miércoles, 5 de octubre de 2011

ALEXÉI NIKOLÁIEVICH TOSLTÓI (LA VÍBORA)



Alekséi Nikoláyevich Tolstói, (1883  - 1945), alias Camarada Conde, fue un escritor ruso soviético, autor de escritos de muchos géneros pero especializado en la ciencia ficción y novelas históricas.
De familia noble, nació en Nikoláievsk en 1883. Cursó la escuela secundaria en Samara y los estudios superiores en el Instituto Tecnológico de San Petersburgo, mas al terminar la carrera dedicóse a la literatura. En un principio cultivó la poesía de tendencia simbolista (Lírica, 1907). Posteriormente se apartó de ella (Los ríos azules, 1912). Destacó, no obstante, como prosista, sobre todo con sus relatos del ciclo La Región del Volga (1910-1911), para los cuales tomó como modelos literarios a Turgenev, a Tolstói y a Gógol. Entre 1914 y 1916 fue corresponsal de guerra. Luego dedicóse a la comedia (La fuerza demoníaca, Oscurantistas, 1917). Hostil a la revolución de Octubre, en 1918 emigró, pero en 1923 rectificó su posición, volviendo a su país. Escribió la Infancia de Nikita, novela autobiográfica; la trilogía Peregrinación por los caminos del dolor (1920-1941); novelas de ciencia-ficción, como Aelita y El hiperboloide del ingeniero Garin; relatos sobre el paso de la guerra a la vida civil (a este tipo pertenece La víbora); el drama Iván el Terrible, y su gran novela histórica (cuya tercera parte quedó sin terminar) Pedro I, en la que estuvo trabajando diez y seis años, de 1919 a 1935.
Académico desde 1939, fue laureado con diversos e importantes premios y figura entre los mejores prosistas rusos del siglo XX.


LA VÍBORA

I

Cuando Olga Viacheslávovna aparecía, con su bata de percal, despeinada y sombría, todos callaban en la cocina. No se oía más que el silbido de los hornillos, relucientes y llenos de petróleo y de furia contenida. Olga Viacheslávovna producía cierta sensación de peligro. Uno de los vecinos había dicho de ella:
-Hay bichos siempre dispuestos a picar... Conviene no ponerse cerca de ellos...
Con el vaso y el cepillo de dientes, ceñida por la toalla, Olga Viacheslávovna se acercaba a la pila y se lavaba, poniendo bajo el grifo su cabeza de pelo corto y oscuro. Cuando en la cocina sólo había mujeres, se bajaba la bata hasta la cintura y se lavaba los hombros, poco desarrollados, como los de un adolescente, y los senos, de castaños pezones. Subida a un banquillo, se lavaba las piernas, hermosas y fuertes. Entonces se le podía ver en el muslo una larga cicatriz transversal, en la espalda, por encima del omóplato, un pequeño hoyo brillante y rosáceo –huella del orificio de salida de una bala-, y en el brazo derecho, junto al hombro, un pequeño tatuaje azulado. Estaba bien formada y su cuerpo era moreno, de un matiz dorado.
Todos estos detalles habían sido muy bien estudiados por las mujeres que vivían en uno de los numerosos pisos de aquella gran casa de Zariadie: la costurera María Afanásievna, que odiaba a Olga Viacheslávovna con toda su alma y la llamaba “marcada”; Rosa Abrámovna Bezikóvich, dedicada a sus labores –su marido se encontraba en la tundra siberiana-, que se sentía literalmente mal a la vista de Olga Viacheslávovna; y la tercera mujer, Sonia Verentsovao, como todos la llamaban, Liálechka –una muchacha muy bonita, empleada en el Trust del Tabaco-, que se iba de la cocina, abandonando el hornillo, tan pronto como oía los pasos de Olga Viacheslávovna... Y menos mal que María Afanásievna y Rosa Abrámovna le tenían simpatía, pues de otro modo Liálechka se habría encontrado casi todos los días con las gachas quemadas.
Después de lavarse, Olga Viacheslávovna lanzaba con sus ojos oscuros y “salvajes” una mirada a las mujeres y se retiraba a su habitación, que estaba al final del pasillo. No tenía hornillo y los vecinos no podían comprender cómo se desayunaba. Vladímir Lvóvich Ponizovski, ex oficial del ejército zarista y ahora corredor de antigüedades, afirmaba que Olga Viacheslávovna tomaba por las mañanas coñac de sesenta grados. Todo era posible. En realidad, antes tenía su hornillo, pero, movida por su odio hacia los vecinos, lo encendía en su propia habitación hasta que se lo prohibió la junta de vecinos. El administrador de la casa, Zhuravliov, amenazó a Olga Viacheslávovna con llevarla a los tribunales y desahuciarla si se repetía aquel escándalo, que podía originar un incendio. Esto estuvo a punto de costarle la vida: ella le arrojó el hornillo encendido –menos mal que pudo esquivarlo- y le cubrió de unos insultos como nunca había oído ni siquiera los días de fiesta en la calle. Claro es que el hornillo desapareció.
A las nueve y media, Olga Viacheslávovna se iba. Probablemente, por el camino se compraba un bocadillo de cualquier “alegría perruna” y tomaba un vaso de té en la oficina. No volvía a una hora fija. Nunca recibía visitas de hombres.
El examen de su habitación por el ojo de la cerradura no satisfacía la curiosidad de los vecinos: las paredes estaban desnudas, sin fotografías ni tarjetas postales; lo único que se veía era un pequeño revólver colgado sobre la cama. Los muebles se reducían a dos sillas, la cómoda, una cama de hierro y una mesa junto a la ventana. A veces la habitación estaba ordenada, con la cortina corrida. Un pequeño espejo, el peine y dos o tres frascos se alineaban sobre la desconchada cómoda; en la mesa había una pila de libros y hasta una flor puesta en un tarro. En otras ocasiones todo seguía hasta la noche en el más espantoso desorden: la cama revuelta, el suelo lleno de colillas y el orinal en medio del cuarto. Rosa Abrámovna se lamentaba con débil voz:
-Es como un soldado al que acabasen de licenciar. No es una mujer...
Piotr Semiónovich Mosh, otro vecino que estaba empleado en la Dirección de Venta de Instrumental Médico, solterón de costumbres muy arraigadas, aconsejó en cierta ocasión, entre risitas y el brillo de su calva, que con ayuda de un tubo de papel, por el ojo de la cerradura, le echas en diez centímetros cúbicos de yodoformo: “Ningún ser vivo puede soportar una atmósfera envenenada con yodoformo.” Pero el plan no fue llevado a la práctica: tuvieron miedo.
Como quiera que fuese, Olga Viacheslávovna era objeto de toda clase de comentarios; encendía en los vecinos pequeñas pasiones y, a no ser por ella, el aburrimiento se habría adueñado del piso. A pesar de todo, ningún ojo curioso había podido penetrar en el fondo de su vida. Incluso la causa del constante miedo que infundía a Sónechka Varentsova seguía siendo un secreto.
Cuando preguntaban a Liálechka, ella sacudía sus rizos, confundía las cosas y se perdía en detalles sin importancia. Liálechka habría sido una estrella de la pantalla a no ser por su naricita. “En París –le decía Rosa Abrámovna- convertirían su nariz en un bombón... Pero a ver quién se va ahora a París, ¡ay, Dios mío!” Sonia Varentsova se limitaba a sonreír, sus mejillas se coloreaban y sus ojos azules brillaban con un ávido ensueño... Piotr Semiónovich Mosh decía de ella: “La muchacha no está mal, pero es tonta...” ¡No era cierto! La fuerza de Liálechka estribaba en fingirse tonta, y el hecho de que a los diecinueve años hubiera sabido encontrar su estilo denotaba una mente práctica, aunque no lo pareciera. Agradaba mucho a los hombres maduros abrumados por el trabajo, a quienes ocupaban altos cargos en los organismos administrativos. En los rincones olvidados de su alma despertaba una sonrisa de ternura. Sentían deseos de ponerla sobre sus rodillas y, meciéndose, olvidar el estruendo y los malos olores de la ciudad, las cifras y el crujir de los papeles de la oficina. Cuando ella, después de limpiarse la naricita, se sentaba muy tiesa ante la máquina de escribir, en las sucias paredes empapeladas de los sombríos despachos del Trust del Tabaco florecía la primavera. Todo esto lo sabía muy bien. Era inofensiva, y si, en efecto, Olga Viacheslávovna la odiaba, evidentemente allí había un misterio.
A las ocho y media de un domingo, como de ordinario, chirrió la puerta del extremo del pasillo. Sonia Varentsova dejó caer un platillo, lanzó un “¡ay!” y salió escapada de la cocina. Se pudo oír como cerraba su puerta con llave y rompía en sollozos. En la cocina entró Olga Viacheslávovna. En las comisuras de sus apretados labios se dibujaban dos arrugas, sus altas cejas estaban ceñudas y su flaco rostro de gitana parecía el de una persona enferma. Traía la toalla ceñida al talle, fino como el de una avispa. Sin levantar las pestañas, abrió el grifo y empezó a lavarse, salpicando abundantemente el suelo... “¿Quién lo va a recoger? Habría que meterle las narices en el charco, para que lo limpiase con la lengua”, quiso decir María Afanasiévna, aunque no se atrevió a hacerlo. Después de secarse el pelo, Olga Viacheslávovna pasó una sombría mirada por la cocina, por las mujeres y por el pequeño Piotr Semiónovich Morsh, que en aquellos momentos entraba por la puerta de servicio con un trozo de pan en la mano, una botella de leche y un perro repugnante, siempre tembloroso. Sus secos labios se contrajeron en una mordaz sonrisa. Con su nariz aguileña que le daba un aspecto de pájaro, su barbita entrecana y sus dientes grandes y amarillos, parecía la encarnación de un inconmovible “el que viva lo verá...”. Le agradaba ser portador de malas noticias. En sus piernas torcidas bailaban unos pantalones muy sucios, que siempre se ponía para andar por casa.
A continuación, Olga Viacheslávovna dejó escapar un extraño sonido gutural, como si todo lo que rebosaba en ella hubiera encontrado expresión en aquella mezcla de cacareo y de amarga risa.
-Que el diablo lo entienda –dijo en voz baja, y se fue echándose la toalla por el hombro.
En la cara apergaminada de Piotr Semiónovich apareció una sonrisa de satisfacción.
-La borrachera le ha dado al administrador de la casa por la limpieza –dijo, dejando el perro en el suelo-. Está ahí abajo y afirma que mi perro ha ensuciado la escalera. Dice que son excrementos del animal que, si este vuelve a hacerlo, me llevará a los tribunales. Y le he replicado que no lo había hecho mi perro. Y así hemos estado discutiendo en vez de tomar él la escoba para barrer la escalera y de dedicarme yo a mis cosas. Así es la realidad rusa...
En este momento se volvió a oír al final del pasillo: “¡Ah, que el diablo lo entienda!”, y resonó un portazo. Las mujeres de la cocina se miraron. Piotr Semiónovich se retiró a tomar el té y a cambiarse los pantalones de diario por los de los domingos. El reloj de la cocina señalaba las nueve.
A las nueve de la noche, una mujer entró desalada en la comisaría de policía. Llevaba caído sobre los ojos un gorro marrón en forma de casco y el alto cuello del abrigo le tapaba la barbilla; la parte visible de la cara parecía cubierta de polvos blancos. El comisario, al fijarse, comprobó que no eran polvos, sino palidez: en aquella cara no había ni una gota de sangre. Apretando el pecho al borde de la mesa, llena de manchas de tinta, la mujer dijo en voz baja, con una desgarradora desesperación:
-Vayan al callejón Pskovski... Ni yo misma sé lo que he hecho... Ahora debo morir...
Sólo entonces se dio cuenta el comisario de que su mano amoratada apretaba un pequeño revólver. Se inclinó sobre la mesa, agarró a la mujer por la muñeca y le quitó el peligroso juguete.
-¿Tiene permiso de tenencia de armas? –gritó, sin darse cuenta de lo que decía.
La mujer, con la cabeza echada hacia atrás, porque el sombrero le estorbaba, seguía mirándole con ojos inexpresivos.
-¿Su nombre y apellido? ¿Dirección? –preguntó, ya más tranquilo.
-Olga Viacheslávovna Zótova...

