lunes, 24 de octubre de 2011

VALENTIN PETRÓVICH KATÁIEV (LOS CUCHILLOS)







































Nació en Odesa en 1897. Su padre era maestro de escuela. Ya en su juventud, Katáiev escribió poesías que se publicaron en revistas de Odesa y de Petersburgo. En 1915 se incorporó al ejército como artillero. En 1922 se trasladó a Moscú y se consagró a la literatura. Después de varios ensayos como autor de relatos breves, como dramaturgo y comediógrafo, alcanza un gran éxito con su novela para niños "Brilla una vela blanca en el horizonte (1936), obra en que se manifiesta ya en su madurez el talento literario de su autor. Le siguen, entre las mejores obras de Katáiev, "Soy hijo del pueblo trabajador" (1937) y "El hijo del regimiento" (1945), ambas llevadas al cine. Katáiev ha sido galardonado por dos veces (en 1946 y 1951) con el premio Stalin. "Los cuchillos", forma parte de sus cuentos de 1926.


LOS CUCHILLOS


Un paseo documental por los bulevares basta, sin duda, para descubrir el calibre de un hombre.
Pashka Kukushkin comenzó su paseo en Chistie Prudí 1 a las seis de la tarde. Lo primero que hizo fue acercarse a una tienda de bebidas y tomar una cerveza, con lo que se puso ya de manifiesto que procede en la vida de manera justa y que se inclina a la templanza.
Compró luego a una viejecita dos vasos de pipas tostadas de girasol y se puso a caminar, sin prisas, por el centro de la avenida. Se le acercó una gitana.
-Guapo mozo, resalao, venga tu palma; te diré la verdad, por quién sufres y lo que tienes en el corazón; te lo diré todo, no te ocultaré nada. Bastará que regales diez kopeks a esta vieja gitana. Si te echo la buenaventura, saldrás ganando; si no, lo sentirás.
Pashka se quedó cavilando, y dijo:
-Esto de leer las líneas de la mano, gitana, es un prejuicio y una tontería; pero aquí tienes los diez kopeks. Adivina lo que quieras. De todos modos no vas a soltar más que embustes.
La gitana escondió la moneda en su falda de chillones colores y sonrió, poniendo al descubierto sus negros dientes.
-Te espera un encuentro agradable, joven. Este encuentro te llenará el corazón de angustia. Se te atravesará en el camino un hombre de edad madura. No temas nada, sino unos cuchillos, que te darán serios disgustos. No temas a los amigos, teme a los enemigos. Un papagayo verde te traerá la felicidad. Sigue paseando tranquilamente.
La gitana combó su flácido vientre y se alejó dándose importancia, arrastrando por el suelo los talones parduscos.
-Vaya paparruchas las que sabe inventarse esta vieja -dijo Pashka; hizo un guiño, lanzó una carcajada y siguió caminando.
Mientras paseaba, iba saboreando, uno tras otro, todos los placeres que la vida le ofrecía. Primero se pesó en una báscula tambaleante, que señaló cuatro puds y quince libras. Poco después quiso comprobar cuál era su fuerza, y poniéndose en cuclillas, para ser más eficiente, hizo subir la oscilante aguja del dinamómetro hasta la señal "hombre fuerte". Paseó un poco más y deseó someter a prueba la resistencia de sus nervios a la electricidad. Empuñó dos bastoncitos de cobre y notó fuerte hormigueo en las articulaciones, como si se le llenaran de agua gaseosa. Parecía que las palmas de las manos se le habían quedado pegadas al cobre,pero comprobó que tenía los nervios muy resistentes.
Luego se sentó en una silla, delante de un decorado que pendía de un árbol y que representaba al Kremlin y el Puente de Piedra de Moscú. Cruzó las piernas, puso cara seria y se fotografió. A los diez minutos recibió la fotografía, mojada aún, y se quedó un buen rato contemplándose a sí mismo con manifiesta satisfacción. Le encantaba la gorra a cuadros, la nariz chata -archiconocida-, la camisa de cuello abierto y la chaqueta. ¡Caramba! Casi no podía creer que aquel joven tan apuesto fuera él mismo.
