martes, 26 de junio de 2012

MIJAIL PRISHVIN (EL CANTOR DE BILINAS)



MIJAIL PRISHVIN De familia de mercaderes, nace en la provincia de Orel en 1873. Se hace agrónomo en Leipzig. De vuelta a Rusia, se dedica a su profesión. Pronto se interesa por la etnografía y la literatura, recorre a pie las regiones, entonces inexploradas, del norte de Rusia y escribe el libro de relatos “En la región de los pájaros que aún no conocen al hombre” (1905), al que pertenece “El cantor de bilinas”. Poco después es elegido miembro de la Sociedad Geográfica de Rusia.
Enamorado de la naturaleza y de las tradiciones populares, sus narraciones se destacan por su extraordinaria sensibilidad poética. Aunque viaja por el Kazajstán y por Crimea –y ambientados en estas regiones escribe algunos de sus cuentos-, vuelve a la parte de “los pájaros que aún no conocen al hombre” casi treinta años más tarde, observa los cambios que se han producido y escribe su principal novela “El camino del soberano” (1933-1952), “cuento sobre lo que hubo y lo que no hubo”, del carácter autobiográfico como su otra gran novela “La cadena del mago” (1923-1936). Escribe notables colecciones de relatos sobre la vida de la naturaleza “Calendario de la naturaleza”, 1925; “El bosque se deshiela” (1940-1943), un poema novelado “Zhenshen” o “la raíz de la vida” (1932) y numerosos cuentos infantiles.
Gran observador de la psicología infantil, excelente conocedor de la flora y de la fauna de su país, artista de la palabra como pocos, muchos de sus libros han pasado a formar parte del fondo de oro de la literatura infantil rusa. Falleció en Moscú en 1954.

