domingo, 20 de marzo de 2016

VITALI BIANCHI - EL ÚLTIMO DISPARO

Vitali Valentinovich Bianki nace en 1894 y empieza a publicar sus cuentos en 1923. Se ha consagrado a la literatura infantil, como algunos otros excelentes escritores rusos. Sus cuentos, relatos y novelitas giran en torno a la vida de los animales. Así, por ejemplo, "Señero" (1927) está dedicado a la vida de los alces, "Askir" (1927) a la de las martas cebellinas, etc. "En la gran ruta primaveral"(1924) habla de la migración de los pájaros en primavera. Entre las numerosas obritas que le han dado renombre figura "El periódico de los bosques" (!928), calendario de la vida del bosque y de sus habitantes. "Dzhulbas" (1937) y otros, describe con mucha sensibilidad artística la naturaleza rusa. La trama de sus cuentos y relatos despierta siempre el interés de los lectores infantiles a quienes en particular se dirige Bianki al escribir.


EL ÚLTIMO DISPARO


La sopa de pan tostado, con mantequilla y sal, estaba preparada. Los cazadores podían cenar.
Inesperadamente resonó un disparo, como trueno en cielo azul.
A Martemián se le cayó sobre la hoguera el caldero de la sopa, atravesado por una bala. Bielka, la perra de fino oído, se hundió ladrando en la oscuridad.
-¡Aquí! - gritó Markell.
Se hallaba cerca del enorme cedro, bajo cuyas ramas se acomodaban los cazadorees para pasar la noche y fue el primero en refugiarse, de un salto, tras el grueso tronco.
Martemián recogió la escopeta del suelo y en dos saltos se plantó al lado de su hermano. Lo hizo a tiempo: una segunda bala rozó el tronco y penetró zumbando en las tinieblas del bosque.
-La hoguera... ¡maldita sea! - exclamó Markell jadeando.
El fuego, cubierto por la sopa de pan que se había vertido del caldero, se reavivó con fuerza y llegó hasta las ramas secas, envolviéndolas con las llamas altas, sin humo.
La situación era desesperada. La luz del fuego cegaba a los cazadores. Nada distinguían más allá del apretado círculo de árboles que rodeaban el calvero. No podían defenderse disparando.
De ahí, de las oscuras entrañas de la noche, el iluminado calvero se veía como la palma de la mano, y unos ojos seguían atentamente los movimientos de los dos hermanos.
Martemián dijo, completamente tranquilo:
-No importa, Bielka nos dirá por dónde se presenta el que ha disparado. Iremos dando la vuelta al tronco. No nos alcanzará.
En estas pocas palabras se concentraba todo: el reconocimiento del peligro y la indicación precisa de cómo salvarlo.
-¿Ileso? - preguntó Markell
-Ha dado en el caldero-respondió simplemente Martemián.
No se dijeron una palabra más. De pie, inmóviles, apretados contra la áspera corteza del árbol, prestaban oído atento al ladrido de la perra que se alejaba.
Aquéllos dos hombres nunca se mostraban locuaces. Les avergonzaban las palabras superfluas. Habían nacido en la taigá y en la taigá 1 habían pasado su larga vida. El mayor había rebasado ya los sesenta años; el menor, los cincuenta. ¿Quién lo habría dicho, al ver sus hombros erguidos y sus fuertes espaldas? Enormes, velloso el rostro, estaban de pie junto al oscuro cedro como dos fieras levantadas sobre las patas traseras.
El ataque no necesitaba explicación alguna: en manos de los dos hombres se encontraba un tesoro.
Del hombro de Martemián colgaba un saco de cuero grueso, basto, endurecido y sucio. Dentro del saco guardaban lo que se consideraba más valioso que el oro: pieles de martas cebellinas cuidadosamente separadas del cuerpo de los animales, secadas y enrolladas con el brillante pelo hacia adentro. Era el fruto de su caza.
Resultaba muy difícil -demasiado- cazar al astuto animal; con excesiva frecuencia, gente sin escrúpulos intentaba quitar al cazador su valioso botín. Los hermanos se turnaban para llevar el saco y no se separaban de él ni por un instante.
El enemigo se dio maña para atacarlos por sorpresa. No quedaba más solución que esconderse de su mano invisible mientras no se consumiera el fuego por sí mismo.
Los dos hermanos callaban Cada uno sabía que el otro pensaba de la misma manera.
