lunes, 12 de diciembre de 2011

TATIANA TESS (LA LUZ DEL SOL)


 Su verdadero nombre era Tatiana Nikoláievna Susiura
Nace en Odesa - en 1909-, donde estudia piano, en el conservatorio, después de haber cursado estudios secundarios. Siente, también, gran inclinación por la literatura y escribe poesías. A los dieciocho años comienza a publicar sus versos en periódicos y revistas. Se traslada a Moscú, se consagra por completo a la literatura. En calidad de corresponsal de prensa ha realizado numerosos viajes por el extranjero, tanto por Europa como por Asia. entre sus principales colecciones de relatos figuran: "El redactor en jefe", "Camino lejano", "Inmortalidad","No es posible detener la primavera". El que se incluye en el presente volumen -"La luz del sol" - apareció en 1955.

LA LUZ DEL SOL

Era por la mañana temprano, y brillaba el cielo azul, lavado por la humedad y la frescura de la breve noche estival. Se movía, lenta, una pequeña nube. Su sombra circular caía sobre la reluciente agua del estanque, pesada como el mercurio.
En el estanque nadaba un cisne negro.
Allí había muchas clases de aves, desde el flamenco de rojas alas y largas patas, hasta los vulgares gansos domésticos. Todos estaban ocupados en sus quehaceres pajareros, o simplemente permanecían en la isleta, agrupados en bandada. Tan sólo el cisne negro se deslizaba incansable por el agua. Su cabeza orgullosa, fina como la de una sierpe, armada de rojo pico, aparecía ya en un extremo, ya en otro, del estanque.
En la isleta, no lejos de la orilla, importantes y pensativos, se encontraban los pelícanos. Se pasaron largo rato contemplando el agua. Luego descendieron calmosos y se pusieron a nadar en formación. De vez en cuando, como obedeciendo a una orden, bajaban la cabeza todos a la vez, y abrían en el agua sus enormes picos. El pececillo que se distraía iba a parar en línea recta a una de aquellas cavidades. Los pelícanos hacían un movimiento de cabeza, como si se tratar de una reverencia, y seguían nadando.
En esa hora temprana no había nadie en el parque zoológico, y yo pensé, no sin cierta turbación, que en general los visitantes no le favorecen mucho.
Las fieras y los pájaros se sentían mucho mejor estando a solas con el agua, las hojas y las hierbas, con la luz solar, viva y fuerte, con la naturaleza callada y bondadosa.
Tan sólo de vez en cuando pasaban por los caminos del parque los empleados y las mujeres encargadas de la limpieza, ya con cubos en la mano, ya con escobas o con alimento para las fieras. Luego, sobre la arena de las avenidas volvían a verse sólo las sombras oscilantes y los rayos del sol, inclinados y ardientes.
Una gran águila vieja, parecida al emblema heráldico de un caballero, permanecía inmóvil en una gruesa rama, bruñida como un espejo por las vigorosas garras del animal. De detrás de una roca, pisando silenciosamente con sus blandos pies, salió un oso que empezó a caminar perezosamente a lo largo de una profunda zanja.
Un pequeño y gracioso corcino, al verme, alargó la cabeza con infantil curiosidad, mas se turbó en seguida y huyó corriendo. Una cebra, listada como un toldo, pacía en la pradera. De un lugar impreciso llegaba un ronroneo amenazador y poderoso. ¿Se puso a hablar el tigre, quizá? Las fieras comenzaban un nuevo día y yo fui testigo de su despertar...
Por un caminito avanzó una mujer encargada de la limpieza, pequeña y gruesa, sosteniendo bajo el brazo un pequeño rastrillo. Entró en el recinto de los elefantes.
Bajo su retumbante bóveda, semejante a la de una estación, estaba la elefanta Jenny. A su alrededor corría un elefantito, de inverosímil pequeñez al lado de la madre. En la rugosa piel gris del elefantito se veían escasos y gruesos pelos negros.
La mujer abrió una puerta metálica y pasó al otro lado de la alta reja. Yo la seguí. Jenny se me quedó mirando con sus pequeños ojos de cerdo, suspiró, y con su poderoso aliento me arrojó una corriente de aire cálido que me envolvió de pies a cabeza.