EL CANTOR DE BILINAS

Los viejos siempre dicen: “Antes, la gente era mejor y más fuerte; se vivía bien”. Es inútil que un joven exponga sus razones en contra. Los viejos son tercos. Aun en el caso de que lograra convencer a los padres y éstos se callaran, levantarían su voz los abuelos, los tatarabuelos; romperían a hablar pueblos desaparecidos, siglos pasados. No se cansarían de repetir: hubo un siglo de oro, lo hubo.
Antaño vivieron, en tierra rusa, “bogatirs 1 gloriosos, hercúleos”. Será o no será cierto, pero el viejo pueblo ruso del Norte los exalta en sus cantares, en sus bilinas; cree que existieron y transmite esta creencia suya de generación en generacion.
Los versos de estos cantares que nos hablan de tiempos habidos son tan largos y se diferencian tanto de los de hoy, que sólo es capaz de recordarlos la sana memoria del hombre iletrado, no recargada por los hechos casuales de la vida moderna, a menudo superfluos e innecesarios. Los cantores de bilinas habían de poseer también cualidades que los hagan a ellos mismos seres próximos a los maravillosos tiempos del siglo de oro de sus poemas.
Esta poesía va ligada, pues, a un determinado modo de vivir, y a él ha de someterse el cantor bajo la amenaza de la desaparición. El bardo ha de vivir como ella dicta. El cantor de bilinas se crea en un ambiente formado por las severas tradiciones de los fieles a los antiguos ritos religiosos, las largas noches septentrionales durante las cuales se tejen las redes a la luz de una tea, y el calor de las familias numerosas.
Todo esto, empero, no son más que razonamientos librescos y conjeturas. Cuando emprendí el viaje a la región del Vig 2, decidí buscar a uno de esos cantores, por difícil que me resultara, y ver con mis propios ojos cuál era su vida.
Mucho antes de llegar al término de mi viaje, oí hablar de los cantores de bilinas tal como yo los concebía. 
Pasábamos por delante de la bahía de Sennaia, en el Onega, cuando trabé conocimiento, en el barco, con un anciano muy agradable y le pregunté si había cantores en su aldea.
-¡Ya lo creo! –me respondió-. En mi aldea, Garnits, vive Riabinin... ¿No ha oído usted hablar de nuestro Iván Trofimovich Riabinin? Seguramente lo conoce de nombre. Hay señores que van a verlo a su casa. Con sus bilinas ha reunido unos quinientos rublos. Estuvo en el palacio del zar, lo llevaron al extranjero... ¡Hay que ver!
-¿Nadie más sabe bilinas en su aldea? – le pregunté.
-¡Quién va a saberlas! Riabinin sigue las creencias antiguas, no bebe vino ni fuma. Es de costumbres muy rigurosas en todo. Incluso en la comida. Todos los días come lo que es de precepto. Por esto tiene tan buena memoria. En estas cuestiones nunca cede. Cuando lo llevaron a palacio, ¡qué no había allí! Las mesas rebosaban de excelentes manjares. Hicieron sentar a Riabinin, le obsequiaron, pero él hablaba y no probó bocado por más que le dijeron. Ha reunido un capitalito y ahora vive a lo antiguo. Se dedica a la pesca y a enseñar canciones a los niños.
Iván Trofimovich Riabinin es hijo del famoso Riabinin, de quien recogió Hilferding 1 muchas bilinas. Según los relatos de mi anciano, Hilferding y Riabinin se encontraron casualmente, cerca de una ermita, un día que fueron a pescar.
No sé si me distraje con otras observaciones o si los cantores de bilinas comienzan a escasear. El hecho es que pasé mucho tiempo por la región del lago Vig sin hallar ningún cantor de los viejos poemas. Por fin encontré uno. Llevaba varios días viviendo en su casa sin sospechar siquiera que él era uno de los cantores que yo buscaba.
Una vez unos pescadores me llevaron a una isla donde no vivía más que un solo habitante con su familia, Grigori Andriánov. Los pescadores me dijeron de él: “Es un vejete de buena pasta, enemigo de enredos y alborotos, chapado a la antigua, que puede contarte muchas cosas de tiempos pasados.
Cuando llegamos, varios niños descalzos, semidesnudos, pero sanotes, jugaban a los bolos en la orilla, al lado de una gran isba.
-¿Está en casa el viejo urogallo? –preguntaron los pescadores.
-Está pescando.- respondieron los arrapiezos.
Salió una viejecita, la mujer de Grigori, y me condujo al piso superior, a una limpia habitación, diciéndome una y otra vez:
-Acomódese, el patrón vendrá pronto, acomódese...
Tal como se acostumbra en el Norte, la vieja me invitó, primero a té; luego me obsequió con la comida; me preparó sopa de pescado, me puso sobre la mesa leche cuajada, un platito de bayas amarillas y rosquillas secas; no faltaba el pastel de perca, ni el de tímalo; lo había de mirtila, de sauquillo; había bollos de requesón y pan tierno. La vieja desaparecía una y otra vez en la planta inferior para subir trayéndome nuevas cosas con que obsequiarme.
-El viejo está pescando – decía -. Ya no puedo acompañarle. Cuando era joven no me estaba tranquilamente aquí. Teníamos ciento cuarenta redes, señor mío... He tenido una vaca, dos, tres y hasta cuatro vacas. Pero ahora me duelen las piernas.
El viejo regresó al atardecer. ¿Por quién podía tomarme? Por algún señor que tuviera algo que ver con la explotación de los bosques, con las cuestiones de límites de fincas o confunciones policíacas. Claro que el hombre de la isla para nada necesitaba a señores de esta clase.
Sin embargo, al acercárseme, Grigori me tendió la mano cortésmente, habló conmigo un poco, con dignidad, como dueño de la casa, y se retiró a dormir. De enorme talla, de cabellos rizosos y rasgos de la cara perfectamente definidos, se asemejaba al apóstol San Pedro.
En su rostro no había nada superfluo, y habríase dicho, incluso, que las innumerables arruguitas de su frente poseían su significado, como si cada una de ellas constituyera la prolongación de las cisuras reguales y apacibles de su cerebro.
Injurias y gritos me despertaron a primera hora de la mañana. Miré por la ventana. Por un caminito a la orgilla del lago, blandiendo una enorme estaca, corría el anciano semejante al apóstol San Pedro. Delante de él corría sin gorro otro viejo, idéntico al primero, si bien algo más joven. Cuando el dueño de la casa alcanzó al que le precedía, le dio un estacazo y lo derribó. Luego siguió propinándole más estacazos.
Había ocurrido lo siguiente. Grigori mandó a su hijo mayor, hombre de cincuenta y siete años, a vender pescado a Povonets. El hijo volvió borracho, se insolentó con el padre y éste le dio una paliza.
En casa del viejo no se toleraba bajo ningún pretexto ni vodka ni tabaco. El té y el café se tomaban únicamente cuando había invitados. La falta, pues, había sido doble. Antes yo creía que la prohibición de la vodka, del té y del tabaco por parte de los fieles a los antiguos ritos tenía sólo un significado religioso. Pero, conversando con Grigori, me di cuenta de que aquella enorme familia no podía permitirse el lujo de beber y fumar. Si todos sus miembros hubieran bebido té cada día y hubieran celebrado las fiestas con vodka, en ello se les habría ido todo lo que les daba la pesca y gran parte de lo que ganaban como sirgadores. Si a esto se añade que el fumar tabaco constituye en cierto modo una negación de la autoridad suprema del padre, resulta algo comprensible el castigo que el viejo aplicó a su hijo.
-¿Qué hacer con ellos? –me decía un poco después el anciano-. ¿Entregarlos a los tribunales? En el juzgado no van a tomar en consideración estas cosas. A los jueces de ahora no te acerques si no es con dinero en la mano. Antes todo era mucho más sencillo: se reunían, sentenciaban, daban unos latigazos bien dados y ya teníamos la causa vista... No importa, curará. ¡Véngase con nosotros, asistirá a la plática!
En parte por ser domingo, en parte por tener un huésped en casa, las mujeres se habían esmerado preparando lo necesario para la plática. La mesa estaba cubierta con un mantel blanco. L a mujer de Grigori se ocupaba del café, que aquí entra de contrabando desde Finlandia y es tenido en mucha estima. El hijo mayor “guardaba cama”. Los demás se habían ido a la sirga. En un escaño estaba el yerno, hombre barbudo y de caviloso aspecto, por lo visto huésped de la casa No había manera de poner en claro quiénes eran las mujeres y los niños. Habríase dicho que los había en enorme cantidad.
Sirv ieron café. El viejo bebió agua caliente. Empezó la plática, algo forzada, en tono un poco oficial, sobre la vida en términos generales. Hablaba el viejo. Su mujer se limitaba a hacer algunas observaciones y el yerno apostillaba la plática con comentarios profundos. Decía: “Es cierto, es cierto”. Los demás callaban.
La vida a que el anciano se refería era, naturalmente, la del lugar, la de Vig. En aquella casa, en la numerosa familia de la isla, se desarrollaba el mismo drama que en todas partes: lo viejo luchaba con lo nuevo. Lo viejo había llegado allí, al lado de Vig, desde el Vig Alto, desde el que fue monasterio de Danílov. Lo nuevo procedía del Vig Bajo, donde se concentraban las faenas de sirga para la conducción de troncos por los ríos. Por esto el viejo censuraba este trabajo y, al mismo tiempo, el nuevo modo de vivir.
-¡A la sirga, a la sirga –decía Grigori- ¿Cuál es el resultado?
-Es cierto, es cierto, así es –repetía el yerno.
-Ahora, señores, dejan los campos sin vallados. ¿Qué ocurrirá?
-Sí. ¿Qué ocurrirá? –insistía el yerno.
Los oyentes sorbían café en silencio, solemne y lentamente.
-En nuestros tiempos – proseguía el viejo- obedecíamos a los mayores. La nuera jamás se paraba en la puerta. Nunca habría dicho “quiero esto, no quiero esto”. A los jóvenes de ahora les das la mano y toman el pie.
-Es cierto, así es.
-No hace falta ir tan lejos –intervino la vieja-. Hará sólo unos diez años, en toda la región del lago de Vig tenían samovar el pope de Koikin, la parroquia de Vig, Semión Fiódorov, el diácono... en total había nueve samovares. Ahora tiene todo el mundo, y en algunas casas hay dos.
-Nuestros padres –siguió diciendo el dueño de la isba- se alimentaban con hierbas y raíces, no bebían más que agua. Ahora, a los jóvenes, dales caballo y a casa.
-Así tiene que ser – dijo inesperadamente, con su fresca voz, el hijo menor del dueño-. En nuestros parajes no es posible vivir sin caballo.
-No está muy bien contradecir a los mayores, rectificó el viejo-. ¿’Cómo arrastraban antes los trineos, sin ayuda de caballos?
-Nuestros abuelos sólo se preocupaban de salvar su alma. No pensaban en los demás.
-¿En quién hay que pensar, sino en uno mismo?
-¿Pero que tiene de bueno ir al bosque y alimentarse de raíces y de hierbas?
-Pruébalo y verás, hermano, vete al bosque. Pero no te irás, no. ¿Te olvidas que en el juicio final tendrás que responder sólo de ti y que por los demás no te preguntarán nada?
-Es cierto, es cierto, por los otros no preguntarán – repitió el yerno.
Esta vez no logré evadirme del tono oficial de la plática, larga y fatigosa. Luego me convencí de que el viejo no había sido completamente sincero cuando aconsejó a su hijo que se fuera al bosque. Por su manera de ser, el viejo era un campesino, no un anacoreta. Quería la tierra, le gustaba labrarla, y estaba dispuesto a soportar cualquier trabajo, por duro que fuera, con tal de no separarse de ella. Los anacoretas decían: “id al bosque”. El creía que así debía ser, y durante toda su vida se preparó sinceramente para seguir el consejo. Pero en definitiva no partió, y tuvo una gran familia, edificó su casa y levantó su hacienda. En él se daba el instinto del labrador. En cierta ocasión me explicó una historia muy típica de estos lugares. Me dijo:
-Un viejo quiso salvarse y se fue al bosque a rezar. Se le presentó un mendigo. Sabe Dios quién era. Se le acerca y le dice:
“-¡Dios te ayude, gandul del bosque!
“-¿Por qué me llamas gandul? ¿No ves cómo trabajo, rogando a Dios? Trabajo y sudo...
“-¡Vaya trabajos los tuyos! Los campesinos devotos labran el campo y saben cuándo el Señor los llama a oración y cuándo les llega la hora de comer.
“El viejo se puso a cavilar. ¿Qué me ha dicho este mendigo vagabundo? Se fue a un campo y vio a un campesino labrando.
“-¡Dios te ayude! ¿Has comido, buen hombre?- le pregunta al labrador.
“-Todavía no –respondióle éste-. El Señor aún no ha hecho sonar la campana.
“Uno se sentó en el lindero del campo. El otro siguió labrando. Luego dejó el caballo y se santiguó.
“-¿Por qué te has santiguado, buen hombre? – preguntóle el anciano.
“-Es el toque de campanas para la oración – responde el otro-. Hay que ir a rogar a Dios y a comer.
“El viejo quedó perplejo...y fueron a rezar.”
Grigori explicó enseguida el sentido de la historieta.
-Por lo visto –dijo-, para el Señor, el labrador es más importante que el viejo anacoreta. Este no hizo más que rezar y no le bastó. El campesino araba todo el día y llegó a santo.
Pero si Grigori no estaba de acuerdo con la exhortación de “ir al bosque”, la vida de los sirgadores le resultaba completamente incomprensible.
-En casa – me dijo- duermes mejor y te arreglas más fácilmente con la comida. Los sirgadores se van y los de casa no tienen de qué comer... Allí se sienten libres. No tienen preocupaciones, no importa que no crezcan los sembrados, que más da que en casa pasen hambre. Al principio comenzaron a apartarse de la tierra muy a gusto, les daban dinero; luego, se fueron a la fuerza. Vuelven a casa famélicos, agotados, y no traen dinero. El dinero ya el año anterior lo han entregado al diablo. ¡Cómo va a crecer el centeno en los campos! Tómalo de donde puedas. Primero agachan la cerviz ante el capataz, se venden por la primavera. Luego se inclinan también ante el rico: dame harina, dame mijo. Primero piden por lo que pescan, luego por lo que cazan, y llegan a vender el alma, se venden las fiestas al capataz. ¡Eh, qué distinto era todo antiguamente! La tierra era generosa. De los sembrados sacábamos hasta veinte puds de centeno. Si los sembrados iban mal, la cosecha era buena en los otros campos. En cada familia se contaban hasta veinte almas. ¡Qué bien se vivía!
¿Cual era esa tierra-madre de que hablaba con tanto cariño el viejo Grigori? ¡Con qué desprecio la miraría un campesino de nuestra zona agrícola! No es madre – diría - , es madrastra la tierra ésa.
Me sorprendieron sobre todo los sembrados de la isla de Carelia. Esta pequeña isla se divide en dos mitades: una baja, pantanosa; la otra, algo más elevada, donde la gente vive, está completamente cubierta de piedras.
-¿Cómo pueden ustedes arar aquí? – pregunta uno al ver aquella capa de piedras.
-No aramos, sino que removemos las piedras- nos responden.
Durante el verano hay que remover esta tierra unas cinco veces. De lo contrario, no produce nada. Además, siempre hay que estar quitando grandes piedras que afloran en los campos y se han de amontonar. Pronto la hierba crece en estos montones que se destacan como montículos verdes en los campos formados por una capa blanca de pequeñas piedrecitas. Resultan tan característicos del lugar, que a menudo los campesinos dicen: “Tengo un campo de diez montículos”. Las piedrecitas pequeñas no deben amontonarse, pues durante el día se calientan y evitan que los sembrados se hielen. En época de sequía impiden que el agua se evapore. Por lo menos así lo creen los campesinos. Apenas se acaba de labrar, esta tierra vuelve a llenarse de hierbas, pues el clima es húmedo. Por esto hace falta ararla tan a menudo.
En estos lugares, empero, la palabra “campo” no significa extactamente lo mismo que en las regiones agrídolas. El denominado campo se encuentra junto a la aldea. Es pequeño como un huerto y está rodeado por una cerca. Diríase que el lugar es apropiado para huerto, mas no es así. Aquí no hay huertos. No crece la col ni la cebolla. Ni siquiera la patata se da bien. A menudo se pudre. La gente del país no sabe lo que son las manzanas, no tiene idea de las abejas, no ha oído nunca un ruiseñor ni una codorniz, no recoge fresas ni fresones. Casi de todo ello se habla con cariño en sus canciones, pero en su lenguaje cotidiano esas palabras no figuran. En cierta ocasión hablé de las abejas. Dibujé una y creyeron que era un abejorro.
En estos lugares hay niños,no faltan historias de amor, acompañadas de maravillosas canciones, como no las hay ya en el centro de Rusia.
En un ”campo” semejante, con siembra que ha de ser forzosamente poco espesa y con un clima duro, se cosecha poco grano. Bien está si basta para dos o tres meses. Por ello ahora, quieran o no, los hombres han de venderse como sirgadores, y han de venderse por anticipado.
Antes, cuando en estas regiones el bosque no se explotaba industrialmente y se permitía la artiga en las propiedades de la corona, se recogía bastante grano. La prohibición gubernamental de talar y quemar el bosque a fin de aprovechar el suelo unos años para el cultivo, y la sirga que arranca del campo a los mejores trabajadores cuando son más necesarios, han reducido la siembra a los míseros “campos” permanentes y han provocado el abandono de los terrenos de artiga, o sea las parcelas abiertas en el bosque. El campesino estaría contento de poder aumentar el terreno dedicado exclusivamente a la siembra, el de los “campos”, que exigen menos trabajo, pues no hay que talar árboles, ni quemarlos, ni arar entre tocones, sino que basta poner estiércol y remover las piedras con el arado. Pero la cuestión está en el abono. Para sembrar todos los años un mismo terreno hace falta mucho estiércol, es decir, se requiere tener ganado. El ganado, a su vez, exige alimento. En estos lugares el forraje se recoge en las zonas pantanosas y es de mala calidad. Se cae, así, en el círculo vicioso agrícola, tan conocido. Antiguamente el círculo quedaba roto por la artiga y, además, por los trabajos que se hacían para la comunidad de Danilov. Ahora, en lugar de lo uno y de lo otro, se tiene el trabajo de la sirga, con su nuevo estilo de vida.
Tal era esa tierra-madre.
Volvamos ahora al cantor de bilinas Grigori Andriánov.
En pleno bosque, en una colina, frente al estanque formado en el antiguo cauce de un río, se destaca un círculo amarillo de centeno, rodeado por una empalizada, inclinada ya en muchos lugares. En torno a esa mancha, se levantan los muros de la espesura. Algo más allá, empiezan los terrenos cenagosos, totalmente impracticables.
Ese recinto cultivado es obra, por entero, de Grigori Andriánov, y no obedece a cálculo económico alguno. ¡Qué calculo puede haber ahí, cuando, con el mismo trabajo, el viejo habría podido pescar muchos peces y habría podido tejer mucha red! La cosa era distinta en otros tiempos, cuando toda la familia, fuerte de unas veinte almas, se dedicaba a talar y cultivar rodales semejantes. Para un solo hombre y, por añadidura, anciano, este trabajo es excesivo, no es rentable. Pero en este bosque Grigori Andriánov encierra aspiraciones más elevadas que las del mero cálculo económico. Ahí anida la poesía de antaño, de los tiempos en que cada familia agrupaba a todos sus numerosos miembros y juntos ganaban el terreno al bosque, de aquellos tiempos en que los hombres de espíritu más fuerte aún no se habían vendido por unos ochavos como sirgadores, no fumaban tabaco, no bebían té ni vodka.
El pequeño islote del espeso bosque era un monumento al pasado siglo de oro, de influjo sacrosanto sobre el alma de Grigori Andriánov.
Hacía dos años que el viejo había descubierto aquellugar, yendo de caza por el bosque, en otoño. Examinó atentamente los árboles para ver sino eran demasiado delgados ni demasiado corpulentos. Si son muydelgados, el trozo no es bueno para la siembra. Si son muycorpulentos, resulta difícil el desbroce. De la calidad del suelo ya se había formado una idea por el aspecto del bosque. Le faltaba comprobar si no se había equivocado.
Si el bosque es de abdeules, de alisos y, en general, de árboles de hoja caduca, crecen en élla la hierba y las flores, el suelo se fertiliza con ellas. Si el bosque es de pinos o abetos, el suelo siempre es magro, no produce. Grigori sabe que el abedul se da en terreno fuerte y el abeto en terreno suelto. No obstante, sacó el hacha del cinto, golpeó la tierra con el peto y examinó las raíces. Estaban secas. Buena señal, pues “donde la raíz es húmeda no suele haber cosecha”. Si la capa de suelo alcanza una cuarta, pueden recogerse cuatro buenas cosechas. Según Grigori, cada dos pulgadas de suelo dan una cosecha. Termiando el reconocimiento, se fijó en la situación del lugar. Al llegar la primavera, cuando se hubo derretido la nieve y la hoja delabedul era ya grande como un kopek, es decir, a finales de mayo o a comienzos de junio, tompó el hacha y se fue “cortar ramas”, es decir, a talar árboles. Se pasó un día, dos días, tres, derribándolos. Menos mal que cerca pacían unas vacas y las mujeres que las cuidaban le llevaron empanadillas recientes de pescado, de bayas, y leche. Si no, habría tenido que contentarse con las provisiones secas que había traído de su casa y habría pasadola noche en el bosque, al pie de una hoguera o en exigua cabaña. Por fin ha terminado su labor. El bosque talado se ha de secar. Poco a poco las hojas de los árboles cortados se volvieron amarillas y en medio del bosque apareció una mancha de este color.
Al año siguiente, en la misma eóca Grigori eligió un día claro, de poco viento, y se fue a quemar la masa derribada y seca. Levantó uno de sus extremos, valiéndose de una pértiga y pegó fuego, a favor del viento. A medida que el fuego consumía troncos y ramas Grigori iba avanzando a fin de que bajo los árboles hubiera aire y se quemaran. Corría ágilmente de un lugar a otro, entre el humo, que le velaba los ojos, las chispas y las lenguas de las llamas, y dirigía la hoguera. No se movió de allí hasta que se hubieron quemado todos los árboles talados. En la colina del bosque, frente al antiguo cauce del río, la mancha amarilla se volvió negra. Es el quemado. El viento puede llevarse de la colina las preciosas cenizas y en este caso el trabajo resulta inútil. Por esto hay que poner manos a la obra inmediatamente para realizar otra faena. Si hay pocas piedras, puede labrarse directamente el campo con un arado especial, de reja derecha. Si, por el contrario, hay muchas, es necesario remover la tierra con un gancho torcido, a mano, especie de antigua azada. Cuando esta dura faena también ha quedado terminada, el campo está preparado, y al año siguiente puede sembrarse de cebada o nabos. Tal es la historia de ese pequeño rodal cultivado.
Cuando se oye contar semejante historia, sin querer se pregunta uno si no trajeron consigo este acendrado amor por la tierra los lejanos antepasados del viejo Grigori, cuando se asentaron en estos parajes, al abandonar otras regiones más fértiles.
Pues bien, era esta vinculación a la tierra lo que impedía al viejo “ir al bosque” para salvar su alma. Pero ahora ha nacido otra duda en viejo: su hijo menor, su favorito, “despabilado y bueno”, instruido, estuvo en Pomorie, y volvió ganado por las nuevas ideas. Luchar con ellas no resultaba tan fácil como ajustar cuentas al hijo mayor por sus borracheras y su insolencia.
Hace unos días, al volver de la serrería de Sorika, el pequeño comenzó a contar tonterías. Dijo que la serrería se había parado, que los trabajadores se habían declarado en huelgas y que incluso intentan convencer a los sirgadores de Vig y del lago Seg. El viejo se indignó. Desde hace ya cincuenta años los habitantes de esta zona trabajan en la conducción de troncos por los ríos. De esto viven. Aunque odian la sirga, los de Vig no cuentan con otra cosa para subistir. De no tener este recurso para ganar algo fuera del hogar,morirían irremisiblemente de hambre. ¡Y quieren declararse en huelga! ¿Cuáles pueden ser las consecuencias? EL buen viejo no podía creerlo. Pero los rumores crecieron, de vez en cuando llegaban hasta la isla grupos de pescadores y todos confirmaban aquellas rumores. Por fin en toda la región se no se habló más que de aquella huegla. Era, ésta, una palabra inaudita, incomprensible en aquel rincón del ascetismo, entre aquella población que había pasado por la dura escuela secular del sufrir resignado. Día a día aumentaba la zozobra en la familia y tuve ocasión de observar de qué modo se enconaban las relaciones entre el padre y el hijo menor. También las mujeres formaron dos grupos. Dios sabe en qué habría terminado todo aquello si, de pronto, el viejo no hubiera quedado vencido por el sesgo que los acontecimientos tomaron.
Una mañana, la nuera salió a buscar agua al lago y al instante regresó corriendo y ritando:
-¡Vienen, vienen! ¡Los sirgadores vienen!
Las mujeres hacía tiempo que los esperaban, pues había que segar la hierba, pero la nueva y terrible palabra, “huelga”, llenó de inquietud los corazones de las jóvenes esposas. Por esto, al oír que llegaban, todos los que se encontraban en la isba echaron a correr hacia la orilla.
La barca llevaba ocho remeros. Sólo cuando se hallaban cerca de la isla pusieron la vela, a pesar de que casi no soplaba el viento. Llegar a vela desplegada es tenido por muy elegante enel lago de Vig. Los sirgadores debían de estar de muy buen humor. Se percibían sus risas y una sonora canción:
No es la roya, ¡eh!, no es la roya lo que todo el campo nos destruye...