El ladrido de Bielka se dirigía hacia la derecha. Los dos hombres, parapetados tras el árbol, se desplazaron un poco hacia la izquierda.
Se notó que la perra había hallado al hombre escondido en las tinieblas y que se le arrojaba encima.
"¡Boba!... ¡Te dejarán seca de un tiro!", pensó Martemián, y sintió escalofríos.
De pronto el ladrido se quebró, transformándose en ronquido apagado. En el silencio que instantáneamente se produjo, se oyó el ruido sordo de un cuerpo al caer, y en seguida el roce de unas patas que escarbaban convulsivamente el suelo.
-¡Diablo!... ¡Bielka! - gritó Martemián, y ya había echado a correr cuando añadió, dirigiéndose al hermano: -¡No te muevas!
Markell estaba acostumbrado a obedecer en todo a su hermano mayor. Se acostumbró a ello en la infancia y siguió haciéndolo hasta la vejez.
Miraba inquieto de qué modo corría por el calvero, traidoramente iluminado.
Cuando Martemián llegaba al propio muro de árboles, resplandeció un fogonazo y retumbó un nuevo disparo.
Martemián dejó caer la escopeta, tropezó y cayó al suelo.
-¡Corre! -gritó el hermano -. ¡La Bielka!...
Markell le comprendió a media palabra: su hermano quería decirle que quien había disparado deseaba apoderarse, no del saco de cuero, sino de la perra, y que debían recuperarla costara lo que costara. Markell abandonó su refugio y se lanzó a través del calvijar dando grandes saltos.
No hubo más disparos, pero cuando Markell llegó a los árboles oyó más allá crujido de ramas: alguien huía pesadamente por la taigá.
Pronto la espesura cerró el camino al cazador. Una punta de rama le golpeó la cara, cerca del ojo.
Markell se detuvo. En la cerrada oscuridad que tenía enfrente no distinguía siquiera los troncos de los árboles. Los pasos del fugitivo se apagaron.
Metió la escopeta en la espesura y disparó sin apuntar.
Aguzó el oído. A su espalda chiporroteaba tranquilamente la hoguera.
Markell volvió al lado de su hermano.
La bala le había atravesado el brazo derecho y le había lamido un costado, a la altura de las costillas. La herida no era peligrosa, pero salía mucha sangre.
Markell dobló por el codo el brazo herido y lo ató apretadamente al pecho. Logró contener la hemorragia.
Los dos hermanos apagaron la hoguera, se echaron al suelo y, sin pegar ojo, aguardaron silenciosamente el amanecer. Pensaba en su Bielka y en lo que podrían hacer para recuperarla. Para un cazador, su fiel amigo, el perro, es mucho más apreciado que el más valioso de los botines.
Habrían preferido quedarse sin el saco de cuero que sin Bielka. Con la perra habrían cazado otras martas cebellinas. Con la pérdida de aquel animal los hermanos quedaban, no ya robados, sino arruinados.
No habría manera de encontrar otra perra como Bielka. Aunque joven - no había cumplido todavía cuatro años -, era famosa en todos aquellos contornos, como la mejor perra esquimal de caza. Sus cachorros se distinguían por su extraordinario olfato. Por cada uno de ellos daban de quince a veinte rublos. Por la madre en más de una ocasión habían ofrecido doscientos. Pero los hermanos no se dejaron tentar ni siquiera por tan inaudita suma.
¿Quién pudo habérsela robado?
En toda la región no había otra perra blanca como aquélla; ¿quién no la conocía? Sus dueños oirían hablar de ella muy pronto si aparecía en un lugar cualquiera de allí.
Sólo podía haberla robado quien no temiera que los dueños legales de la perra le obligaran a devolverla por los tribunales o por la fuerza.
En toda la región no había más que un hombre exento de dicho temor: el jefe de la policía rural.
Más de una vez les había pedido que le vendieran la perra, y, ante la negativa de los dos hermanos, aprovechaba todas las ocasiones que se le presentaban para vejarlos. No había duda de que él había enviado a un hombre de su confianza para que robase la perra. tampoco cabía duda de que en las aldeas no se encontraría un solo hombre que declarara contra él.
Los hermanos se daban cuenta de su impotencia frente al policía, tanto en las aldeas como en la ciudad. Acostados uno al lado del otro, pensaban lo mismo: de qué modo podrían alcanzar al ladrón antes de que saliera de la taigá. Sus mentes trabajaban a la par, como si para los dos poseyeran una cabeza.