-No estoy mal - se dijo, enrollando cuidadosamente la pegajosa fotografía, y se dirigió hacia el pequeño embarcadero del estanque, donde se alquilaban barcas.
Para disfrutar de todos los goces dominicales, no le faltaba más que encontrar a chicas que quisieran dar un paseo en barca con él. El caso es, empero, que siguió caminando hasta llegar a un barracón de feria - que ya conocía - ante cuya puerta, abierta de par en par, se aglomeraba la gente. Se oía tintineo de objetos metálicos y resonaban fuertes carcajadas.
-¿Qué ocurre? - preguntó a un soldado de poca talla que daba empujones a la gente.
-Están lanzando anillas; es muy divertido. El que acierta puede conseguir hasta un samovar.
Lleno de curiosidad, Pashka miró por encima de las cabezas al interior de la barraca, iluminada por varias lámparas. la pared del fondo estaba recubierta con tela roja. En unas estanterías dispuestas en tres hileras había unos cuchillos clavados. Entre ellos se hallaban colocados los tentadores premios. En el estante inferior, había cajitas de caramelos y de galletas; en el central, despertadores, ollas y gorras; en el superior, cerca del techo, en una leve penumbra, se exponían objetos atrayentes en alto grado: dos balalaikas, un samovar de Tula, unas botas altas de piel de becerro, una camisa rusa, un acordeón italiano, un reloj de pared con su cuchillo y un gramófono. Según el cuchillo en que se encajara una anilla, podía recibirse un objeto u otro. Pero acertar resultaba poco menos que imposible, los cuchillos oscilaban mucho. Era muy divertido.
Poniendo los codos en juego, Pashka se abrió camino hasta el mostrador. Un vejete que llevaba lentes con montura de plata vendía las anillas. Daba cuarenta por veinticinco Kopeks. Había un mozo tirando las anillas que había adquirido con sus últimos veinticinco kopeks. Tenía la cara roja y sobre la frente le caía un mechón de pelos, húmedos de sudor. Se sonreía como un salvaje. La chaqueta le flotaba al aire a la vez que las anillas de hierro salían volando de sus toscos dedos; chocaban contra los cuchillos e iban a parara un saquito colgado más abajo. Los mirones se reían. El mozo se había puesto como la púrpura. Alcanzados por las anillas, los cuchillos resonaban al vibrar con elástico movimiento, formado como un embudo.
-¡Malditos sean cien veces, los cuchillos y las anillas! - exclamó, por fin, el mozo -. Aquí me dejo rublo y medio por nada. No he sacado ni un paquetito de galletas - y se perdió, confuso, entre la muchedumbre.
-El domingo pasado un hombre se ganó aquí unas botas - comentó un muchacho que llevaba los pantalones remendados -. Gastó diez rublos en anillas.
A ver, tenga la bondad, - dijo Pashka , apoyándose en el mostrador -. Voy a probar, quizá tenga suerte.
El vejete le entregó las anillas.
-Así, pues - preguntó Pashka con toda cachaza -, si calzo la anilla a uno de los cuchillos del estante inferior, puedo recibir una caja de caramelos.
-Puedes recibirla - le contestó el viejo con indiferencia.
-Si acierto en el otro estante, ¿gano un despertador?
El viejo hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-No está mal. ¡Ja-ja! Si quiero un samovar, he de apuntar más alto, ¿no?
-Primero sácate las galletas, luego ya tendrás tiempo de dar gusto a la lengua - le gritó impaciente alguien del público -. ¡Venga, empieza!
Pashka dejó la foto en el mostrador, movió los brazos para apartar a la gente que se le agolpaba sobre la espalda, se apoyó de codos, apuntó... De repente le tembló la mano y se le cayó de los dedos la anilla, que rodó por el suelo. Se quedó pasmado. A un lado de los estantes había una joven endomingada, sentada en una silla, puestas las manos sobre las rodillas, y era tan hermosa que al mozo se le enturbió la vista. La muchacha se levantó rápidamente, alcanzó la anilla y la entregó al mozo, sin mirarle. Se sonrió, tan sólo, con un ángulo de su boquita... ¡y adiós Pashka!
-¡Eh, mozo! ¿Qué te pasa? ¡A ver, que salte el samovar! ¡Calza la anilla! - gritaban a su espalda los curiosos.