Los sirgadores trajeron una fausta noticia. Habían sido satistechas todas sus reivindicaciones. Fue a verlos el gobernador en persona, los saludó y les prometió arreglarlo todo. En seguida enviaron un telegramo al dueño, a Petersburgo, y pronto llegó la respuesta: “Dar satisfacción inmediatamente”.
El viejo quedó desconcertado. Frunció el ceño y se calló. Los sirgadores estaban radiantes. El primer día no hicieron nada, descansaron. Luego comenzaron a prepararse para la siega. Uno afila las pequeñas guadañas, otro repara un cesto, el tercero limpia la escopeta., el cuarto revisa los aparejos de pescar... Todo ello será de provecho durante la siega. Los prados están lejos, a unas veinte verstas de distancia. No es posible regresar a casa en el transcurso de una semana.
Cuando la ruidosa cuadrilla se hubo marchado, la gran isba quedó casi desierta. Unicamente permanecieron en ella el anciano con su mujer y los pequeñuelos. La isla y la casa quedaron silenciosas. Oíase tan sólo el rechinar de la cuna, pendiente del techo, y la canción, triste y monótona, de la solícita abuela:
Duerme mi nene, duerme mi bien,
Tiene mi nene, de paja un colchón.
Tus ojitos cierra, ea, ea,
Bien abrigadito mi nene duerme.