La gruesa mujer masculló algunas palabras entre dientes y se puso a rastrillar el heno extendido por el suelo, mientras que el elefantito comenzó a dar vueltas a su vera.
-¿Quién se comió ayer el gorro de un niño? -gruñía la mujer, enojada -. ¡Está bien, por ventura, que un elefante se coma gorros de las personas? !Ay, ay!
El elefantito se le arrimó ligeramente, mas la mujer le dio un codazo y él se detuvo, agitando la cabeza y columpiando sus largas orejas grises.
-¡Quieres un bollo? - preguntó la mujer, severa -. No parpadees, no me vengas con carantoñas...
Le tendió un bollo, que el elefantito agarró cuidadosamente con la trompa y se metió en la boca. Jenny seguía de pie en el mismo sitio, balanceándose muy levemente. La mujer encargada de la limpieza, sin dejar de rezongar, ponía orden en la estancia. El elefantito empezó a dar vueltas cerca de mí, apartándome, poco a poco, de la reja. Corría sacudiendo las orejas, levantando muy alto las patas, y yo me moría de risa al ver sus monerías. Sin darme cuenta me encontré lejos de la puerta y el animalito seguía dando vueltas, empujándome cada vez más allá, hasta que por fin me vi acorralada contra la pared.
No comprendí, de momento, el sentido de lo que pasaba.
Yo seguía riéndome y quería volver a la puerta, mas el elefantito comenzó a echárseme levemente encima, de costado. En aquel momento bajé la vista y vi sus patas. Quedará bien servida la persona a quien le pise una pata semejante, aunque sea jugando... Me eché atrás instintivamente, pero no podía seguir retrocediendo: tropecé de espaldas contra la pared. El elefantito dio un fuerte resoplido y se me acercó un poco más.
-¡Largo de aquí! -grité con temblorosa voz -. ¡Qué atrevido!...
La gruesa mujer volvió la cabeza al oír mi exclamación y corrió en mi ayuda.
-¡Venga! ¡Fuera, te dicen! - gritó blandiendo el rastrillo, amenazadora -. Vaya modo de jugar... Y usted también es buena, ciudadana. Se acerca al elefante como si tal cosa. El animalito pesa una tonelada, para que lo sepa. Si la aprieta contra la pared no queda de usted más que una mancha húmeda. ¿Y a él qué le importa? ¡Pues nada! Fuera, fuera de aquí, revoltoso...
Enojada, le golpeó el costado con el puño menudo y regordete.
El elefantito corrió alegre hacia su madre, que seguía balanceándose en el mismo lugar. Yo me apresuré a ganar la salida.
En ese momento entró en el recinto de los elefantes un hombre alto y delgado. El viento le inclinaba hacia un lado la barbita blanca; sobre su cazadora de gamuza, sensiblemente raída, se notaban las huellas del tabaco de pipa y de la ceniza. Los anchos pantalones se le movían holgados en las piernas largas y delgadas. Tenía el rostro surcado por profundas arrugas, y sus ojos miraban astutos y alegres, con irónico brillo juvenil.
Le reconocí: era el profesor Koren. Hacía ya muchos años que dirigía el trabajo científico que se realizaba en el parque zoológico. Vivía en el territorio del parque, en una casita al lado dela pradera, donde tras una cerca vagaban los venados.
-Buenos días - me dijo con cierta sequedad -. Adivino lo que la ha traído por aquí en hora tan temprana. Está bien, puede resultar interesante...
-¡Que no se me pesae por alto! -añadió Koren, como si se tratase de un espectáculo y no de un eclipse de sol. Dio un vistazo al reloj y se acercó a Jenny.
La elefanta clavó en él sus pequeños ojos astutos y dejó de balancearse. Se miraron los dos atentamente largo rato. Luego Koren le rascó la pierna con un palito, cerca de la rodilla, y la elefanta se sentó extendiendo las piernas en línea recta, como una bailarina. El profesor, serio, como si hiciera algo importante, le tiró de la enorme oreja gris y se apartó del animal. Jenny, alargando la trompa, sopló hacia él, cuidadosa y suavemente,
-¿Damos una vuelta por el parque? - dijo Koren, pensativo, sin dirigirse a nadie.
