaron un poco de tierra por encima. Allí descansan los muertos en el frío; sólo los muertos pueden aguantar el sufrimiento de estar eternamente desnudos en el frío...

-¿Y a los míos también los destrozaron con el tanque o los colocaron arriba, sin aplastarlos? -preguntó María Vasílievna.

-¿A los tuyos? -contestó Dunia-. La verdad es que no lo pude ver... Allí, detrás del pueblo, cerca de la carretera descansan todos; si vas, los verás. Yo hice una cruz con ramas y la puse allí, pero fue por gusto; una cruz se cae aunque sea de hierro, y la gente olvidará a los muertos...

María Vasílievna se incorporó, hizo que Dunia bajara la cabeza y empezó a inspeccionarle el pelo. Se sintió mejor trabajando; el trabajo manual cura los espíritus tristes y enfermos.

Después, cuando cayó la tarde, María Vasílievna se levantó. Era una mujer vieja y estaba cansada. Se despidió de Dunia y salió a la noche, donde descansaban sus niños. Dos de sus hijos en una tumba cercana, y un poco más allá su hija.

María Vasílievna fue hasta el poblado cercano. Antes vivían allí, en casitas de madera, horticultores y campesinos que se alimentaban de las parcelas que había junto a sus casas y que gracias a esto subsistían desde tiempos remotos. Ahora nada quedaba en este lugar; el fuego había fundido la capa superior de tierra y la gente había muerto o vagabundeaba por los alrededores, o los habían cogido como rehenes y enviado al trabajo y a la muerte.

La carretera de Mitrofánievsk salía del pueblo a la llanura. En tiempos pasados, al borde de la carretera crecían poderosos árboles; ahora la guerra los había roído, reduciéndolos a tocones, y la solitaria carretera tenía un aspecto triste, como si el fin del mundo no quedara lejos de allí...

María Vasílievna llegó a la tumba con la cruz hecha de dos ramas débiles y temblorosas y se sentó a sus pies. Ahí abajo descansaban sus niños desnudos asesinados, profanados y enterrados por manos ajenas.

Llegó el crepúsculo y se convirtió en noche. En el cielo se encendieron las estrellas otoñales. Parecía que después de desahogarse llorando en lo alto habían abierto sus ojos bondadosos y sorprendidos, y miraban inmóviles la tierra oscura en la que había tanto sufrimiento y cuyo poder hipnótico les impedía apartar la vista de ella.

«Si estuvieran vivos -susurró la madre dirigiéndose a sus hijos muertos-, si estuvieran vivos, ¿cuánto trabajo podrían haber hecho?, ¿cuántos destinos podrían haber conocido? Pero ahora que están muertos... ¿Y dónde se ha quedado la vida que no vivieron? ¿Quién la vivirá por ustedes...? ¿Qué edad tenía Matvéi? Casi veintitrés... Vasili cumpliría veintiocho. La niña tenía dieciocho, cumpliría los diecinueve este año, ayer fue su cumpleaños... Tanto corazón gasté en ustedes, tanta sangre perdí, pero al parecer no fue bastante, porque murieron, no pude conservarles la vida, no los rescaté de la muerte, mi solo corazón y mi sangre fueron poco. ¿Y quiénes eran ellos? Eran mis hijos, aunque no pidieron venir al mundo. Los parí sin pensar, los parí y pensé: "Que vivan solos". Pero al parecer aún no se puede vivir en la tierra, todavía nada está listo aquí para los niños. ¡Se han esforzado por arreglarlo todo, para dejarlo a punto, pero no han podido! Aquí no pueden vivir, pero tampoco tenían otro lugar donde vivir. ¿Y qué podíamos hacer nosotras, las madres? Paríamos hijos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Sola no tiene sentido vivir...»

Tocó la tierra de la tumba y se acostó boca abajo sobre ella. Dentro de la tierra remaba el silencio, nada se oía.

«Duermen -susurró la madre-, nadie se mueve. Les fue difícil morir y la muerte los dejó sin fuerzas. ¡Que duerman! Los esperare... No puedo vivir sin mis hijos, no quiero vivir sin muertos...»

María Vasílievna alzó el rostro de la tierra porque le pareció oír que la llamaba su hija Natasha, que la llamaba sin pronunciar palabras, murmurando algo como en un suspiro. La madre miró a su alrededor tratando de ver de dónde provenía su dulce voz, si del campo silencioso, de las profundidades de la tierra o de lo alto del cielo, de aquella estrella clara. ¿Dónde estaba ahora su hija muerta? ¿O ya no estaba en ninguna parte y a la madre sólo le parecía oír su voz que sonaba como un recuerdo en su propio corazón?

María Vasílievna volvió a prestar oído, y otra vez, viniendo del silencio del universo, le pareció oír la voz sedante de su hija, una voz que, de tan lejana, sonaba a silencio, pero que le hablaba pura y claramente sobre la esperanza y la alegría, sobre que se cumpliría todo lo no cumplido, que los muertos regresarían a vivir en la tierra y que los que habían sido separados se abrazarían y no se separarían nunca más.

A la madre le pareció que la voz de su hija era alegre y comprendió que aquello significaba que confiaba en que volvería a vivir, que necesitaba la ayuda de los vivos y no quería seguir estando muerta.

«Hija, ¿cómo podría ayudarte? Yo también estoy casi muerta -dijo María Vasílievna. Hablaba tranquila y con claridad, como si estuviera en la calma de su hogar y conversara con sus hijos como antes, en su anterior vida feliz-. Yo sola no podré levantarte. Si el pueblo entero te hubiera amado y hubiera eliminado toda la injusticia sobre la faz de la tierra, entonces él podría regresarte a la vida, y también a todos los que murieron injustamente, porque la muerte es precisamente la mayor injusticia. Pero sin su ayuda, ¿cómo podría ayudarte? ¡Moriré de pena y sólo entonces podré estar contigo!»

La madre le habló largo tiempo con palabras de consuelo, razonando como si Natasha y los otros hijos la escucharan con atención. Después le entró sueño y se quedó dormida sobre la tumba.

El cielo iluminado de la guerra apareció a lo lejos y la alcanzó el sordo retumbar de los cañones. Había comenzado una batalla. María Vasílievna despertó y vio el fuego en el cielo, escuchó la respiración agitada de los cañones. «Son los nuestros que vienen -pensó-, ¡Que lleguen pronto, que haya un poder soviético, el poder que ama al pueblo, que ama el trabajo, que enseña a la gente; es un poder inquieto; quizá, dentro de un siglo, aprenda a revivir a los muertos. Entonces suspirará y se alegrará mi huérfano corazón de madre.»

María Vasílievna confiaba y entendía que todo sucedería tal y como ella imaginaba. Había visto aeroplanos volando, algo que también era difícil de inventar y de hacer. Del mismo modo, todos los muertos podrían ser devueltos desde la profundidad de la tierra a vivir otra vez bajo la luz solar. Sucedería si la inteligencia humana tenía en cuenta las necesidades de la madre que da a luz y entierra a sus hijos y le duele su pérdida.

Se volvió a acostar sobre la tierra blanda de la tumba para estar más cerca de sus hijos. Su silencio significaba un repudio al mundo malhechor que les había dado muerte y la pena de la madre que recordaba el olor de sus cuerpos infantiles y el color de sus ojos vivos.

Hacia el mediodía, los tanques rusos salieron a la carretera de Mitrofánievsk y se detuvieron junto al pueblo para pasar revista y repostar combustible; habían dejado de hacer fuego porque la guarnición alemana de la ciudad se había retirado a tiempo para reagruparse con su ejército y así librarse del combate.

Un soldado rojo bajó de su tanque para caminar por la tierra, sobre la cual brillaba ahora un sol pacífico. El soldado ya no era joven y le gustaba ver cómo vive la hierba y comprobar si todavía existían las mariposas y los insectos que conocía de antes.