Pashka despertó y se puso a arrojar las anillas sin ver nada, aparte de las pestañas dela joven y su boquita entreabierta y sonrosada como una cereza. Cuando hubo arrojado las cuarenta anillas, la chica las recogió y las puso sobre el mostrador, pero esta vez no se sonrió, no hizo sin levantar hacia Pashka sus ojos negros y arreglarse un bucle de rubios cabellos que se le habían deslizado junto a la oreja. Pashka sacó otros veinticinco kopeks. Las anillas volaron torpemente una tras otra. Los mirones se reían, le apretaban por la espalda. Los cuchillos zumbaban como un enjambre de abejas. El vejete se rascaba, indiferente, la nariz.
Gastado un rublo sin haber acertado una sola vez, Pashka pasó desconcertado por entre la muchedumbre hasta llegar a la avenida y echó a andar bajo los tilos a lo largo del estanque, cuyas aguas teñía de sonrosados resplandores la luz del crepúsculo. Sobre el estanque flotaba una suave neblina, apenas perceptible. El aire fresco acariciaba el rostro del joven. Las luces de un cinematógrafo se reflejaban en las tranquilas aguas del estanque. Más de una pareja de muchachas, con peinetas verdes y azules en sus cabellos cortos, pasaron junto a Pashka y volvieron la cabeza para mirarle a la vez que se reían y hacían como si se empujaran -¡no está mal, el mozo! -. Pashka seguía caminando sin fijarse en las muchachas y canturreaba melancólicamente:

Gitana adivina, gitana adivina,
Gi-ta-na a-di-vi-na, la ma-no to-ma-ba...

Durante la noche se quedó total y definitivamente enamorado.
Un mes entero acudió Pashka todos los domingos a la barraca a tirar anillas. De este modo lanzaba al viento la mitad de su salario. No fue de vacaciones, dejó pasar el turno que le correspondía. Se quedó en los huesos. La joven bajaba los ojos al darle las anillas, como antes. A veces era como si se sonriera para sí misma. Otra veces, al divisar a Pashka entre la muchedumbre, se ruborizaba hasta tal punto que incluso los hombros parecían despedir reflejos a través de la fina tela de sedalina. Por más que se esforzaba, Pashka no podía encontrar ocasión para hablar abiertamente con la muchacha: le estorbaba la gente o el viejo le miraba con ojos malignos a través de los cristales de sus lentes, mientras que rascaba la nariz con el dedo, como si le amenazara y le dijera: no te acerques, la chica no es para ti, ¡lárgate! Una vez, empero, Pashka logró bien que mal hablar con ella. Había mucho público y el viejo salió corriendo con un bastón tras unos arrapiezos que querían hacer de las suyas.
-La saludo - dijo Pashka, y el corazón se le hizo un ovillo -. ¿Cómo se llama?
-Liudmila - balbuceó la muchacha rápidamente y con calor-. le conozco a usted muy bien, una vez dejó su fotografía en el mostrador, yo la escondí y hasta me enamoré al ver lo bien que ha quedado.
La joven se levantó levemente el cuello del vestido y mostró, junto a la clavícula, un ángulo de la arrugada fotografía. Clavó la mirada en el mozo y se puso como la grana.
-¿Y usted, cómo se llama?
-Pashka. ¿Quiere ir conmigo al "Coliseo"? Ponen una película muy interesante, "Una mujer con millones", primera serie.
-No puedo, papá me vigila.
-Sin que él lo sepa.
-¡Dios me libre! Si salgo de casa sin que él lo sepa, me cierra la puerta. Mi mamá es peor todavía. Tiene un puesto en el mercado de Sujariov. No sabe lo severos que son mis padres. Es terrible. Vivimos en la callejuela de Prosvirin, en la Srétinka. No está lejos de aquí. En el número dos. Se entra por el patio, a la izquierda del portón.
-¿Qué haremos, Liudmila?
- Pues nada. tire las anillas, que viene mi padre.
