jueves, 16 de diciembre de 2010

ALEXANDR SERAFIMÓVICH SERAFIMÓVICH

De padres cosacos, nace en un poblado de la región del Don el 19 de enero 1863. Su verdadero apellido era Popov, mas adopta el de Serafimovich como seudónimo. Estudia en un gimnasio de provincias (1874-1883), ingresa en la Facultad de Física y Matemáticas de la Universidad de Petersburgo (1883). En 1883 es exilado a la provincia de Arjánguelsk, donde inicia su actividad literaria alentado por Korolenko. Su obra cumbre es "El torrente de hierro" (1924). Muere el 19 de enero de 1949.





EL GATO DEL MAR


El cielo es azul y sin fin, el mar es azul y no tiene fin. Hace ya tiempo que el sol ha emergido del lejano horizonte y se refleja con cegadores destellos en el espejo vivo y acariciador de las aguas en perpetuo movimiento.
Todo está en calma, apenas si se agita la perezosa masa azul del mar adormecido; el acorazado, un monstruo de color gris sucio, se balancea - enorme, pesado y sombrío - en la marcha.
La blanca espuma, que gira presurosa extendiéndose suave rumor, corre por delante del tajamar forrado de acero, lame las planchas de los costados y hasta muy lejos, por el tranquilo mar, va quedando el rastro burbujeante y revuelto de las hélices.
Y el acorazado -una masa enorme de monstruosas planchas, barras, vigas, hierro y acero- se balancea y corta la espuma que se abre a su marcha pesada e irresistible.
Le cuesta trabajo al mar moverlo hasta cuando las aguas están agitadas, hasta cuando se levantan moles gigantescas y oscuras, cuando, coronadas de siniestra espuma, se arrojan las olas sobre su entenebrecido cuerpo; cuando el mar se pone negro hasta cuanto alcanza la vida, cuando oscurece el cielo y sólo el blanco luto del naufragio y de la muerte, tan próximos, cruzan como una ráfaga de insania.
El mar parece enloquecido toda la noche, y sólo cuando apunta la engañosa aurora comienza a balancearse rítmicamente el gigante gris.
Pesadamente, sin prisas, se hunden en la revuelta neblina los costados, y las salpicaduras alcanzan hasta las torres, que se mueven confusamente.
Y como detenidas en grave meditación, también con un balanceo regular, pesado y lento, comienzan a salir del agua las bordas con sus lisas superficies metálicas. El puente emergió hace ya un buen rato, pero ellas parece como si no decidiesen a escapar del abismo de agua que las retiene; salen al fin, como si no acabaran nunca, y allá abajo quedan las espumeantes olas, que se debaten en la impotencia.
El mar, fatigado, sin energías, se calma. Como de seda, con unos rizos transparentes apenas perceptibles, se extiende, azul, hasta el azul del cielo, bajo un sol abrasador, y con cariñoso y humillado servilismo lame con sus verdosas lenguas los costados del buque, mientras que éste, sombrío y ceñudo, sin amenguar su pesada marcha, se balancea y durante largas horas hunde en el agua su ingente proa de hierro.
Sin parar mientes en la alegre caricia del día que resplandece, ensucia con negras bocanadas de espero humo de la limpia faz del mar y el claro cielo; es un humo pesado, que sale con trabajo de las negras chimeneas y que se deposita sobre el mar, hasta muchas verstas, como un velo que se deshace y lleva su luto más allá del horizonte.
Acaso porque todo él es un gigante de un millón de puds de hierro, la vida en este sombrío coloso se desliza con una disciplina férrea, plasmada en formas establecidas de una vez para siempre. Los hombres - y son novecientos - se pierden como huérfanos entre los puentes, mamparos, escotillas, escalas y piezas artilleras, entre el sinnúmero de mecanismos y de máquinas.
El, el viento salino y el agua han bronceado sus caras, brazos y hombros; el hierro, que los abraza por todas partes, les ha impuesto el grave sello del silencio, y sus ojos permanecen sombríos y ceñudo.
Ágiles, a cual más fuerte, cumplen con habilidad y rapidez su trabajo que nunca h ay ocasión de rehacer y de día en día es uno y el mismo. Baldear la cubierta, bruñir los cobres, desmontar y limpiar cañones, la instrucción, ejercicios de puntería, y de tiro, el código de señales, las horas de cuarto, y cuando las estrellas aparecen en el cielo, a formar en cubierta, en dos filas:
- ¡Fuera gorros!
Y varios centenares de voces pletóricas de salud entonan al unísono:
-Pa-dre nues-tro que es-tás...
Pero el hierro se traga las palabras, y pasadas las bordas únicamente se oye el chapoteo de una ola al ser cortada; y ni una sola palabra alcanza a las estrellas que rutilan con fríos destellos. Como una visión de fuerza monstruosa, prosigue su camino entre las tinieblas de la noche la negra silueta de la mole, y, perdidos en su vientre, los hombres duermen con el profundo sueño de las gentes de mar, suspendidos en sus estrechos coys.
Y a la mañana siguiente, a empezar de nuevo. Así pasan los días, los meses, los años, y por las desiertas aguas sigue su peregrinación sin encontrar asilo, el monstruoso fantasma en el que todo es hierro, en el que los hombres están unidos por una férrea disciplina, donde las caras de esos hombres parecen cubiertas por la pátina de hierro de una vida ineludible e invariable, donde todos se esfuerzan sin cesar en un trabajo que nadie sabe para quién y por qué se realiza.