II

Hace diez años, en la calle Prolómnaia de Kazán, en pleno día, se declaró un incendio en la casa de Viacheslav Ilariónovich Zótov, Un comerciante de la segunda gilda que pertenecía a una vieja secta religiosa. Los bomberos encontraron en el primer piso dos cadáveres atados con cable eléctrico: eran el de Zótov y el de su mujer. Arriba descubrieron, sin sentido, a su hija Olga Viacheslávovna, una muchacha de diecisiete años, estudiante del gimnasio. Su camisón estaba desgarrado y tenía los brazos y el cuello llenos de arañazos; todo alrededor presentaba huellas de una desesperada lucha. Pero los bandidos, por lo visto, no habían podido vencer su resistencia y, en las prisas por escapar, se limitaron a darle un golpe con la pesa que estaba tirada en el suelo...

Fue imposible salvar la casa; todos los bienes de Zótov quedaron consumidos por el fuego. Olga Viacheslávovna fue llevada al hospital, donde le redujeron una luxación del hombro y le dieron varios puntos en la cabeza. Durante varios días permaneció sin conocimiento. Su primera impresión fue la del dolor que le producían al levantarse el vendaje. Vio a un médico militar, de lentes y mirada bondadosa, que estaba sentado en la cama. Conmovido por su belleza, el doctor le hacía señales para que no se moviera.
Ella alargó hacia él la mano.
-¡Qué fieras, doctor!- y prorrumpió en sollozos.
Unos días después le dijo:
-A dos no los conozco; eran unos individuos con capote... Al tercero sí... He bailado con él... Es Valka; estudiaba en el gimnasio... Oí como mataban a mis padres... Los huesos crujían... ¿Por qué lo hicieron doctor? ¡Qué fieras!
-Chist, chist- le interrumpió asustado el doctor, y sus ojos se humedecieron tras los lentes.
Nadie acudía al hospital a visitar a Olechka Zótova, nadie estaba para visitas: la guerra civil desgarraba a Rusia, la vida, antes estable, se resquebrajaba y venía abajo, las palabras de los decretos –unos pasquines blancos que los transeúntes veían por todos sitios –respiraban furiosa cólera. Lo único que Olechka podía hacer era llorar días enteros dominada por un insoportable sentimiento de amargura (todavía resonaba en sus oídos el grito terrible de su padre: “¡Eso no!”, y el feroz alarido de su madre, que jamás había gritado así), por el miedo ante la incertidumbre de lo que le aguardaba, por la desesperación ante aquellos desconocidos que hacían ruido, gritaban y disparaban por las noches fuera del hospital.
Durante estos días debió de verter las lágrimas que tenía asignadas para toda su vida. Se había roto su juventud despreocupada y feliz. Su alma se cubrió de cicatrices como en heridas cerradas. No sabía aún cuantas energías sombrías y apasionadas se encerraban en ella.
Un día, un hombre con el brazo vendado se sentó junto a ella en un banco del pasillo. Vestía la bata de los enfermos, calzoncillos y pantuflas, aunque su cara denotaba una salud alegre y cálida como una estufa de hierro.
Silbaba casi imperceptiblemente una canción, acompañándose con los talones desnudos. Sus ojos grises de milano se volvieron varias veces hacia la hermosa muchacha. Su cara ancha y atezada cubierta en los pómulos por un vello que no habían conocido la navaja de afeitar, expresaba despreocupación e incluso pereza, aunque los ojos de milano eran duros y crueles.
-¿Algo venéreo? –preguntó, indiferente.
Olechka no comprendió en un principio, luego se puso roja de indignación:
-Quisieron matarme, pero no pudieron. Por eso estoy aquí –dijo apartándose, ensanchando las aletas de la nariz.
-¡Vaya aventura! Habría algún motivo. ¿O eran simples bandidos?
Olechka se le quedó mirando. ¿Cómo podía preguntar así, como si se tratara de la cosa más vulgar, para matar el aburrimiento?
-¿No ha oído hablar de nosotros? De los Zótov de la Prolómnaia.
-¡Ah, ya! Lo recuerdo... es usted una chica de pelo en pecho; se dejó... –y arrugó la frente-. A esta gente hay que quemarla viva, meterle en una caldera de agua hirviendo; solo entonces conseguiremos algo... ¡Cuántas infamias han salido a la superficie!... Más de lo que podíamos esperar. Uno se queda pasmado. Es una plaga. –Sus ojos fríos miraron a Olechka. –Usted, por ejemplo, sólo ve en la revolución estos actos de violencia... ¡Es lástima! ¿Pertenece a la vieja secta? ¿Cree en Dios? No importa, eso pasará. –Dio un puñetazo en el brazo del banco. –En lo que hay que creer es en la lucha.
Olechka quería replicar algo mordaz, sin duda justo, sobre la ruina de los Zótov, pero ante la mirada expectante y burlona de él, sus pensamientos surgieron y se deshincharon sin llegar a la lengua. Él dijo:
-De eso se trata... ¡Y tiene su genio! Una buena sangre rusa con mezcla de sangre gitana. De otro modo, habría vivido como todos, mirando la vida desde la ventana, junto al ficus... Un aburrimiento.
-¿Es que lo que ahora pasa es divertido?
-¿Por qué no lo es? De vez en cuando hay que darse una vuelta; no nos vamos a pasar la vida haciendo cuentas...
Olechka volvió a indignarse, pero no encontró qué replicar. Se encogió de hombros: se le veía muy seguro. Se limitó a gruñir:
-Han arruinado toda la ciudad, van a arruinar toda Rusia, los sinvergüenzas...
-Rusia no es una broma... nos sentimos dispuestos a recorrer el mundo entero... Los caballos han roto las cadenas; únicamente nos detendremos a las orillas del océano... Quiéraslo o no, tendrás que venir con nosotros.
Se inclinó hacia ella mostrando unos dientes que brillaban con salvaje alegría. Olechka sintió que la cabeza le daba vueltas, le pareció que ya hubiera oído estas palabras, como si recordase el brillo de aquellos dientes blancos, como si la memoria hubiese sacado de entre las sombras de su sangre viejas voces de generaciones pasadas que gritaban: “¡A caballo! ¡Campo libre!...” Al serenarse vio ante sí a aquel hombre de la bata y el brazo vendado... Sintió, eso sí, cierto calor en el corazón, cierta inquietud. Aquel hombre de ojos grises parecía haberse acercado a ella... Bajó la cabeza y se apartó hasta el borde del banco. Él volvió a silbar, llevando el compás con el talón.
La conversación había sido breve; una de tantas que para aliviar el tedio se mantienen en un pasillo de hospital. Después de un rato de silbar, el hombre se fue. Olga Viacheslávovna no sabía ni siquiera su nombre. Pero cuando al otro día volvió a sentarse en el mismo banco y miró al fondo del sofocante pasillo tratando de buscar entre sus pensamientos lo que debía decirle, algo convincente y muy cuerdo y que le hiciese perder su seguridad, cuando vio que el no aparecía –en su lugar pasaron unos heridos con muletas-, comprendió que el encuentro de la víspera la había afectado profundamente.
Después de esto siguió esperando acaso un minuto más. Lágrimas de despecho se asomaron a sus ojos al darse cuenta de que ella esperaba y a él no le importaba en absoluto. Se retiró, se tumbó en la cama y procuró pensar de él las cosas más injustas que le venían a la cabeza. Pero ¿qué era lo que la había afectado?
Más que el despecho, la atormentaba la curiosidad; quería verlo aunque sólo fuera un instante. ¿Cómo era realmente? No tenía nada de particular... Imbéciles como él los había a millones... Era bolchevique, claro... Un bandido... Sus ojos eran insolentes... Su orgullo de muchacha se sentía ofendido: ¡pensar el día entero en un tipo como él!, ¡Apretar los puños por un hombre así!
Aquella noche todo el hospital fue puesto en pie. Corrían médicos y enfermos; arrastraban unos bultos. Los enfermos, asustados, permanecían en sus camas. De la calle llegaba un estrépito de ruedas y de furiosas imprecaciones. Los checos estaban entrando en Kazán. Los rojos evacuaban la ciudad. Todos los que podían valerse abandonaron el hospital. Olga Viacheslávovna se quedó; nadie se había acordado de ella.
Al amanecer, en el pasillo del hospital resonaron las culatas de los checos, unos hombres de pecho abombado vestidos con uniformes extranjeros. Se llevaban a alguien. Se oyó la voz desgarrada del ayudante del administrador: “No soy voluntario, no soy bolchevique...¡Soltadme! ¿Adónde me lleváis?” Dos paralíticos, que se habían arrastrado hasta la ventana que daba al patio, dijeron en voz baja: “Lo han llevado al cobertizo; van a ahorcar al infeliz...”
Olga Viacheslávovna se vistió con la ropa gris del hospital y con un pañuelo blanco se cubrió la venda de la cabeza. Sobre las casas flotaba el festivo repicar de las campanas. Comenzaba a amanecer. Se oía –ya fuerte, ya casi apagada- la música de los regimientos que entraban en la ciudad. A lo lejos, en la otra orilla del Volga, retumbaba el tronar de los cañones, cada vez más distantes. Olga Viacheslávovna salió de la sala. Al dar la vuelta al pasillo la detuvo una patrulla. Dos bigotudos checos más bien bajos, entre empujones y pellizcos, la obligaron a dar la vuelta. “No soy prisionera, soy rusa”, les gritó con ojos centelleantes Olga Viacheslávovna. Ellos se echaron a reír y alargaron las manos para pellizcarle la cara, la barbilla... No iba a lanzarse contra las puntas de las bayonetas. Las aletas de la nariz le temblaban. Dio la vuelta y se sentó en la cama con un ligero castañeo de dientes.
Por la mañana no sirvieron té a los enfermos. Todos empezaron a murmurar. A la hora dela comida los checos se llevaron a cinco soldados rojos que habían sufrido diversas amputaciones. Los paralíticos de la ventana anunciaron que habían sido conducidos al cobertizo. Luego entró en la sala un oficial ruso con el cinturón muy ceñido y pantalones de montar anchos, que parecían las alas de un murciélago. Los enfermos tiraron de las mantas hacia sí. El se quedó mirando las camas y sus ojos, entornados, se detuvieron en Olga Viacheslávovna. “¿Es usted Zótova? –preguntóle-. Sígame...” Parecía volar con las alas de su pantalón y el ruido de las espuelas llenaba el vacío del pasillo.
Tenía que cruzar el patio. En aquel momento, del portal al que conducían salía un joven de caballo ensortijado y bordada camisa rusa. Como por casualidad, al mismo tiempo que se ponía la gorra, la miró y dirigióse con paso rápido a la salida... Olga Viacheslávovna se tambaleó... Le había parecido... Pero no, era imposible.
Entró en la antesala y sentóse ante la mesa, mirando a aquel militar de cara alargada y deformada como si se reflejase en un espejo curvo. También él la miró con sus ojos torcidos.
-¿No le da vergüenza relacionarse con la canalla, usted que rea hija de un hombre respetado en la ciudad, una muchacha intelectual? –oyó decirle, en tono de censura, el oficial, que acentuaba despectivamente las vocales.
Ella hizo un esfuerzo por comprender... Una idea fija le impedía concentrarse. Suspiró, apretóse las rodillas con las manos y empezó a contar cuanto le había sucedido. El oficial fumaba lentamente, apoyándose en el codo. Acabado el relato, dio la vuelta a una hoja de papel, al dorso de la cual había una nota escrita a lápiz.
-Nuestros informes no coinciden del todo con lo que usted me cuenta –dijo, arrugando pensativo las cejas-. Desearía que me explicase algo de sus relaciones con la organización de los bolcheviques en la ciudad. ¿Qué puede decirme?.
Una comisura de sus labios se deslizó hacia arriba y sus cejas se elevaron.
Olga Viacheslávovna contemplaba asustada la horrible asimetría de su cara recién afeitada.
-Pero... No comprendo... Usted está loco...
-Lamentablemente, tenemos informes irrefutables, por extraño que parezca. –mantenía el cigarrillo apartado de la cara, meneaba la cabeza y dejaba escapar finas bocanadas de humo: era imposible imaginarse un tipo más perfecto de hombre de salón. –Su sinceridad me cautiva... -Una espiral de humo.- Sea sincera hasta el fin, querida... A propósito: sus amigos, los soldados rojos, han tenido una muerte de héroe. –Uno de sus ojos se volvió hacia la ventana, desde la que se veía la puerta del cobertizo. -¿Se obstina en callar? Entonces... – Apretando las manos en los brazos del sillón, se volvió hacia los checos: -Bitte, por favor...
Los checos se pusieron de pie, levantaron a Olga Viacheslávovna y le pasaron las manos por los costados y el pecho, moviendo satisfechos los bigotes; comprobaron si bajo la falda había algún bolsillo. El oficial miraba incorporado, con los ojos bizcos muy abiertos. Olga Viacheslávovna respiró jadeante. Un incendio de sangre invadió sus mejillas. Quiso soltarse,gritó...
-A la cárcel- ordenó el oficial.
Olga Viacheslávovna permaneció en la cárcel dos meses, primero en una celda común y luego incomunicada. Durante los primeros días estuvo a punto de perder el juicio, sin cesar de pensar en la puerta del cobertizo, sujeta con una tabla. No podía dormir: soñaba con una cuerda que le apretaba el cuello. No volvieron a interrogarla, nadie la llamaba; era como si la hubiesen olvidado. Poco a poco empezó a reflexionar. Y de pronto fue como si un libro se abriera ante ella: todo lo vio claro Aquel joven de pelo rizado y camisa bordada era realmente Valka, el asesino: no se equivocaba... Ante el temor de que ella lo denunciase, la había acusado; la nota escrita a lápicera su delación...
Olga Viacheslávovna podía agitarse cuanto quisiera, como un puma, en su celda: a sus vehementes ruegos (por la mirilla) de que la llevaran ante el director de la cárcel, el juez de instrucción o el fiscal, los sombríos guardianes volvían la espalda. En su exaltación, seguía creyendo en la justicia, imaginaba planes fantásticos para hacerse con papel y lápiz y escribir toda la verdad a un poder supremo justo como Dios.
Una noche la despertaron voces groseras y entrecortadas, el ruido de una puerta al abrirse. Alguien entró en la celda vecina, en la que estaba recluido un hombre, con gafas, de quién lo único que sabía era que no cesaba de toser con una tos que le desgarraba el pecho. Se puso en pie y quedó escuchando. Las voces se fueron elevando hasta convertirse en gritos insufribles y presurosos. Cesaron cuando al que los lanzaba se le agotaron las fuerzas. En medio del silencio se oyó el gemido de alguien a quien hacen daño y trata de contenerse, como el que se halla en el sillón del dentista.
Olga Viacheslávovna se apretó contra un rincón, al pie la ventana, abriendo en la oscuridad los ojos como una loca. Recordó lo que había oído sobre torturas cuando estaba en la celda común... Creía ver la cara terrosa del hombre de las gafas echada hacia atrás, las fláccidas mejillas temblando de dolor... Los alambres con que le apretaban las muñecas y los tobillos se le hundían en la carne hasta los huesos... “¡Habla, habla!”, le parecía oír. Resonaron unos golpes como si sacudiesen una alfombra, no a un hombre. Él callaba... Un golpe, otro... Y de pronto se oyó algo como un mugido... “¡Hola! ¡Acabarás por hablar!...” Entonces no fue ya un mugido, sino un alarido lo que invadió toda la cárcel... Fue como si el polvo de aquella horrible alfombra hubiera envuelto a Olga Viacheslávovna. Las náuseas llegaron a su corazón, sus piernas se negaron a sostenerla, el suelo de piedra se tambaleó y ella cayó, dándose un golpe en la nuca...