A los pies de una cruz hecha de ramas, el soldado vio a una vieja acurrucada sobre la tierra. Se agachó y trató de escuchar su respiración. Después giró el cuerpo de la mujer y pegó el oído a su pecho para cerciorarse de que no latía. «Su corazón se ha ido -entendió el soldado, y cubrió en silencio el rostro de la muerta con un lienzo limpio que llevaba consigo como peal de repuesto-. Ya no tenía con qué vivir; su cuerpo estaba tan comido por el hambre y por la desdicha que hasta los huesos se le ven bajo la piel.»

«Duerme por ahora -habló en voz alta el soldado despidiéndose-. No importa de quién fueras madre, pero sin ti también me he quedado huérfano.»

Permaneció parado un poco más junto a ella, despidiéndose angustiosamente de la madre ajena.

«Todo está oscuro para ti ahora y te has ido. ¿Qué remedio? No hay tiempo de afligirnos por ti. Primero debemos batir al enemigo. Luego el mundo entero deberá entrar en razón. No puede ser de otro modo, porque entonces todo sería en vano.»

El soldado regresó al tanque y se sintió triste sin los muertos. Pero sintió que ahora le era más necesario vivir. No sólo había que borrar al enemigo de la vida de la gente, sino que después de la victoria habría que aprender a vivir aquella vida superior que los muertos le habían legado silenciosamente. Entonces, en señal de respeto a su eterna memoria, debían cumplirse sus esperanzas, para que se hiciera su voluntad y no engañar sus corazones yertos. Sólo en los vivos pueden confiar los muertos, y éstos tienen que vivir de modo que el destino libre y feliz del pueblo justifique sus muertes y, de esta manera, den a su caída su justo peso.


Agradecemos a Aldabi Olvera su aportación de este cuento a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.

ARKADI PETRÓVICH GAIDAR (LA TAZA AZUL)

Su apellido era GOLIKOV, mas ha pasado a la historia de la literatura con el que se dio como seudónimo: GAIDAR. Era hijo de un maestro de escuela. Nació en 1904. A los diez años ingresó en la escuela secundaria de Arzamás, ciudad de la parte central de Rusia. Muy joven aún, participó en la guerra civil y estudió en varias escuelas militares. A consecuencia de una contusión, en 1924 tuvo que retirarse del ejército y se hizo escritor profesional. Cuando las divisiones hitlerianas invadieron rusia en 1941, Gaidar fue enviado al frente Sur en calidad de corresponsal de guerra, mas se quedó en la retaguardia del enemigo y pereció en un combate (26 de octubre de 1941).
Sus mejores libros son los que ha dedicado a los niños. Gaidar es uno de los autores rusos famosos por su cuentos y relatos infantiles, entre los que figuran: "La escuela" (1930), "Países lejanos" (1932), "Secreto militar" (1935), "Chuky Guek (1939), "Humo en el bosque" (1939), "Timur y su pandilla" (1940), etc. "La taza azul" que se presenta a continuación, es de 1936.

LA TAZA AZUL


Tenía yo entonces treinta y dos años. Marusia veintinueve y nuestra hija Svetlana seis y medio.
Me dieron las vacaciones a finales de verano y alquilamos una casita de campo en los alrededores de Moscú, para aprovechar el último mes de calor.
Svetlana y yo pensábamos dedicarnos a pescar, a bañarnos, a recoger setas y avellanas por el bosque. Pero lo primero que tuvimos que hacer fue barrer el patio, reparar la valla, que se estaba cayendo, tender cuerdas, clavar escarpias y clavos.
Pronto nos hartamos de esas ocupaciones, pero Marusia siempre encontraba alguna cosa nueva por hacer, tanto para ella mismo como para nosotros.
Por fin, al acabar el tercer día, estaba todo hecho. Nos disponíamos los tres a dar un paseo, cuando Marusia tuvo visita de uno de sus camaradas, un aviador polar.
Estuvieron largo rato sentados en el jardín, bajo los guindos. Svetlana y yo nos entretuvimos, contrariados, por el patio ynos pusimos a fabricar un molinete de madera.
Al oscurecer, Marusia llamó a Svetlana para que tomara la leche y se acostara, mientras ella iba a despedir al aviador a la estación.
Pero sin Marusia yo me aburría, y por otra parte Svetlana tampoco tenía ganas de dormir en la casa vacía.
En la despensa encontramos harina, la mezclamos con agua hirviendo para hacer engrudo.
Recubrimos el moliente con papel de color, lo alisamos con cuidado, y por el polvoriento desván subimos al tejado de la casa.
Nos pusimos a horcajadas. Desde aquella atalaya veíamos humear el samovar de la casa vecina, en el patio, junto al portal. En los peldaños estaba sentado un viejecito cojo con una balalaica en las manos y tenía a su lado un tropel de pequeñuelos.
Por la puerta del zaguán salió una viejecita descalza, algo jorobada. Se puso a regañar a los pequeños y a sermonear al viejo. Agarró un trapo y lo agitó sobre el tubo del samovar para hacer aire y tener el agua hirviendo cuando antes.
Nosotros nos reíamos y decíamos: cuando sople el viento, nuestro molinete se pondrá a dar vueltas y a zumbar. Entonces vendrán corriendo a nuestro patio los chiquillos de las casas vecinas y también tendremos amigos para jugar.
Después ya inventaremos alguna otra cosa.
Quizá abriremos una gruta muy honda para la rana que tenemos en el jardín, al lado del húmedo sótano.
Quizá pidamos a Marusia hilo fuerte. Haremos subir una cometa de papel más allá de la torres del depósito de granos y llegará a más altura que la de los pinos oscuros y hasta pasará del lugar por donde hoy un milano ha estado dando vueltas al acecho de los pollitos y de los conejitos de la dueña de nuestra casa.
Mañana por la mañana quizá subamos a una barca, yo a los remos, Marusia al timón y Svetlana de pasajera. Iremos por el río hacia un lugar donde, según dicen, hay un bosque muy extenso y en la orilla crecen dos grandes abedules que tienen el tronco ahuecado y donde ayer la pequeña de la vecina encontró tres magníficas setas de las llamadas rovellones. Resultó que estaban agusanadas. ¡Qué lástima!
De pronto Svetlana me tiró de la manga y me dijo:
-Parece que viene mamá, mira. Si nos ve, nos va a reñir a los dos.
En efecto, por el sendero, a lo largo de la valla,se acercaba nuestra Marusia, a pesar de que nosotros creíamos que iba a tardar en volver.
-Agáchate -dije a Svetlana-. Quizá no nos vea.
Pero Marusia nos vio en seguida. Levantó la cabeza y gritó:
-¡Ah, pícaros! ¿Qué es eso de subirse al tejado? En el patio ya se nota humedad. Svetlana debería estar acostada hace rato. Os habéis alegrado de que yo me hubiera ido y estábais dispuestos a hacer de las vuestras hasta medianoche.
-Marusia -repuse-, no hacemos de las nuestras, clavamos el molinete. Espera un momento, sólo nos falta clavar tres clavos.
-Los clavaréis mañana - replicó Marusia, imperiosa-. Ahora bajad en seguida si no queréis que me enfade de verdad.
Svetlana y yo nos miramos. Nos damos cuenta de que las cosas toman mal cariz y bajamos, pero nos disgustamos con Marusia.
Sí, nos disgustamos, a pesar de que Marusia había traído de la estación una manzana grande para Svetlana y un paquete de tabaco para mí.
Y nos fuimos a dormir, disgustados y enfadados.