El viejo Grigori, ese abuelo grande y corpulento, se pasa el día junto a la ventana tejiendo sus redes, que ata por un extremo en un gancho de la pared. Cuando teje, guarda silencio, cavila. Probablemente piensa en su vida o rumia a su manera las nuevas ideas sobre la vida traída a la isla por los sirgadores. 

Una vez le pedí que me hablara de sí mismo, que me explicase cómo se casó, cómo organizó su vida en aquel paraje solitario . El viejo, emocionado, me lo contó con gran alegría.
-Tengo ochenta y siete años – me dijo-. Nací junto llago Koros. Aunque no está lejos de aquí, dista unas veinticinco verstas pasando por el bosque, las condiciones de vía son otras. Los sembrados allí se hielan siempre. Así que en el cielo se ven unas estrellitas, ya hiela. Hay mucho pantano, manantiales fríos. Tan pronto sopla el viento del mar, hiela. No es de extrañar: el océano está a dos pasos. En ellago de Vig esto no ocurre. Aquí tenemos islas. Estamos rodeados de agua. El agua conserva el calor. Una vez tuvimos una primavera muy fría, norteña. Era inútil esperar que los sembrados dieran algo. Mi buen padre decidió venirse aquí. “Dondequiera que vayamos, decía, los rayos del sol chocarán con las alturas”. Vendimos la vaca, compramos una barca. En la isla no se puede vivir sin barca. Vinimos y comenzamos a trabajar. Al principio nos cobijábamos al amparo de un pino. Mírelo, ahí está...
Con la mano extendida, el viejo me mostró por la ventana un pino de muy frondosas ramas.
-Sí. Te digo la verdad: en nuestra tierra no es posible vivir sin trabajar de firme. Talamos bosque, arrinconamos piedras, tejimos redes, pescamos, cazamos. ¡Mi padre era un gran cazador! Yo mismo era aficionado a la caza. Entonces era joven y fuerte. Todavía ahora, y no quiero alabarme, acierto a un kopek a cincuenta varas de distancia. Lo que ocurre es que ya oigo mal a los urogallos... ¡Bueno! Poco a poco construimos esta mansión. Aramos los campos y los sembramos. Así vivimos unos cinco años. Yo ya había cumplido veinticuatro... Un día fuimos a Koikin, a una fiesta. Llegamos a casa de Zajar, y allí veo a mi princesa limpiando pescado. Un primor de mujer. Aquí la tienes, ¿te gusta? A mí me gustó mucho más. Al regresar a casa, digo a mi padre: “¿Si fueras a pedirla, padre?” “¿A quién?”, me pregunta. “Pues a ésa, a la de Zajar,” le respondo. Mi padre se pone la larga zamarra, se la ata con el cinturón. Espero... ¡Cómo me impaciento! No sé si me creerás, pero te digo que subí por lo menos diez veces al tejado de la casa a ver si regresaba la barca. Por fin la veo. Venían dos personas. Mi padre remaba, Zajar llevaba el timón. ¡El lío en que me metí! Había que celebrar la boda y no tenía dinero. Necesitaba sólo unos diecisiete rublos. Me presento a la parroquia, a Alexéi Ivánovich. Le explico lo que me pesa. Y me dio el dinero, sin decir una palabra. Aún le estoy agradecido. Así me casé. Vivimos trabajando. Tan pronto me casé, dije a mi mujer: “Aunque yo no sea buen partido, tienes que obedecer sin chistar a mi madre y a mi padre”. Ella respondió: “¡Madrecita, dame tu bendición!...” 
El viejo volvió la cabeza, se calmó un poco y prosiguió:
-Mi madre, María Lukichna, era una buena mujer, muy agradable al hablar, salida del monasterio de Danílov. Mi mujer hizo siempre lo que prometió. Nunca he tenido que reñirla. Ahora hay jóvenes, no diré que malas, pero... ¡Ah, Mijail! La cabeza no es un cesto. No puedes cambiarla por otra. Hemos obrado según he entendido yo que era mejor. Hemos sufrido, hemos acumulado experiencia, y hemos criado a siete mozos como siete manzanos. A veces llego, fatigado, y me parece que me siento mal. Pero descanso, y otra vez a trabajar. Así vivo, así sigo, camino adelante, siempre adelante... Se me olvidaba contarte loque me ocurrió con Alexéi Ivánovich. Le devolví el dinero unaño más tarde, yu le di las gracias. Pasaron diez años sn que volviera a verle. He aquí que un día, en vísperas del domingo de Pascua, hizo muy mal tiempo. El hielo del lago se elevó, se puso lívido, como un cadáver. De pronto veo que se acerca a mi casa Alexéi Ivánovich, huésped siempre bien venido. Al día siguiente fue imposible emprender el camino de regreso. El hielo se rompía. Alexéi Ivánovich tuvo que celebrar la fiesta en mi casa. El viernes santo dije a mi princesa: “¿Con qué vas a obsequiar al huésped? Si pudiera, mataría un urogallo, pero temo que sea pecado en viernes santo”. “No temas (me dijo ella): Vete. A lo mejor tienes suerte.” ¡Vivíamos con temor de Dios, nosotros! Me santigüé y fui al bosque. La nieve ya había descendido de nivel. En algunos sitios se había derretido y el agua helada había dejado lisos como el papel. Me encontré con uno muy grande. Quise pasar por él. Me metí, y cuando me di cuenta me había fundido hasta la cintura. Casi no podía moverme del sitio, pero al fin lo crucé. Pasé por los sitios helados, donde se había derretido la nieve, como si caminara por una alfombra.
“Oigo el grito de un urogallo. Ya amanece. A la luz de la autora, el pinar parecía envuelto en llamas. Lejos, de frente a la aurora, veo un urogallo, negro y grande como un cesto. Me deslizo por terreno duro, por los troncos derribados, silencioso de puntillas, para que no crujan las ramas. El urogallo está en un pino y da gritos roncos. Cuando se calla, me detengo y me quedo inmóvil. Vuelve a cantar y yo otra vez avanzo de puntillas. Maté uno. Otro cantaba no lejos de allí... Tuve con qué obsequiar a mi huésped, el domingo de Pascua... Así vivíamos en otro tiempo –terminó el viejo Grigori-. ¿Qué te parece?
Cuanto más recordaba el pasado, cuanto más lejos se remontaba hacia otros tiempos, tanto más cautivado se sentía Grigori. Recordaba a sus padres, a los abuelos, a los ascetas de Danílov, a los mártires de Solovietski, a los santos varones... En la profundidad de los viejos siglos, vivían los famosos y hercúleos bogatiris.
-¿Cómo eran aquellos bogatiris? – le pregunté.
- Escucha, te cantaré una bilina y lo sabrás – me respondió el viejo.
Prendió la aguja en la red, y se puso a cantar:
En Kiev, ciudad principal,
Al amor del príncipe Vladimir...

Es difícil explicar la impresión que me produjo oír por primera vez una bilina en aquel ambiente, junto al lago, en una isla, frente al pino, bajo cuyas ramas comenzó su vida ese viejo cantor. Por unos momentos me creí transportado a un mundo legendario en el que, por una llanura sin fin, avanzaban los bogatiris montados en sendos caballos. Avanzaban sin cesar, sosegados, al paso siempre igual que sus caballerías.

El cuerdo se alaba por el oro de sus arcas,
El loco se jacta de su joven mujer.

El viejo se detuvo un momento. En estas palabras veía él, cabeza de una numerosa familia, unsentido especial.
-¿Te das cuenta? El loco se jacta de su joven mujer.
Y prosiguió:
Hay un valiente que no come ni bebe
Ni el pan comparte con el blanco cisne...

El viejo estuvo mucho rato cantando, mas no acabó la bilina.
-¿Y qué fue de Iliá Múromets? –preguntó un muchacho, futuro cantor, que estuvo escuchando muy atentamente.
-Iliá Múromets se conviritó en una piedra porque se alababa de que pasaría por la cueva de Kíev.
-¿Y de Dobrinia Nikítich?
-Dobrinia hizo saltar su caballo por encima de una roca, no lejos de Kíev. Se le enganchó un garfio y allí encontró la muerte.
-¿Qué garfio? – pregunté yo.
-¿No sabes qué garfio suelen llevar los bogatiris? Es de acero.
Pronunció de tal modo estas palabras, que le pregunté a pesar mío:
-¿Existirían de verdad, los bogatiris?
El viejo Grigori se sorprendió de mis palabras. Me respondió al instante, con vehemencia:
-Todo lo que te he contado en esta bilina es pura verdad, desde la primera palabra hasta la última.
Luego se quedó unos momentos cavilando, y añadió:
-¡Sabes¡ Es posible que ahora también haya bogatiris, pero no se dejan ver. La vida ha cambiado. ¡Acaso puede dejarse ver, ahora, un bogatir?
Entonces comprendí por qué aquellos versos que nos parecían tan aburridos cuando estudiábamos en el gimnasio, se apoderaran por completo de mi atención en aquel lugar.
El viejo creía en lo que contaba.

1905.