* * *

Lo mismo que el acorazado, con sus secciones separadas por mamparos, los hombre que en él viven día y noche, sometidos por entero a la disciplina del servicio y a todo su régimen, se dividían en tres compartimentos estancos.
El primero de ellos lo formaba una sola persona: el comandante del buque. Siempre afeitado, bien cuidado su magro cuerpo, de ojos inteligentes y altaneros, por su situación estaba condenado a la majestuosa soledad de un emperador chino. Los hombres no lo veían; todo el tiempo lo pasaba en su lujoso camarote.
Había acabado por acostumbrarse a su soledad. De su alma habían desaparecido los hombres, sus rostros, sus alegrías y amarguras, y únicamente sabía que, además del infinito número de mecanismos de que estaba lleno el acorazado, le pertenecían novecientas palancas vivas, moviendo las cuales hacía cuanto deseaba del monstruo, y que él era el responsable de todo aquello.
El segundo compartimiento lo componía un reducido número de oficiales. En él se oían risas y bromas; los había jóvenes y de cierta edad; hablábase en él de amores, soñaban en voz alta, hacían planes; cuando se reunían en el salón, salían de allí las notas del piano y alguna canción entonada con suave voz de barítono. Allí, aunque tímidamente, la vida trataba de escapar al abrazo del hierro.
En el tercer compartimiento había más de ochocientos marineros. Se parecían tanto entre sí, que cuando formaban en interminable hilera a lo largo de la cubierta, no había nada que distinguiera uno de otro: todos por igual eran anchos de hombros, de abombado pecho, bizarros, con las gorras ladeadas, todos curtidos por los vientos cargados de sal, de oscuro y bronceado rostro. Y un mismo léxico en todos: "a sus órdenes", "se presenta el marinero...", "¿da usted su permiso?"...
Y aunque en el servicio cada uno tenía su especialidad, parecía como si todos hicieran lo mismo y de una misma manera.
Grigori Pidtínov era como todos; robusto, ágil, fuerte, bronceado; su lenguaje en el mismo que el de los demás: "a sus órdenes", "no, mi teniente", y cuando formaba enla larga fila, cualquiera de los otros habría podido pasar por él.
Mas al quedarse solo advertíase que sus ojos eran grises, que empezaba a crecerle el bigote y que aquellos ojos reflejaban pensamientos propios, alegrías y tristezas, recuerdos envueltos en cariño y amor.
Vivía lo mismo que vivían todos en la mole de hierro, abrumado por el férreo abrazo de una vida regulada en todos sus puertos. A bordo era cumplidor y ordenado; cuando bajaba a tierra se emborrachaba como una cuba e iba con los otros a las casas de lenocinio.
Pero cuando se quedaba solo, sobre todo en las horas del cuarto de noche, empezaba algo muy distinto sobre lo que no tenían ya fuerza ni el férreo orden, ni la férrea disciplina, ni los oficiales, ni el propio comandante.
De puesto en la proa, miraba atento las confusas ondas, que salían a su encuentro desde las azules tinieblas del mar. Por detrás se levantaba la oscura silueta del puente de mando, con las figuras difuminadas del jefe de cuarto y de los dos señaleros. A los costados lucían los faroles, uno verde y otro rojo, y hasta él llegaba la respiración de la máquina, mesurada y uniforme, a veces triste, a vedes dura en su indiferencia.
¡Su tierra natal! Cuando estaba en casa no la sentía, lo mismo que no sentía su propia persona, su salud, los dedos del pie, hasta el día en que se cortó uno con el hacha y hubo de curarse durante largo tiempo.
No lo veía, no se daba cuenta, y crecía y vivía como la hierba en el campo o el sauce en el agua; cualquier viento mueve y agita sus ramas y él se balancea y crece sin que nada le importe.
La azul oscuridad de la noche parece haber sido pinchada por un alfiler; como una gotita de sangre se enciende un punto rojo, perdido en las tinieblas.
Y él grita, volviéndose hacia el puente; grita con la misma voz que diría "a sus órdenes":
-Una luz roja a babor con la proa.
La luz se mantiene cierto tiempo y desaparece, se pierde en el desierto de las tinieblas de la noche; por ambas bandas sigue quedándose atrás la superficie inquieta y oscura de las aguas; las estrellas siguen luciendo en lo alto, sin que hasta ellas lleguen ni las oraciones, ni las voces de mando, ni la impasible respiración de la máquina.
...No se fijaba en el sol ni sabía nada de él.
Levantábase ese sol tras el huerto del tío Ivedor; primero tocaba las copas de los sauces, luego teñía de rojo la techumbre y la blanca chimenea de la jata de la tía Gorpina; más tarde llegaba a los lejanos cerros del otro del lado del Dniéper, a los árboles del oscuro bosque, hasta que, de repente, sonreía todo: la aldea, las casas, las barracas, el bosque, el Dniéper, el polvo que el rebaño dejaba atrás y se quedaba inmóvil en el aire, los chirriantes portones y los chicuelos que perseguían a los terneros con una fara en la mano; por doquier se extendían unas sombras frescas, largas y alegres...
Desde el puente llega la seca voz de mando:
-¡En la proa, alerta!
-¡Alerta está!
...N0 se fijaba él entonces en el sol, no veía siquiera su belleza, pues crecía como la hierba en el campo; ahora se daba cuenta de ella,la recordaba y parecíale como si el sol le diese en los ojos - como el humo acre de su fuerte tabaco-, aunque él se resistía a dejarse dominar por el espejismo...