Por la mañana nos esperaba otro contratiempo. No bien nos despertamos, se nos acercó Marusia y nos dijo:
.-Confesad, diablejos, que en el zaguán rompisteis mi taza azul.
Pero yo no había roto ninguna taza. Svetlana dijo que ella tampoco había roto nada. Nos miramos los dos y comprendimos que Marusia se enojaba con nosotros sin razón alguna.
Marusia no nos creyó.
-Las tazas -dijo- no están vivas, ni tienen patas; no pueden saltar por sí solas al suelo. Ayer no se metió nadie en la despensa, sino vosotros dos. Rompisteis la taza y no queréis confesarlo. ¡Es una vergüenza, camaradas!
Después de desayunarnos, Marusia se arregló y se fue a la ciudad. Nosotros nos quedamos sentados y de mal humor.
¡Buen paseo en barca estábamos dando!
El sol metió sus rayos por nuestras ventanas; los gorriones saltaban por la arena de los caminitos; los polluelos pasaban entre las tablas de la valla, iban del patio a la calle y volvían de la calle al patio. Pero nosotros no nos sentíamos contentos, ni mucho menos.
-¡Ya ves! -digo a Svetlana-. Ayer nos hicieron bajar a los dos del tejado. Acaban de robarnos la lata del petróleo. Nos han sermoneado sin razón por no se qué taza azul. ¿A esto le llamas tú buena vida?
-No -respondió Svetlana-, la vida es dura.
-Ya verás, ponte el vestido color de rosa. tomaremos la mochila, la que tengo detrás de la estufa, recogeremos tu manzana, mi tabaco, cerillas, un cuchillo, unas rosquillas y nos iremos ala buena de Dios, hacia donde primero miren nuestros ojos.
Svetlana se queda pensativa y pregunta:
-¿Hacia dónde miran tus ojos?
-Ahora miran, hija mía, por la ventana hacia una pequeña pradera amarilla, donde está paciendo la vaca de la casa. Más allá de la praderita hay un estanque donde nadan los gansos, lo sé; después se encuentra un molino, y más lejos, pasado el molino, hay un bosque de abedules en una colina. Lo que hay al otro lado de la colina lo sé.
-Está bien -contesta Svetlana-. Tomemos el pan, la manzana y el tabaco. Pero lleva también un bastón fuerte, porque por aquella parte hay un perro terrible, Pokán. Los chicos me han dicho que una vez por poco mata a un niño a mordiscos.
Así lo hicimos. Pusimos en la mochila lo que necesitábamos, cerramos las cinco ventanas y las dos puertas de la casa, pusimos la llave bajo los peldaños del soportal.
-¡Adios, Marusia! Nosotros no hemos roto tu tacita, por más que digas.
Salimos del patio y nos encontramos con una lechera.
-¿Quieren comprar leche?
-Gracias, mujer. Ya tenemos todo lo que nos hace falta.
-Esta leche es de mi propia vaca, es muy fresca y muy buena -repuso la lechera, algo picada-. Más tarde os sabrá mal no haberla comprado.
Hizo tintinear sus vasijas frías y siguió caminando. ¿Cómo iba a adivinar que nos marchábamos lejos y que quizá no volveríamos?
Nadie lo adivinaba. Pasó en bicicleta un muchacho tostado por el sol. Vimos dando zancadas a un tío gordo, que llevaba pantalón corto y fumaba en pipa. Iría a buscar setas. Nos cruzamos con una moza rubia que todavía tenía los cabellos mojados. Acababa de bañarse. Pero no encontramos a nadie conocido.
Pasamos por los huertos y llegamos a la praderita que la hierba pajarera ponía de color amarillo. Nos quitamos las sandalias y nos fuimos descalzos por el senderito que llegaba al molino, en línea recta.
De pronto salió del molino un muchacho, corriendo como un galgo en dirección contraria a la nuestra. Se agachó, esquivando unos terrones que salieron volando tras él de detrás de unos citisos.
Aquello nos extrañó. ¿Qué ocurría? Svetlana tiene buena vista. Se detuvo y dijo:
-Este es Sanka Kariakin, lo conozco. Vive al lado de la casa donde unos cerdos estropearon las hileras de tomates de un huerto. Este chico ayer se subió a la espalda de una cabra que no es suya. Fue delante de casa, ¿te acuerdas?
Sanka llegó corriendo hasta donde nos encontrábamos nosotros. Se detuvo y se secó las lágrimas con su bolsa de percal. Le preguntamos:
-Por qué corres como un galgo y por qué te han arrojado terrones desde los arbustos?
Sanka se volvió hacia nosotros y respondió:
-La abuela me ha mandado a buscar sal a la tienda del koliós. En el molino está Pashka Bukamáshkin, que quiere pegarme.
Svetlana se lo quedó mirando. ¡Qué cosas ocurren!
¿Acaso existe en nuestro país alguna ley que permita pegar sin más ni más a un chico que va a buscar sal a la tienda y no ha tocado a nadie?
-Vente con nosotros, Sanka -le dice Svetlana-. No temas. Vamos por el mismo camino y te defenderemos.
Nos pusimos a andar los tres, llegamos a los arbustos de citiso.
-Aquí está Pashka Bukamáshkin -dijo Sanka, retrocediendo unos pasos.
Estamos cerca del molino. Delante de la puerta hay un carro y debajo del carro se tumba un perro desgreñado y lleno de cardos. El perro entreabre un ojo y contempla a los gorriones vivarachos que picotean los granitos desperdigados por el suelo. Sentado sobre un montón de arena, Pashka Bukamáshkin, sin camisa, se está comiendo un pepino fresco.
Pashka nos vio sin asustarse. Echó al perro el cabo del pepino y, sin mirar a nadie, dijo:
-¡Sus, sharik, sus! Por aquí viene un fascista redomado, Sanka, un guardia blanco. ¡Ya verás, desgraciado fascista! ¡Ya pasaremos cuentas contigo, no te preocupes!
Pashka escupió a la arena, lejos. El perrito desgreñado se puso a ladrar. Los gorriones volaron, asustados, con gran batir de alas, a un árbol. Svetlana y yo, al oír aquellas palabras, nos acercamos a Pashka.
-Oye, Pashka -le dije-. ¿No te equivocas? ¿Qué fascista ni que guardia blanco puede ser este niño? Sabes muy bien que es Sanka Kariakin, que vive al lado de la casa donde unos cerdos se metieron en el huerto.
-No importa, es un guardia blanco -repitió Pashka, terco-. Si no lo creen, les contaré lo que ha pasado.
Tanto Svetlana como yo sentimos curiosidad por la historia. Nos sentamos en un tronco. Pashka se puso frente a nosotros. El perrito de pelo crespo se hizo un ovillo a nuestros pies, sobre la hierba. únicamente Sanka, en vez de sentarse, se apartó al otro lado del carro y gritó desde allí, enfadado:
-Por lo menos cuéntalo todo. Cuenta también lo de los golpes en la coronilla. ¿Crees que en la cabeza no duelen? Pruébalo, golpéate y verás.