Aquella noche en que un hombre torturaba a otro hombre cerró con oscuras tinieblas toda su tímida esperanza en la justicia. Pero el alma apasionada de Olga Viacheslávovna no podía permanecer callada, inactiva. Y, después de unos negros días en que estuvo a punto de perder el juicio, yendo y viniendo en diagonal por la celda, encontró la salvación: odio, venganza...¡Odio, venganza! ¡Si pudiera salir de allí!.
Con la cabeza levantada, miraba el ventano; los cristales, cubiertos de polvo, tintineaban levemente y unas arañas secas se balanceaban en la tela. El trueno del cañón resonaba en la lejanía. El Quinto Ejército rojo avanzaba sobre Kazán. El carcelero le trajo la comida y gruñó, mirando de reojo hacia la ventana: “Le he traído un bollo, señorita... Si quiere algo, llame... Nosotros, con los políticos...”
Los cristales tintinearon durante todo el día. Al otro lado de las puertas los carceleros suspiraban. Olga Viacheslávovna permanecía sentada en la cama, abrazándose las rodillas. No probó la comida. Sentía los latidos del corazón en las rodillas; fuera retumbaban los cañones. Al atardecer entró de nuevo, de puntillas, el carcelero y dijo en voz muy baja: “Debemos cumplir órdenes, pero siempre estamos al lado del pueblo...”
Hacia la medianoche, en los pasillos de la cárcel empezó un gran revuelo: sonaban grandes portazos y gritos amenazadores. Varios oficiales blancos y paisanos, amenazando con susarmas, conducían al patio a unos treinta detenidos. A Olga Viacheslávovna la hicieron salir dela celda y la arrastraron con grandes prisas a la escalera. Ella se retorcía como un gato, tratando de morder las manos que la sujetaban. Por unos instantes pudo ver el cielo barrido por elviento en el cuadrilátero del patio. El frío de la noche otoñal le invadió el pecho. Después, una puerta baja, unos escalones de piedra, la podrida humedad del sótano, abarrotado de gente. Los conos de luz de las linternas recorrieron el muro de ladrillo, las caras pálidas, los ojos desorbitados... Frenéticos improperios... Resonaron disparos de revólver; fue como si se hubiese hundido la bóveda del sótano... Olga Viacheslávovna se hizo a un lado en la oscuridad... Por un instante, en el rayo de una linterna apareció la cara de Valka... Sintió un vivo golpe en el hombro, un huso de fuego le taladró el pecho hasta llegar a la espalda... Dio un tropiezo y calló de bruces sobre el moho, que olía a hongos...
El Quinto Ejército tomó Kazán. Los checos se retiraron en barcos río abajo y las milicias rusas se dispersaron. La mitad de los habitantes de la ciudad, atemorizados ante el terror rojo, huyeron al confín del mundo. Durante varias semanas, por ambas orillas del Volga, que venía creciendo con las lluvias otoñales, erraron los fugitivos con su hatillo y su palo, sufriendo inauditas privaciones. Entre los que salieron de Kazán estaba Valka.
Contra todo lo que podía esperarse, Olga Viacheslávovna había quedado con vida. Cuando del sótano de la cárcel sacaron los cadáveres de los fusilados y los colocaron en hileras en el patio, bajo un cielo ceñudo y frío, un soldado de caballería, abrigado en su pelliza, se puso en cuclillas ante ella y le volvió suavemente la cabeza.
-La muchacha respira –dijo-. Hay que ir a buscar un médico, hermanos...
Era el de los ojos de milano. Él mismo trasladó a la joven a la enfermería de la cárcel, corrió a buscar un médico en pleno desorden de la ciudad conquistada –“Tiene que ser un profesor el viejo régimen”-, irrumpió en la vivienda de uno de ellos, lo detuvo en el calor del momento, causándole un susto terrible, lo llevó en motocicleta a la enfermería y le dijo, mostrándole a Olga Viacheslávovna, que estaba sin conocimiento, sin una gota de sangre: “Tiene que salvarle la vida...”
Y la salvó. Después de la cura y de una inyección de aceite alcanforado, ella entreabrió los violáceos párpados y, probablemente, reconoció los ojos de milano que se inclinaban sobre ella. “Acérquese”, dijo con un hilo de voz, y cuando el se hubo acercado y se quedó esperando, le dijo algo que no parecía venir a cuento: “Béseme...” Cerca de la cama había otras personas, y estaban en plena guerra. El hombre de los ojos de milano miró alrededor: “¡Diablos!”, pero no se decidió. Lo único que hizo fue agarrarle la almohada...
El de caballería se llamaba Emeliánov, camarada Emeliánov. Olga le preguntó por su nombre y patronímico, y él le dijo: Dmitri Vasílievich. Al oírlo, ella cerró los ojos y movió los labios, repitiendo “Dmitri Vasílievich”.
Su regimiento se estaba organizando en Kazán y Emeliánov visitaba todos los días a la muchacha. “Usted, Olga Viacheslávovna –le repetía para animarla-, tiene mas vida que una víbora... Así que se reponga la llevaré a mi escuadrón; será mi ordenanza”.
Todos los días le decía lo mismo y ni a él le cansaba decirlo ni a ella escucharlo. Emeliánov se reía, mostrando el brillo de sus dientes, y entonces en los débiles labios de ella aparecía una suave sonrisa. “Le cortaremos el pelo, le conseguiré unas botas ligeras; tengo guardadas unas de un estudiante muerto. Al principio, claro, la sujetaremos con una correa al caballo para que no se caiga... ”
En efecto, Olga Viacheslávovna tenía más vida que una víbora. Después de todo lo ocurrido, parecía que solo le hubiesen quedado los ojos, pero estos le ardían con una pasión que nunca se extinguía, con impaciente avidez.
La vida anterior había quedado en una lejana orilla. La casa severa y acomodada del padre; el gimnasio, las amigas sentimentales, las bolas de nieve que se tiraban en la calle; el entusiasmo juvenil por los artistas que desfilaban por la ciudad, la adoración por el profesor de ruso, el apuesto Vóronov. Un hombre ya algo obeso; el “círculo de Herzen” del gimnasio y los entusiasmos por los compañeros del círculo; la lectura de novelas traducidas y la dulce angustia que en ella despertaban las heroínas septentrionales de Hansum –como no existen en la realidad-; la inquieta curiosidad que en ella producían las novelas de Margueritte... ¿Había existido todo esto? El vestido nuevo para las fiestas de Navidad, el amor de aquellos días por un estudiante disfrazado de Mefistófeles, con sus cuernos de tela negra rellenos de algodón...El aroma de las flores heladas por un frío de treinta grados... El triste silencio, el repicar de campanas de la Cuaresma, la nieve que empezaba a derretirse y había adquirido un color pardo en las calles más concurridas... El desasosiego de la primavera, la fiebre de las noches... la casa de campo de Verjni Uslón, los pinos, las praderas; el Volga resplandeciente, que al desbordarse se extendía hasta desaparecer a lo lejos, los nubarrones en el horizonte... Todo esto era ahora un simple recuerdo en sueños, en el calor de la almohada del hospital, mojada por las lágrimas...
En estos sueños –le parecía a ella- irrumpía Valka con el instinto carnal desatado y con la pesa de cinco libras en la mano. A este Valka Brikin lo habían expulsado del gimnasio por su mala conducta; se había ido voluntario al frente y un año después había reaparecido en Kazán, presumiendo con el uniforme de ulano y la cruz de San Jorge. Decíase que su padre, el comisario de policía Brikin (el autor de la famosa orden de que “los guardias debían entrar en el templo del señor por su propia voluntad”), había solicitado al mando militar de la región que destinaran a su hijo a primera línea, donde pudiera encontrar una muerte segura, puesto que su corazón de padre prefería ver muerto a aquel canalla... Valka había sido siempre ávido de placeres y audaz como un diablo. La guerra le había enseñado sus maneras; supo que la sangre desprende un olor ácido y nada más. La revolución le había desatado las manos.
La pesa de cinco libras había hecho añicos el irisado hielo de los sueños de Olechka. Sobre este hielo, espantosamente fío descansaba su futuro bienestar: el matrimonio, el amor, la familia, un hogar sólido y feliz... Bajo la capa de hielo se ocultaba un abismo... Se quebró, y la vida, grosera y apasionada, la envolvió con sus turbias olas.
Así lo tomó Olga Viacheslávovna: la lucha rabiosa (dos veces habían querido matarla, sin lograrlo, y ahora no tenía ni a los diablos), el odio con toda su alma, el trozo de pan para hoy y la zozobra salvaje de un amor que aún no conocía... Eso era la vida... Emeliánov se sentaba al pie de la cama, ella se doblaba la almohada bajo la espalda, apretaba con sus flacos dedos el borde de la manta y decía con inocente confianza, mirándole a los ojos:
-Así me imaginaba yo las cosas: mi marido, rubio y agradable, y yo, con un peinador de color de rosa, muy juntitos, nos reflejábamos en la cafetera niquelada. ¡Nada más! Y eso era la felicidad... ¡Odio a esa chiquilla! Estúpida de mí, esperaba la felicidad envuelta en mi bata y ante una cafetera. ¡Qué canalla!.
Emeliánov con los puños sobre los muslos, se reía de todo esto. Olechka, sin ella misma darse cuenta, se esforzaba por verterse toda entera en él. Únicamente deseaba una cosa: levantarse de la cama del hospital. Se había cortado el pelo. Emeliánov le proporcionó un corto tabardo de caballería, unos pantalones azules de franja roja y, conforme le había prometido unas elegantes botas de cabritilla.
En noviembre le dieron de alta. En la ciudad no tenía parientes ni amigos. Las nubes del norte cruzaban sobre las calles desiertas, con las tiendas cerradas a cal y canto, descargando lluvia y nieve sobre ellas. Emeliánov chapoteaba animoso por el barro, de una calle a otra, en busca de vivienda. Olechka lo seguía a un paso de distancia, con el tabardo empapado y las botas del estudiante muerto; las piernas le temblaban, pero habría preferido la muerte aquedarse atrás. Dmitri Vasiliévich había conseguido en el comité ejecutivo un permiso, a nombre de la camarada Zótova, torturada por los blancos, para ocupar cualquier vivienda abandonada y buscaba algo que se saliera de lo corriente. Por fin se detuvo ante un enorme chalet, con columnas en la fachada y grandes ventanas, que había pertenecido a unos comerciantes, los Starobogati, y lo requisó.
En la deshabitada casa el viento entraba por los cristales rotos de las ventanas y se paseaba por las habitaciones con sus techos decorados al fresco y los muebles pintados de purpurina y con la tapicería arrancada. Los cristales de las arañas tintineaban lastimeros. Los tilos del jardín dejaban escapar un melancólico rumor. Emeliánov abría empujando con el pie las puertas de dos hojas.
-Mire lo que esos diablos dejaron sobre el parquet en señal de protesta...
En la sala de recibir hizo astillas un armonio de roble que ocupaba toda una pared y llevó la madera a una habitación de la esquina, con divanes, donde hizo una fogata en la chimenea.
-Aquí puede hervir el agua para el té, hay buena luz y no tendrá frío. Esa gente sabía vivir.
Le proporcionó una tetera de hojalata, zanahoria seca que hacía las veces de té, mijo, tocino y patatas –víveres para dos semanas-, y Olga Viacheslávovna se quedó sola en la oscura y vacía casa, en la que aullaban espantosamente las chimeneas, como si los espectros de los Starobogati se desgañitasen de angustia arriba en el tejado, bajo la lluvia otoñal...
Olga Viacheslávovna disponía de todo el tiempo que quisiera para la meditación. Sentada en una sillita, contemplaba el fuego donde empezaba a cantar la tetera, y pensaba en DmitriVasílievich: “¿Vendrá hoy?” Le agradaría mucho; precisamente acababa de cocer las patatas. Oía sus pasos lejanos, que resonaban por el parquet; él entraba alegre con sus ojos de milano: entraba la vida en ella... Se quitaba el cinturón con el revólver y dos granadas de mano, se despojaba del mojado capote y le preguntaba si todo estaba en orden y si necesitaba algo.
-Lo más importante es que se le pase la tos y que en los esputos no halla sangre... Para el año nuevo se encontrará perfectamente.
Después de tomar té y de liar un pitillo, hablaba de asuntos militares, describía con mucho colorido los combates de la caballería. A veces se enardecía tanto, que daba miedo mirar sus ojos de milano.
-La guerra imperialista fue una guerra de trincheras porque la gente no se sentía arrastrada a ella y moría de asco –decía, de pie en medio de la habitación y desenvainando el sable-. La revolución ha creado un ejército de caballería... ¿Comprende? El caballo es una fuerza natural... La carga de caballería es un impulso revolucionario... Aquí donde me ve, sable en mano, me lanzo sobre las filas de infantería y me dirijo al nido de ametralladoras... ¿Puede el enemigo resistirlo? No... Y huye dominado por el pánico. Yo reparto sablazos, llevo alas en los hombros... ¿Sabe lo que es un combate de dos fuerzas de caballería? Una masa avanza sobre otra sin que se oiga un solo disparo... Es un zumbido sordo... Y uno se siente como borracho... Se juntan las dos masas y empieza el trabajo... Pasa un minuto, dos todo lo más... El corazón no soporta este horror... Al enemigo se le erizan los cabellos y vuelve grupas... Entonces lo perseguimos a sablazos... No hay prisioneros...
Sus ojos brillaban como el acero y el acero del sable silbaba en el aire... OlgaViacheslávovna lo miraba con un escalofrío que le recorría la espalda, apoyando sus afilados codos en las rodillas y apretando la barbilla a los apretados puños... Si la silbante hoja hubiese partido en dos su corazón, habría lanzado un grito de alegría. Tal era el amor que sentía hacia aquel hombre...
¿Por qué la respetaba? ¿Es que solo sentía compasión por ella? ¿Tenía por la huérfana la lástima que se siente por un perrito recogido en la calle? A veces le parecía advertir en él una mirada de soslayo, rápida, nublada por un sentimiento que no tenía nada de fraternal... Las mejillas se le encendían, no sabía hacia dónde volver la cara, su corazón, agitado, caía en un abismo vertiginoso. Pero no. El sacaba del bolsillo un periódico de Moscú, se sentaba ante el fuego y empezaba a leer el folletón, que ocupaba toda la parte inferior de una plana, en el que se atacaba ferozmente a la burguesía mundial... “Si las balas no alcanzan, alcanzará nuestro cacareo... ¡Cómo escriben estos diablos!”, gritaba, pateando de satisfacción.
Llegó el invierno. Olga Viacheslávovna acabó de reponerse. Una vez Emeliánov llegó antes del amanecer, le dijo que se vistiera y la llevó a la plaza de armas donde la instruyó en las primeras lecciones de equitación y en el modo de tratar los caballos. Caían unos menudos copos y Olga Viacheslávovna galopaba por la blanca superficie, dejando atrás las huellas de arenas de los cascos. Emeliánov gritaba: “¡Pareces un perro subido en una valla! ¡Recoge las puntas de los pies, no te inclines a los lados!” A ella le causaba risa y el viento silbaba gozoso en los oídos. En el pecho sentía una sensación de embriaguez y los copos se derretían en sus pestañas.