-¡El sol de mis alegrías!...
La soledad era absoluta en la negra noche; el mar, inquieto y oscuro, seguía lamiendo los flancos del buque...
...No advertía antes la presencia del viejo Dniéper.
El viejo río corría por entre los juncos grisáceos, extendíase por las blancas y movedizas arenas sin que el mozo lo advirtiese. Ahora se daba cuenta y lo recordaba - vivo, añoso, cariñoso, apacible, rutilante-, y a sus ojos llegaba algo amargo y oscuro, pero él se hacía fuerte y miraba a las infinitas tinieblas del mar que pasaba turbiamente allá abajo...
-¡Oh, mi viejo Dniéper!...
Y de nuevo, en la inmensidad de las sombras, luce la estrella de un rojo sangriento, que parece brillar en el fin del mundo. La luz roja se apaga y surge otra verde; ésta se extingue, sigue otra luz blanca y también desaparece. Y de nuevo se sucede la luz roja, verde y blanca.
Él grita con la misma voz impersonal de todos:
-¡Un faro a estribor!
...No veía ni advertía los colores de su vida; ahora los ve y los advierte...
¿Pasaba hambre? Sí, la pasaba.
¿Era difícil? Sí, lo era.
Pero allí había sol, estaba el Dniéper, estaban los caballos, los animales; tenía a su gris Serkó, de largas crines y la cola anudada; y estaban las mozas, no aquellas a las que iba a buscar borracho en cada puerto. Ahora veía y advertía que todo era alegre, que todo era vivo y que todo lo llevaba en el corazón y en la sangre...
La soledad era absoluta, no se divisaba ya la menor luz. Y esa soledad, y el mar que se agitaba en las tinieblas, y la infinidad de las confusas sombras decían que la muerte existe y que el mundo tiene su fin.
...Pero desde el puente gritan:
-¡En la proa, alerta!
-¡Alerta está!
Suena la campana. Acude el marinero del cuarto entrante, y Grigori, una pieza de tantas en el servicio, con la misma cara, los mismos movimientos y las mismas palabras que todos los demás, baja a dormir con el fuerte sueño de la gente de mar en su estrecho coy.
Había un cuarto y último compartimiento que, al igual que el primero, se componía sólo de un ser vivo, con una vida propia y específica que no tenía nada que ver con la vida del resto.
Era el gato Vaska, un gato gris con una franja negra a lo largo del lomo, de cola ondulante y cariñosa, de ojos amarillos, fríos y atentos, de patas suaves y aterciopeladas, en las que con voluptuosa lentitud ocultaba o de las que sacaba unas uñas afiladas, curvas y blancuzcas.
No sabía este gato ni cuándo nació ni quiénes eran sus padres; no sabía qué era la tierra firme, no había oído el rumor de las hojas y las ramas, no había hundido sus afiladas uñas en la corteza de los árboles; jamás había visto un edificio, ni subídose a un tejado, ni escuchado la voz suave y melancólica de una gata.
Este gato conocía sólo la lisa superficie metálica de los puentes, siempre de una limpieza irreprochable y estremecida día y noche por un mismo temblor nervioso; sabía también que más allá, hasta donde alcanzaba la vista, no había más que una infinidad de agua en constante movimiento.
Cuando el tiempo era tranquilo, se tumbaba en la roda, por donde salían las cadenas de las anclas, y permanecía horas enteras mirando impasible correr el agua en la que, como si fueran de vidrio, se movían el cielo azul y las blancas nubes, o en la que saltaban los lomos mojados y lisos de los delfines. Y pensaba.
Durante la tormenta dormía días enteros, sin despertarse, hecho un ovillo en cualquier rincón apartado y oscuro. Cuando se realizaban ejercicios de tiro y todo el buque se estremecía con pesadas sacudidas, bajaba a las bodegas, y allí en la oscuridad, inquietos, nerviosos y febriles, lucían dos ojos fosforescentes.
Vaska conocía todo el acorazado como los cinco dedos de la mano. A todos los sitios se asomaba, todo lo olía delicadamente, con cautela, lo recorría todo, pisando sin ruido con sus patas aterciopeladas; visitaba hasta a los fogoneros, donde el calor era espantoso, pero que resultaba agradable cuando arriba silbaba el viento y lanzaba sobre cubierta una lluvia de agua salada.
Era un gato con un enorme sentido de su dignidad. Antes de que hubiese abierto los ojos, sin poderse valer, Grigori Pidtínov lo había traído de tierra oculto en el seno, pero el gato no se sentía obligado en lo más mínimo, y cuando se hizo mayor trataba a Grigori como a otro cualquiera: era reservado, frío y cortés.
"Si me acariciáis, me mimáis y dáis de comer, es porque os agrada a vosotros, porque eso os divierte; pero yo tengo mi vida y no quiero ser juguete de nadie."
Y el extremo de su cola se retorcía como la fina cabeza de una serpiente venenosa que podría morder si quisiera, pero que no quería hacerlo de momento.
A veces se restregaba en una pierna o una mano, pero retirábase al instante y olvidaba a quien le había hecho una caricia.
-Hermanos, nuestro Vaska es un señorito de tomo y lomo.
-Pues sí: por mucho que les de comer, siempre haced ascos.
-No os extrañe; a veces una princesa tiene un hijo y lo manda al hospicio para ocultar su vergüenza. Y cuando el hijo crece, aunque no sabe quién es, la sangre se deja sentir: podrá ir vestido como un campesino, pero sus manos son blancas, y no le llama el arado, sino que sus aficiones tiran a ver cómo puede falsificar un cheque.