No bien Pashka hubo tirado la primera anilla, llegó el padre de la chica con el palo en la mano. Lanzó una fiera mirada a la hija. Pashka se fue sin haber obtenido resultado alguno. Cuando se presentó, el domingo siguiente, la barraca estaba cerrada. En el rótulo se leía: "Lanzamiento de anillas, juego americano. 45 anillas 25 kopeks". En el mismo letrero había pintado un campo azul y un papagayo verde con las plumas de la cola color de rosa y una anilla en el pico. El viento arrastraba por el suelo las hojas de los tilos. Los macizos de flores estaban marchitos. En torno no se veía un alma. Era ya otoño.
Entonces Pashka recordó las palabras de la gitana: "Se te atravesará en el camino un hombre de edad madura... los cuchillos te darán serios disgustos... un papagayo verde te traerá la felicidad..." No hay manera de describir la congoja y la irritación que sintió por la estúpida gitana. Pashka amenazó al papagayo con el puño y se alejó de allí fustigado por el viento. Echó a andar por la avenida desierta, sin rumbo fijo. Salió a la calle Srétenka, se encontró en la callejuela de Prosvirin. El día era desapacible, otoñal. Frente a una pequeña iglesia -color verde combinado con blanco- se encontraba realmente la casa número 2. Pashka entró en el patio y dobló a la izquierda, mas no sabía adónde debía dirigirse después. En aquel momento se puso a tocar un organillo en medio del patio. Sobre el organillo había un papagayo verde, de cola rosada. El pájaro miró a Pashka con unos descocados ojos redondos. Pronto se abrió un ventanuco de una de las ventanas del primer piso. Salió por el ventanuco una delicada manita y arrojó al patio una moneda de cinco kopeks envuelta en un papel. A través de la ventana y de la contra ventana - entre las dos había, enla parte baja, un bulón de guata cubierto con hilos de colorines -, Pashka divisó a Liudmila entre cortinitas de muselina y hojas de ficus. Ella le estaba mirando visiblemente contenta, apretando la mejilla al cristal, haciendo signos con los dedos, abriendo las manos, agitando la cabeza, pero no había manera de entender lo que quería. Pashka también comenzó a explicarle con las manos: sal, manda a tus padres a paseo, sin ti no puedo vivir. En ese momento, una mujer gorda y bigotuda, que llevaba un chal, se puso ante Liudmila, cerró de golpe el ventanuco y amenazó a Pashka con el dedo.
El galán regresó cabizbajo a su casa, estuvo dos semanas torturándose, rondó la noche por la callejuela de Prosvirni, asustando a los transeúntes, como si fuera un ladrón, hasta que al fin de la tercera semana, un domingo, se limpió los pantalones y la americana con té muy cargado, se puso la corbata color de rosa, se en lustró los zapatos, y liándose la manta a la cabeza salió de su casa decidido a ofrecer la mano y el corazón. Le abrió la puerta Liudmila en persona. Al verle, lanzó un grito de sorpresa y se llevó la manita al corazón, mas Pashka pasó por delante de ella y se dirigió directamente al recibidor, donde los padres, después de comer, bebían té con leche. Dijo:
-Que aproveche. Perdóneme usted, papá, y perdóneme usted mamá. Perdónenme, pero sin Liudmila no puedo vivir. La vi, y hombre al agua. Hagan ustedes lo que quieran. Aquí me tienen, de una pieza. Soy cerrajero calificado, de sexta categoría, aparte hago alguna cosa por mi cuenta; no bebo vino, soy miembro del partido desde el año veintitrés, no he de pagar nada a ninguna mujer para la manutención de ningún hijo, así que también desde este punto de vista todo está en orden.
-¡No me venga usted con papá! - gritó el viejo con voz de trueno -. ¡Mi esposa tampoco es su mamá! ¡Olvídese de todo esto!
-¿De dónde ha sacado usted esta moda de oír los organillos bajo las ventanas, en el patio, y meterse en las casas de gente que no conoce? - insistió a su vez la esposa con voz de bajo -. Váyase con la música a otra parte. ¡Pues no faltaba más! ¡Vaya recomendación, cerrajero de sexta categoría! A Liudmila la pretendía el año pasado el administrador de una casa de la calle de MIánitska y le dio calabaza. Ya ve, ciudadano, que no nos hacen falta cerrajeros de ninguna clase, y menos aún si son del partido.