-En Alemania hay una ciudad que se llama Dresden -contó Pashka, calmoso-. Pues de esa ciudad huyó un obrero judío. Vino aquí. Lo acompañaba una niña, Berta. Ahora el obrero trabaja en este molino y Berta juega con nosotros. Si no la ven es porque ha ido a buscar leche a la aldea. Anteayer jugábamos a la tala Berta, éste (Sanka), otro del pueblo y yo. Berta dio con el marro al palo y lo mandó por casualidad a la cabeza de Sanka-.
En la mismísima coronilla - dijo Sanka detrás del carro -. Vi las estrellas, y Berta se echó a reír.
-Bueno -continuó Pashka-, Berta hizo blanco en la coronilla de Sanka. El la amenazó con el puño y no pasó nada. Se puso una hoja de lampazo en la cabeza y siguió jugando con nosotros. Pero comenzó a hacer el tonto. Se pasaba de la raya y hacía trampa con el palo, lo acercaba al marro.
-¡Mentira, mentira! - gritó Sanka detrás del carro. Fue tu perro, lo empujó con el hocico.
-No jugabas con el perro, sino con nosotros. Podías haber tomado el palo y haberlo puesto en su sitio. Bueno, lo tiró haciendo trampa. Pero cuando Berta agarró el marro, ¡zas!, lanza el palo al otro lado del campo, entre las ortigas.Nosotros nos reímos, pero Sanka estaba furioso. Claro, sacar el palo de las ortigas: "¡Estúpida, judía! ¡Que te lleven otra vez a Alemania!". Berta comprendía muy bien lo que significa "estúpida!, pero sabe poco ruso y entendía la otra palabra. Me lo preguntó y a mí me daba vergüenza explicárselo: Grito: "¡Cállate, Sanka!", pero él aún grita más. Salto la valla para alcanzarle y él se mete en los arbustos. Se escapó. Vuelo y veo el marro tirado al suelo y a Berta sentada sobre unos troncos. La llamo: "¡Berta!" Ella no me responde. Entonces me di cuenta de que Berta estaba llorando, lo había adivinado. Agarré una piedra y me la metí en el bolsillo. Me dije: "Ya nos veremos las caras, Sanka. "vas a ver cómo sabe tu fascismo!".
Miramos a Sanka y nos dijimos:"¡Eh, amigo, por mal camino andas! ¡Pero si repugna hasta oír tales palabras! ¡Y nosotros nos disponíamos a ayudarte!!"
Iba a decir lo que pensaba, cuando de pronto el molino retembló con estrépito y la rueda comenzó a dar vueltas en el agua. De una ventana saltó un gato, espolvoreado de harina, como si huyera del agua hiriviendo: Erró el salto y cayó sobre Sharik, que estaba dormitando. El perrito lanzó un gruñido y dio un brinco. El gato, ni corto ni perezoso trepó el árbol. Los gorriones volaron al tejado. El caballo bajó la cabeza y dio un tirón al carro. Se asomó por la puerta un hombre desgreñado, cubierto de polvo de harina, y sin preguntar qué ocurría, amenazó con un látigo muy largo a Sanka, que acababa de separarse del carro.

-¡Cuidado... deja tranquilo al caballo! Si no, te arranco una oreja.
Svetlana se rió y tuvo lástima por ese desgraciado Sanka, al que todos querían zurrar.
-Papá -me dijo-, a lo mejor no es fascista. Quizá es un tonto -y mirándole cariñosa preguntó: -¿Verdad, Sanka, que tú sólo eres tonto?
Por toda respuesta, Sanka, enfadado, lanzó un gruñido, movió la cabeza y se sorbió los mocos. Pareció que iba a decir algo, pero ¡qué vas a decir cuando la culpa es tuya por completo y no hay modo alguno de justificarse!
En ese momento el perrito dejó de ladrar al gato y levantó las orejas, volviéndose hacia el campo.
-¡Por aquí cerca disparan! - gritó Pashka.
-Disparan por aquí cerca - dije yo también-. Son disparos de fusil, ¿oís? Ahora ha sonado una ametralladora.
-¿Quiénes pelean? - preguntó Svetlana con voz temblorosa-. ¿Se habrá declarado la guerra?