III

En la débil muchacha había una energía de hierro; nadie habría podido decir de dónde la había sacado. Durante el mes de ejercicios en la plaza, aprendiendo la instrucción montada y a pie sus nervios se habían puesto tensos como la cuerda de un arco, el frío viento había enrojecido sus mejillas. “Cualquiera que la mire –decía Emeliánov- pensaría que se la puede derribar de un soplo, pero es un diablejo...” Y era hermosa como un diablo: los jóvenes olfateaban y los veteranos se quedaban pensativos cuando Zótova –alta y fina, con el gracioso gorro de sus oscuros cabellos, el tabardo ceñido con el cinturón y haciendo resonar las espuelas- entraba en el cuartel, lleno de humo de tabaco.
Sus frágiles manos aprendieron a manejar el caballo. Las piernas, que parecían hechas para los bailes de sociedad y las faldas de seda, se habían desarrollado y fortalecido. El más asombrado era Emeliánov: se mantenía a caballo como si sus piernas fuesen de acero, pegada a la silla como una garrapata. El animal la seguía como una oveja. También aprendió a manejar el sable, se daba buena maña en cortar una pirámide y un sarmiento, aunque, naturalmente, le faltaba la fuerza del auténtico sablazo: al descargar el sable todo depende del hombro, y sus hombros eran los de una muchacha.
Zótova fue dada de alta como soldado en el escuadrón que mandaba Emeliánov. En febrero el regimiento fue trasladado al frente de Denekin.
Cuando Olga Viacheslávovna, con la brida del caballo en la mano y pisando la nieve sucia por el estiércol de la estación en que habían dejado los vagones, miró el resplandor rojo como las brasas y azul de la puesta de sol, sombría y cruzada por nubes arrastrada por el viento, y oyó el lejano estruendo de los cañones, en ella se alborotó todo el reciente pasado de inolvidable agravio, el odio vengador.
-¡Basta de fumar! ¡A caballo!- resonó la voz de Emeliánov.
Ella montó con un fácil salto, el sable le golpeó el muslo... ¡A ver quién se atrevía ahora a desgarrarle el camisón, a amenazarla con una pesa de cinco libras, a arrastrarla al sótano!
-Al trote... ¡March!
Rechinó la silla, silbó el viento húmedo; los ojos contemplaban las tinieblas purpúreas del ocaso... “Los caballos han roto las cadenas; únicamente nos detendremos a las orillas del océano...” Recordó, como una canción embriagadora, las palabras de su querido amigo... Así comenzó su vida de combate.
En el escuadrón todos consideraban a Olga Viacheslávovna la mujer de Emeliánov. Pero no lo era. Nadie lo habría creído, se habrían desternillado de risa al saber que Zótova era virgen. Pero tanto ella como Emeliánov lo ocultaban. Resultaba más comprensible y sencillo lo otro: nadie se metía con ella, sabían que Emeliánov tenía un puño de hierro. Había tenido ocasión de demostrarlo y Zótova era para todos un simple hermano.
Como ordenanza que era, debía estar siempre junto al jefe del escuadrón. Durante las marchas dormían en la misma casa y a menudo, en la misma cama: él vuelto a su lado y ella hacia el otro, cubriéndose cada uno con su tabardo.
Después de las fatigosas marchas de cincuenta verstas y de los altos en el camino, una vez que había desensillado y cenado a toda prisa, Olga Viacheslávovna se quitaba las botas, se desabrochaba el cuello de la guerrera de lienzo y se quedaba dormida, casi sin tiempo para acostarse en un banco o al borde de la cama. No oía cuando lo hacía Emeliánov ni tampoco cuando se levantaba. Él dormía poco como las fieras, siempre alerta a los ruidos de la noche.
Emeliánov la trataba rudamente, sin diferenciarla para nada del resto de los soldados; a menudo incluso se mostraba con ella más exigente que con los demás. Sólo entonces comprendió Olga la fuerza de sus ojos de milano: era una mirada de lucha. El espíritu bondadoso y dado a la risa había desaparecido en él durante la campaña, a la vez que la grasa superflua.
Después de la ronda nocturna, cuando había comprobado que los caballos estaban en orden, los soldados dormían y los puestos y centinelas se hallaban en su sitio, Emeliánov entraba en la casa fatigado y despidiendo un fuerte olor a sudor; se sentaba en el banco para,con un último esfuerzo, quitarse las hinchadas botas, y a menudo se quedaba así, con la bota a medio sacar. Se acercaba a la cama y durante unos instantes se quedaba mirando el rostro femenino e infantil de Olga Viacheslávovna, curtido por el viento, y ahora, en pleno sueño, encendido como una brasa. Sus ojos se nublaban y una tierna sonrisa aparecía en sus labios. Pero no le habría perdonado la menor negligencia.
Zótova llevaba un parte a la división. Sobre la estepa, ya verde, ya con el gris plateado del ajenjo, el diáfano cielo de mayo cantaba en las voces de las alondras. El caballo marchaba a un trote suave. Los amarillentos citisos se cruzaban en el camino. En tal mañana se podía olvidar que había guerra, que el enemigo presionaba y había emprendido una acción envolvente, que las divisiones de infantería, sin aceptar combate, rompían los vagones y escapaban a la retaguardia. Que en las ciudades reinaba el hambre y que los motines estallaban en las aldeas. La primavera, lo mismo que antes, engalanaba la tierra y despertaba los sueños. El mismo caballo, sudoroso por la escasez de pienso, resoplaba y miraba a un lado y otro con sus ojos liláceos, deseoso de jugar, de retozar.
El camino pasaba junto a una charca casi cubierta de cálices; en ella se reflejaba, con todos sus repliegues, un montículo de greda. El caballo cambió del trote al paso y se dirigió hacia la charca. Zótova echó pie a tierra, le quitó el bocado y el animal, con el agua a la rodilla se puso a beber. Más, no bien había empezado, cuando levantó la cabeza y, estremeciéndose, lanzó un fuerte relincho de inquietud. Al instante, desde unos juncales que crecían al otro lado de la charca le respondió otro relincho. Zótova se apresuró a ponerle el bocado, saltó a la silla y se quedó mirando, con la mano en la carabina. Entre los juncos aparecieron dos cabezas y en la orilla echaron pie a tierra dos jinetes. Se quedaron quietos. Era una patrulla de exploración, pero ¿de quién? ¿Serían blancos?
El caballo de uno inclinó la cabeza para espantarse los tábanos de una pata, el jinete se inclinó tras las bridas y en su hombro brilló una franja dorada. “¡Hay que escapar!” Olga Viacheslávovna dio un taconazo al caballo, se agachó y salió volando hacia las matas de ajenjo y los cardos secos... A su espalda resonaba el pesado galope de los que querían darle alcance...Un disparo... Ella volvió la cabeza: uno de los jinetes había torcido a la derecha para cortarle el paso. Su caballo, un potro alazán del Don, corría como un galgo. Otro disparo. Ella soltó las bridas y tomó la carabina. El del potro del Don galopaba a cincuenta pasos. “¡Alto!”, gritó el jinete con voz terrible, blandiendo el sable... Era Valka Brikin. Lo reconoció, espoleó su caballo y se lanzó contra él. Se echó la carabina a la cara y el disparo brilló con un odio abrasador... El potro del Don, meneando la cabeza, se levantó sobre las patas traseras y cayó desplomado, aplastando al jinete. “¡Valka! ¡Valka!”, gritó ella con salvaje alegría, y en aquel mismo instante se le echó encima, por detrás, el segundo jinete. Solo pudo ver sus largos bigotes y unos ojos grandes y desorbitados por el asombro. “¡Una mujer!”, y su sable resonó sin fuerza contra el cañón de la carabina de Olga Viacheslávovna. El caballo siguió su galope. Ella no tenía ya la carabina entre las manos: seguramente la había tirado o se le había caído (más tarde, al contarlo, no podía recordarlo); su mano sintió el peso del sable que, sin darse cuenta, había sacado de la vaina. De su apretada garganta salió un chillido, el caballo se lanzó al galope en persecución del otro, lo alcanzó y ella descargó el golpe con todas sus fuerzas. El de los bigotes cayó sobre la crin, llevándose las manos a la nuca.
El caballo, resoplando fatigosamente, llevó a Olga Viacheslávovna por la estepa cubierta de ajenjo. Se dio cuenta de que seguía empuñando el sable. A duras penas logró envainarlo. Luego detuvo su montura; el montículo de breda y la charca habían quedado muy a la izquierda. Todo estaba desierto, nadie la perseguía, los disparos habían cesado; las alondras cantaban en el resplandeciente cielo azul y su canto era bueno y dulce, como la infancia. OlgaViacheslávovna se llevó la mano crispada al pecho y se apretó la garganta asustada, tratando en vano de dominarse; las lágrimas brotaron a raudales de sus ojos y el llanto estremeció su cuerpo.
Luego, mientras seguía hacia el Estado Mayor de la división, estuvo largo rato frotándose enfadada los ojos, ya con un puño, ya con el otro.
En el escuadrón le hicieron contar esta historia cien veces. Los soldados reían a carcajadas, meneaban la cabeza y se revolcaban por el suelo:
-No puede más, hermanos: una mujer que se ha cargado a dos hombres...
-Un momento, espera: quiere decirse que se te echó encima por detrás y se quedó pasmado al ver que se trataba de una mujer.
-¿Y eran muy grandes sus bigotes?
-Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos.
-¿No llegó a levantar el sable?
-Claro, ya se sabe.
-Y entonces tú le sacudiste en la nuca... Voy a reventar de risa, hermanos... Buen pretendiente te salió, que pasó de largo...
-¿Y qué hiciste después?
-¿Después? –contestaba Olga Viacheslávovna-. Nada de particular: limpié el sable y seguí hasta la división para entregar el parte.
La vida de campaña tenía sus inconvenientes: Olga Viacheslávovna no podía vencer el pudor. Esto se hacía presente, sobre todo, cuando en un día de calor el escuadrón llegaba a un río o una charca: los soldados, completamente desnudos, envueltos en el irisado polvo de las menudas gotas de agua, entre risas y gritos, se subían a los caballos desensillados. Zótova tenía que buscar un lugar alejado, tras los arbustos. Le decían:
-¡No seas tonta! ¡Tápate con un trapo y vente con nosotros!
Emeliánov era muy severo en lo tocante a la limpieza. “Si al jinete le sale un grano en el trasero, no sirve para nada, ya no es un combatiente –decía-. El soldado de caballería debe cuidar esto más que nada. Si las circunstancias lo permiten, en verano y en invierno hay quedarse una ducha junto al pozo y hacer un cuarto de hora de gimnasia.”
Lo de la ducha también ofrecía dificultades para ella: tenía que levantarse antes de que los demás se hubieran despertado y correr por el frío rocío cuando entre los estratos y la niebla apenas asomaba la rendija purpúrea de la mañana. En cierta ocasión, al sacar del cigoñal, que parecía lamentarse con su chirrido, el cubo de agua, que puso sobre el borde del pozo, cuando se hubo desnudado, tiritando de frío, sintió como si algo le tocase la espalda.
Se volvió: en la puerta de la casa estaba Dmitri Vasílievich y la miraba atentamente de una manera extraña. Entonces ella pasó despacio al otro lado del pozo y se puso en cuclillas de manera que solo se le veían los ojos. Si hubiera sido cualquiera otro, le habría gritado simplemente: “¡Qué miras, diablo! ¡Vuélvete!” Pero la garganta se le secó por la agitación y la vergüenza. Emeliánov se encogió de hombros, sonrió y se retiró al interior de la casa.
El hecho, en si, carecía de importancia, pero desde entonces cambió todo. Todo se hizo de pronto más complejo, hasta lo más sencillo. El escuadrón se detuvo a pernoctar en un caserío que había sido incendiado. No había más que una cama, como solía ocurrir muy a menudo. Aquella noche Olga Viacheslávovna se acostó en el borde mismo, sobre el sudadero, que olía a caballo, y tardó mucho en conciliar el sueño, aunque apretaba los párpados con todas sus fuerzas. Y aún así no oyó llegar a Emeliánov. Cuando los gallos la despertaron, él estaba durmiendo en el suelo, junto a la puerta. Había desaparecido la sencillez de antes... En las conversaciones, Dmitri Vasílievich arrugaba el ceño y no la miraba a la cara. Ella advertía que el rostro de ambos se hallaba cubierto por una máscara tensa y fingida. No obstante, vivió todo este tiempo como ebria de felicidad.
Hasta entonces Zótova no se había encontrado en un verdadero hecho de armas. El regimiento, con toda la división, seguía retirándose hacia el norte. Durante las pequeñas escaramuzas ella había estado siempre junto al jefe del escuadrón.