1.“Bogatir”, del persa bähadur, héroe de las bilinas rusas. Realiza hazañas, sobre todo de carácter guerrero
2.El río desemboca en el mar Blanco, junto a Bielomorsk, después de cruzar el lago de Vig. Antes de desembocar en este lago, el río se llama Vig Alto (130 km.) El tramo comprendido entre el lago y el mar, se llama Vig Bajo (122 Km) El Vig Bajo, junto con el lago, entra en el sistema del canal que une el mar Blanco con el mar Báltico. En 1695, en esta región, junto al río Vig, se fundó una comunidad de disidentes religosos, partidarios de los antiguos ritos, que alcanzó gran importancia y se convirtió en base de la colonización de esta parte septentrional de Rusia. Gozaron de mucha fama los hermanos Denísov Andréi y Semión, autores de las “Respuestas de Pomerie” (1722) La comunidad se deshizo entre 1830 y 1859 a consecuencia de las represiones de que fue objeto.
1.Hilferding Alxadr Fiódorvich (1831-1872) , esclavista, historiador y recopilador de bilinas ruso.

lunes, 28 de mayo de 2012

ISAAC ASIMOV (EL DEMONIO DE DOS CENTÍMETROS)



Isaac Asimov, nombre original Isaak Yudovich Ozimov, (Petróvichi, República Socialista Federativa Soviética de Rusia, 2 de enero de 1920 – Nueva York, Estados Unidos, 6 de abril de 1992), fue un escritor y bioquímico ruso, nacionalizado estadounidense, conocido por ser un exitoso y excepcionalmente prolífico autor de obras de ciencia ficción, historia y divulgación científica. La obra más famosa de Asimov es la Saga de la Fundación, también conocida como Trilogía o Ciclo de Trántor, que forma parte de la serie del Imperio Galáctico y que más tarde combinó con su otra gran serie sobre los robots. También escribió obras de misterio y fantasía, así como una gran cantidad de textos de no ficción. En total, firmó más de 500 volúmenes y unas 9.000 cartas o postales. Sus trabajos han sido publicados en 9 de las 10 categorías del Sistema Dewey de clasificación. Asimov, junto con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke, fue considerado en vida como uno de los "tres grandes" escritores de ciencia ficción. La mayoría de sus libros de divulgación explican los conceptos científicos siguiendo una línea histórica, retrotrayéndose lo más posible a tiempos en que la ciencia en cuestión se encontraba en una etapa elemental. A menudo brinda la nacionalidad, las fechas de nacimiento y muerte de los científicos que menciona, así como las etimologías de las palabras técnicas. Asimov fue miembro de Mensa durante mucho tiempo, a cuyos miembros describía como "intelectualmente combativos". Disfrutaba más de la presidencia de la Asociación Humanista Estadounidense, una organización de ideología atea. En 1981 se nombró a un asteroide, el 5020 Asimov en su honor. Actualmente el robot humanoide de Honda se conoce como "ASIMO", aunque dicha empresa haya desmentido varias veces que el nombre tenga algo que ver con el del autor. 

 AZAZEL, EL DEMONIO DE DOS CENTÍMETROS 

Conocí a George en un congreso literario celebrado hace muchos años, y me llamó la atención el peculiar aire de inocencia y de candor que mostraba su rostro redondo y de mediana edad. Inmediatamente decidí que era la clase de persona a quien uno le dejaría la cartera para que se la guardase mientras se bañaba. El me reconoció por mis fotografías en la contraportada de mis libros y me saludo alegremente, diciéndome lo mucho que le gustaban mis cuentos y mis novelas, lo cual, naturalmente, me dio una excelente opinión de su inteligencia y buen gusto. Nos estrechamos cordialmente las manos, y el dijo: 