La carcajada es general.
Vaska baja a desayunarse con los cocineros y come con la marinería, sin perder jamás la tranquilidad, y es muy remilgado con lo que le ofrecen.
El mundo entero termina para Vaska en los bordes del acorazado; más allá hay agua, un agua que no tiene límites ni fronteras.
Y en este mundo sus únicos seres vivos visten pantalones negros y marineras blancas.
Cierta vez lo pusieron delante de un espejo y él bufó furiosamente, con el pelo erizado: tan espantosa era aquella cara que veía, peluda, de largos colmillos y ojos redondos y rabiosos; clavó las uñas en la mano del marinero que lo sostenía, se evadió de él y, sin cesar en sus bufidos y con la cola tiesa y erizada, escapó corriendo.
Así transcurría su vida.
Muy de tarde en tarde, algunas noches, sobre todo cuando en el cielo brillaba grande y blanca la luna y desde el acorazado, siempre estremecido por su eterno temblor, se extendía una franja dorada hasta el mismo horizonte, Vaska pasaba largo rato contemplando aquella luna que se deslizaba entre las nubes, volvía luego sus ojos amarillos y fríos hacia los marineros y de súbito, abriendo su rosada boca, ensanchando los bigotes y enseñando unos dientes afilados, como blancas agujas, dejaba oír una voz inesperadamente delgada, larga y triste:
-¡Mia-a-au!...
¿Qué echaba de menos?
¿La tierra, que nunca había pisado? ¿Las hojas de los árboles, cuyo rumor no había oído nunca? ¿El amor, que nunca había conocido?
-¿Qué te ocurre, Vaska, estás triste?
-No sé qué querrá: le dan de comer, lo visten, lo calzan...
_Espera, cuando entremos en puerto te llevaremos a tierra para que te diviertas.
El gato se encogía de hombros, apartábase y, retorciendo malicioso su larga cola de serpiente, se alejaba con suave paso.
Los marineros decían:
-Es clavado al comandante.
-Sólo le falta llevar pantalones y hablar para ser un hombre de veras.

* * *

Una ligera franja nebulosa se extendía al borde del mar. Creció y se ensanchó en un sentido y en otro, hasta que al fin vieron claramente la costa.
Se acercaron más; era una costa gris, pedregosa y cortada por barrancos.
En un punto se abrió y en el fondo pudo verse una estrecha banda azul. Y sobre el azul de la bahía se levantaba, toda blanca la ciudad.
Resplandecen las blancas casas, sobresalen los campanarios, brillan las cruces. Las calles, formando rectángulos grises, descienden hasta la orilla, en la que se amontonan barcos de vela, vapores y lanchas. Mil voces se confunden en revuelta algarabía. Los aparejos se destacan sobre el cielo como una tela de araña y los botes hienden el agua azul.
Entran en la bahía, flanqueada a ambos lados por elevadas rocas que coronan los fuertes; por las troneras asoman su negra boca los largos tubos de los cañones y unos hombrecillos diminutos - los centinelas- van y vienen.
Los fuertes quedan atrás y alrededor todo es una ruidos confusión de barcos de vela y vapor, de lanchas y de yolas.
El acorazado avanza lentamente entre ellos, como un monstruo, y se detiene a unas decenas de brazas de la orilla, junto a otro gigante gris, sucio como él. Retumba con estrépito la cadena del ancla al hundirse impaciente en el agua.
En la orilla todo es ruido y animación. Se oye un repicar de campanas. Los coches de punto cruzan veloces.
El gato se encuentra en la misma borda, tiesas las orejas, y mira asombrado los edificios, los caballos, las calles, los árboles, percibe olores desconocidos y oye ruidos nuevos y confusos que le llenan de inquietud.
Lo ha olvidado todo y mira atento, sin apurar los ojos de aquel mundo de maravilla.
Entre bromas y risas descienden por la cuerda de nudos los marineros, el primer grupo que ha recibido permiso para bajar a tierra. Vaska, sin moverse, los ve salir con sus ojos de asombro. Luego se tiende sobre la tripa. se arrastra en su seguimiento y, sujetándose con las uñas en la cuerda que pende sobre el bote, se desliza y salta a la embarcación sin que nadie lo advierta. Los marineros están distraídos con sus conversaciones y tratando de acomodarse. El gato se mete debajo de un asiento y se queda allí alerta, levantando ya una pata mojada, ya la otra.
El da un tirón y se balancea suavemente, rechinan los escálamos, el agua golpea parlanchina en la proa y los remos se hunden acompasadamente en ella, haciendo avanzar la embarcación a saltos; lo único que Vaska puede ver es una gran cantidad de pies, en diversas posiciones, embutidos en recién ilustradas botas.
Se produce un choque. El número de botas va disminuyendo. Se oyen las pisadas que se alejan. Las voces acaban por extinguirse.
Vaska se asoma con precaución, mostrando sus aguzadas orejas.No hay nadie. A una veintena de brazas, el acorazado parece un monstruo. Más lejos hay otro. El gato no lo había visto a distancia, y ahora lo examina atento largo rato.
Luego, siempre en guardia y con las orejas tiesas, mira alrededor, da un salto, se queda quieto, mira de nuevo, otro salto, otro... A su lado pasa con gran estrépito un coche de punto y el gato, recogidas las orejas, corre hacia los edificios; a espaldas del cochero se oye la voz de un barbudo comerciante:
-¡Bestia!.... Un gato ha cruzado el camino, no anuncia nada bueno...