En la taigá había un solo camino: el río. Por él se dirigían los cazadores a los cotos y por él regresaban a la aldea. tampoco podía seguir otro camino el ladrón. Probablemente tenía su barca escondida en algún lugar cercano.
Los dos hermanos habían amarrado la suya más arriba. Para llegar hasta aquel punto del río necesitarían un día entero.
El río pasaba cerca de donde se encontraban. Si no estuvieran en la taigá, si no fuera la espesura, llegar hasta el río habría sido cuestión de media hora. Entonces sería posible...
Los dos hermanos poseían otro tesoro, que sólo se les podía arrebatar quitándoles la vida, y era su impecable puntería.
Les bastaría ver al ladrón. Ello sería suficiente para que una bala dirigida con firme pulso le impidiera escapar. La taigá conservaría el secreto de la muerte.
No bien comenzaron a percibirse en la oscuridad los árboles inmediatos, los dos hermanos se levantaron del suelo.
Martemián se limitó a mirar a su hermano y a entregarle el saco de cuero. Emprendieron el camino en una misma dirección.
¡Quién, si no ellos, conocían la taigá! A tientas, en la oscuridad, hallaron el paso invisible utilizado por las fieras y llegaron, por él, al sendero.
Resbalando en los hoyos abiertos por los ciervos, tropezando en las raíces, corrieron por la estrecha verdad hasta distinguir el acompasado rumor del agua.
Entonces se pusieron a caminar al paso, tomaron aliento, a fin de que nos fallara la puntería y no les temblara el pulso si necesitaban disparar de un momento a otro.
Se había hecho completamente de día.
Apartaron las ramas y miraron al río tan cautelosamente como si estuvieran al acecho de un ciervo escarmentado.
El río se había hinchado a consecuencia de las abundantes lluvias de otoño. Una ancha e impetuosa corriente bajaba, retumbante, al encuentro de los dos hermanos. Se veía en una gran extensión, hacia adelante.
No había ninguna barca.
Los hermanos miraron hacia atrás. Allí mismo el río contorneaba un promontorio y cambiaba bruscamente de dirección. El alto bosque tapaba el río después del recodo:
Si el ladrón había pasado ya por aquel lugar, podían despedirse de él: jamás lo verían.
Un mismo interrogante atormentaba a los dos hermanos, incluso sin formularlo: ¿sí o no?
Sus ojos rebuscaban por las ondas del río como si quisieran hallar entre ellas rastro invisible del fugitivo.
Así estuvieron vigilando largo rato. El sol ya se había levantado sobre la taigá y cubría de vívidos destellos las olas de la corriente.
Los dos hermanos se sentían fatigados por la noche pasada en vela: les dolían las piernas después de su rápida carrera por el sendero. Pero ni por un momento se les ocurrió sentarse, como si, sentados, hubieran podido dejar pasar, inadvertida, la barca que flotare ante ellos.
El ataque nocturno les había dejado sin cena. Por la mañana no habían tenido tiempo de comer. Pero no les vino a las mientes que podían tomar un trozo del pan que llevaban en el costado y roerlo.
De repente, Markell, cuyos ojos veían a mayor distancia, exclamó:
-¡Ahí está!
Eran las primeras palabras que pronunciaban después de seis horas de silencio.
A continuación los hechos se sucedieron rápidamente, en mucho menos que el tiempo necesario para contarlos.
La barca se deslizaba por la corriente a una velocidad temeraria.
Markell distinguió antes que su hermano a la perra, en la proa de la barca, y gritó:
-¡Aquí, Bielka!
Se vio claramente que la perra dio un tirón; pero la correa que llevaba atada al cuello la arrojó atrás, hacia el interior de la barca. Llegó a percibirse un ronco ladrido de indignación, ahogado por el ruido de las aguas.
Entonces Martemián sacó del cabestrillo el brazo herido, con la mano izquierda apoyó el fusil sobre una rama, apretó el gatillo con la derecha y resonó un disparo.
Markell dijo apresuradamente:
-No harás nada... déjalo, hay sacos.
De la borda sobresalían sacos terreros. A popa se movía el remo que servía de timón, pero no se veía al hombre que la manejaba. Las balas no podían alcanzarlo.