-Me llamo George Bitternut 
-Bitternut- repetí, para fijármelo en la mente -. Un apellido poco corriente. 
-Danés- respondió -, y muy aristocrático. Desciendo de Cnut, más conocido como Canuto, un rey que conquistó Inglaterra a comienzos del siglo XI. Un antepasado mío era hijo suyo: bastardo, natural-mente. 
-Naturalmente -murmuré, aunque no veía por que había que darlo por sentado. 
-Le pusieron de nombre Cnut, como su padre- continuó George -, y cuando fue presentado al rey, el soberano dijo: 'Voto a bríos, ¿éste es mi heredero?' 
-'No exactamente- respondió el cortesano que estaba meciendo al pequeño Cnut -, pues es ilegítimo, ya que su madre es la lavandera a la que vos...' 'Ah- dijo el rey -, eso es mejor'. Y como Bettercnut (en inglés better significa mejor) se le conoció a partir de ese momento. Únicamente con ese nombre. Yo lo he heredado por línea masculina directa, salvo que las vicisitudes del tiempo han acabado por cambiarlo a Bitternut. 
Y sus azules ojos me miraron con una especie de hipnótica inocencia, que impedía toda duda. 
-¿Quiere almorzar conmigo?- pregunté, moviendo la mano en dirección al restaurante profusamente decorado que, evidentemente, estaba destinado sólo a personas poseedoras de carteras bien repletas. 
-¿No le parece que ese local es un poco ostentoso y que la cafetería del otro lado podría...?- respondió George. -Como invitado mío- añadí. George frunció los labios y dijo: 
- Ahora que lo miro bajo una luz más favorable, veo que tiene una atmósfera un tanto hogareña. Si, almorzaré con usted. Mientras tomábamos el plato principal, George dijo: 
-Mi antepasado Bettercnut tuvo un hijo, al que llamó Sweyn. Un buen nombre Danés. 
-Si, ya sé- respondí -. 
El padre del Rey Cnut se llamaba Sweyn Forbeard. En tiempos modernos el nombre se suele escribir Sven. George frunció levemente el ceño y dijo: -No hace falta que alardee de sus conocimientos de estas cosas, amigo mío. Admito que tiene usted los rudimentos de una educación. 
Me sentí abochornado. 
-Lo siento. 
Agitó la mano en ademán de magnánimo perdón, pidió otro vaso de vino y prosiguió: -Sweyn Bettercnut se sentía fascinado por las mujeres, característica que hemos heredado todos los Bitternut, y tenía mucho éxito con ellas..., como ha sido el caso con todos sus descendientes. Se sabe que muchas mujeres, después de separarse de él, meneaban la cabeza en señal de admiración y decían: 'Oh, es todo un Sweyn.' Y también era un archimago. Hizo una pausa y, luego, preguntó con brusquedad: 
-¿Sabe usted qué es un archimago? 
 -No- mentí, no deseando volver a hacer una ofensiva ostentación de mis conocimientos -, ¿Qué es? 
-Un archimago es un mago eminente- aclaró George, con lo que pareció un suspiro de alivio -. Sweyn estudiaba las artes arcanas y ocultas. Entonces era posible hacerlo, pues aún no había surgido todo ese desagradable escepticismo moderno. 
Estaba consagrado a la tarea de encontrar la manera de persuadir a las jovencitas para que observaran con él esa clase de comporta-miento dulce y complaciente que es la corona de la femineidad, y rehuyesen todo lo que era huraño y hosco. 
-Ah- dije, con tono comprensivo. 
-Para eso necesitaba demonios, y perfeccionó medios para invocarlos, quemando ciertas hierbas aromáticas y pronunciando determinados conjuros semiolvidados. 
-¿Y daba resultado, señor Bitternut? 
 -Llámeme George. Claro que daba resultado. Tenía legiones de demonios que trabajaban para él, pues, como con frecuencia se lamentaba, las mujeres de la época eran seres tercos y obstinados, que oponían, a su pretensión de ser nieto de un rey, ásperas observaciones sobre la naturaleza de la descendencia. Sin embargo, una vez que un demonio ejecutaba su obra, comprendían que un hijo natural era, simplemente, natural. 
-¿Está seguro de todo eso, George? -Naturalmente, pues el verano pasado encontré su libro de recetas para invocar demonios. Lo hallé en un viejo castillo inglés que actualmente está en ruinas, pero que en otro tiempo perteneció a mi familia. Se especificaban las hierbas exactas, la forma de quemarlas, el ritmo, los conjuros, las entonaciones. Todo. Estaba escrito en inglés antiguo, anglosajón, ya sabe, pero yo tengo un poco de lingüista y… Se me hizo patente un ligero escepticismo. 
 -Usted bromea- dije. 
Me miró con altivez. 
-¿Por qué cree semejante cosa?, ¿acaso me estoy riendo? Se trata de un libro auténtico. Yo mismo experimenté las recetas. 
-Y obtuvo un demonio. 
- Sí, en efecto- respondió, señalándose de manera significativa el bolsillo superior de la chaqueta. 
- ¿Lo tiene ahí? George se toco el bolsillo, y parecía a punto de asentir cuando sus dedos palparon algo importante, o tal vez fuese precisamente que no palparon nada. Miró en el interior. 
-Se ha ido- dijo con disgusto -. Desmaterializado... Pero quizá no se le pueda censurar por ello. Anoche estuvo conmigo por que sentía curiosidad por este congreso, ¿sabe? Le di un poco de whisky con un cuentagotas, y le gustó. Tal vez le gusto demasiado, pues quería pegarse con la cacatúa enjaulada que hay en el bar y empezó a insultarla. Afortunadamente, se quedo dormido antes de que el pájaro ofendido pudiera replicar. Ésta mañana no parecía encontrarse muy bien, y supongo que se ha ido a su casa, dondequiera que esté, para recuperarse. 
Sentí un acceso de rebeldía. ¿Esperaba que me creyera aquello?- ¿Me está diciendo que tenía un demonio en el bolsillo de la chaqueta? 
-Es agradable ver lo rápidamente que se hace usted cargo de la situación- dijo George. 
-¿Qué tamaño tenía? 
-Dos centímetros. 
-Pero eso no llega a una pulgada. 
-Totalmente correcto. Una pulgada son 2,54 centímetros. 
-Quiero decir, qué clase de demonio es para tener sólo dos centímetros de estatura. 
-Uno pequeño- respondió George -, pero, como dice el refrán, más vale tener un demonio pequeño que no tener ninguno. 
-Depende de cómo sea. 
-Oh, Azazel..., se llama, es un demonio amistoso. 
Sospecho que no está muy bien considerado en sus antros nativos, pues se le nota extraordinariamente ansioso por impresionarme con sus poderes, salvo que no quiere utilizarlos para enriquecerme, como debería hacer, tratándose de una honorable amistad. Dice que sus poderes deben ser utilizados tan sólo para hacer el bien a otros. 
-Vamos, vamos, George. Seguramente que no es ésa la filosofía del infierno. 
George se llevo un dedo a los labios. 
-No diga esa clase de cosas, amigo. Azazel se sentiría enormemente ofendido. Dice que su país es amable, decente y muy civilizado, y habla con gran respeto de su gobernante, cuyo nombre jamás pronuncia, y al que llama simplemente el Todo Total. 
-¿Y en realidad hace favores? 
-Siempre que puede. Eso es escaso, por ejemplo, de mi ahijada, Juniper Per... 
-¿Juniper Pen? 
-Sí. Por su expresión de intensa curiosidad, me doy cuenta de que desea conocer la historia. Con mucho gusto se la contaré. Juniper Pen (dijo George) era una cándida estudiante de segundo curso en la Universidad cuando comienza mi relato..., una dulce e inocente muchacha fascinada por el equipo de baloncesto, todo y cada uno de cuyos miembros eran jóvenes altos y muy guapos. El jugador que más parecía estimular su imaginación femenina era Leander Thomson, un muchacho alto y delgado, de grandes manos que se enroscaban en torno a un balón o a cualquier otra cosa que tuviera forma y el tamaño de un balón, lo que de alguna manera trae a la memoria a Juniper. Obviamente, él era el objeto de sus gritos, cuando contemplaba desde la grada uno de sus partidos. Solía hablarme de sus dulces sueños, pues, como todas las jovencitas, aunque no sean mis nietas, se sentía impulsada a confiar en mí. Mi porte cariñoso pero digno invitaba a las confidencias. -Oh, tío George- decía - , seguro que no es nada malo que yo sueñe en un futuro con Leander. Me lo imagino como el mejor jugador de baloncesto del mundo, como la flor y nata de los grandes profesio-nales, como el titular de un sustancioso contrato de larga duración. Y no es que yo pida mucho. Todo lo que quiero de la vida es una pequeña mansión cubierta de enredaderas, un pequeño jardín que se extienda todo cuanto la vista pueda abarcar, una sencilla servidumbre organizada en equipos, todos mis vestidos ordenados alfabéticamente para cada día de la semana y cada mes del año y... 
Me vi obligado a interrumpir su encantador parloteo. 
-Ay un ligero fallo en tu plan, pequeña - dije -. 
 Leander no es un jugador de baloncesto muy bueno, y es poco probable que algún equipo le contrate por grandes sumas. 
-Eso es injusto- dijo, enfurruñando el gesto-. ¿Por qué no es un jugador de baloncesto muy bueno? 
-Porque así es como funciona el Universo. ¿Por qué no concentras tus juveniles afectos en alguien que sea un buen jugador de baloncesto? ¿O, si vamos a eso, en algún joven y honrado corredor bursátil de Wall Street que tenga acceso a informaciones reservadas? 
-La verdad es que ya he pensado en ello, tío George, pero me gusta Leander exclusivamente por lo que es. Hay veces en que pienso en él y me digo: en realidad, ¿tan importante es el dinero? 
-Chist, jovencita - exclamé horrorizado. Hoy en día, las mujeres son increíblemente francas. 
-Pero, ¿por qué no puedo tener también el dinero? ¿es mucho pedir? ¿Lo era realmente? Después de todo, yo tenía un demonio para mí solo. Se trataba de un demonio pequeño, desde luego, pero su corazón era grande. Seguramente que querría favorecer el curso del verdadero amor, a fin de aportar luz y dulzura a dos seres cuyos corazones latían al unísono al pensar en besos y fondos mutuos. 
Azazel me escuchó cuando le invoqué con el conjuro apropiado... No, no puedo decirle cual es. ¿No tiene usted un elemental sentido de la ética? Como digo, me escuchó, pero con lo que me pareció una absoluta carencia de esa comprensión que cabría esperar. Confieso que le había arrastrado a nuestro mundo sacándole de su entrega a algo parecido a un baño turco, pues se hallaba envuelto en una diminuta toalla y estaba tiritando. Su voz parecía más aguda y estridente que nunca. (En realidad, no creo que fuese verdadera-mente su voz. Me da la impresión de que se comunicaba mediante alguna especie de telepatía, pero el resultado era que yo oía, o imaginaba oír, una aguda vocecilla.) 
-¿Qué es baloncesto?- preguntó -. ¿Un balón con forma de cesto? Porque, en ese caso, ¿qué es un cesto? Traté de explicárselo, pero, para ser un demonio, puede resultar realmente obtuso. Se me quedó mirando, como si no le estuviese explicando con luminosa claridad cada detalle del juego. 
Finalmente, dijo: 
-¿Podría ver un partido de baloncesto? 
-Naturalmente- respondí -. Esta noche se juega uno. Leander me dio una entrada, y tú puedes ir en mi bolsillo. 
-Estupendo -dijo Azazel-. Llámame cuando te dispongas a salir para el partido. Ahora tengo que terminar mi zymig- con lo que supongo se refería a su baño turco, y desapareció. 
Debo confesar que me irrita sobremanera que alguien anteponga sus insignificantes asuntos domésticos a las trascendentales cuestiones de que yo me ocupo..., lo cual me recuerda, amigo mío, que el camarero parece estar intentando atraer su atención. Creo que le tiene preparada la cuenta. Recójala, por favor, para que yo pueda continuar mi relato. 
Esa noche fui al partido de baloncesto, y Azazel venía conmigo en mi bolsillo. Mantenía la cabeza asomada por el borde del bolsillo y habría constituido un sospechoso espectáculo si alguien hubiera estado mirando. Su piel es de un color rojo brillante y en su frente se destacan las protuberancias de dos pequeños cuernos. Por fortuna, se mantenía dentro del bolsillo, pues su musculosa cola de un centímetro de longitud es su rasgo más prominente y nauseabundo. Yo no soy un gran aficionado al baloncesto, y preferí dejar que Azazel extrajera por su propia cuenta el significado de lo que estaba viendo. Su inteligencia, aunque más demoníaca que humana, es notable. Una vez finalizado el partido, me dijo: 
-Por lo que he podido deducir de la esforzada acción de los corpulentos, desgarbados y en absoluto interesantes individuos que corrían por la pista, parece ser que se producía una cierta conmoción cada vez que esa curiosa pelota pasaba a través del aro. 
-En efecto -dije- Eso es encestar. 
-Entonces, ¿ese protegido tuyo se convertiría en un héroe de ese estúpido juego si pudiera pasar la pelota por el aro todas las veces que lo intentase? 
-Exactamente. 
Azazel pensativo, agitó la cola. 
-No tiene que ser difícil. Solo necesito ajustar sus reflejos para hacerle calcular el ángulo, la altura, la fuerza... Permaneció unos instantes en reflexivo silencio, a continuación dijo: 
-Veamos, he tomado nota de su complejo coordinado personal durante el partido...Sí, se puede hacer. En realidad, ya esta hecho. Tu Leander no tendrá ninguna dificultad en hacer pasar la pelota por el aro. 
Yo experimentaba una cierta excitación mientras aguardaba a que se celebrase el siguiente partido. No le dije nada a la pequeña Juniper, porque nunca había hecho uso de los poderes demoniacos de Azazel y no estaba del todo seguro de que sus hechos hicieran honor a sus palabras. Además, quería que se llevara una sorpresa. (Y se la llevó, muy grande, lo mismo que yo). 
Por fin llego el día del partido, y aquél fue el partido. Nuestro colegio local, Nerdsville Tech, de cuyo equipo de baloncesto Leander era tan pálida luminaria, jugaba contra los larguiruchos fajadores de Reformatorio Al Capone, y se esperaba que fuese un combate épico. 
Como de épico, nadie lo esperaba. El equipo de AL Capone en seguida se puso por delante en el marcador, y yo observaba atentamente a Leander. Parecía tener dificultades para decidir lo que debía hacer, y al comienzo sus manos parecían fallar el balón cuando trataba de avanzar. Supuse que sus reflejos habían resultado tan alterados, que en un principio no podía controlar en absoluto sus músculos. Sin embargo, luego, fue como si se acostumbrara a su nuevo cuerpo. Cogió el balón y pareció que se le escapaba de las manos… !Pero que forma de escaparse! Descubrió un arco en el aire y atravesó el centro del aro. Las gradas estallaron en frenético aplauso, mientras que Leander contemplaba pensativamente el aro, como preguntándose que había ocurrido. Fuera lo que fuese, volvió a ocurrir otra vez..., y otra. Tan pronto como Lenader tocaba el balón, éste se elevaba describiendo un arco. Tan pronto como se elevaba, se curvaba hacia la canasta. Sucedía tan de repente, que nadie veía jamás a Leander apuntar ni hacer absolutamente ningún esfuerzo. Interpretando esto como una prueba de maestría, la multitud se puso histérica. 
Sin embargo, luego, como era de esperar, sucedió lo inevitable, y el partido se hundió en un caos total. Brotaban silbidos de las tribunas; los alumnos de rostros llenos de cicatrices, que animaban al reformatorio Al Capone, proferían violentas observaciones de carácter insultante, y por todas partes de producían peleas a puñetazos entre el público. 
Lo que yo no había dicho a Azazel, creyendo que se trataba de algo evidente, y lo que él no había advertido; era que las dos canastas de la pista no eran iguales: una correspondía al equipo local y la otra al equipo visitante, y que cada jugador lanzaba el balón hacia la canasta apropiada. Y el balón, con toda la lamentable ignorancia de un objeto inanimado, en cuanto Leander lo tocaba, se elevaba hacia la canasta más próxima. El resultado era que, una y otra vez, Leander se las arreglaba para introducir el balón en la canasta en que no debía. Persistió en hacerlo, pese a los amables reproches del entrenador del Nerdsville, Claws (Pop) McFang, que se desgañitaba a gritos por entre la espuma que le cubría los labios. Pop McFang enseñó los dientes con un suspiro de tristeza por tener que expulsar a Leander del partido y lloró abiertamente cuando le quitaron los dedos de la garganta de Leander para que pudiera llevarse a efecto la expulsión. 
Amigo mío, Lenader nunca volvió a ser el mismo. Naturalmente, yo había pensado que buscaría refugio en la bebida y se convertiría en un torvo y pensativo alcohólico. Eso lo habría comprendido. No obstante, aun cayó más bajo. Se volvió hacia sus estudios. Bajo la despreciativa, y a veces incluso compasiva, mirada de sus condiscípulos, iba de clase en clase, sepultaba la cabeza entre los libros y descendía hacia las cenagosas profundidades de la ciencia. Durante todo ese tiempo, sin embargo, Juniper se aferró a él. Me necesita, decía, con los ojos empanados por las lágrimas. Sacrificándolo todo, se caso con él una vez que ambos se graduaron. Y continuó manteniéndose unida a él, incluso mientras caía al más profundo de los abismos, al ser estigmatizado con un doctorado en Física. Él y Juniper viven ahora en un pequeño apartamento situado en alguna parte del lado oeste. Él enseña física y ella realiza investigaciones sobre Cosmogonía, según tengo entendido. Él gana 60.000 dólares al año, y entre quienes le conocieron cuando era un deportista respetable, se dice, en horrorizados susurros, que es un posible candidato al premio Nobel. Juniper nunca se queja, y se mantiene fiel a su ídolo caído. Ni con palabras ni con hechos expresa jamás ningún sentimiento de pérdida, pero no puede engañar a su viejo padrino. Sé muy bien que, a veces, piensa melancólicamente en la mansión cubierta de enredaderas que nunca tendrá y en las ondulantes colinas y distantes horizontes de la pequeña finca de sus sueños. 
-Ésa es la historia- dijo George, mientras recogía el cambio que había traído el camarero y anotaba el total del recibo de la tarjeta de crédito, supongo que para poder deducirlo de sus impuestos -. Yo, en su lugar- añadió -, dejaría una generosa propina. 
Así lo hice, un tanto aturdido, mientras George sonreía y se alejaba. En realidad, no me importaba que George se hubiera quedado con el cambio. Se me ocurrió que él únicamente tenía una comida, mientras que yo disponía de una historia que podía contar como propia y que me reportaría una cantidad de dinero equivalente a muchas veces el coste de la comida. 
De hecho, decidí continuar almorzando con él de vez en cuando.