Y Vaska, hundiendo las uñas en la corteza, trepa por un tronco como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa que subir a los árboles; luego, ya en las ramas, a una altura de vértigo, de un ágil salto se traslada al techo de la casa vecina.
Olores de mil deliciosas huellas de gato se le meten por su nariz, que se estremece en la búsqueda. Empieza una vida nueva de intensas sensaciones...
Es noche cerrada. Las estrellas lucen. La ciudad ha enmudecido y sólo el azul resplandor de la electricidad sigue silencioso sobre ella. Entre las tinieblas de la noche de verano se recorta junto a la orilla la inmensa mole del acorazado; no lejos de él hay otro. En ellos todo está quieto.
Del bulevar llegan los sonidos de una orquesta, que desaparecen suavemente y se diluyen en la oscuridad y el silencio; nadie diría si son unas notas alegres, o triste y melancólicas.
A veces, de los fuertes del otro lado de la bahía , llega el rayo de luz, largo y azulenco, de un reflector.
Se va moviendo, y al entrar en su zona se iluminan vivamente por un segundo las aguas plateadas y vivas, las pesadas torres, los costados y los cañones del acorazado, la arena y las piedras de la orilla, los árboles, los blancos muros de las casas, los tejados... Apágase y vuelve la noche, vuelven las estrellas, la silenciosa neblina azul sobre la ciudad y las confusas siluetas de los negros acorazados.
Hace tiempo que han regresado al buque los marineros, satisfechos y contentos, y en la arena no queda más que la huella que produjo al atracar el bote.
La medianoche había pasado, y por detrás de las oscuras casas habían salido nuevas estrellas rutilando perezosamente como unos ojos que se despiertan, cuando hasta la orilla se arrastró una sombra.
La sombra se acercó hasta el sitio donde había atracado el bote, avanzó indecisa por la arena, como buscando algo, olfateó y sobre el agua se alzó un "mia-a-au" que llamaba quejumbroso e impotente y se perdió en el silencio de la noche.
Nadie se hizo eco. Los acorazados no eran sino unas vagas siluetas negras. Vaska estaba desesperado. Iba adelante y atrás sin fijarse en que se mojaba las patas, limitándose a sacudir de ellas la húmeda arena que se le pegaba, y lloraba, y llamaba ya con su hilo de voz lastimera, ya con un gruñido irritado y colérico. Pero todo era noche, todo era silencio.
El relente y la inquietud le hacían temblar. Una oreja la tenía atravesada por un mordisco, el lomo ostentaba un desgarrón y de la cola le colgaban mechones, como de un abrigo de piel viejo. ¡Ay! Pero todo esto no era nada; lo importante era volver a casa y reunirse con aquellos cariñosos hombres que tanto le cuidaban. Y de nuevo llamaba, pedía, lloraba, volvía a irritarse y se paraba a escuchar con las orejas tiesas, y de nuevo iba y venía por la orilla, y de nuevo pedía, llamaba y lloraba con voz plena de desesperación y de lágrimas. Pero todo era noche, silencio y siluetas negras e inmóviles.
Entonces, todo tembloroso, se decidió. Metió una pata en el agua y permaneció un rato estremecido, mirando la oscura mole del acorazado. Un paso más. El agua salada le produjo una dolorosa sensación en las heridas. Quiso volverse atrás, pero no pudo, resbaló y empezó a nadar.
Sintióse dominado por un desesperado sentimiento de horror que no podía compararse con nada. Ante los mismos ojos tenía una pequeña onda que se iba haciendo atrás; más lejos brillaba el agua, pesada y fría, y se divisaba una negra silueta.
Vaska movía las patas desesperadamente y la cabeza le daba vueltas del cansancio que empezaba a apoderarse de él . La negra mole seguía levantándose muy lejos sobre el agua. Vaska gritaba con voz desgarrada,sacando en ocasiones el cuerpo como si se dispusiera a saltar y hundiéndose otras veces hasta las orejas. No respondía nadie.
Las salpicaduras que levantaba con las patas delanteras le cegaban. Dejó de ver la mole de la negra silueta, dejó de ver el agua y, perdida la orientación, sin distinguir nada, chapoteaba, casi perdidas las últimas energías; el agua, que se le metía por la boca, no le dejaba gritar.
Sus patas tropezaron con una pared mojada. Sus uñas resbalaban sin poder agarrarse; sacudiendo la cabeza pudo sacar medio cuerpo fuera del agua y gritó con voz desgarrada, que más que voz era un alarido. Los ojos se le oscurecieron. La pared lisa y mojada seguía escapándose a sus uñas.
Allá arriba se oyó una voz humana:
-Diríase que es un gato.
-Estoy aquí...¡Me ahogo! - gritó más desesperadamente aún Vaska.
-Pues sí que es un gato.
-Yo hace rato que lo oigo.
-A ver, a ver...
Por la pared, desde arriba, se deslizó un rayo de luz y se detuvo en los anegados ojos de Vaska.
-Sí, es un gato. ¡Trae un cabo en seguida!...
Algo golpeó al gato en la cabeza y le hizo sumergirse y tragar agua salada. Con un desesperado esfuerzo, contuvo la respiración y logró salir a la superficie. La luz de arriba le cegó de nuevo. A su alcance pendía el extremo de un cable no muy grueso.