Se encaminó hacia la puerta y yo le seguí. La elefanta se levantó calmosamente. Cuando volví la cabeza, la vi en el mismo sitio de antes y de nuevo se balanceaba como roble sacudido por el viento.
La mañana se ponía calurosa. El parque brillaba y se teñía de reflejos dorados bajo la generosa luz del sol. En la profundidad de una avenida cantó vacilante el cuclillo, presagiando a algunos larga vida,y al instante, ahogando su canto, resonó un penetrante grito metálico: era el grito del papagayo.
En la avenida, separadas las piernas, estaba de pie un hombre musculoso que llevaba camisa azul con dos pequeños bolsillos, y pantalones de lienzo. Unos lentes oscuros le defendían los ojos de los rayos del sol, y yo pensé, entonces, que por desgracia no tenía lentes semejantes, y que, sin ellos, resultaría muy difícil observar el eclipse. Levantando la cabeza, aquel hombre miraba directamente al sol.
-Es mi hijo, Nikolái Evguénevich Koren - dijo el profesor, alargando su mano curtida y seca en dirección a aquel hombre -. es mi único retoño, como suele decirse. Permítame que se lo presente.
El único retoño volvió la cabeza hacia nosotros y se sonrió bondadosamente. tendría unos treinta años. No se parecía al padre. Era más ancho de hombros,más fornido, con fuertes piernas musculosas. Calzaba zapatos de sport. Pero el repliegue irónico en el extremo derecho de la oca, el mentón duro y las cejas espesas e inquietas, recordaban al padre.
Estuvimos unos momentos callados.
-¿Su hijo cultiva la misma especialidad que usted, Evgueni Petróvich? - pregunté y, después de toser un poco, sin saber cómo iniciar la conversación.
-Es matemático... - suspiró el padre -. Ahora prepara su tesis. No hay manera de citar el título sin beber antes una copita de vodka... - Se sonrió, y aquella sonrisa, fugaz y traviesa, dio en seguida un aspecto juvenil a su rostro. - He de reconocer que en esta ciencia siempre he cojeado - exclamó confidencialmente -. Dese hace no sé cuántos años, Nikolái me viene repitiendo que las matemáticas están saturadas de poesía, y todavía no le creo...
-¡Viejos conflictos de familia! - comentó el hijo, sonriendo bondadosamente -. A tu acompañante, padre, todo esto le tiene sin cuidado.
-¡A contrario! - exclamé con excesiva vehemencia, pues yo, lo mismo que el profesor, soy insensible a los encantos de las matemáticas -. ¿A qué tema consagra usted su trabajo?
-Esta sería una conversación larga y aburrida para usted... empero, observé la velada confusión y la tímida inquietud que siempre se despierta en el individuo cuando la conversación roza que lo que es para él es de máxima importancia, lo más íntimo y teme que a alguien pueda parecerle sin interés, insignificante -. Es mejor que paseemos por el parque - añadió.
No supe qué decir. el hijo tomó al padre del brazo y se pusieron a caminar por la avenida, uno a la lado del otro.
Cada vez con mayor frecuencia nos cruzábamos con niños y niñas que llevaban camisas blancas y pañuelos de pionero. Se les veía preocupados y serios. Miraban continuamente el reloj. Algunos muchachos lo llevaban puesto en la muñeca. La anchura de la correa y la holgura con que estaba abrochada, permitían adivinar, sin dificultad alguna, que muchos llevaban el reloj de su padre: se lo habían cedido sólo por ese día. Otros metían gravemente la mano en el bolsillo para sacar de él sus relojes planos y hacer chascar satisfechos la tapa. La mayor parte, empero, lucía despertadores corrientes, que llevaban colgando del cuello, atados con una cinta o un cordón. Al compás de los pasos, estos despertadores oscilaban a derecha e izquierda, y a veces chocaban sordamente contra las costillas de su poseedor.
-Son jóvenes naturalistas... - balbuceó Evguéni Petróvich -. En cierto modo, están de servicio. Tomarán notas durante el eclipse. Lo anotan todo, afanosamente: cómo se ha rascado un ciervo, cómo ha estornudado un mono... - el profesor movió la cabeza. -Pero a veces, estos pipiolos observan detalles que le dejan a uno boquiabierto, ¡se lo aseguro!
El padre le miró de manera extraña y no le respondió.
Llegamos hasta la pradera.