-En una temporada me gano yo mil rublos limpios sólo con el lanzamiento práctico de anillas - añadió acalorado el papá -. Y tengo además cuatrocientos rublos en premios. Lo que Liudmila necesita es un marido con capital para ampliar el negocio. En una palabra, ¡hasta la vista!
-¿No me la dan? - preguntó Pashka, desesperado.
-No se la damos - chilló el papá.
-está bien -replicó Pashka, amenazador -. Ya que se trata de capital para ampliar el negocio,hemos terminado. Pero se acordarán de mí. Verán lo que les espera... Adiós, Liudmila, no te rindas. Ten confianza.
Liudmila, sentada en el vestíbulo sobre un baúl, se retorcía las manos.
Con las mandíbulas apretadas, Pashka salió a la calle, se encaminó hacia el mercado de Sejariov y compró allí un afilado cuchillo de cocina. Volvió a su casa y se encerró echando el gancho de la puerta. Llegó y pasó el invierno. Del estanque de Chistie Prudí sacaron el hielo y se lo llevaron en trineos de tosca factura. Pashka acudía puntualmente al trabajo, sin perder ni una hora, y se pasaba las noches en su casa, a puerta cerrada. Sus vecinos notaban un ruido extraño en la habitación del mozo. ¿Estaría aprendiendo a tocar la guitarra?, se preguntaban. No podían adivinarlo. Rompió el río su horma de hielo. El sol comenzó a calentar, los árboles dieron brotes, se cubrieron de verdor. Al estanque de Chistie Prudí llevaron barcas en unos carros. Los fotógrafos colgaron en los paseos sus Kremlins y sus noches de luna. Al atardecer empezó a verse gente paseando por el bulevar.
Todos los domingos, Pashka iba a la avenida de Chistie Prudí a ver si había abierto la barraca. Seguía cerrada. El verde papagayo de cola rosada continuaba posado en el campo azul y sostenía en el pico una anilla. Encima se inclinaban las verdes ramas un tilo. Pashka estaba flaco y taciturno. Un domingo, llegó y vio la barraca abierta. Ante la puerta se agolpaban los badulaques. Dentro brillaban las lámparas. Se oían el tintinear del metal y las risas.
Pashka se abrió paso con el hombro entre la muchedumbre y se acercó al mostrador. Tenía los pómulos salientes, le ardía la mirada. Liudmila recogía las anillas. No bien él se acercó, a ella se le cubrió la cara de rubor. Era como se se hubiera hecho transparente; se le ensombrecieron los ojos y la boquita se le pareció aún más a una cereza. El papá se caló bien los lentes y se hizo un poco atrás.
-Permítanme, camaradas - dijo Pashka, taciturno apartando un poco con el hombro al mozo que estaba tirando anillas.
Sin mirar al viejo, hizo un signo a la joven con la cabeza. Más muerta que viva, ella le entregó las anillas. El le rozó los fríos dedos y puso sobre el mostrador un billetito de tres rublos.
-¡Eh, mozo! Alquila una carretilla para cargar el samovar - le dijeron desde el público, riendo.
Pashka, sin volver la cabeza, tomó una anilla y la arrojó displicentemente. El cuchillo ni siquiera osciló. Se oyó un ruido seco. La anilla abrazaba el cuchillo sin haberlo rozado siquiera. El viejo se rascó la nariz, receloso, puso una caja de galletas ante Pashka. El joven la apartó a un lado a la vez que, como el azar, tiró la segunda anilla. Con la misma sencillez se colocó esta segunda anilla en torno a otro cuchillo. No había tenido tiempo el viejo de llegar al estante para hacer entrega de otra caja, de caramelos cuando Pashka arrojó tres anillas seguidas y todas ellas casi silenciosamente cayeron encajadas en tres nuevos cuchillos. La gente se calló, pasmada.
El viejo dirigió su pequeño rostro hacia Pashka y parpadeó. Una oscura gota de sudor se le deslizó por la frente como una chinche. Pareció que los pantalones le quedaban grandes y que le cedieron ligeramente. Pashka se apoyaba en un pie, ora en otro, se inclinaba sobre el mostrador y hacía resonar el puñado de anillas.
-¿Qué decide, papá, acerca de Liudmila? - preguntó en voz baja, mirando indiferente a derecha e izquierda.
- No la doy - respondió el papá con voz atiplada.