El primero en levantarse y echar a correr fue Pashka. Tras él voló el perrito. Yo tomé a Svetlana de la mano y también me lancé en dirección al bosque.
No habíamos llegado a la mitad del camino cuando oímos un grito a nuestras espaldas. Nos volvimos. Era Sanka.
Levantaba los brazos para que le viéramos y corría a campo traviesa y saltando las zanjas.
-¡Salta como un cabrito! -balbuceó Pashka-. ¿Qué sacude con la mano ese tonto?
-¡No es ningún tonto, me trae las sandalias! -gritó Svetlana alegremente-. Se me habían olvidado las sandalias sobre los troncos. Las ha visto y me las trae. ¡Deberíais hacer las paces, Pashka!
Pashka bajó la cabeza, sin responder nada. Esperamos a Sanka, que trajo las sandalias, y luego los cuatro y el perrito seguimos caminando hasta llegar a la otra linde del bosque.
Ante nosotros se extendía un campo ondulado cubierto de arbustos. Junto a un arroyuelo, una cabra atada a una estaca mordía la hierba, haciendo sonar una campanilla de hojalata. Volaba por el cielo un solitario milano. En aquel campo no se veía a nadie ni se distinguía nada de particular.
-¿Pero dónde están los qu disparan? - preguntó impaciente Svetlana.
-Ahora lo miraré -respondió Pashka subiéndose a un tocón.
Permaneció largo rato de pie, entornados los ojos y defendiéndose del sol con la palma de la mano. Vete a saber lo que veía, pero Svetlana se cansó de esperar y, metiéndose en la hierba, quiso ir sola eb busca de los que habían disparado.
-Esta hierba es muy alta para mí -se quejó Svetlana, levantándose de puntillas-. No veo absolutamente nada.
-Mira al suelo, no tropieces con el cable -dijo una voz potente desde loalto de un árbol.
Pashka saltó del tocón, como movido por un resorte. Brincó torpemente hacia un lado Sanka. Svetlana corrió hacia mí y me agarró de la mano con fuerza.
Dimos unos pasos atrás y vimos a un soldado escondido entre las esperas ramas de un árbol solitario.
Tenía el fusil colgado de una rama, a su lado. Sostenía un auricular de teléfono con la mano y con unos gemelos de campaña miraba, quieto como una estatua, hacia un extremo del desierto campo.
Antes de que pudiéramos abrir la boca, resonó a lo lejos una espantosa descarga de artillería. Retumbó connotas agudas y graves, como un trueno. Vibró la tierra bajo nuestros pies. Sobre el campo, a mucha distancia de nosotros, se levantó una gran nube de polvo y humo. La cabra brincó como loca y rompió la cuerda de esparto que la sujetaba a la estaquilla. El milano ganó altura y huyó rápidamente batiendo alas.
-¡No les arriendo la ganancia a los fascistas! - dijo Pashka en alta voz, mirando a Sanka-. Mira cómo disparan nuestras baterías.
-¡No les arriendo la ganancia a los fascistas! - repitió, como el eco, una voz ronca.
Entonces vimos a un viejo de barba blanca tras unos arbustos.
Era un hombre de anchas espaldas, con un bastón en la mano. Tenía a su lado un enorme perro que enseñaba los dientes a Sharik, el cual se había quedado con el rabo entre las piernas.
El viejo llevaba un sombrero de paja de ancha ala. Lo levantó brevemente y saludó con mucha gravedad a Svetlana y luego a los demás. Después colocó su nudoso bastón en la hierba, sacó del bolsillo una pipa y la llenó de tabaco.
Se entretuvo bastante aplastando el tabaco con el dedo y removiéndolo con un clavo, como hurgón en la estufa.
Por fin, encendió la pipa y entonces empezó a chupar y a sacar humo de tal modo, que el soldado escondido en el árbol se puso a estornudar y a toser.
En ses momento volvió a tronar la batería y vimos que, de pronto, el campo solitario y tranquilo se llenaba de vida, de ruidos y de movimiento. De detrás de arbustos y montículos, y del interior de las zanjas, surgieron soldados con el fusil en la mano y la bayoneta calada.
Los soldados corrían, saltaba, caían, se levantaban otra vez, se acercaban a una colina cubierta aún por nubes de humo y polvo, estrechaban el cerco a esa colina y por fin la tomaron al asalto, lanzando penetrantes gritos.
Luego todo volvió a quedar en paz. Desde la cima de la colina agitó unas banderitas un soldado al que apenas lográbamos distinguir y que parecía de plomo. Sonó, estridente, el toque de "retirada". El centinela del árbol bajó quebrando ramitas con sus pesadas botas. Luego pasó la mano por la cabeza de Svetlana, le dio tres lustrosas bellotas y se fue presuroso, arrollando en un carrete el cable telefónico.
El ejercicio militar había terminado.
-¿Has visto? -dijo Pashka a Sanka, dándole un codazo-. Éstos no lanzan palos a la coronilla. Lo que aquí os volaría a vosotros, los fascistas, sería la cabeza.
-¡Qué palabras más raras estoy oyendo! - dijo el viejo barbudo, adelantándose unos pasos-. Tengo sesenta años, más por lo visto aún soy hombre de poca experiencia. No comprendo lo que pasa. Al otro lado de la colina está el koljós "Amanecer". Los campos que hay en los alrededores sonnuestros: de cebada, de alforfón, de mijo y de trigo. Hemos construido un nuevo molino sobre el río. Tenemos colmenas en el bosque Yo soy el guarda principal de todo ello. He visto maleantes de toda laya, he detenido a ladrones de caballos, pero nunca me había encontrado por aquí con ningún fascista. Acércate, Sanka, criatura terrible, deja que te mire bien. Pero un momento, un momento. Sécate antes la saliva y límpiate los mocos; si no, aún me vas a asustar más.
El viejo burlón dijo estas cosas pausadamente, a la vez que examinaba lleno de curiosidad al asombrado Sanka, que abría desmesuradamente los ojos.
-¡Mentira! -gritó Sanka, ofendido y sorbiéndose los mocos-. No soy fascista. Berta ya no está enfadada y ayer se comió más de la mitad de mi manzana. Este Pashka azuza a todos los chicos contra mí. Él chilla, pero me ha birlado un muelle del colchón. Si soy fascista, también lo será el muelle. Y a hecho un balancín para su perro. Cuando le digo "hagamos las paces, Pashka", él me responde: "Primero te daré una paliza y luego haremos las paces."
-Hay que hacer las paces sin pegarse - dijo Svetlana con aplomo -. Se enlazan los dedos meñiques, se escupe al suelo y se dice: "No reñiremos nunca, siempre seremos amigos, siempre". A ver, vengan los dedos meñiques. Y tú, guarda principal del koljós, da un grito a tu perrazo y que deje en paz a nuestro pequeño Sharik.
-¡Aquí, Polkán! - gritó el guarda -. ¡Al suelo, y no tocar a los amigos!
-¡Ah, éste es Polkán! ¡Polkán, el gigantón, el peludo y colmilludo!
Svetlana se fijó en el perro, se le acercó dando vueltas y amenazándolo con el dedo dijo:
-¡No tocar a los amigos!
Polkán miró a Svetlana y vio que la niña tenía los ojos claros, notó que las manos le olían a hierba y a flores. Puso buena cara, movió la cola.
Entonces Sanka y Pashka tuvieron envidia y también se acercaron al perro. Le dijeron a su vez:
-También somos amigos, ¡no nos toques!
Polkán levantó, receloso, el hocico: ¿no huelen a zanahoria de los huertos koljosianos los pícaros muchachos? En aquel momento pasó corriendo por el sendero un potro juguetón, levantando polvo. Ni que lo hubiera hecho adrede. El perrazo estornudó sin haber aclarado nada. No tocó a los muchachos, pero tampoco meneó la cola ni permitió que lo acariciaran.
-Tenemos que irnos -dije de repente-. El sol está alto. Pronto será mediodía. ¡Qué calor!
-¡Adiós! - dijo Svetlana, despidiéndose de todos-. Nos vamos lejos.
-¡Adiós! -respondieron los chicos, hechas ya las paces -. aunque vayáis lejos, volved a vernos.
-¡Hasta la vista! - dijo el guarda con ojos sonrientes -. No sé hacia dónde vais ni lo que buscáis. Por aquí el peor sitio es el que se encuentra a la izquierda del río, donde está el viejo cementerio de nuestra aldea, el sitio mejor es el de la derecha, adonde se llega a través de la pradera y del barranco en que sacan piedra; luego hay que seguir el pimpollar y dar la vuelta al terreno pantanoso. A la orilla del lago se extiende un gran bosque de pinos. Si llegáis, encontraréis setas, flores y bayas. En una casa de la orilla vive mi hija Valentina con su marido y su hijo Fedor. Saludadlos de mi parte si os acercáis a la casa.
El curioso guarda levantó un poco el sombrero, silbó al perro, chupó la pipa y se encaminó hacia un campo de guisantes, dejando tras sí una ancha franja de espeso humo.
Svetlana y yo nos miramos. ¡Para qué ir hacia el triste cementerio! Nos dimos la mano y torcimos a la derecha, hacia el mejor de los sitios.
Cruzamos la pradera y bajamos al barranco.
Vimos a unos hombres sacando piedra,blanca como el azúcar, de unos profundos hoyos negros. Ya habían sacado un gran montón, pero continuaban sacando y amontonando piedra. Chirriaban las ruedas de las carretillas.
Por lo visto, bajo tierra hay piedras de muchas clases.
Svetlana quiso mirar por uno de los hoyos negros. Se echó al suelo, boca abajo. Cuando la aparté del hoyo tirando de ella por los pies, me dijo que al principio no había visto más que tinieblas. Luego divisó un mar negro, donde algo se agitaba haciendo ruido. Probablemente era un tiburón de dos colas, una delante y otra detrás. También le pareció ver al Coco de trescientas veinticinco piernas y un ojo de oro. El Coco estaba sentado y bufaba.
Me la quedé mirando y le pregunté si no había visto, además, un barco de dos chimeneas, un mono gris en las ramas de un árbol y un oso blanco en un témpano.
Svetlana hizo memoria. Resultó que también los había visto.
La amenacé con el dedo: ¿no mentía? Por toda respuesta se echó a reír y a correr.
Anduvimos mucho tiempo. Nos deteníamos a menudo, descansábamos y arrancábamos flores. Cuando nos hartábamos de llevarlas, dejábamos los ramos en el camino.
Svetlana hizo memoria. Resultó que también los había visto.
La amenacé con el dedo: ¿no mentía? Por toda respuesta se echá a reír y a correr.
Anduvimos mucho tiempo. Nos deteníamos a menud, descansábamos y arrancábamos flores. Cuandonos hartábamos de llevarlas, dejábamos los ramos en el camino.
Arrojé uno a unma vieja que iba enun carro. La mujer, al principio, se asustó, sin comprender de qué se trataba, y nos amenazó con el puño. Pero luego vio las flores, se sonrió y nos lanzó tres grandes pepinos frescos.
Los recogimos, les quitamos el polvo y los pusimos en la mochila. Proseguimos nuestro camino, satisfechos.
Encontramos una aldea donde viven personas que aran la tierra, siembran trigo y patatas, plantan coles, remolachas o cuidan las huertas y los árboles frutales.
Tras la aldea vimos pequeñas tumbas cubiertas de césped, donde descansan quienes ya han sembrado y trabajado lo que les corresponde.
Pasamos junto a un árbol hendido por un rayo.
Nos cruzamos con una manada de caballos, a cual mejor.
También vimos un pope vestido con su larga túnica negra. Le seguimos con la mirada, sorprendidos de que en el mundo queden aún hombres tan originales.
Nos intranquilizó notar que salían nubes. Fueron saliendo por todo el cielo. Rodearon el sol, lo cazaron y lo taparon. Mas el terco sol se abría paso ya en un agujero, ya en otro, y al fin se sacudió las nubes y volvió a brillar sobre la inmensa tierra aún con más fuerza y despidiendo más calor.
Nuestra casita gris con tejado de tablas había quedado a nuestra espalda, muy lejos.
Probablemente Marusia había regresado hacía mucho. Habría mirado y no nos habría visto. Nos habría buscado en vano. Seguramente nos está esperando, ¡qué tonta!
-¡Papá! -dijo por fin Svetlana, fatigada -. Sentémonos a descansar y a comer alguna cosa.
Encontramos una praderita, hermosa como pocas.
Apartamos las frondosas ramas de un avellano silvestre. A su lado crecía un abeto plateado. Alrededor delárbol, las flores se contaban por millares -azules, rojas, violáceas -, más brillantes que las banderitas de Primero de mayo, aromáticas. No se movían en lo más mínimo.
Ni siquiera los pájaros cantaban en aquel pacífico claro del bosque.
Una corneja, boba, se posó en una rama, miró en torno, y al ver que se había equivocado, graznó sorprendida: "karr... karr...", y al instante se fue volando hacia sus feos hoys de basura.
-Siéntate, Svetlana, vigila mochila. Voy a llenar la botella de agua fresca. No tengas miedo. Aquí no hay más fieras que la liebre de orejas largas.
-No me asustarían ni mil liebres -replicó valiente Svetlana-. Pero, a pesar de todo, vuelve pronto.
El agua no estaba tan cerca como me había figurado, y al regresar me sentía ya inquieto por
Svetlana.
Pero lo aniña no se había asustado ni lloraba. cantaba.
Me escondí tras un arbusto; vi que la regordeta Svetlana, de rubios cabellos, se había acercado a las flores, que le llegaban hasta el hombro, y canturreaba una canción que ella misma acababa de inventar:

¡Eh... eh!
No hemos roto la taza azul.
¡No... no!
Va al campo el guarda de los campos
Pero nosotros no hemos entrado en el huerto de zanahorias.
Ni yo ni él hemos entrado.
Pero Sanka entró una vez.
¡Eh... eh!
Al campo va el ejército rojo
(ha venido de la ciudad)
El ejército rojo es el más rojo.
El ejército blanco es el más blanco.
¡Tru-ru-rú! ¡Tra-ta-tá!
Son los tambores.
Son los aviadores.
Los tambores vuelan en aviones.
Yo toco el tambor... y aquí estoy.

Las altas flores escucharon esta canción calladas y solemnes, saludando levemente a Svetlana con sus exuberantes cabecitas.
-¡Ven aquí, tamborilera! - grité, apartando las ramas de los arbustos-. Tenemos agua fresca, manzanas rojas, pan blanco y rosquillas doraditas. Por tu bonita canción, cuando te dé es poco.
Svetlana se turbó levemente.Movió la cabeza como enojada, entornando los ojos como suele entornarlos Marusia, y dijo:
-Te has escondido y has estado escuchando. ¡Esto es una vergüenza, querido camarada!
De pronto Svetlana se calló y se quedó pensativa.
Mientras comíamos, un pardillo gris se posó en una rama y comenzó a piar.
Era un pajarito ridículo. Frente a nosotros, en la rama, daba saltitos, piaba y no se iba.
-A este pardillo lo conozco -dijo Svetlana con aplomo -. Lo vi cuando nos columpiamos con mamá en el jardín. Mamá me columpiaba muy alto... ¿Por qué ha venido volando desde tan lejos?
-¡No, no! -le replique´-. Es otro pardillo. Te equivocas, Svetlana. A aquel pardillo le faltan unas plumas de la cola; se las arrancó el gato de la dueña de la casa. Aquel pájaro está más gordo y canta de otro modo.
-¡No, es lo mismo! -insistió Svetlana, terca-. Lo sé. Nos ha seguido volando desde allí.
-¡Eh... eh! -canté con melancólica voz debajo-. Pero no hemos roto la taza azul. Y hemos decidido irnos muy lejos.
El pardillo trinó, enojado. En aquel mar de flores no se movió ni saludó ninguna florecilla. Svetlana frunció el ceño y dijo, severa:
-Tú tienes otra voz. Así no se canta. De este modo sólo cantan los osos.
Nos pusimos en marcha, callados. Salimos de la espesura. Al divisar, al pie de la montaña, la brillante corriente del río, se me alegró la vista.
Levanté Svetlana. Cuando vio la orilla arenosa y las isletas verdes, se olvidó de todo, y gritó, dando palmadas de alegría:
-¡A bañarnos, a bañarnos!

Para llegar antes al río, fuimos en línea recta, a través de húmedas praderas.
Pronto encontramos espesas matas de arbustos que crecen en los terrenos pantanosos. Nos molestaba tener que volver atrás y decidimos abrirnos camino como fuera. Pero cuanto más avanzábamos, más se cerraba a nuestro alrededor el tremedal.
Dimos vueltas por aquel lugar pantanoso, torcimos a la derecha, a la izquierda, pasamos por troncos caídos que chapoteaban en el agua, bajo nuestro peso, saltábamos de montículo en montículo. Nos mojamos, nos llenamos de barro sin lograr salir del atolladero.
Muy cerca, tras los arbustos, mugían unas vacas, se oía el restallar del látigo del pastor y el ladrido furioso del perrito que husmeaba nuestra presencia. Pero nosotros no veíamos más que el agua pantanosa cubierta de herrumbre, arbustos podridos y carices.
En el pecoso rostro de Svetlana, que había enmudecido, se reflejaba ya cierta inquietud. La niña se volvía cada vez con mayor frecuencia y me miraba sin decir nada, pero su expresión era elocuente; era como si pensara: "¿Qué es esto, papá? Tú eres grande, fuerte. ¿Y no podemos salir de aquí?".
-¡No te muevas de este lugar! -le ordené, dejándola sobre un pedazo de tierra seca.
Me metí en la espesura, pero por aquella parte no había más que una blanda pasta verdosa entretejida con gordos tallos de flores de pantano.
Volví sobre mis pasos. Svetlana no se había quedado en el lugar seco, sino que, agarrándose a las ramas de los arbustos, se abría camino hacia mí.
-¡No te muevas de donde te he dejado! -le dije imperioso.
Svetlana se detuvo. parpadeó y contrajo los labios.
-¿Por qué gritas? -me preguntó con voz baja y temblorosa -. Estoy descalza y aquí hay ranas. Tengo miedo.
Entonces la niña me dio mucha pena. Se hallaba en aquel trance apurado por culpa mía.
-Toma un palo y pega esas ranas sinvergüenzas. ¡Dales sin compasión! -le grité!-. ¡Pero no te muevas del sitio! Ahora saldremos de aquí.
De nuevo me dirigí hacia la espesura, enojado conmigo mismo. ¿Qué sucedía? ¿Acaso aquel tremedal insignificante podía compararse con los juncales sin fin de la región del Dniéper y con las fangosas orillas del Ajtir, donde, en otro tiempo, perseguimos y aniquilamos a una unidad de desembarco de Wrangel?
Avanzo de montículo en montículo, de mata enmata. Me hundo en el agua hasta la cintura. Se quiebra una rama seca de pobo. Dejo la rama y caigo en la masa de un tronco podrido. Cruje, sordo, un carcomido tocón. Por fin encuentro un punto de apoyo. Aún se extiende ante mí otro charco. Al otro lado está la orilla seca.
Aparté unas cañas y salí junto a una cabra, que dio un brinco al notar mi presencia.
-¡E-e-eh! ¡Svetlana! -grité-. ¿Estás ahí?
-¡E-e-eh! -contestó una voz fina y quejumbrosa, más allá de los arbustos-. ¡Estoy aquí-í-í!

Llegamos a la orilla del río. Nos limpiamos el barro y el limo que se nos había pegado por todas partes. Aclaramos la ropa, y mientras se nos secaba en la recalentada arena, nos bañamos.
Los peces corrieron aterrorizados a sus profundos escondites cuando, entre risas, levantamos cascadas de agua, espumosas y centelleantes.
Un negro y bigotudo cangrejo que saqué de su reino subacuático se retorció lleno de terror, haciendo rodar sus ojos esféricos. Por lo visto nunca le habían toca los rayos de un sol tan cegado ni había visto él a una niña tan rubia.
Entonces, lleno de furor, tuvo la audacia de agarrar por el dedo a Svetlana.
La niña lanzó un grito y tiró el cangrejo en medio de una manada de cebados gansos. Los gansos retrocedieron.
Pero había uno, gris, viejo ya, que se le acercó cautelosamente. Cosas más terribles había tenido ocasión de ver en este mundo. Inclinó la cabeza, miró con el rabillo del ojo, dio un picotazo y allí encontró su fin el cangrejo.