Vaska logró aferrarse a él con una uña y se incorporó, incapaz ya de emitir sonido alguno. Comenzaron a levantarlo. La uña se soltó de la cuerda y Vaska cayó como una piedra al agua, que se cerró sobre su cabeza. Pudo subir a flote y, con los ojos llenos de lágrimas de desesperación, clavó furiosamente las uñas en el cable.
De nuevo comenzaron a levantarlo. El rayo de luz le cegaba. El agua que se escurría de él chapoteaba al caer.
Llega por fin arriba. Sobre él cae la viva luz de la linterna. Lo pasan dentro. El cae sobre las patas y mira alrededor. Todo es familiar: la cubierta,las gruesas cadenas de las anclas, los hombres de pantalón negro y marineras blancas. Las voces sí que parecen distintas, y el olor que de ellos se desprende es también desconocido.
Vaska, todo empapado, se sacude el agua, se sienta sobre las patas traseras y comienza a lamerse, siempre amante de la limpieza, las heridas y toda la piel. Luego se levanta mira perplejo a los que le rodean, maya lastimeramente y vuelve a lamerse.
-¡Qué cosa más rara!
Junto a él había unos cuantos marineros.
-Ha venido nadando.
-Es la primera ve que oigo que los gatos nadan.
-Eso es buena señal, hermanos.
-Pronto bajarás a tierra y podrás emborracharte a tu gusto.
-O te pondrán de cuarto fuera de turno.
Sobre la ciudad se apaga el nebuloso resplandor y sobre el mar comienza a clarear el cielo.

* * *

-Muchachos, ¿dónde ese habrá metido Vaska? - dijo Grigori.
- ¿Por qué lo preguntas?
-Hace tres días que no lo veo.
-Estará durmiendo en algún rincón. ¿Qué puede ocurrirle?
Pero al cabo de tres día el gato seguía sin aparecer. En vano lo buscaron por todos los sitios. Grigori miró en los puentes, se asomó a los rincones más escondidos, bajó a la sala de máquinas y a las calderas, revisó el almacén lleno de montones de estopa de los cables viejos, donde le gustaba dormir a Vaska: nada. La inquietud se apoderó entonces de todo el acorazado.
Al domingo siguiente, los marineros que habían bajado con permiso trajeron la noticia: Vaska había aparecido, estaba en el acorazado vecino. Por la noche había llegado nadando.
Cuando esto se supo, entre los marineros cundió el revuelo.
Aprovechando un rato libre, un nutrido grupo se reunió en la proa.
Grigori tomó entonces las banderas de señales y llamó al otro acorazado.
-Hermanos, dadnos el gato; es nuestro.
De allí respondieron:
-Vino aquí y es nuestro.
Grigori insistió:
-Lo hemos criado, se había acostumbrado a nosotros, el gato es de nuestro buque.
Y de allí:
-Mirad por los prismáticos.
Grigori miró: en el otro acorazado una veintena de manos callosas y manchadas de brea mostraron una enérgica higa. Las banderas decían:
-¡Tomad vuestro gato!
Luego levantaron al animal, que se resistía, y lo mostraron por un momento a los vecinos.
Los marineros, irritados, enseñaron los puños y el código de señales transmitió los más rotundos juramentos.
-¡Ah, malditos!
-Hermanos, hay que recuperar a Vaska.
-Es un robo.Es un animal del barco... No tienen derecho...
-¡Nos veremos las caras!... ¡No os lo vamos perdonar!....
En la cubierta apareció un oficial y se dispersaron.
Todo el tiempo se reunían en grupos. Grigori, pálido y con las aletas d ela nariz temblorosas, se acercaba y decía:
-Hay que hacer algo... Pronto nos haremos a la mar y Vaska se va a quedar con ellos... Eso no puede ser...
Todo se le revolvía en su interior cuando pensaba que se iban a hacer a la mar sin Vaska. Este gato gris que a veces accedía a que le hicieran una caricia era como un tenue hilo que le unía al Dniéper, a la jata de la tía Gorpina, y al polvo que se levantaba perezoso al paso del rebaño, y a toda la villa, a toda la tierra natal que tan lejos y tan triste le esperaba. Y si no estaba el gato, no tendría ni al Dniéper, ni los juncos, ni el bosque del otro lado del río; apagaríanse los ojos de las muchachas que le esperaban en la aldea.
-Hermanos, esto no puede quedar así...¡Hay que recuperar a Vaska!
-Que nos devuelvan el gato...
-Les ajustaremos las cuentas...
Y el acorazado parecía como el campo cuando a la caída de la tarde se e cubierto de negros nubarrones. Era como si de la enorme máquina tan bien ajustada en todas sus partes, cuando funcionaba a plena marcha y todo se movía y giraba suavemente, hubiesen quitado una minúscula ruedecilla y se percibiesen los chirridos y crujidos de las bielas y los cojinetes.
De la noche a la mañana, la vida del gato entre la marinería, sus costumbres y mañas adquirieron una importancia singular, que antes no apreciaban debidamente. Era como si en el acorazado se sintiese un vacío.
A cada momento, cuando no había oficiales a la vista, transmitían con las banderas de señales las amenazas y los juramentos más selectos al otro acorazado. Los otros no se quedaban cortos en la respuesta.
-Esto no se puede consentir,hermanos... - decía Grigori.
En estos días había enflaquecido.
Llegó el domingo; una veintena de hombres bajó con permiso al puerto. Lo mismo ocurrió en el otro acorazado. Durante cierto tiempo se oyó cómo resonaban los pasos de unos y otros.