Se veían, delante de nosotros, enormes jaulas. En la extrema, no lejos de donde nos hallábamos, había un tigre. Tenía la cabeza entre las patas extendidas y dormitaba. Entreabrió los ojos por un instante. En la profundidad de sus rojas pupilas, percibí una fuerza animal tan fría, una tristeza tan salvaje, que sentí escalofríos por la espalda.
-No me gustan los tigres... ni en el campo ni en la ciudad - musité confusa.
Padre e hijo se callaron, corteses.
De todas partes nos llegaban bufidos, resoplidos, graznidos, el chillido de los monos o el arrullo de las tórtolas. Pasamos por delante de alcahaces y grandes jaulas y por delante de pequeños prados donde corrían libremente los animales... El día era claro, limpio, sin viento.
De pronto sopló una brisa húmeda, como corriente de aire que procediera de un sótano.
Las manchas de sol que se dibujaban en los caminitos se oscurecieron levemente. Dos jóvenes naturalistas, apostados al lado de la jaula del tigre, miraban como hechizados sus despertadores y en seguida se pusieron a escribir algo febrilmente. Koren el joven levantó la cabeza e inspiró el aire con manifiesta satisfacción.
-¡Caramba! - exclamó jovial-. ¡Parece que empieza!
Comenzó a oscurecer.
Aquella oscuridad no se parecía a la penumbra que reina cuando el cielo queda cubierto de nubarrones. Tampoco era la semiluz otoñal, con su opacidad plomiza. Se trataba más bien del azul de los crepúsculos. En él no se percibía, sin embargo, el sosiego dulce, apaciguador de la naturaleza cuando se dispone a entregarse al sueño de la noche. La luz, entre azulada y gris, que reptaba por las avenida del parque despedía un hálito inquietante y tenebroso. Todo quedó como empañado. El agua del estanque se puso gris, muerta. Desapareció el brillo del verde follaje.
Pasó una fuerte ráfaga de viento, que sacudió ls ramas de los árboles. Su repentina e inesperada frescura también llenaba de zozobra.
Los pavos reales, que acababan de extender su plumaje y se paseaban con las pavas por la verde hierba, volaron hasta unas ramas con el evidente propósito de echarse a dormir. tras ellos, creyendo en la proximidad de la noche, en fila india, gachas las torpes cabecitas, corrieron hacia los árboles las gallinas de Guinea. En el estanque no se veía ya al inquieto cisne negro; por lo visto también él había ido en busca de su nido.
-¿Dónde está el puerco espín? -pregunté en voz baja, sin saber por qué.
La jaula del puerco espín, a la que acabábamos de llegar, parecía desierta. De pronto oímos unas pisadas leves y circunspectas, cortos resoplidos. De la caseta salía su poseedor. Varias hojas secas habían quedado prendidas en las largas y duras agujas del animal, como mariposas en alfileres. Cuando se movía, las hojas susurraban lentamente. Por lo visto, también el puerco espín, noctámbulo, creyó que el día acababa y emprendió el recorrido de sus posesiones.
-¡Qué les parece! - exclamó Koren el joven, sorprendido.
Estaba de pie, vuelto de lado hacia la jaula del puerco espín, escuchando atentamente -. ¿Es posible que este clavera haya creído también que se ha hecho de noche y se encamina hacia su pesebre?
Su padre no le respondió. Cada vez estaba más taciturno. Algo le disgustaba, no había duda.
Se oyó, lejano, un ruido majestuoso, amenazador. Se fue prolongando, con largas y roncas oscilaciones, cada vez más intenso, y por fin se transformó en sordo rugido de tonos bajos.
Los leones habían dado comienzo a su concierto vespertino.
El crepúsculo se hizo más denso.
El cielo, pesado y oscuro, casi tocaba las copas de los árboles. No era presagio de lluvia, que deja el aire límpido y olorosamente fresco. No auguraba rayos ni rodar de truenos. era un cielo estéril, desértico, sordo, que sólo llevaba en sí tinieblas.
el sol quedó velado casi por completo. La única parte del astro del día libre a duras penas de la negra sombra, formaba una apretada franja incandescente semejante a una pequeña hoz.
Luego incluso esta franja desapareció.