Terminado el baño, secas las ropas, nos vestimos y continuamos nuestro camino.
Otra vez algo nos llamaba la atención a cada paso: gentes, caballerías, carros, camiones e incluso una fierecilla gris, un erizo, al que recogimos, aunque pronto nos pinchó las manos y lo tiramos a un arroyo de agua fría.
El erizo alcanzó nadando la otra orilla. "¡Vaya sinvergüenzas! -pensaba la fierecilla-. ¡Quién es el guapo que encuentra desde aquí la madriguera!"
Por fin llegamos al lago.
Allí terminaba el campo más distante del koljós "Amanecer". En la otra orilla, las tierras eran ya de "La aurora roja":
Vimos en la linde una casa de troncos. En seguida adivinamos que era de Valentina, la hija del guarda, y que allí vivía ella con su marido y con su hijo Fedor.
Nos acercamos a la valla por la parte donde unos girasoles en flor, altos y tiesos como soldados, montaban la guardia.
Valentina se hallaba en la puerta que daba al huerto de frutales. Era una mujer alta, de anchas espaldas, como su padre. Llevaba abierto el cuello de su blusa azul. Sostenía con una mano un cepillo de fregar el suelo y con la otra un trapo mojado.
-¡Fedor! -gritó severa- ¿Dónde has metido la olla, piel de Barrabás?
-¡Mírala! -le respondió una voz grave, junto a una mata de frambuesas, y el albino Fedor señaló hacia un charco donde la olla navegaba cargada con hierba y astillitas.
-¿Y dónde has escondido el tamiz, sinvergüenza?
-¡Míralo! -respondió Fedor con la misma gravedad, mostrando el tamiz, puesto boca abajo, sostenido por una piedra, constituyendo una jaula improvisada donde algo se movía.
-¡Ya me las pagarás, atamán!... Cuando vengas a casa te voy a zurrar con el trapo mojado. -Valentina le amenazó. Al vernos, bajó la falda que llevaba recogida.
-¡Buenas tardes! -dije-. Le traemos saludos de su padre.
-Gracias -respondió Valentina-. Pasen al huerto. Descansen.
Entramos por la portezuela de la valla y nos recostamos bajo un manzano cargado de fruta madura.
El gordito Fedor no llevaba más que la camisa. tenía sobre la hierba los pantalones mojados y sucios de barro.
_Estoy comiendo frambuesas -nos explicó Fedor con mucha seriedad-. Ya me he comido las de dos matas. Aún quiero comer más.
_Que te aproveche -le dije-. Pero cuidado, no revientes.
Fedor dejó de comer, se dio unas palmaditas en el vientre, me miró enojado y, tomando los pantalones, se encaminó despacito hacia su casa.

Estuvimos tumbados mucho rato en silencio. Creí que Svetlana se había dormido. Me volví de cara hacia ella. No estaba dormida, sino que estaba absorta contemplando una mariposa plateada que iba subiendo poco a poco por la manga de su vestido color de rosa.
De pronto oímos un zumbido poderoso; vibró el aire y sobre las copas de los tranquilos manzanos pasó, raudo como una tempestad, un refulgente avión.
Se estremeció Svetlana, echó a volar la mariposa,saltó de la valla, batiendo alas, un gallo amarillo, cruzó el cielo una chova dando gritos de temor, y todo volvió a quedar en paz.
-Este aviador es el mismo -dijo Svetlana con rencor -. El que nos visitó ayer.
-¿Por qué ha de ser el mismo? - pregunté, alzando un poco la cabeza-. Quizá es otro.
-No, es el mismo. Le oí decir a mamá que mañana se iría muy lejos y para siempre. Yo me estaba comiendo un tomate rojo y también oí que mamá le contestaba: "Bueno, adiós. Buen viaje".
-Papá - exclamó Svetlana subiéndose encima - Cuéntame algo de mamá. Por ejemplo, qué pasaba cuando todavía no estaba yo.
-¿Qué pasaba? Pues lo mismo que ahora. Después del día venía la noche, y luego volvían el día y la noche.
-¡Y mil días más! -me interrumpió Svetlana, impaciente-. Pero cuéntame lo que pasaba en esos días. Haces ver que no me entiendes, lo sabes...
_Está bien, te o contaré, pero bájate y siéntate en la hierba; si no, va a serme difícil hablar. ¡Escucha! Nuestra Marusia tenía entonces diecisiete años. Los blancos entraron en su ciudad, le detuvieron al padre y lo metieron en la cárcel. Marusia no tenía madre hacía tiempo y se quedó completamente sola.
-¡Qué pena me da! -comentó Svetlana acercándoseme más -. Sigue contando.
-Se puso un pañuelo a la cabeza y salió a la calle. Los soldados blancos detenían a mucha gente. En la ciudad también había personas que estaban contentas, claro. tenían encendidas las luces, tocaban y cantaban. Marusia no sabía adónde ir ni a quién contar lo que le pasaba.
-¡Pobre, me da mucha pena! - exclamó Svetlana interrumpiendo, impaciente, mi relato-. Papá, date prisa a contar lo que pasó luego.
-Entonces Marusia salió de la ciudad, hacia la estepa. que casi no tiene fin. Brillaba la luna, hacía viento.
-¿Había lobos?
-No, no había lobos. estos animales, asustados por los tiros, habían huido a los bosques. Marusia se dijo: "Andaré hata llegar a la ciudad de Bielgorod. Allí está el camarada Voroshílov, con su ejército. Dicen que es muy valiente.Quizá me ayude si se lo pido."
"Lo que no sabía la tonta de Marusia era que nuestro ejército no esperaba a que le pidieran ayuda, sino que iba por sí mismo a socorrer a los pueblos y ciudades ocupados por los blancos. Nuestros destacamentos avanzaban por la estepa, no lejos del lugar en que se hallaba Marusia. Cinco balas, en cada fusil, doscientas cincuenta en cada ametralladora.
"Entonces yo iba al frente de un grupo de exploradores. De pronto vi una sombra tras un montículo. "Ah! (me digo). Será un explorador blanco. ¡Buena la espera!"
"Clavé las espuelas al caballo. Salté tras el montículo. ¡Qué milagro era aquél! Allí no había ningún explorador blanco, sino una joven iluminada por la luz de la luna. No le distinguía la cara. La cabellera le flotaba al viento.
"Por lo que pudiera ocurrir, bajé del caballo con la carabina en la mano. Me acerqué a la joven y le pregunté: "¿Quién eres y qué buscas por la estepa a estas horas de la noche?"
"La luna era grande, muy grande. La joven distinguió la estrella de mi gorro, me abrazó y rompió a llorar.
"De este modo nos conocimos.
"Por la mañana echamos a los blancos de la ciudad. Abrimos las cárceles y liberamos a los detenidos.
"Me encuentro tumbado en una cama del hospital. Una bala me ha atravesado el pecho. También me duele el hombro: al caer del caballo me di contra una piedra.
"Se me acerca el jefe del escuadrón y me dice:
"- Vengo a despedirme de ti. Seguimos atacando. Aquí tienes tabaco y papel, regalo de los camaradas. Quédate tranquilo y cúrate pronto.
"Pasa el día. Saludo a la noche. Me duelen el pecho y el hombro. Me aburro. ¡Sí, mi buena Svetlana; es aburrido estar sin camaradas!
"De pronto se abre la puerta y entra Marusia sin hacer ruido. Me alegré tanto que por poco lancé un grito.
"Marusia se acercó, se sentó a mi lado, me puso la mano en la frente, que me ardía, y me dijo:
"- Después del combate te he estado buscando todo el día. ¿Te duele mucho la herida, hermano?
"Respondí:
"-¡No importa lo que duela, Marusia! ¿Por qué estás tan pálida?
"-Duerme -me respondió-. Duerme mucho. Vendré a hacerte compañía todos los días.
"Entonces Marusia y yo nos encontramos por segunda vez, y desde aquel día hemos vivido juntos.