En esto Grigori se detuvo; sus labios temblaban:
-¡Hermanos, ésos son los ladrones!
Todos se detuvieron, como obedeciendo a una voz de mando.
-¿Es que vamos a dejar así las cosas?
Y sin aguardar respuesta volvióse y se acercó al otro grupo, que seguía su marcha. Sus compañeros le siguieron, formando una masa compacta. Ambos grupos quedaron frente a frente, bronceados, fuertes, decididos a cualquier cosa.
-Lo que habéis hecho es una ofensa que no tiene nombre.
-Claro que nos habéis ofendido... - confirmaron todos.
-No está bien...
-Habéis de comprender que el animal tiene su casa...
-El gato es del barco...
-Se echó al agua para volver a su casa...
-Se equivocó...En el agua y por la noche hasta una persona puede confundirse...
-Vino a nuestro barco, así que es nuestro...
-Si no lo hubiésemos sacado, se habría ahogado.
-¿Cómo sabéis que es vuestro? ¿Tiene alguna marca especial?
-Largo de aquí...
Entonces Grigori se volvió todo rojo hacia los suyos y gritó como si le hubiesen hundido un cuchillo:
-¡Hermanos, no me dejéis solo!... ¡Por la fe y por la patria!...
Y descargó el puño sobre la cara del enemigo más próximo, que se cubrió instantáneamente de sangre.
Por la orilla, hasta el otro lado de la bahía se extendió un rugido:
-A-a-ah!
Grigori desapareció al momento entre una nube de puños.
Los dos grupos se confundieron como oleadas que chocan. Caras ensangrentadas, puños, jadeos y gemidos. Las pesadas botas pisoteaban los caldos. Aquello no era más que un montón de cuerpos que se removían pesadamente, como un revoltijo de lombrices, del que salía un "a-a-a-ah"del que no era posible distinguir nada.
Los enemigos se agarraban caían al agua, salían de ella jadeando, rotos, con los ojos llenos de cardenales, y se miraban como gallos de pelea.
-Qué... ¿quieres más?
-¡Venga el gato!...
Hicieron falta varias horas de ingentes esfuerzos para poner fin a la pelea. Sobre la pisoteada arena, cubierta de hoyos, no se veía sino gorras de marinero, mangas arrancadas, perneras, pantalones rotos y abundantes manchas de sangre.
Veinte hombre fueron llevados al hospital; de dos de ellos se decía que no sobrevivirían. Los demás mostraban unas caras tumefactas y cubiertas de cardenales. Una negra nube se cernió sobre los acorazados. Corríanse voces de que los marineros iban a ser entregados a un consejo de guerra.
El primer oficial reprendió durante largo rato a los marineros, formados en cubierta. Estos le escucharon firmes, tiesos como velas, sin pestañear. Pero cuando sonó la voz de "rompan filas" y el primer oficial siguió su filípica ya en torno paternal y los marineros se apiñaron junto a él, sus caras bronceadas, cubiertas de chirlos, se mostraban tercas; todos seguían en sus trece...
-¿Qué mosca os ha picado? Os habéis vuelto locos...
- No, mi teniente; nosotros queremos justicia.
-El diablo sabe qué es esto... y todo por un gato... Vaya un tesoro...
-Permítame que le explique, mi teniente; el gato lo comprende todo, y venía a su barco. Ellos lo cogieron sin razón ni motivo. Pero nosotros nos saldremos con la nuestra, aunque nos fusilen a todos.
El oficial escupió y se alejó del grupo.
Aquella misma tarde el oficial primero informaba de todo lo sucedido al comandante, que acababa de regresar después de unos días de ausencia. El comandante le escuchó en silencio, mientras con las manos en la espalda y la vista baja se paseaba por el camarote. Luego se detuvo irritado:
-¡Esto es algo inaudito!... Es un escándalo... Y lo comprendería si hubiese un motivo razonable, pero por un gato... Vamos a ser la irrisión de todos. En el extranjero se van a burlar de nosotros, vamos a salir en todos los periódicos satíricos.
-He de poner en su conocimiento que los marineros siguen obstinados en su idea. Querría equivocarme, pero podrían producirse choques de muy graves consecuencias.
El comandante se detuvo en seco:
-Pero comprenda usted. Yo no puedo enviar al consejo de guerra a novecientos hombres por un gato. Eso sería... Yo comprendo que puede producirse cualquier reyerta, pero por un gato es algo que no se explica.
Siguió su nervioso ir y venir y de nuevo se detuvo ante el primer oficial.
-Por lo demás, ¿qué derecho tienen a apoderarse de ese gato? Hay que considerar la psicología del marinero. No son de madera, no son soldaditos de plomo. ¡Un gato! ¿Qué es un gato? Y al mismo tiempo, comprendo el cariño de esos hombres. Para ellos el gato es su casa, el hogar familiar, el lejano pueblo natal. Mire, Alexandr Ivánovich, haga el favor: disponga que manden un oficio al comandante del otro acorazado. Que devuelvan inmediatamente el gato a sus dueños. Yo no puedo procesar a la gente por un gato.
En las oficinas, donde el primer oficial dio cuenta de la orden del comandante, se pasaron largo rato discutiendo acerca de la redacción de tan inusitado oficio. El escribiente, armado de larga pluma con el manguillo mordisqueado, empezó varias veces, tachó y volvió a empezar.
"Considerando que la tripulación del acorazado "Morie" se ha apoderado de un objeto perteneciente al acorazado "Krai", objeto consistente en un gato...".