Pero en algún lugar del frente las cosas parecían marchar mal. De ello se hablaba con inquietud y en voz baja. El regimiento recibió la orden de abrirse paso a través de las líneas enemigas, desbaratar los servicios de retaguardia y regresar por el flanco extremo del ejército.
Olga Viacheslávovna oyó por primera vez la palabra raid.
Se pusieron en marcha inmediatamente. El escuadrón de Emeliánov iba en vanguardia. Al hacerse de noche se detuvieron en un bosque, sin desensillar ni hacer fuego. Una tibia lluvia caía rumorosa sobre las hojas y no se veía nada a un paso de distancia. Olga Viacheslávovna permanecía sentada en un tocón cuando una mano cariñosa se apoyó en su hombro; intuyendo de quien se trataba, lanzó un suspiro y echó la cabeza atrás. Dmitri Vasílievich se inclinó hacia ella y preguntó:
-¿No tendrás miedo? Ten cuidado... Procura mantenerte cerca de mí...
Luego resonó una orden, dada en voz baja, y los soldados montaron sin hacer el menor ruido. Olga Viacheslávovna dio la vuelta al azar y tocó el estribo de Dmitri Vasílievich. Durante largo rato avanzaron al paso. Los cascos de los caballos chapoteaban y hasta los jinetes llegaba un olor a setas. Luego, en la oscuridad aparecieron unos confusos resplandores: el bosque se hacía más claro. A la derecha, muy cerca, brillaron unas agujas de fuego y los sonoros estampidos se extendieron por el bosque. Emeliánov gritó, alargando las palabras:“¡Fuera sables!... ¡March, march!” Las ramas mojadas les azotaban el rostro, los caballos se apretaban uno contra otro y relinchaban; las rodillas de los jinetes tropezaban con los troncos. Y de pronto se abrió ante la vista un claro del bosque que se perdía en lontananza. Por él corrían ya las sombras de los jinetes. Olga Viacheslávovna hundió las espuelas y su caballo, recogiendo la grupa, se lanzó al río...
El regimiento había irrumpido en la retaguardia enemiga. Galopaban en la oscuridad bajo un cielo cubierto de nubes. La estepa zumbaba bajo los cascos de quinientos caballos. En pleno galope sonaron los cornetines. Era la orden de echar pie a tierra. Por los escuadrones se distribuyeron galones y escarapelas. Emeliánov reunió a sus hombres:
-Al objeto de enmascararlos, ahora somos un regimiento mixto del Ejército del Norte del Cáucaso, al mando del teniente general barón Wrangel. ¿Lo recordaréis, estúpidos? –Los soldados soltaron la carcajada. –Al que se ría le rompo los dientes. ¡A callar! Ahora no soy “camarada jefe”, sino “su señoría señor capitán”. –Encendió una cerilla y en su hombro brilló una charretera dorada. –Ahora no sois “camaradas”. Hay que ponerse firmes y saludar. ¿Está claro? –Todo el escuadrón se reía a carcajadas; se ponían firmes, saludaban y añadían a “su señoría” toda clases de palabrejas. –Coseos los galones y guardad la estrella en el bolsillo; poned la escarapela en la gorra...
El regimiento, así enmascarado, recorrió durante tres días la retaguardia de Wrangel. Detrás de él quedaban columnas de humo negro que subían al cielo: ardían las estaciones de ferrocarril, los trenes, los depósitos, volaron al aire los depósitos de agua y los polvorines.
Al cuarto día los caballos se habían rendido, empezaban a tropezar, y se hizo un alto en una apartada aldea. Olga Viacheslávovna desensilló su caballo y allí mismo, sin cruzar el montón de heno, se dejó caer y se quedó dormida. La despertó una fuerte risa de mujer. Era una campesina joven, con la saya negra arremangada y mostrando las desnudas pantorrillas, que decía a alguien señalando a Zótava: “¡Que guapo es!... “ La mujer estaba tendiendo en el patio unos trapos que acababa de lavar.
Cuando Olga Viacheslávovna entró en la isba, vio a Emeliánov sentado ante la mesa con la cara del que acaba de despertarse, alegre, con plumones enredados en el pelo y descalzo. Los trapos que habían lavado eran suyos.
-Siéntate; ahora nos traerán sopa de col. ¿Quieres vodka? – preguntó a OlgaViacheslávovna.
La campesina de antes entró con el puchero de la sopa, apartando del aromático vapor su sonrosada mejilla. Lo colocó antes las propias narices de Emeliánov y movió un hombro sudoroso:
-Ni que les hubiéramos estado esperando; aquí está la sopa... –Su voz era cantarina, viva, descocada... –Le he lavado la ropa; se secará en un momento... –y miró con ojos zalameros a Dmitri Vasílievich.
Él asintió con un gruñido y sin cesar de comer. Parecía que se hubiese suavizado. Olga Viacheslávovna dejó la cuchara; una feroz serpiente le había picado en el corazón. Se sintió desfallecer y bajó la cabeza. Cuando la mujer dio la vuelta para salir, la alcanzó en el zaguán, la agarró del brazo y le dijo en voz baja, jadeante:
-¿Es que buscas la muerte?...
La mujer lanzó un grito, se desasió de un tirón y salió corriendo. Dmitri Vasílievich miró varias veces asombrado a Olga Viacheslávovna: ¿qué mosca la habría picado? Y cuando montó a caballo vio sus ojos nublados y furiosos, las aletas de la nariz dilatadas, y a la campesina que miraba asustada desde una esquina del cobertizo, como una rata; lo comprendió todo y se echó a reír como en otros tiempos, enseñando sus blancos dientes. Al salir del patio tocó con su rodilla la de Olga y le dijo en todo inesperadamente cariñoso:
-Eres una tonta...
A ella casi se le saltaron las lágrimas.
El quinto día se supo que toda una división de cosacos iba pisándole los talones al regimiento enmascarado de los rojos. Ahora se retiraban a galope tendido, abandonando los caballos que no podían seguir. Al hacerse de noche se entabló un combate en la retaguardia. La bandera del regimiento fue entregada al primer escuadrón. Sin detenerse, irrumpieron en una aldea oscura, en la que no se veía ni una sola luz. Llamaron en las ventanas con la empuñadura de los sables. Aullaron los perros; todo parecía muerto. En la torre de la iglesia resonó una campanada y todo volvió a quedarse mudo.
Trajeron a dos mujiks que habían encontrado en un pajar. Tenían el pelo revuelto como unos silvanos. Miraban a los jinetes y se limitaban a repetir:
-No nos matéis, hermanos...
-¿Por quién está vuestra aldea, por los blancos o por el poder soviético? –gritó Emeliánov, inclinándose hacia ellos desde la silla.
-Nosotros mismos no lo sabemos, hermanos... Se han llevado todo, han saqueado el pueblo, nos han arruinado...No obstante, lograron enterarse de que el pueblo no estaba ocupado por nadie, que en realidad esperaban a los cosacos de Wrangel y que al otro lado del río, tras el puente del ferrocarril estaban atrincherados los bolcheviques.
El regimiento se quitó galones y escarapelas, volvió a colocarse las estrellas y cruzó el puente hasta llegar a los suyos. Allí supieron que los blancos atacaban furiosamente por toda la línea y que se había recibido la orden de defender el puente a toda costa. Pero carecían deelementos: las cintas de ametralladoras no servían para sus máquinas, las trincheras estaban plagadas de piojos, no había pan y a los soldados se les había hinchado el vientre por el trigo hervido que era su único alimento. Al llegar la noche se dispersaban. Tuvieron un agitador pero había muerto de diarrea.
El jefe del regimiento habló por teletipo con el Alto Mando: en efecto, había que defender el puente hasta la última gota de sangre, hasta que el ejército lograse romper el cerco.
-De aquí no saldremos con vida –dijo Emeliánov.
Llenó dos cantimploras en el río y dio una a Olga Viacheslávovna; se sentó a su lado y se quedó mirando los confusos perfiles de la otra orilla. Sobre el río brillaba una turbia estrella amarillenta. Durante todo el día las baterías de Wrangel habían disparado sobre las trincheras bolcheviques. Y al atardecer había llegado la orden de cruzar el puente, rechazar a los blancos y ocupar la aldea.
Olga Viacheslávovna contemplaba la inmóvil y turbia huella de la estrella en el río. Le dominaba una sensación de angustia.
-Bueno, vamos, Olga –dijo Dmitri Vasílievich -. Hay que dormir aunque sea una hora.
Era la primera vez que la llamaba por el nombre.
De entre los matorrales, arrastrándose por la empinada orilla, las siluetas de los soldados, bajaban con sus cantimploras: durante todo el día no habían podido acercarse al río y nadiehabía bebido una gota de agua. Todos conocían ya la terrible orden. Esta noche era la última para muchos.
-Bésame –dijo Olga Viacheslávovna, con mucha angustia.
Él dejó con cuidado la cantimplora en el suelo, la atrajo hacia sí –a ella se le cayó la gorra, se le cerraron los ojos- y la besó en los ojos, en la boca, en las mejillas.
-Te haría mi mujer, Olga, pero ahora no estaría bien; tú misma lo comprendes...
Los ataques nocturnos fueron rechazados. Los blancos habían fortificado el puente, cerrándolo con alambradas, y lo batían con fuego de ametralladora. Una mañana gris apuntó sobre el río humeante, sobre los húmedos prados. A cada momento la tierra de las dos orillas saltaba por los aires; era como si sacudiesen negros matorrales. El aire aullaba y chillaba; los proyectiles de metralla dejaban, al estallar, negras y espesas nubecillas. El estruendo aturdía a todos. En las proximidades del puente habían quedado muchos cuerpos, unos encogidos yextendidos otros. Todo era en vano. No se podía seguir atacando bajo el fuego de las ametralladoras.
Entonces, tras el talud de la vía férrea, ocho hombres se reunieron en torno a la bandera del regimiento. A la luz del amanecer, desgarrada y acribillada a balazos, parecía empapada ensangre. Dos escuadrones montaron a caballo. El jefe del regimiento dijo: “¡Ha llegado el momento de morir, camaradas!”, y puso su montura al paso, bajo la bandera. El octavo era Dmitri Vasílievich. Desenvainaron los sables, clavaron las espuelas y, saliendo del talud, se lanzaron al galope por las sonoras tablas del puente.
Olga Viacheslávovna podía verlo todo: un caballo cayó de costado sobre el petril y montura y jinete se precipitaron al río desde una altura de diez brazas. Los siete restantes alcanzaron el centro del puente. Otro mas, como si estuviera dormido, se desplomó de la silla. Los que iban en cabeza, al llegar al otro extremo empezaron a cortar la alambrada con los sables. El robusto abanderado se tambaleó, Emeliánov cogió la bandera antes de que cayera al suelo y en aquel mismo momento empezó a cocear su caballo.
El zumbido de las balas era constante. Olga Viacheslávovna se lanzó al galope por las tablas, a una altura que producía vértigo. Tras ella retumbó el armazón de hierro del puente y ciento cincuenta gargantas se unieron en unánime clamor. Dmitri Vasílievich se mantenía en pie, sujetando el asta de la bandera; su cara era la de un muerto y de la boca abierta le salía un chorro de sangre. Al pasar, sin detenerse, Olga Viacheslávovna tomó la bandera de sus manos. El se apartó tambaleándose al petril y se sentó. Cruzaron al galope los escuadrones: crines, espaldas encorvadas, sables relampagueantes.
Todos alcanzaron la otra orilla; el enemigo acabó por huir, los cañones enmudecieron. Durante largo rato flotó aún la desgarrada bandera por el campo, sobre el alud de jinetes, hasta ocultarse tras los árboles de la aldea. La llevaba ya un soldado de ancha cara que espoleaba su montura con los talones descalzos, a la vez que agitaba la enseña y gritaba: “¡A ellos, a ellos!...”
Olga Viacheslávovna fue recogida en el campo; había perdido el conocimiento al caer del caballo y pesentaba una profunda herida en el muslo. Los compañeros del escuadrón, muy apenados, no sabían como decirle que Emeliánov había muerto. Mandaron una comisión al jefe del regimiento a pedir que se recompensara su heroico comportamiento. Durante largo rato estuvieron pensando que podrían darle. ¿Una pitillera? No fumaba. ¿Un reloj? No era cosa de mujeres el llevar un reloj de hombre. En la bolsa de costado de un muerto encontraron un broche de oro puro, en forma de flecha que atravesaba un corazón. El jefe de regimiento se mostró conforme con la recompensa, pero en la orden del día hizo una salvedad: “Por su heroico comportamiento se premia a Zótova con un broche de oro, una flecha de la que se quitará el corazón, que es un emblema burgués...”