-Papá -preguntó entonces Svetlana, conmovida- ¿Verdad que no nos hemos ido de casa para siempre? Ella nos quiere. Caminamos, caminamos, y luego volveremos.
-¿De dónde sabes tú que nos quiere? A ti quizá aún te quiere, pero a mí no.
-¡Es mentira! -replicó Svetlana, moviendo la cabeza-. Ayer por la noche me desperté y vi que mamá cerraba el libro y se volvía hacia ti. Se te quedó mirando.
-¡Vaya cosa! También mira a la gente por la ventana. Tiene ojos para mirar, y mira.
-¡Aho, no! -repuso Svetlana con aplomo-. Cuando mira por la ventana lo hace de manera muy distinta, así...
Svetlana frunció las finas cejas, inclinó la cabeza hacia un lado, apretó los labios y contempló indiferente a un gallo que acertó a pasar por allí.
-Cuando queremos a una persona, miramos de otro modo.
Pareció que la aurora iluminaba los ojos azules de Svetlana . Le vibraron las pestañas, se me clavó en el rostro la encantadora y pensativa mirada de Marusia.
-¡Ah, pícara! -exclamé entonces-. ¿Cómo me miraste ayer cuando derramaste la tinta?
_Es que tú me echaste de la habitación, y las personas a quienes echan de unsitio siempre miran enfadadas.

Nosotros no habíamos roto la taza azul. Quizá había sido Marusia la que había roto alguna cosa, pero nosotros la perdonamos. ¿Quién no ha pensado mal de una persona sin motivo? Una vez incluso Svetlana pensó mal de mí. Yo también pensé mal de Marusia.
Me fui a ver a la dueña de la casa, a Valentina, y le pregunté si había algún camino más corto por el que poder volver a nuestra aldea.
-Ahora mi marido se va a la estación -respondió Valentina- Os llevará en carro hasta el molino. Vuestra casa no queda lejos de allí.
Al volver al huerto, encontré a Svetlana llena de indignación, junto a la puerta.
-Papá - me dijo con misterioso balbuceo -. El chico, Fedor, en vez de comer frambuesas te saca las rosquillas de la mochila.
El astuto Fedor, al ver que nos acercábamos al manzano se escondió entre espesos lampazos, cerca de la valla.
-¡Fedor! -le llamé-. Ven acá, no temas.
Las cimas de los lampazos se agitaron. Estaba claro que Fedor se alejaba a toda prisa.
-¡Fedor! - repetí -. Ven. te daré todas las rosquillas.
Los lampazos dejaron de moverse, y pronto desde sus tupidas matas llegó hasta nosotros un pesado suspiro.
-Estoy aquí, sin pantalones -dijo por fin una voz enojada -. Por todas partes hay ortigas.
Entonces di unas zancadas por encima de los lampazos, como gigante sobre el bosque; llegué donde estaba Fedor y le di todo lo que quedaba en la bolsa.
Recogió sin apresurarse lo que yo había echado al suelo y se lo puso en el extremo levantado de la camisa. Luego, sin decir siquiera "gracias", se dirigió hacia la otra parte del huerto.
-¡Vaya importancia que se da! - comentó Svetlana -. se ha quitado los pantalones y anda como si fuese un señor.
Se acercó a la casa un carro tirado por dos caballos. Valentina salió al portal.
-Subid, los caballos son buenos. Veréis lo que caminan.
Volvió a aparecer Fedor. Esta vez llevaba pantalones y tenía agarrado por el pescuezo un hermoso gatito gris. Avanzó dando raídos pasos. Por lo visto, el gatito estaba acostumbrado a semejantes tratos, pues no procuraba escapar ni maullaba. Se limitaba a mover lentamente la peluda cola.
-¡Toma! - exclamó Fedor, entregando el gatito a Svetlana.
-¿Para siempre? -preguntó la niña, contenta, mirándome indecisa.
-Llévenselo, llévenselo si lo quieren - nos dijo Valentina -. Esta mercancía aquí abunda. ¡Fedor! ¿Por qué has escondido las rosquillas entre las coles? Te he visto por la ventana.
-Ahora iré y l as esconderé más lejos -respondió Fedor, y se fue, inclinando el cuerpo a derecha e izquierda, sin prisa alguna, como un grave osezno patizambo.
-Es igual que el abuelo -dijo Valentina, sonriéndose-. Tan fuertote. No tiene más que cuatro años.

...El carro nos llevaba por un camino ancho y bien cuidado. Se hizo de noche. Nos cruzábamos con gente que volvía del trabajo, cansada, pero alegre.
Trepidó el camión del koljós en un garaje. Sonó en el campo el clarín militar.
Tocó la campana de la aldea.
Tras el bosque silbó una locomotora. ¡Tuu!... ¡Tuu!... Girad, ruedas; apresuraos, vagones. El camino es de hierro, largo y lejano.
Sacudida por el traqueteo del carro, apretando contra sí al peludo gatito, la feliz Svetlana cantaba la siguiente canción:

¡Tip, tip-tap!
Los ratoncitos pasan.
Pasan con sus colitas,
Muy rabiosos.
Se meten por todas partes,
Suben al estante.
¡Traj-tararaj!
Vuela una taza.
¿Quién tiene la culpa?
Nadie es culpable.
Sólo los ratoncitos
De los negros agujeros.
-¡Salud, ratoncitos!
Estamos de vuelta.
¿A que no sabéis
LO que con nosotros traemos?
Es una cosa que maúlla,
Que salta,
Que bebe leche del platito.
Huid ahora
A los negros agujeros,
Si no queréis que os haga
Pedacitos.
En diez pedacitos,
En veinte pedacitos,
En cien millones
De peludos trocitos.

Cerca del molino saltamos del carro.
Oímos a Pashka Bukamáshkin, a Sanka, a Berta y a otro niño jugando al marro tras de la valla.
-¡No hagas trampa! -gritaba a Berta el indignado Sanka-. Decíais de mi, pero sois vosotros los que dais más pasos de la cuenta.
-Alguno hay que vuelve a pasarse d ela raya -comentó Svetlana -. Reñirán otra vez, seguro -y añadió, suspirando -. ¡No hay modo de evitarlo en este juego!
Nos acercábamos a nuestra casa. Estábamos emocionados. Sólo nos faltaba doblar una esquina y subir una cuesta.
De pronto nos miramos, desconcertados, y nos detuvimos.
Aún no se veía la valla ni el alto portal de nuestra casita gris, pero divisábamos el tejado de madera, y sobre el tejado daba vueltas nuestro molinete.
-¡Ha sido mamá, la que ha subido al tejado! -exclamó Svetlana, y se puso a correr, tirándome de la mano.
Llegamos a lo alto de la cuestecita.
Los rayos anaranjados del sol vespertino iluminaban el portal. Allí estaba nuestra Marusia de pie, con vestido rojo y sandalias, sonriéndose.
-¡Ríete, ríete! -le dijo Svetlana, corriendo a sus brazos-. De todos modos, nosotros ya te hemos perdonado.
Me acerqué y le miré el rostro.
Marusia tenía los ojos color castaño, de dulce mirar. Nos había estado esperando mucho tiempo, era evidente, y se alegraba mucho de que, por fin, hubiéramos llegado.
"No -me dije con firme decisión, a la vez que daba un puntapié a un trozo de taza azul que había en el suelo -.Han sido los ratones grises y malos. No la hemos roto nosotros. Y Marusia tampoco ha roto nada."
...Luego se hizo de noche. Salieron la luna y las estrellas.
Durante mucho rato, estuvimos los tres en el jardín, bajo un guindo de madera fruta. Marusia nos contó dónde había estado, qué había hecho y lo que había visto.
El relato de Svetlana habría durado por lo menos hasta media noche si Marusia, al darse cuenta de que era tarde, no la hubiese mandado a dormir.
-¿Qué te parece? -me dijo la pícara Svetlana, llevándose consigo al gatito somnoliento -. ¿Qué tal vivimos, ahora?
También Marusia y yo nos levantamos.
La luna dorada brillaba sobre nuestro jardín.
Pitó hacia el Norte un lejano tren.
Zumbó en lo alto y se escondió entre las nubes un avión nocturno.
¡La vida, camaradas... era realmente hermosa!

1936.