-¿No me la da? - repuso Pashka perezosamente -. Está bien. ¡Eh, pequeño! Llégate hasta la Puerta de Pkrov a buscar una carretilla, y le regaló el samovar. Apartése un poco, viejecito.
A Pashka se le puso el rostro como una máscara de hierro. Se le hinchó una vena de la frente. Agitó hábilmente la tensa mano. Parecía que los dedos le despedían relámpagos. Los cuchillos zumbaban, alcanzados de improviso por las anillas. La muchedumbre chillaba, reía a carcajadas, cada vez se hacía mayor. La gente corría a la barraca de todas partes. Pashka casi no miraba al blanco. Movía los ojos como distraído. Daba miedo. Ni una sola anilla cayó en el saco. A los cinco minutos, todo había terminado. Pashka se secó la frente con la manga. La muchedumbre abrió paso. Junto a la barraca estaba la carretilla.
-Carga - dijo Pashka.
-¡Qué va a ocurrir ahora? - musitó a duras penas el viejo, desconcertado.
-No ocurrirá nada. Arrojaré todos estos cachivaches al estanque y sanseacabó.
-¿Cómo es esto posible, ciudadanos? - gimió el viejo, como si fuera una mujer -. La mercancía sola vale cuatrocientos rublos, sin contar el negocio.
-Me importa un bledo, aunque fueran mil. Los trastes son míos. No los he robado, me los he ganado con las manos limpias.Hay testigos. Me he pasado todo el invierno entrenándome, quitándome horas de dormir. Ahora haré lo que me plazca. SI quiero me lo llevo todo a casa, y si quiero lo arrojo al estanque.
-¡Muy justo! - gritaron entusiasmados entre la muchedumbre. ¡Aunque tengamos que declarar bajo juramento! Pero el gramófono no lo tires, ¿oyes?
No faltaron voluntarios entre el público que en un santiamén cargaron la carretilla a más no poder.
-Empuja - dijo Pashka.
-¿Adónde te lo llevas? -preguntó el viejo, gimoteando -. ¿Con qué cara me presento a casa después de este negocio?... ¿Pero te atreverás a arrojar las cosas al agua?
-Al agua - respondió Pashka -. Llévalo hacia el embarcadero.
-¡Mira que Dios puede castigarte!
-Paparruchas. Lo mismo que lo del papagayo verde. El secreto está en eso, ¡mira! - y movió su musculoso brazo.
Rodeada de gente, la carretilla se puso en movimiento y se detuvo junto al amarradero de las b arcas. Pashka tomó las botas de cabritilla y... ¡al agua va! La muchedumbre dejó escapar una exclamación de sorpresa.
-¡Espera! -gritó el viejo, con voz que no parecía la suya, echándose sobre la carretilla-. No tires nada más.
Entonces Pashka colocó su poderosa mano encima de los objetos y dijo suavemente, baja la vista:
-Le hablo por última vez, con el corazón en la mano. Que todos los presentes sean testigos de ello. Deme la moza y quédese de nuevo con los trastes. No volveré a acercarme a su barraca. Pero si no, le hundo el negocio para siempre. Sin Liudmila no puedo vivir.
-¡Tómala! - gritó el viejo, haciendo un movimiento de resignación -. ¡Al diablo! ¡Quédate con ella!
Liudmila! -musitó Pashka, y palideciendo se apartó de la carretilla.
Liudmila estaba a su lado, tapándose avergonzada, el rostro con el antebrazo. Hasta las manos se le veían cubiertas por el rubor que la turbación le había provocado.
-El espectáculo ha terminado, ciudadanos; pueden ustedes retirarse - dijo Pashka; y al tomar a la joven por el brazo lo hizo con tanta delicadeza como si ella fuera de porcelana.
Todo el bulevar olía a cerezo silvestre. Por doquier había flores: en los cabellos y en el agua. En el denso cielo violáceo, por encima de los tilos, no muy alta, se veía la media luna, fina como un cuchillo. Su imagen, reflejada en el estanque, se multiplicaba y se fragmentaba cual alianza de oro de fluyentes anillas.
¿Aún dicen ustedes que en nuestros días no pueden darse pasiones fuertes? ¡Vaya si se dan!


1. Paseo de Moscú, con un estanque en medio (N. del T.)


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