ALEKSANDR NIKOLAYEVICH AFANÁSIEV (EL SOLDADO Y LA MUERTE)


Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev (ruso cirílico Александр Николаевич Афанасьев; Boguchar, Vorónezh, 29 de juniojul./ 11 de julio de 1826greg.- Moscú, 11 de octubrejul./ 23 de octubre de 1871greg.) fue el mayor de los folcloristas rusos de la época, y el primero en editar volúmenes de cuentos de tradición eslava que se habían perdido a lo largo de los siglos. Afanásiev tuvo que realizar un duro trabajo de recopilación, ya que los cuentos eslavos, al igual que los celtas irlandeses, no se dejaron por escrito, eran exclusivamente de tradición oral. Hecho agravado por las reformas del zar Pedro I el Grande, que dejó de lado la Rusia tradicional ortodoxo-eslava para introducir en las frías estepas el código de vida europeo. Los boyardos fueron sustituidos por los duques y marqueses y el lenguaje ruso se vio reducido a las clases media-baja de la sociedad rusa, pasando la nobleza a hablar en francés. Fue educado en Vorónezh y cursó estudios de derecho en la Universidad de Moscú, donde descubrió a los escritores Konstantín Kavelin y Timoféi Granovski. Su primer trabajo fue el de profesor de historia antigua, pero fue despedido por una falsa acusación de Sergéi Uvárov, otro escritor de la época. Fue entonces cuando dedicó su vida al periodismo, escribiendo sus artículos sobre los principales escritores rusos del siglo pasado, algunos nombres tan célebres como Nikolái Novikov, Denís Fonvizin y Antioj Kantemir. Fue en 1850 cuando Afanásiev se dedicó enteramente a su pasión de folclorista de la llamada Vieja Rusia, recorrió provincias enteras obteniendo relatos de todas partes de Moscovia. Sus primeros artículos causaron gran impresión en la escuela mitológica rusa de aquella época. Sus principales fuentes fueron los cuentos de la Sociedad Geográfica de Rusia[1][2] y algunas contribuciones de Vladímir Dal. Afanásiev murió pobre, desahauciado en Rusia. Sus obras no fueron publicadas allí debido a su amistad con Herzen. Murió de tuberculosis, obligado a vender su librería personal a la edad de 45 años. 

 EL SOLDADO Y LA MUERTE 

Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo. 

Anduvo algún tiempo, y se encontró a un pobre que le pidió limosna. El soldado tenía sólo tres galletas y dio una al mendigo, quedándose él con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro pobre que también le pidió limosna saludándolo humildemente. El soldado repartió con él su provisión, dándole una galleta y quedándose él con la última. 

Llevaba andando un buen rato cuando se encontró a un tercer mendigo. Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó humildemente pidiéndole limosna. El soldado sacó su última galleta y reflexionó así: 

«Si le doy la galleta entera me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra a los otros dos pobres, al ver que a ellos les he dado una galleta entera a cada uno se podrá ofender. Será mejor que le dé la galleta entera; yo me podré pasar sin ella.» 

Le dio su última galleta, quedándose sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:  

-Dime, hijo mío, ¿qué deseas y qué necesitas? 

-Dios te bendiga -le contestó el soldado-. ¿Qué quieres que te pida a ti, abuelito, si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme? 

-No hagas caso de mi miseria y dime lo que deseas; quizá pueda recompensarte por tu buen corazón. 

-No necesito nada; pero si tienes una baraja, dámela como recuerdo tuyo. 

El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo: 

-Tómala, y puedes estar seguro de que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí tienes también una alforja; a quien encuentres en el camino, sea persona, sea animal o sea cosa, si la abres y dices: «Entra aquí», en seguida se meterá en ella. 

-Muchas gracias -le dijo el soldado. 

 Y sin dar importancia a lo que el anciano le había dicho, tomó la baraja y la alforja y siguió su camino. 

Después de andar bastante tiempo llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban nadando. Se le ocurrió al soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:  

-¡Ea, gansos, entren aquí! 

Apenas tuvo tiempo de pronunciar estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos volaron hacia él y entraron en la alforja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino. 

 Anduvo, anduvo y al fin llegó a una gran ciudad desconocida. Entró en una taberna y dijo al tabernero: 

-Oye, toma este ganso y ásamelo para cenar; por este otro me darás pan y una buena copa de aguardiente, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo. 

Se sentó a la mesa y, una vez lista la cena, se puso a comer, bebiéndose el aguardiente y comiéndose el sabroso ganso. Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana y vio cerca de la taberna un magnífico palacio que tenía rotos todos los cristales de las ventanas. 

-Dime -preguntó al tabernero-, ¿qué palacio es ése y por qué se halla abandonado? -

Ya hace tiempo -le dijo éste- que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace ya diez años que está abandonado, porque los diablos lo han tomado por residencia y echan de él a todo el que entra. Apenas llega la noche se reúnen allí a bailar, alborotar y jugar a los naipes. 

El soldado, sin pararse a pensar en nada, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciendo un saludo militar, le dijo así: 

-¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir a verte sin ser llamado. Quisiera que me dieses permiso para pasar una noche en tu palacio abandonado. 

-¡Tú estás loco! Se han presentado ya muchos hombres audaces y valientes pidiéndome lo mismo; a todos les di permiso, pero ninguno de ellos ha vuelto vivo. -El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se quema en el fuego -contestó el soldado-. He servido a Dios y al zar veinticinco años y no me he muerto. ¿Crees que ahora me voy a morir en una sola noche? 

-Pero te advierto que siempre que ha entrado al anochecer un hombre vivo, a la mañana siguiente sólo se han encontrado los huesos -contestó el zar. 

El soldado persistió en su deseo, rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado. 

-Bueno -dijo al fin el zar-. Ve allí si quieres; pero no podrás decir que ignoras la muerte que te espera. 

Se fue el soldado al palacio abandonado, y una vez allí se instaló en la gran sala, se quitó la mochila y el sable, puso la primera en un rincón y colgó el sable de un clavo. Se sentó a la mesa, sacó la tabaquera, llenó la pipa, la encendió y se puso a fumar tranquilamente. 