Los pavos reales dormían profundamente con la cabeza bajo las alas; sus colas pendían de las ramas cual abanicos de lujo. también dormían en las ramas las gallinas de Guinea.
El profesor les lanzó una mirada despectiva.
-A éstas las comprendo, son gallináceas... - dijo, encogiéndose de hombros -. A estas tontas es fácil engañarlas, son animales que se creen cualquier cosa. Esconden la cabeza bajo el ala, ¡y a dormir! - El profesor permaneció unos momentos silencioso - ¡Pero lo solípedos! - prosiguió, acentuando las palabras y mirando indignado hacia la cebra -. También ella ha creído que ha llegado la noche... ¡Nunca habría esperado tal comportamiento de una cebra!
Le dio la espalda, irritado.
Bajo el árbol de los pavos había un niño. Agitaba furioso el despertador, se lo acercaba al oído y volvía a agitarlo, mas el reloj seguía mudo e inmóvil. Ante la inutilidad de sus esfuerzos, dejó de luchar con el despertador parado, que le colgaba, inútil, del tenso cordón. El joven naturalista levantó la mirada hacia los pavos y se puso a escribir aceleradamente.
Mas apretó el lápiz con tal fuerza que se le rompió.
Al niño se le llenaron los ojos de lágrimas. Procurando no pestañear, miraba el cuaderno y continuaba arañando el papel con el lápiz roto.
Una niña pelirroja y vivaracha, de piernas largas y movimientos torpes como sólo pueden observarse en niñas de doce años, también se acercó al árbol de los pavos reales.
-Mitia - dijo con cierta timidez -, no te preocupes. Mira en mi reloj, me pondré a tu lado... ¿Está bien, Mitia?
El muchacho refunfuñó y se volvió de espalda. Con la tenacidad del desesperado continuaba arañando el papel con el trozo de lápiz, pero en el cuaderno le quedaban sólo huellas torcidas y algún que otro roto.
-¡Toma mi lápiz, Mitia! - exclamó la niña con fervor. Le miraba con ojos llenos de amor y admiración. La niña se transfiguró, se hizo más hermosa, sus mejillas pecosas se cubrieron de rubor -. ¡Tómalo, haz el favor! - volvió a decir, radiante -. Aunque yo no tenga lápiz no importa, ya me acordaré... ¿Está bien?
Mitia, sin mirarla, le tomó el lápiz de la mano.
-Bueno -respondió enojado-. Ponte a mi lado. Pero no me estorbes para escribir. ¿Oyes? Y no muevas la cabeza, que me distraes...
-No te estorbaré, Mitia. - dijo la niña, con voz casi imperceptible.
Se puso a su lado, bajo el árbol, y se quedó inmóvil contemplando, reverente y feliz, cómo Mitia, arrugada la frente, tomaba nota de sus observaciones.
Algo más allá, junto a una mata de jazmín,había otro niño.
Este no miraba el reloj ni escribía nada. Por lo visto ni siquiera oía la conversación de Mitia con su amiguita. Con los ojos sumamente abiertos, brillantes, contemplaba aquel mundo en transformación, proyectando todo su ser hacia los acontecimientos majestuosos e insólitos que se producían. Escuchaba el ruido del viento, el susurro de las hierbas, el crujido de la arena; inspiraba el aire húmedo, algo más fresco que antes; tenía el alma conmovida por la inquietante e insólita tiniebla, por el cielo desértico, por la sombra que había cubierto al sol... Tenso, pálido de emoción, fascinado, estaba de pie no lejos del arbusto florido.
-Este tiene alma de poeta... - dijo en voz baja Evgueni Petróvich, mirando al niño.
-¿Qué dices, padre? - preguntó Koren el joven, también sin levantar la voz -. ¿De qué hablas?
Por el rostro del padre cruzó una sombra. Miró rápidamente al hijo y se volvió de espalda, sin responderle.
Llegamos ante una cerca tras la cual corrían desasogegados algunos perros grandes. Ora se detenían y, levantando sus cabezas de ancha frente, husmeaban inquietos el aire,ora reemprendían su carrera de un ángulo a otro del espacio cercado. era evidente que la zozobra derramada sobre la naturaleza se les había transmitido a ellos, y aquellos magros perrazos, empujándose unos a otros corrían a lo largo de la cerca.