IV

Como el ave que vuela en un cielo enloquecido y barrido por los vientos y de pronto cae al suelo con las alas rotas, echa un ovillo, así la vida entera de Olga Viacheslávovna, su amor apasionado y puro, se quebró, se hizo añicos, y empezaron para ella unos días innecesarios, dolorosos y confusos.
Anduvo mucho tiempo de hospital en hospital, la evacuaron en vagones de mercancías que tenían las tablas podridas, pasó frío sin más abrigo que un raído capote, estuvo a punto de morir de hambre... La rodeaban gentes desconocidas y malhumoradas; para ellas no era más que un número en la relación del hospital, en el mundo entero no tenía una persona querida. La vida le producía asco y estaba envuelta en tinieblas, pero, a pesar de todo, la muerte no quería llevársela.
Cuando le dieron el alta, pelada al cero y tan flaca que el capote y las cañas de las botas le bailaban como si dentro hubiese un esqueleto, se dirigió a la estación, en cuyas salas se habían refugiado y morían, en el suelo, hombres y mujeres que ya no guardaban semejanza alguna con seres humanos. ¿Adónde ir? El mundo entero era como un campo salvaje. Volvió a la ciudad, al centro de reclutamiento del comisariado de guerra, presentó la documentación y el broche en forma de flecha con que había sido recompensada, y poco después salía hacia Siberia, hacia el combate.
El traqueteo de las ruedas de los vagones, el calor de las estufas de hierro, con su humo azulado, miles y miles de verstas, canciones largas como el camino, el hedor y la sucia nieve de los cuarteles, las letras de los carteles, de no se sabía qué bando, llamando a la guerra, y anuncios, jirones de papel que crujían entre las heladas, mitines sombríos en locales de paredes de troncos, a la escasa luz de una lámpara humeante, y de nuevo la nieve, los pinos, el humo de las hogueras, el familiar silbido de las balas, fríos, aldeas incendiadas, manchas de sangre en la nieve, miles y miles de cadáveres tirados como leños y cubiertos a medias por la nieve, barrida por el viento... Todo esto se confundía en sus recuerdos, se mezclaba en una larga serie de calamidades sin fin.
Olga Viacheslávovna estaba flaca y renegrida; podía beber alcohol puro, fumaba tabaco de ínfima calidad y, llegada la ocasión, sabía soltar un taco tan bien como el primero. Eran pocos los que la tomaban como mujer; era demasiado seca y picaba como una víbora. En cierta ocasión, un soldado veterano y sin hogar, de labios muy gruesos, se acercó una noche al barracón en que ella pernoctaba con la intención de pasar la noche con ella, pero OlgaViacheslávovna, en un arrebato de ira, le dio tal golpe en el entrecejo con la culata del revólver, que el otro tubo que ser llevado a la enfermería. Esto quitó las ganas hasta de pensar en la “víbora”.
La primavera le llevó a Vladivostok. Era la primera vez que veía el océano, azul, oscuro y vivo. Largas crines de espuma corrían hacia la orilla, las olas se levantaban en la línea del horizonte y, al chocar contra el malecón, saltaban convertidas en una nube de gotas. OlgaViacheslávovna sintió deseos de montar en un barco e irse.
Revivieron en su memoria las ilustraciones que le habían hecho soñar en la infancia: costas con árboles como nunca había visto, altas montañas, el rayo de sol que atravesaba nubes inmensas y la tranquila marcha de un barquito... Cruzar el cabo de las Tormentas, sentarse atribulada en una piedra a orillas del Zambeze... todo esto, claro, era un absurdo. Nadie quiso aceptarla a bordo. Sólo en una taberna del puerto, abierta de espaldas a las autoridades, un viejo práctico, que la había tomado por una prostituta y que con lágrimas de borracho se lamentaba de la juventud perdida, le tatuó en el brazo un ancla. “Recuerda –le dijo- que es el áncora de la salvación...”
Luego terminó la guerra. Olga Viacheslávovna se compró en el mercado una falda hecha con una cortina de tela verde y empezó a trabajar en diversos organismos: fue mecanógrafa del comité ejecutivo, secretaria de la Dirección Forestal, o simple oficinista que se trasladaba de un piso a otro junto con el escritorio.
No permanecía mucho en un mismo empleo; se trasladaba de una ciudad a otra, cada vez más cerca de Rusia. Pensaba en ir al lugar, a la orilla donde, después de haber llenado de agua la cantimplora, había estado sentada con Dmitri Vasílievich la última vez... Encontraría el sauce y el sitio en que se detuvieron...
El pasado no se borraba. Vivía la solitaria vida del asceta. Pero la dura costra de la guerra se fue desprendiendo poco a poco. Olga Viacheslávovna se convertía de nuevo en mujer...