A las doce de la noche acudieron, no se sabe de dónde, una cantidad tan grande de diablos que no era posible contarlos. Empezaron a gritar, a bailar y alborotar, armando una algarabía infernal. 

-¡Hola, soldado! ¿Estás tú también aquí? -gritaron al ver a éste-. ¿Para qué has venido? ¿Acaso quieres jugar a los naipes con nosotros? 

-¿Por qué no he de querer? -repuso el soldado-. Ahora que con una condición: hemos de jugar con mi baraja, porque no tengo fe en la de ustedes. 

Enseguida sacó su baraja y empezó a repartir las cartas. Jugaron un juego y el soldado ganó; la segunda vez ocurrió lo mismo. A pesar de todas las astucias que inventaban los diablos, perdieron todo el dinero que tenían, y el soldado iba recogiéndolo tranquilamente. 

-Espera, amigo -le dijeron los diablos-; tenemos una reserva de cincuenta arrobas de plata y cuarenta de oro: vamos a jugar esa plata y ese oro. 

Mandaron a un diablejo para que les trajese los sacos de la reserva y continuaron jugando. El soldado seguía ganando, y el pequeño diablejo, después de traer todos los sacos de plata, se cansó tanto que, con el aliento perdido, suplicó al viejo diablo calvo: 

-Permíteme descansar un ratito. -¡Nada de descanso, perezoso! ¡Tráenos en seguida los sacos de oro! 

El diablejo, asustado, corrió a todo correr y siguió trayendo los sacos de oro, que pronto se amontonaron en un rincón. Pero el resultado fue el mismo: el soldado seguía ganando. 

Los diablos, a quienes no agradaba separarse de su dinero, derribaron la mesa a patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:

-Despedácenlo, despedácenlo. 

Pero el soldado, sin turbarse, cogió su alforja, la abrió y preguntó: 

-¿Saben qué es esto? 

-Una alforja -le contestaron los diablos. 

-¡Pues entren todos aquí! 

Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos en pelotón se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos a otros. El soldado la ató lo más fuerte posible con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, se durmió profundamente sin despertar hasta la mañana. 

Muy temprano, el zar dijo a sus servidores: 

-Vayan a ver lo que le ha sucedido al soldado, y si se ha muerto, recojan sus huesos. 

Los servidores llegaron al palacio y vieron con asombro al soldado paseándose contentísimo por las salas fumando su pipa.

-¡Hola, amigo! Ya no esperábamos verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos? 

-¡Valientes personajes son esos diablos! ¡Miren cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes! 

Los servidores del zar se quedaron asombrados y no se atrevían a creer lo que veían sus ojos.

-Se han quedado todos con la boca abierta -siguió diciendo el soldado-. Envíenme pronto dos herreros y díganles que traigan con ellos el yunque y los martillos. 

Cuando llegaron los herreros trayendo consigo el yunque y los martillos de batir, les dijo el soldado: 

-Descuelguen esa alforja de la pared y den buenos golpes sobre ella. 

Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos: 

-¡Dios mío, cuánto pesa! ¡Parece como si estuviera llena de diablos! Y éstos exclamaron desde dentro: 

-Somos nosotros, queridos amigos. 

Colocaron el yunque con la alforja encima y se pusieron a golpear sobre ella con los martillos como si estuviesen batiendo hierro. Los diablos, no pudiendo soportar el dolor, llenos de espanto, gritaron con todas sus fuerzas: 

-¡Gracia, gracia, soldado! ¡Déjanos libres! ¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará jamás en este palacio ni se acercará a él en cien leguas a la redonda! 

El soldado ordenó a los herreros que cesasen de golpear, y apenas desató la alforja los diablos echaron a correr sin siquiera mirar atrás; en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron del palacio. Pero no todos tuvieron la suerte de escapar: el soldado detuvo, como prisionero en rehenes, a un diablo cojo que no pudo correr como los demás. 

Cuando anunciaron al zar las hazañas del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó mucho y lo dejó vivir en palacio. Desde entonces el valiente soldado empezó a gozar de la vida, porque todo lo tenía en abundancia: los bolsillos rebosando dinero, el respeto y consideración de toda la gente, que cuando se lo encontraban le hacían reverencias respetuosas, y el cariño de su zar. 

Se puso tan contento que quiso casarse. Buscó novia, celebraron la boda y, para colmo de bienes, obtuvo de Dios la gracia de tener un hijo al año de su matrimonio. 

Poco tiempo después se puso enfermo el niño y nadie lograba curarlo. Cuantos médicos y curanderos lo visitaban no conseguían ninguna mejoría. Entonces el soldado se acordó del diablo cojo; trajo la alforja donde lo tenía encerrado y le preguntó: 

-¿Estás vivo, Diablo? 

-Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío? 

-Se ha puesto enfermo mi hijo y no sé qué hacer con él. Quizá tú sepas cómo curarlo. 

-Sí sé. Pero ante todo déjame salir de la alforja. 

-¿Y si me engañas y te escapas? 

El diablo cojo le juró que ni siquiera un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando la alforja, puso en libertad a su prisionero. 

El diablo, recobrando su libertad, sacó un vaso de su bolsillo, lo llenó de agua de la fuente, lo colocó a la cabecera de la cama donde estaba tendido el niño enfermo y dijo al padre: 

-Ven aquí, amigo, mira el agua. 

El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó: 

 -¿Qué ves? 

 -Veo la Muerte. 

 -¿Dónde se halla? 

 -A los pies de mi hijo. 

 -Está bien. Si está a los pies, quiere decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la cabecera, se hubiese muerto sin remedio. Ahora toma el vaso y rocía al enfermo. 

El soldado roció al niño con el agua, y al instante se le quitó la enfermedad. 

 -Gracias -dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando sólo el vaso. 

Desde aquel día se hizo curandero, dedicándose a curar a los boyardos y a los generales. No se tomaba más trabajo que el de mirar en el vaso, y en seguida podía decir con la mayor seguridad cuál de los enfermos moriría y cuál viviría. 

Así transcurrieron unos cuantos años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron al soldado, y éste, llenando el vaso con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho, miró el agua y vio con horror que la Muerte estaba, como un centinela, sentada a la cabecera del enfermo. 

-¡Majestad! -le dijo el soldado-. Nadie podrá devolverte la salud. Sólo te quedan tres horas de vida. 

Al oír estas palabras el zar se encolerizó y gritó con rabia: 

 -¿Cómo? Tú que has curado a mis boyardos y a mis generales, ¿no quieres curarme a mí, que soy tu soberano? ¿Acaso soy yo de peor casta o indigno de tu favor? Si no me curas daré orden para que te ejecuten una hora después de mi muerte. 

El soldado se encontró perplejo ante este problema y se puso a suplicar a la Muerte, diciendo: 

-Dale al zar la vida y toma en cambio la mía, porque si de todos modos he de perecer, prefiero morir por tu mano a ser ejecutado por la del verdugo. 

Miró otra vez en el vaso y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar. 

El soldado roció al enfermo, y éste en seguida recobró la salud y se levantó de la cama. 

-Oye, Muerte -dijo el soldado-, dame tres horas de plazo; necesito volver a casa para despedirme de mi mujer y de mi hijo. 

-Está bien -contestó la Muerte. 

El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso muy enfermo. La Muerte no tardó en llegar y en colocarse a la cabecera de su cama, diciéndole: 

-Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.  

El soldado extendió un brazo, descolgó de la pared la alforja, la abrió y preguntó: 

-¿Qué es esto? 

 La Muerte le contestó: 

 -Una alforja. 

-Es verdad; pues entra aquí. 

Y la Muerte en un instante se encontró metida en la alforja. 

El soldado sintió tan grande alivio que saltó de la cama, ató fuertemente la alforja, se la colgó al hombro y se encaminó a los espesos bosques de Briauskie. Llegó allí, colgó la alforja en la cima de un álamo y se volvió contento a su casa. 

Desde entonces ya no se moría la gente. Nacían y nacían, pero ninguno se moría. Así transcurrieron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo. 

Una vez que paseaba por la ciudad tropezó con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo del viento. 

-¡Dios de mi alma, qué vieja eres! -exclamó el soldado-. ¡Ya es tiempo de que te mueras! 

 -Sí, hijo mío -le contestó la anciana-. Cuando hiciste prisionera a la Muerte sólo me quedaba una hora de vida. Tengo gran deseo de descansar; pero ¿cómo he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que descanse en sus profundidades. Dios te castigará por ello, pues son muchos los seres humanos que están sufriendo como yo en este mundo por tu causa. 

El soldado se quedó pensativo: «Se ve que es necesario libertar a la Muerte aunque me mate a mí -pensó-. ¡Soy un gran pecador!» 

Se despidió de los suyos y se dirigió a los bosques de Briauskie. Llegó allí, se acercó al álamo y vio la alforja colgada en lo alto del árbol, balanceada por el viento. 

 -Oye, Muerte, ¿estás viva? -preguntó el soldado. 

 La Muerte le contestó con una voz apenas perceptible: 

 -Estoy viva, amigo.

El soldado descolgó la alforja, la desató y la abrió, dejando libre a la Muerte, a la que suplicó que lo matase lo más pronto posible para sufrir poco; pero la Muerte, sin hacerle caso, echó a correr y en un instante desapareció. 

El soldado volvió a su casa y siguió viviendo muchos años, gozando de la mayor felicidad. 

Todos creían que ya no se moriría nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.