El profesor abrió con su llave la puertecita y entró en el cercado, apoyándose en el brazo del hijo. Yo me dispuse a seguirlos. Los perros no me habían mordido nunca y no tenía miedo.
-Son lobos - me dijo el profesor secamente -. No le aconsejo entrar, sabe usted...
Retrocedí y me detuve junto a la cerca. Un lobo grande, de poderoso aspecto, se acercó al profesor, y levantándose sobre las patas traseras, le puso las delanteras en el pecho. Le miró con ojos oscuros y ardientes, como si esperara del hombre la la explicación de la inquietud y malestar que invadían a la naturaleza. El profesor miró muy seriamente al lobo, y a mi parecer con mucho respeto, mientras articulaba quedamente algunas palabras.
-¡Cálmate, cálmate! -le oí decir -. ¡Qué hermoso eres, qué cariñoso!...
_¡Estás conmovido, padre! -exclamó Koren el joven, riéndose-. Por fin has encontrado un animal inteligente entre los seres que están bajo tu tutela. Los lobos no se han dejado engañar ni siquiera por un eclipse de sol. Son listos, como el diablo...
Se encontraba en medio del cercado, mordiendo una hierbecilla. Los lobos, por lo visto acostumbrados a su presencia, no le hacían el menor caso, no se le acercaban ni le husmeaban, como a Evgueni Petróvich. Levantadas las orejas y bajas las colas, continuaban oliendo el aire, intranquilos, como antes. Únicamente el mayor de todos ellos quedó quieto, apretándose contra las piernas del profesor.
El viento paró, mas el silencio que con ello se produjo pareció aún más molesto.
Los colores de la naturaleza se apagaron, como si se hubieran cubierto de ceniza. Había desaparecido todo cuanto la mañana nos ofrecía tan generosa y alegremente; el trinar de los pájaros, las sombras oscilantes en los caminitos, el oro de los rayos del sol, la alta bóveda azul del cielo.
La bruma apagada y gris lo recubría todo. Había en ella algo como muerto y sin esperanza. El miedo a la muerte me rozó el alma. De repente,tuve la impresión de que jamás volvería a ver el sol.
Profundamente turbada, miré a Nikolái Koren.
Se había quedo pensativo, sin arrojar la hierbecita. Su rostro fresco y de enérgicos rasgos, permanecía atento y tranquilo. Nikolái Koren estaba escuchando la voz de la naturaleza. De su figura robusta, de sus grandes y fuertes manos, de su manera de captar el reconfortante hálito de la vida, se desprendía tal serenidad, tanta fuerza triunfante, que me sentí avergonzada de mi debilidad interior.
Suspiré profundamente y también me puse a escuchar.
Me pareció percibir un pequeño rumor entre el espeso follaje, un suave gorjeo somnoliento.
Tras las copas de los árboles apareció un resplandor azulino, casi imperceptible. El resplandor se fue extendiendo y comenzó a llevarse la pátina cenicienta y mortecina que cubría las cosas. El agua del estanque centelleó levemente, por las hojas de las plantas resbaló como una corriente brillante, casi insensible. El sol aún estaba cubierto por la sombra. En las ramas de los árboles, empero, aumentaban los susurros y los pequeños rumores; los pájaros percibían la vuelta de la luz.
Un fino rayo, semejante a un alambre de oro, se extendió hasta la avenida a través de las ramas. Por debajo de la sombra fue apareciendo poco a poco la estrecha hoz incandescente. Con gran circunspección, como si probara sus fuerzas, se iba extendiendo por el cielo una cálida y sonrosada claridad.
Ante nuestros ojos se producía el gran milagro de la vida.
Se cambiaron los colores; el cielo se puso color de rosa; los senderos se hicieron azules; los árboles adquirieron tonos dorados. Un suave viento matinal rozó las hojas, que le respondieron con un susurro confiado. Se puso a cantar un pájaro, con voz sonora y rebosante de felicidad. Las sombras azules de los caminitos se iban desvaneciendo. La luz, en cambio, se extendía cada vez más por la bóveda celeste.
En seguida revivió todo.
En los caminos se dibujaron las sombras. se encendió el estanque, al reflejar los rayos del sol. pasó volando un zángano, con su afelpado zumbido. Los pavos reales descendieron pesadamente de las ramas y se dirigieron hacia la pradera, como si no hubiera ocurrido nada. El inquieto cisne negro otra vez se puso a dar vueltas por la rutilante agua.