Los dos hermanos se desconcertaron por un instante. Su última esperanza se derrumbaba.
La barca se acercaba a todo correr. Había que hacer algo en aquel instante, en seguida, sin perder un momento.
Y he aquí que, por vez primera en decenas de años, los pensamientos de los dos hermanos volaron en distintas direcciones.
El mayor, presuroso, se puso a cargar de nuevo la escopeta.
El menor se quitó el saco de cuero, lo levantó sobre la cabeza y gritó, venciendo el estrépito del río:
-¡Toma las martas cebellinas, devuelve la perra!
En respuesta, de la barca salió un tiro. La bala zumbó en el aire. La embarcación se mantenía cerca de la otra orilla y pasaba ya por delante de ellos.
Martemián apoyó la escopeta en la rama. Su cara tenía una expresión terrible. Murmuró:
-¿Va a dar cachorros al ladrón? ¡Mentira! ¡No será de nadie!
Su brazo herido le obedecía torpemente, le impedía manejar con rapidez la escopeta.
De un salto Markell se puso al lado de su hermano. Apartó la escopeta de la rama y puso la suya en el mismo lugar, diciendo secamente:
-¡Cállate! Me encargo yo.
Apuntó con cuidado, como si enfrente tuviera una marta cebellina -a la fierecilla hay que tocarla en la cabeza para no estropear la valiosa piel.
Martemián clavó los ojos en la nívea figura de la perra, atada a la barca.
Bielka, poniendo tensa la estrecha correa, de pie sobre las patas traseras y altas las de delante, se esforzaba por saltar hacia sus dueños.
Un instante más, y el entrañable amigo desaparecería tras el recodo del río;quedaría para siempre en manos del odiado ladrón.
Retumbó el disparo junto al propio oído de Martemián.
Vio hundirse a Bielka con el hocico avanzado.
La barca desapareció.
Los dos hermanos permanecieron unos minutos inmóviles, mirando las olas del río que corrían veloces hacia el otro lado del promontorio.
Luego el mayor dijo, indicando con la cabeza el brazo herido:
-Estrecha más las ligaduras.
De la herida manaba abundante sangre. Martemián sintió naúseas. Una debilidad jamás experimentada se iba apoderando de su enorme cuerpo.
Cerró los ojos y no los abrió mientras el hermano le estuvo arreglando el vendaje.
Lo que le torturaba, empero, no era la herida. Era el corazón, que no podía acostumbrarse a la idea de haber perdido a la perra sin igual.
Sabía que su hermano también pensaba en la perra; abrió los ojos y le miró.
Inopinadamente el ojo izquierdo de Markell se contrajo e hizo un guiño.
"¡Hasta hace muecas de dolor!", pensó Martemián, y de nuevo cerró los ojos.
El brazo, apretadamente vendado, empezaba a dolerle con sordo dolor animal.
Un fuerte rumor, procedente de la espesura, le hizo abrir los ojos otra vez.
Vio ante sí el magnífico espectro de Bielka, diamantina en el arco iris de las gotas de agua que se sacudía.
La perra acabó de zarandearse, se arrojó al pecho de Martemián, le lamió la cara y se apartó de un salto para lanzarse sobre Markell.
Martemián permaneció un segundo inmóvil.
Luego se inclinó rápidamente y agarró con la mano sana el trozo de correa que colgaba del cuello de Bielka.
En el extremo de la correa había como una mordedura circular, huella de la bala.
El rostro velloso y tosco del viejo cazador se iluminó con una sonrisa pueril, radiante de felicidad.
-¡Eres un águila... el disparo es perfecto! - dijo en voz alta.
Mas al instante se dominó: las palabra dichas ya eran superfluas, podía habérselas ahorrado.

1937

1 La taiga (del ruso тайга, taigá, y este probablemente del yakuto тайҕа, todo territorio inhabitado, cubierto de vastos bosques; espesura del bosque) o bosque boreal es un bioma caracterizado por sus formaciones boscosas de coníferas, siendo la mayor masa forestal del planeta. En Canadá se emplea bosque boreal para designar la zona sur del ecosistema, mientras que taiga se usa para la zona más próxima a la línea de vegetación ártica. En otros países se emplea taiga para referirse a los bosques boreales rusos y bosque de coníferas para los demás países.


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