V

A los veintidós años tenía que empezar una tercera vida. Lo que entonces sucedía en torno suyo lo concebía como un esfuerzo para uncir al yugo caballos de combate. El país, sacudido por la guerra, seguía erizado; los ojos inyectados de sangre miraban buscando algo que destruir, y ya por todos los sitios, marcando la diferencia con el día de ayer, aparecían los pasquines de los decretos que llamaban a edificar, a construir.
Leía todo esto, oía hablar de ello y le parecía una empresa más difícil que la de ganar la guerra. Las ciudades en que vivía habían sido destruidas con rabiosa furia, todo se tambaleaba y se venía abajo; las ortigas cubrían las zonas siniestradas, la gente vivía sin más abrigo que una simple estera. Comían, dormían y en sueños se les aparecían aún las visiones de la guerra. El espíritu creador tomaba cuerpo en la producción de escobas y de vajilla de barro idéntica a la que fabricaban los tatarabuelos.
Los pasquines de los decretos llamaban a reconstruir y crear. ¿Con qué manos? Con las de uno mismo, con estas, aún retorcidas como las garras de un ave de rapiña... A OlgaViacheslávovna le agradaba pasear por la ciudad al atardecer, mirar las caras desconfiadas y sombrías de la gente, con arrugas de cólera, de horror y odio que no acababan de borrarse; conocía muy bién aquellas bocas convulsas, aquellos dientes rotos, aquellos huecos de dientes que la guerra se había tragado. Todos habían estado allí, desde los chicos hasta los viejos... Y ahora caminaban por la ciudad inundada por la basura, con unas ropas que despedían un olor pestilente, confeccionadas con arpillera, calzados con rotas abarcas decorteza de tilo, con el pelo erizado, siempre dispuestos a romper en llanto o a matar...
Las hojas de los decretos exigían con insistencia: creación, creación, creación... Si, eso era más difícil que volar un puente de cargas con piroxilina, rematar a sablazos a los servidores de una batería o hacer saltar con fuego de shrapnel las ventanas de una fábrica...
Olga Viacheslávovna se detenía ante un abigarrado cartel fijado en una valla cuarteada. Alguien había trazado ya sobre el una cruz, con un trozo de yeso, y había escrito una palabra obscena. Contemplaba en él las caras, como en la realidad no existían, las banderas desplegadas, casas de cien pisos, chimeneas, columnas de humo que subían hacia las letras irregulares de la palabra “industrialización”... Era impresionable, sensible, y ante el cartel daba rienda suelta a los sueños: la conmovía la grandeza de aquella construcción nunca vista.
Por poniente el sol se hacía más oscuro. El último latigazo de sus colores, abriéndose paso a través de unas nubes plomizas, encendía los cristales rotos de las casas desiertas. De tarde en tarde pasaba un transeúnte comiendo pepitas de girasol, cuyas cáscaras escupía en el barro de la calle, cubierta de hojas secas y en la que se veía un gato muerto enseñando los dientes. Pepitas, pepitas... Todos entretenían el ocio en un movimiento de mandíbulas, mientras el cerebro dormitaba en la penumbra. Las pepitas significaba el retorno a una vida anterior a la del hacha de piedra. Olga Viacheslávovna apretaba sus pequeños puños: no podía transigir con el silencio, con las pepitas, con las escoas ni con los enormes vacíos de los rincones apartados.
Consiguió que la trasladaran a Moscú. Llegó a la ciudad con su falda verde, hecha con una vieja cortina, plena de decisión y de espíritu de sacrificio.
Las privaciones de cada día preocupaban poco a Olga Viacheslávovna. Se había visto en situaciones peores. Las primeras semanas las pasó a salto de mata; luego consiguió habitación en una vivienda comunal de Zariadie. Después de rellenar diversos cuestionarios y presentar numerosas instancias, abrumada por la tremenda complejidad de los trámites y por el ruido de las colmenas de las instituciones, instaladas en altos edificios, ingresó en la sección de control del Trust de Metales no Ferrosos. Se sentía como el gorrión perdido entre los miles de ruedas del mecanismo del reloj de una torre. Agachó la cabeza. Llegaba a la oficina a la hora en punto. Miraba alrededor y se intimidaba, porque, por mucho que se esforzara, no podía comprender la utilidad de su nueva ocupación, reducida a la copia de documentos. De nada servían allí sus habilidades, su audacia temeraria, su furia de víbora. Allí solo tamborileaban las máquinas de escribir, como el repiqueteo que en los oídos produce el delirio del tifus; crujían los papeles, gruñian voces imperiosas a través del teléfono... La guerra era algo muy distinto, claro, preciso; bajo el silbido de las balas, el objetivo era siempre visible...
Luego, como se comprende, se fue acostumbrando, se adaptó al ambiente, se hizo más tratable. Las jornadas se sucedían monótonas y tranquilas. Para no hundirse en el marasmo de las oficinas, se dedicó al trabajo social. En las actividades del club implantó la disciplina y la terminología del escuadrón. Tuvieron que poner freno a sus excesivas brusquedades.
El primer capirotazo lo recibió del secretario, cuya mesa se encontraba junto a la de ella, al otro lado de la puerta del despacho del jefe. Fue con motivo de la calidad del tabaco que fumaba:
-No salgo de mi asombro, camarada Zótova: una mujer bonita como es usted y por su culpa apesta la oficina con ese tabaco tan repugnante... ¿Es que no siente su femineidad?. Si al menos fumase “Java”...
Esta fútil observación pareció llegar a tiempo. Olga Viacheslávovna sintió una sensación desagradable; casi se le saltaron las lágrimas. Al salir de la oficina se detuvo ante el espejo del rellano de la escalera y por primera vez después de muchos años se miró con ojos de mujer: “El diablo lo entienda, ¡parezco un espantapájaros!”. La raída falda, subida por delante y deshilachada por detrás por el roce de los tacones, las botas de hombre, la blusa gris de percal... ¿Cómo había podido suceder todo esto?
Dos mecanógrafas muy emperifolladas, con llamativa falda y medias color carne, miraron al pasar a Zótova, clavada con mirada extraña ante el espejo, y al llegar al otro rellano no pudieron contener la risa. Sólo pudo comprender: “...hasta los caballos se asustarían...”. La sangre afluyó su hermoso rostro de gitana... Una de estas jovencitas vivía en el piso de Zariadie. Se llamaba Sónechka Varentsova.
Unos días después las mujeres que ocupaban el piso del callejón Pskovski, en Zariadie, quedaron perplejas ante una extraña salida de Olga Viacheslávovna. Por la mañana, al llegar a la cocina para lavarse, se quedó mirando con ojos brillantes, como una víbora, a Sónechka Varentsova, que estaba preparando sus gachas. Se acercó a ella y, señalando sus medias, le preguntó: “¿Dónde las ha comprado?”. Le levantó la falda y siguió, señalando la ropa interior: “Y esto, ¿dónde lo ha comprado?”. Preguntaba rabiosa, como si diera sablazos.
Sónechka, tierna por naturaleza, se asustó de sus bruscos movimientos. Rosa Abrámovna acudió en su ayuda: con voz suave y con gran lujo de detalles, explicó a Olga Viacheslávovna que todo eso lo podía encontrar en Kuznetski Most, que entonces se llevaban los vestidos tipo “camisa” y las medias color carne, etc.
Atenta a las explicaciones, Olga Viacheslávovna asentía con la cabeza y repetía: “Ya... Si...Comprendo...” Luego cogió con fuerza un rizo de Sónechka, aunque no era una crin de caballo, sino un pelo suavísimo, e insistió:
-¿Y como se peina esto?
-Tiene que cortarse el pelo, preciosa –canturreó Rosa Abrámovna-. Se lleva corto por detrás y por delante, con raya al lado...
Piotr Semiónovich Morsch, que había entrado en la cocina y se había quedado escuchando, como siempre, metió baza, pagado de su persona:
-Ha tardado algo en salir del comunismo de guerra, Olga Viacheslávovna...
Ella se volvió rapidísimamente hacia la reluciente calva (mas tarde Piotr Semiónovich había de contar que incluso le rechinaron los dientes) y articuló en voz baja, pero muy claramente:
-¡Canalla! Si te hubiera pescado en el campo...
En el Trust de Metales no Ferrosos todos se quedaron estupefactos cuando Zótova se presentó con un vestido negro de seda, de manga corta, medias color carne y zapatos de charol. Se había cortado el pelo castaño, que le brillaba como una piel de zorro plateado. Cuando se sentó a la mesa e inclinó la cabeza sobre los papeles, las orejas le ardían.
El secretario –un ingenuo jovencito- la miró con ojos que se le salían de las órbitas y sin soltar el teléfono, que zumbaba furiosamente.
-¡Hola, hola! –dijo-. ¿Qué es esto?
En efecto, Zótova estaba muy bonita: el rostro fino y elegante, de aterciopeladas y atezadas mejillas, los ojos como la noche, las largas pestañas... Las manchas de tinta de las manos le habían desaparecido. En una palabra: como para volver loco a cualquiera. Hasta el director salió de su despacho, con un pretexto cualquiera, y atravesó a Zótova con su mirada de plomo.
-Daba el golpe –dijo más tarde, refiriéndose a ella.
Acudieron a curiosear de otros despachos. Todo eran conversaciones acerca de la asombrosa transformación de Zótova.
Cuando la primera turbación hubo pasado, se sintió bajo esta nueva piel tan a sus anchas como en otros tiempos con el uniforme de estudiante o con el gorro de caballería, el ceñido tabardo y las espuelas. Si las miradas de los hombres eran demasiado insolentes, al pasar bajaba los párpados. Era como si encubriese el alma.
Tres días después, a las cinco, cuando Zótova se estaba limpiando con un trozo de papel secante una mancha de tinta en el codo, se acercó a ella el joven Iván Fiódorovich Pedotti, elsecretario y le dijo que “quería hablarle de un asunto muy importante”. Olga Viacheslávovna arqueó levemente las cejas y se puso el sombrero. Salieron los dos juntos. Pedotti dijo:
-Lo mejor será que venga a mi casa. Está a la vuelta de la esquina.
Zótova se encogió de hombros. Siguieron su camino. Un viento cálido levantaba el polvo de la calle. Subieron hasta el cuarto piso. Olga Viacheslávovna entró por delante de Iván Fiódorovich Pedotti en la habitación y se sentó en una silla.
-Usted dirá –dijo-. ¿De qué quería hablarme?.
Él tiró la cartera sobre la cama, se revolvió el pelo y empezó a hablar, dando puñetazos en el aire cargado de la habitación:
-Camarada Zótova, nosotros siempre vamos al grano... Sin rodeos... La atracción sexual es un hecho que nadie niega y una necesidad de la naturaleza... Hay que tirar por la borda todo romanticismo... Pues bien... Ya me he explicado... Usted me comprende...
Tomó a Olga Viacheslávovna y trató de levantarla de la silla para atraerla a su pecho, en el que su inexperto corazón daba furiosos latidos, como si se encontrase al borde de un abismo. Pero al instante notó resistencia. No era tan fácil arrancar a Zótova de la silla: era fina de cuerpo y sabía escabullirse. Sin turbarse, casi tranquila, Olga Viacheslávovna le apretó las muñecas y se las retorció de tal modo, que él lanzó un sonoro “¡ay!”, tratando de desasirse. Como ella seguía apretando, gritó:
-¡Me hace daño! Suélteme y váyase al diablo...
-En adelante no te metas sin pedir permiso, ¡estúpido! –dijo ella.
Soltó a Pedotti, tomó un “Java” del paquete que había sobre la mesa, lo encendió y se fue.
Olga Viacheslávovna no pudo pegar un ojo en toda la noche... Saltaba de la cama, se sentaba junto a la ventana, fumaba, trataba de nuevo de conciliar el sueño, tapándose la cabeza con la almohada... Rememoró toda su vida. Cuando parecía dormido para siempre, revivía angustiado... Fue una noche de perros. ¿Por qué, por qué? ¿Es que no se podía vivir una existencia fría como el agua del manantial, sin fiebres amorosas?. Sentía estremecida que, después de tanto como la vida le había zarandeado, no había conseguido arrancarle eso; y“eso”, naturalmente, empezaba ahora... No podría escapar, no lo rehuiría.
Por la mañana, al ir a lavarse, Olga Viacheslávovna oyó en la cocina risas y la voz de Sónechka Varentsova:
-...No pueden imaginarse sus melindres... Es algo que repugna... Nadie puede tocarla; es tan escrupulosa... Y al llenar el cuestionario puso que era virgen... –Risas, el silbido de los hornillos. –Y todos dicen que iba simplemente con un escuadrón... ¿Comprenden?. Hizo vida marital con casi todo el escuadrón...
La voz de María Afanásievna, la costurera:
-Es sífilis, sin duda... Se le ve por la cara.
La voz de Rosa Abrámovna:
-Y parece la baronesa de Rothschild.
La voz de Sochantre de Piotr Semiónovich Morsch:
-Tengan cuidado con esa víbora; hace tiempo que me he dado cuenta de lo que es... En un abrir y cerrar de ojos hará carrera...