-Stepán Arjípich, ¿qué objeto es un gato? - preguntó al jefe de oficinas limpiándose con un pañuelo de fular el sudor de la calva.-. ¿Acaso el gato es unobjeto? Obligan a escribir verdaderos absurdos...
-Tú escribe, escribe - replicó severamente el jefe de oficinas.
"Considerando que se ha apropiado de un objeto de este acorazado, objeto consistente en un animal doméstico o gato común, dicho gato habrá de ser entregado bajo recibo al acorazado "Krai", al cual pertenece".
Como todos los papeles, el "oficio" pasó primero por el Estado Mayor, y de allí fue enviado al acorazado "Morie".
El comandante del "Morie" se consideró ofendido.
-Es estúpido escribir esto en un documento oficial. ¡Un gato! ¿En qué relación de existencias figuran los gatos? Esto es para un periódico satírico, y no para que figure en un documento oficial. Han olvidado la disciplina, dejan que la tripulación haga lo que quiere, y después de una agresión en toda regla tratan de escapar con bien de esta sucia historia. Que contesten con otro oficio, no quiero saber nada de ningún gato; es absurdo recibir documentos como éste.
El "oficio", como todos los documentos oficiales, pasó por el Estado Mayor.
El comandante del "Krai" sintió que la cara se le inyectaba de sangre.
-¡Fíjese por dónde salen! No, yo no permitiré que se pitorreen de mí... Si escribo es porque se trata de un asunto serio. Quiere que mande al consejo de guerra a mi tripulación. No, yo tengo corazón, y los marineros son hombres con su propia vida, con sus tristezas y sus alegrías. Hay actos que luego de realizarlos no tienen remedio, y se trata de novecientas almas. Alexandr Ivánovich, diga que manden al Estado Mayor un informe explicándolo todo debidamente; yo me acercaré también y hablaré allí. No tolero que nadie se burle de mí.
El escribiente se limpiaba la sudorosa calva con su pañuelo de fular y escribía con su pluma mordisqueada:
"...dicho animal doméstico o gato, aunque no figura en los registros, pertenece a la tripulación...".
-Dios mío, ¿pero que me obligan a escribir? Otra vez ese maldito gato. Si se tratase siquiera de un cordero o de un pollo para el comedor de oficiales... Siempre sirven para algo. Pero un gato, ¿qué sentido tiene todo esto?
-Tú escribe, escribe - replicó severamente el jefe de oficinas.
En el Estado Mayor, donde el comandante dio sus explicaciones, las opiniones se dividieron: unos eran partidarios de la devolución del gato, otros querían que las cosas quedasen como estaban. Triunfaron los primeros y al acorazado "Morie" llegó un oficio ordenando la devolución inmediata del gato a la tripulación del "Krai".
En el "Krai" todos andaban alegres y risueños como unas pascuas. Los cardenales y chichones eran bien visibles aún, mas parecían haber desaparecido entre los rayos del general alborozo.
Después de la comida se acercó una chalupa y de ella hicieron subir al acorazado un saco en el que algo protestaba y se removía. El marinero que se hizo cargo del saco firmó el recibí en el libro de entregas.
Los marineros se agruparon alegremente en círculo. En primer término se hallaba Grigori, con los dos ojos adornados por enormes cardenales; al hablar dejaba ver el negro hueco de un diente que había perdido en la pelea.
Sacudieron el saco y, con el lomo encorvado saltó el gato como una bailarina. Todos lanzaron una exclamación: le faltaba el rabo.
-¡Ah, canallas! Se lo han cortado...
-¡Malditos!
-No tienen alma, han estropeado al animal.
-¿Y el rabo? ¿Por qué no han traído el rabo?
-¿Para qué lo quieres? ¿Se lo vas a pegar?
-Podría ser. Si te rompes la nariz, te la cosen. Lo mismo podrían hacer con el rabo.
-Pues sí, podríamos matar un pavo joven, quitarle la piel y, antes de que se enfríe, sujetar con ella el rabo del gato. Dentro de una semana estaría como nuevo. En mi pueblo un chico cortó a otro un dedo partiendo leñan. Se lo pegaron y el dedo prendió bien; más tarde se dieron cuenta de que se lo habían puesto al revés.
Todos rieron alegremente.
-Hermanos -dijo Grigori - , ¿para qué hablar del rabo? Aquí me tenéis a mí, por ejemplo, sin un diente. ¿Es que no soy yo? Si Vaska ha sufrido es por una causa justa.
-¡Bien dicho!
-¡Tienes razón!
-Y si a los gatos se les diesen condecoraciones, él se merecería una.
El gato parecía comprender que hablaban de él; encorvó graciosamente el lomo y acudió a buscar las caricias de uno y de otro, con un aire y unos movimientos que arrancaron un coro de risas.
-Así, sin rabo, parece más cariñoso, hermanos.
El acorazado se hizo a la mar.
Gran cantidad de gente acudió al puerto a verle partir.
El sombrío monstruo se alejaba coronado por sus negras torres y piezas artilleras. En las entrañas guardaba una enorme fuerza destructiva, capaz de convertir en media hora la alegre ciudad en un montón de ruinas. Y en los oscuros puentes, en los innumerables compartimientos, entre las máquinas y los cañones, entre el hierro y el acero que lo abrazaban todo, fluía su vida propia y específica, con su disciplina de hierro, con su orden y su precisión a la que todos estaban sujetos.

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