Leves manchas de luz, diríase que humeantes, se divisaron en los troncos de los árboles. La mañana se elevaba sobre la tierra respirando calor y fragancias.
El profesor, de pie, levantaba la cabeza hacia el cielo. Nunca me habría imaginado ver en aquel rostro seco y de facciones algo duras un entusiasmo tan conmovedor, casi diría infantil.
Su hijo seguía escuchando la voz de la naturaleza. Miraba directamente al sol, a través de sus lentes negros. Su cara estaba bañada de luz.
-¿Qué ve usted? -le pregunté impaciente-. ¿Ha terminado ya del todo el eclipse? ¡Qué pena, Dios mío, que no tenga lentes oscuros! Cuénteme, ¿qué ve usted?
Nikolái Koren callaba. Repetí la pregunta, contemplándole enojada, y de golpe me quedé cortada.
Me sorprendió la extraña inmovilidad de su rostro.
La luz del sol no le hacía entornar los ojos. Ninguno de los rasgos de su semblante respondía al juego de los rayos solares. Aquel rostro era el de un individuo que no ve el astro del día, de una persona que sólo es sensible al calor que los rayos desprenden.
Estaba petrificada, sin fuerzas para comprobar mi sospecha. Evgueni Petróvich me tomó cuidadosamente del brazo con su seca y ardiente mano, y me llevó aparte.
-El caso es que... -me dijo en voz baja, mirando hacia un lado, sin saber cómo continuar.
Ante nosotros pasó Mitia, triunfante, llevando en la mano un cuaderno lleno de notas. A su lado iba la niña pelirroja. Un herrerillo, moviendo la cabeza, se acicalaba en una rama. Dentro del alcahaz saltaba una ardilla. Por encima del estanque se deslizaba lentamente una nube luminosa.
La vida, con todo su cálido embrujo, se manifestaba en los detalles cotidianos, que nos son infinitamente entrañables.
Yo contemplé al hombre que no veía nada de todo ello: ni los colores del cielo, ni las tonalidades de las hojas, ni los dibujos de las sombras, ni el volumen de las nubes. Ni había visto como había vuelto el sol, cómo sus rayos brillantes habían hendido el espacio. Se me estremeció el corazón cuando lo comprendí.
-Perdió la vista en el año cuarenta y cuatro, después de una herida -me dijo algo confuso Evgueni Petróvich, sin mirarme como antes -. Ya era ciego cuando acabó los estudios en la universidad. Como ha oído usted, se prepara para defender la tesis. No quiere renunciar a nada: va a nadar en la piscina, en invierno patina sobre el hielo... Es admirable... - dijo, después de carraspear un poco. Y se calló.
Se volvió para contemplar a su hijo.
Nikolái Koren continuaba de pie, de cara al calor de los rayos. Sus mejillas se habían cubierto de sonrosado color. Evgueni Petróvich lo miró lleno de ternura y de orgullo... El hijo se pasó la mano por la cara, como si se lavara con el sol, y avanzó con cuidado.
Su padre seguía contemplándolo, sin apartar de él los ojos. Parecía como si quisiera empaparse de luz, de la luz clara y pura que desprendía la fuerza espiritual del hijo, una luz excelsa susceptible de iluminar el camino del hombre incluso cuando se le ha arrebatado la inmoral policromía del triunfante día soleado.


3 comentarios:

  1. Me gustaba mucho leer este cuento cuando era pequeño. Hace unos años quise transcribirlo pero la flojera pudo más y no lo hice, me da gusto que lo haya publicado asi más gente podrá leerlo. Mil gracias por compartirlo. Saludos desde Lima Perú.

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  2. Gracias Torvik, si tuvieras alguna imagen de Tatiana Tess te agradeceria mucho si me la pudieras facilitar, un abrazo desde Venezuela

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  3. Me gusta tu blog, por eso me disgusta que no tengas foto de algún escritor. En este caso te remito link donde consta foto de Tatiana Tess: http://m-necropol.narod.ru/tess.html

    Ah, y como verás en el link, su fecha de nacimiento es 1906, y la de su muerte 1983.

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