La voz indignada de Sónechka Varentsova:
-Siempre está diciendo tonterías, Piotr Semiónovich... Tranquilícese; con esos antecedentes nadie hace carrera...
Al entrar Olga Viacheslávovna en la cocina todos enmudecieron. Se quedó mirando a Sónechka Varentsova. Las arrugas que se habían dibujado en las comisuras de sus labios reflejaban tal desprecio, que las mujeres se removieron inquietas. Pero aquella vez no hubo gritos.
Después de lo de Pedotti, que ahora odiaba a Olga Viacheslávovna con toda la fuerza del amor propio varonil castigado, alrededor de Zótova se formó una hostilidad silenciosa entre las mujeres y una burlona actitud entre los hombres. Todos temían enemistarse con ella. Pero Olga intuía las miradas de desaprobación que despertaba a su paso. Para ellos era la “víbora”, la “marcada”, la “perra del escuadrón”: lo había oído decir en voz baja y lo leía en el papel secante. Y lo más extraño era que todo este absurdo la impresionaba... Como si hubiera podido gritarles: “¡No soy así!...”
No en vano Dmitri Vasílievich la llamaba gitana... Con sombría angustia, empezaba a advertir que los deseos volvían a despertarse en ella, pero ahora con la fuerza de la madurez...Su virginidad se sublevaba... Mas ¿qué podía hacer? ¿Tomar duchas de agua helada? Ya se había abrasado una vez; daba miedo arrojarse de nuevo al fuego... ¡No lo quería era horrible!
Olga Viacheslávovna no miró más que unos instantes a aquel hombre y todo su ser le dijo: Es él... La cosa resultaba inevitable y catastrófica, como el encuentro con un autobús que aparece con estrépito de detrás de una esquina...
Aquel hombre de blusa tolstoiana, alto y que empezaba a engordar, estaba leyendo el periódico mural en el rellano de la escalera. Los empleados cruzaban junto a él, de derecha a izquierda y de arriba abajo. Olía a polvo y a tabaco. Todo como siempre. Aquel hombre contemplaba con indolente sonrisa una caricatura, dibujada en el centro del periódico, del director administrativo del Trust del Tabaco (que ocupaba el piso de inmediato superior). Como Olga Viacheslávovna se había parado también ante el periódico mural, se volvió hacia ella y dijo, señalando la caricatura (su mano era pesada, grande, hermosa):
-Usted forma parte de la redacción, ¿no es cierto, camarada Zótova? –Su voz era fuerte y de un tono grave. –Píntenme con cola y crin, no me importa... Pero esto no va a ninguna parte, es mezquino, no tiene gracia.
En la caricatura se le representaba con un vaso de té entre dos teléfonos que no cesaban de sonar. El chiste estaba en que él era muy aficionado a tomar té durante las horas de oficina, en perjuicio de la buena marcha de la empresa.
-No se han atrevido a morder de veras; se han limitado a ladrar como un lacayo... lo del té no tiene importancia... El año diecinueve tomaba alcohol con cocaína para no quedarme dormido...
Olga Viacheslávovna le miró a los ojos: eran grises, fríos, del color del acero cansado; le recordaban aquellos otros, tan queridos, que se habían apagado para siempre... La cara recién afeitada, los rasgos regulares, grande, con una sonrisa perezosa e inteligente... Ella recordó: el año diecinueve había estado en Siberia al frente de los abastos con poderes dictatoriales. Era el encargado de proporcionar víveres al ejército; su nombre infundía terror a lo largo de miles de verstas... A hombres como él se los imaginaba como gigantes que con la cabeza tocas en el cielo... Había barajado acontecimientos y vidas como naipes... Y ahora estaba allí, con la cartera y la sonrisa cansada, mientras que junto a él apartándolo a codazos, pasaba la vida que él mismo había contribuido a traer...
- Minimizar así las cosas es fruto de la ignorancia –insistió-. Toda la revolución se podría reducir a unas caricaturas baratas... Quiere decirse que los viejos hicimos lo nuestro y ahora se nos hecha al basurero. Recibimos la paga y podemos gastárnosla en cerveza... La juventud es buena, pero romper el pasado resulta peligroso... Solo lo efímero vive un día, pasa pronto...
Se fue. Olga Viacheslávovna se quedó mirando la fuerte nuca, las anchas espaldas de aquel hombre que subía lentamente las escaleras de piedra del Trust del Tabaco. Le pareció que hacía grandes esfuerzos por no doblarse bajo el peso de los días... Le produjo una gran compasión... Y, como se sabe, la compasión...
En la primera oportunidad, con un documento del comité sindical, Olga Viacheslávovna subió hasta las oscuras habitaciones del Trust del Tabaco y entró en el despacho del director administrativo. Lo encontró removiendo un vaso de té con la cucharilla. Sobre la cartera tenía un bollo. Junto a la ventana una mecanógrafa tecleaba ágilmente. Olga Viacheslávovna se sentía tan emocionada, que ni siquiera se fijó en ella; únicamente veía los ojos de acero del director administrativo. Él leyó el documento que le había entregado y lo firmó. La joven seguía de pie. Él dijo:
-Esto es todo, camarada, puede retirarse.
En efecto, esto era todo... Cuando Olga Viacheslávovna cerró la puerta, le pareció que la mecanógrafa dejaba escapar una risita. Ahora lo único que faltaba era perder el juicio... Porque no iban a golpearla por segunda vez con una pesa, no dispararían contra ella en un sótano; el no la sacaría en brazos, no se sentaría junto a su cama, no le prometería las botas de un estudiante muerto...
Será mejor no recordar cómo pasó aquella noche. A la mañana siguiente los vecinos miraron por el ojo de la cerradura. Fue entonces cuando Piotr Semiónovich Morsh sugirió la idea de hacer pasar a la habitación diez centímetros de yodoformo a través de un tubo de papel.“Nuestra víbora está furiosa”. Decían en la cocina. Sónechka Varentsova sonrió enigmática. En sus ojos azules dormía la calma que proporciona una seguridad inconmovible.
Vencer el pudor es más difícil que vencer el miedo a la muerte. Pero Olga Viacheslávovna había pasado por la escuela de la guerra: lo que era necesario tenía que hacerse. No se amoldaba a su carácter eso de esperar una oportunidad, una circunstancia feliz, y echar mano a los pequeños recursos, como mostrarle sus medias color carne o el escote. Decidió obrar abiertamente y decírselo todo. Que hiciera con ella lo que quisiera...
Varias veces corrió tras él por la escalera con la intención de allí mismo, en plena calle, detenerlo y decirle: “Le quiero, me estoy muriendo...” Pero él tomaba el automóvil sin advertir a Zótova entre el resto de los empleados. Por aquel entonces fue cuando tiró a Zhuravliov el hornillo encendido. En el piso se había acumulado una tremenda carga eléctrica. SónechkaVarentsova se ponía nerviosa y salía de la cocina tan pronto como escuchaba los pasos de Zótova... El bromista de Vladímir Lvóvich Ponizovski, con ayuda de una ganzúa, entró en la habitación de Zótova y le puso un cepillo debajo del colchón, pero ella durmió sin darse cuenta de nada.
Por fin, él se fue de la oficina a pie (su automóvil estaba en reparación). Olga Viacheslávovna lo alcanzó y lo llamó con voz dura y algo brusca. La boca y la garganta se le habían quedado secas. Siguió a su lado sin poder levantar la vista; caminaba con paso torpe y sacando los codos. Cada segundo era una eternidad. Sentía calor y frío, ternura y cólera. Él permanecía indiferente, sin sonreír, severo.
-El caso es...
-El caso es –la interrumpió él con asco- que todos me hablan de usted... Me asombra. Sí, sí... Usted me persigue... comprendo muy bien sus propósitos. No mienta, por favor; no necesito explicaciones... Pero ha olvidado que yo no soy uno de esos a quienes se les cae la baba ante la primera cara pintada que encuentran... Se ha portado bien en el trabajo social... Le consejo que deje de pensar en medias de seda, polvos y todo eso. Usted puede ser una buena camarada.
Sin despedirse, cruzó la calle. En la otra acera, junto a una confitería, Sónechka Varentsova le tomó del brazo. Encogiendo los hombros, indignada, empezó a decirle algo... Él seguía arrugando la cara con asco; desprendió su brazo de la mano de Sónechka y continuó adelante, sin levantar la pesada cabeza. La nube de humo que dejaba escapar un autobús los ocultó de la vista de Olga Viacheslávovna.
Así pues, la culpable de todo era Sónechka Varentsova. Era la que había informado al director administrativo del Trust del Tabaco sobre el pasado y el presente de aquella zorra de escuadrón de la Zótova. Sónechka cantaba victoria, pero sentía un miedo terrible...
Aquel domingo por la mañana a que antes hacíamos referencia, cuando chirrió la puerta de Olga Viacheslávovna, Sónechka corrió a su habitación y prorrumpió en sonoros sollozos, porque el vivir en constante zozobra era algo superior a sus fuerzas. Después de lavarse, Olga Viacheslávovna dijo por dos veces, sin que pudiera saberse a qué se refería: “Que el diablo lo entienda”, una en la cocina y otra al volver a su cuarto. Después de esto salió a la calle.
En la cocina volvieron a reunirse los vecinos: Piotr Semiónovich, con sus pantalones de domingo y una nueva gorra blanca, Vladímir Lvóvich, sin afeitar, alegre y algo bebido. Rosa Abrámovna estaba haciendo dulces de ciruela. María Afanásievna planchaba una blusa. Durante un rato estuvieron charlando y gastando bromas. Sónechka Varentsova apareció con los ojos hinchados.
-No puedo más –dijo antes de pasar de la puerta-. Esto ha de terminar... Cualquier día me va a echar vitriolo en la cara...
Vladímir Lvóvch Ponizovski propuso cortar las cerdas de un cepillo y echarlas, un poco cada día, en la cama de la víbora: no lo resistiría, ella misma haría por irse. Piotr Semiónovich Morsh sugirió la defensa química con ácido sulfhídrico o con el yodoformo que ya había propuesto. Todo esto eran fantasías propias de hombres. Sólo María Afanásievna dio en el clavo:
-Aunque es muy reservada, Sónechka, díganos: ¿ha legalizado usted sus relaciones con el director?
-Sí –contestó Sónechka-, anteayer estuvimos en el Registro Civil. Incluso insistí en que nos casáramos por la Iglesia, pero por ahora es imposible.
-Ya veremos lo que pasa –dijo Piotr Semiónovich, haciendo brillar la calva.
-Entonces –añadió María Afanásievna, sacudiendo la plancha-, restriéguele por las narices a esa cantinera, a esa culebra, el certificado de matrimonio...
-¡Oh, no!... Por nada del mundo... Tengo mucho miedo; no sé lo que presiento...
-Nosotros nos quedaremos detrás de la puerta... No tema nada...
Vladímir Lvóvich, con la alegría del alcohol que tenía en el cuerpo, baló como un corderillo:
-Nos reuniremos detrás de la puerta armados con los instrumentos de la cocina.
Acabaron por convencer a Sónechka.
Olga Viacheslávovna regresó a las ocho de la tarde, encorvada por el cansancio y con la cara terrosa. Se encerró en su cuarto y se sentó en la cama con las manos sobre las rodillas...Estaba sola, sola en una vida salvaje y hostil, sola como en el momento de la muerte; nadie la necesitaba... Desde la víspera se sentía dominada por una extraña distracción, cada vez más fuerte. Tenía el revólver en las manos y no recordaba cuando lo había cogido de la pared. Así sentada, pensaba con la mirada puesta en el mortífero juguete de acero..
Llamaron a la puerta. Olga Viacheslávovna se estremeció. La llamada se hizo más fuerte. Se puso en pie y abrió de par en par. En el oscuro pasillo, empujándose unos a otros, se agitaron los vecinos. En las manos parecían traer escobas y atizadores. En la habitación entró la Varentsova, pálida y con los labios apretados. Al instante empezó a hablar con voz chillona y entrecortada:
-Lo que usted hace es una desvergüenza; pretender a un hombre casado... Aquí tiene el certificado del Registro Civil... Todos saben que usted es una enferma venérea... Y que con eso quiere hacer carrera... Con mi legítimo marido por añadidura... ¡Es usted una canalla!... Aquí tiene el certificado...
Olga Viacheslávovna miraba como ciega a Sónechka, que no cesaba de chillar. La conocida ola de odio salvaje subió en su interior hasta apretarle la garganta; todos sus músculos quedaron tensos como el acero... Dejó escapar un rugido... Olga Viacheslávovna disparó, siguió disparando contra el blanco rostro que se movía ante ella...

2 comentarios:

  1. Al fin conozco a alguien que Lee los cuentos Rusos. Estoy releyendo la víbora, además de Una buena vida y otros.un placer compartir gusto por la lectura.

    ResponderEliminar
  2. Al fin conozco a alguien que Lee los cuentos Rusos. Estoy releyendo la víbora, además de Una buena vida y otros.un placer compartir gusto por la lectura.

    ResponderEliminar