miércoles, 16 de noviembre de 2011

ELMAR GRIN (PIETRI)



Su verdadero nombre es Alexandr Vasilievich. Nació en 1909. En sus primeros relatos ("Familia recuperada"; 1937; "Eino", 1937; "Abetos oscuros", 1937) muestra cierta tendencia al naturalismo. Por "Viento del Sur" (1946), su mejor novela, de amiente finlandés, Elmar Grin recició el premio Stalin. Ha adaptado "Viento del Sur" al teatro, y la obra se ha representado con gran éxito.
El relato que se incluye a continuación, "Pietri", fue publicado en 1937.

PIETRI

El espacioso patio llevaba ya bastante tiempo cubierto de un líquido barrillo producido por el chaparrón primaveral., Sobre el barro seguía lloviendo, haciéndolo más líquido y más profundo. No le importaba a la lluvia nada que en medio de ese barro un hombre de baja estatura golpease a otro hombre, de baja estatura también.
Tampoco le importaba nada al viento, que ayudaba a la lluvia a remojarlo todo con un polvillo de agua. El viento se había vuelto loco definitivamente aquella tarde. Metíase entre las construcciones y revolvía en el patio todo cuanto alcanzaban sus manos de borracho. Agarraba de los techos puñados de paja y mojadas tablas, que lanzaba a lo alto, y azotaba y dispersaba la lluvia hacia un lado y otro.
Pero los dos hombres del centro del patio no se fijaban en él. estaban demasiado ocupados. Uno descargaba puñetazos sobre la mojada cara del otro, que sostenía una brazada de leña. Y éste aullaba de dolor, inclinando la cabeza sobre la leña y manchándola con la sangre que le caía de la nariz.
Parecía como si no quisiera soltar la leña. Pero cuando recibió una patada en el vientre, la dejó caer en el líquido barro y se inclinó dolorido.
Era un golpe terrible, que hizo escapar un ronquido de amenaza de la garganta del hombre que lo había recibido. Y este hombre se hizo adelante con paso tan enérgico, que el otro se detuvo indeciso y dio un salto atrás; pero luego se apoderó de un leño y gritó: "¡Que te mato!"
Lo gritó con voz desgarrada. Y era tan terrible su furia, que no podían apagar los fríos chorros de la lluvia, y enarboló el leño con tal decisión, que el hombre que había dejado caer los troncos se asustó y salió corriendo.
Cruzó todo el patio, resbalando en el barrillo con sus piernas zambas, perseguido por el hombre del leño.
Casi al mismo tiempo llegaron a una pequeña dependencia que se levantaba en el fondo del patio.
Dentro de esa dependencia las sombras de la tarde eran ya tan espesas, que ni el fuego que ardía debajo del gran caldero del horno de barro era bastante a dispersarlas.
Mas la cerda, desde la cochiquera donde estaba con sus crías, a través de una rendija de la pared vio como, a los resplandores rosáceos del fuego, un hombre de baja estatura levantaba un trozo de madera y lo dejaba caer con gran frecuencia sobre la cabeza de otro hombre de baja estatura. Éste se retorcía y ocultaba la cabeza entre unos sacos vacíos de patatas. La cerda gruñó, como preguntando qué era eso, y empujó con el hocico la puerta por la que solían darle la comida.
Entonces uno de los hombres salió dela pequeña y ahumada dependencia, agitando los puños y dejando escapar de su garganta penetrantes gruñidos de amenaza.
El otro quedó tendido un rato en el suelo, apretándose la cabeza con las manos; luego se levantó tambaleándose, se acercó al fuego, arrimó con el pie un tizón que se consumía debajo del caldero y, lentamente, salió también al patio.
Pocos minutos después estaba de vuelta y arrojaba una brazada de sucios y mojados leños al suelo de tierra, junto ala puerta. Escogiendo unos cuantos tarugos, los colocó debajo del caldero y se sentó ante el fuego, en los sacos vacíos de patatas.
La llama tenía sus turbios ojos de un color rosáceo. El hombre lloraba, dejando correr lágrimas transparentes y brillantes. Su garganta emitía sonidos de protesta contra la atroz injuria. Gruñidos así se pueden escuchar a un perro hambriento y calado por la lluvia ante una puerta cerrada. Al otro lado de la pared gruñó de nuevo la cerda, que esperaba su cena. Por los ruidos y por el olor que llegaba de la cocina, deducía que era la hora de oír el rechinar de la puerta al abrirse y el chapoteo del condumio al caer en la bacía. Pero no llegaban ni el chirrido ni el chapoteo. Gruñó otra vez, perpleja. Sabía que era la hora de recibir la reserva de jugos que chupaban de ella los cerditos. Pero en vano. El hombre sentado junto al fuego seguía sordo a sus requerimientos. Hubo de meterse de nuevo entre la paja, cosa que hizo con precauciones, para no aplastar las rosadas pelotas que acudían chillando a sus mamas. Por si acaso, tuvo la precaución de dejar una oreja fuera, a fin de no perderse el agradable chirrido de la puerta.
El hombre desgranaba en voz alta el rosario de sus desventuras, mientras que con un pie removía los tizones. Con la manga empapada se limpió la sangre de la mojada cara y, con la vista puesta en el fuego, trató de comprender algo muy importante.
El fuego, empero, se limitaba a lanzar sus resplandores a las negras paredes y a reflejarse en sus turbios ojos, sin que le trajera explicación alguna. La lluvia tamborileaba sobre las tablas del techo y el viento aullaba en el exterior.
El caldero empezó a hervir. Por la abertura que dejaba la tapa de madera escaparon chorros de vapor. La cocina se llenó de un olor a patatas y coles cocidas.
El miraba el fuego y trataba de comprender algo muy importante.
Todo parecía, sin embargo, en vano.
Nadie diría de Pietri Oinas que era un mal muchacho. No se podía decir esto de él. Todos sabían que era pacífico y de buenos sentimientos.
Mas a veces su comportamiento era algo extraño. En plena conversación enmudecía repentinamente y su mirada turbia se quedaba perdida, mientras que sus albinas pestañas se movían en constante parpadeo. A la vez, levantaba algo las manos hacia delante y movía los dedos, como si éstos quisiesen apoderarse de algo, aplastarlo y hacerlo pedazos. Luego caía de bruces, sin doblar las rodillas,y comenzaba a dar patadas y cabezadas contra lo que tenía más cerca. Sus labios se cubrían de espuma y dejaban escapar un estertor semejante al hipo. El cuerpo se revolvía con la misma facilidad que si dos manos robustas e invisibles lo empujaran de un sitio a otro, golpeándolo contra el suelo de costado, en la cara o en las piernas.
Esos brazos se doblaban a veces en forma de arco; luego de nuevo se abatían sobre el suelo.
La gente se apartaba de Pietri en esos momentos, porque sus dedos no cesaban de moverse como si tratartan de apoderarse de algo. Eran unos dedos gruesos y nudosos, capaces de apretar como los de ningún otro.
Ni el propio Ujt, el viejo, podía abrir esos dedos. Hubiera podido romper a Pietri el espinazo de un golpe de su puño, pero no podía abrir esos dedos. La gente se apartaba de Pietri en esos momentos y lo miraba con temor y lástima, Finalmente él se apaciguaba, poníase en pie, con las piernas temblorosas, y empezaba a andar todo derecho sin mirar el camino.
Si no lo detenían en esos momentos, adentrábase en el bosque o en los pantanos y tardaba largo tiempo en encontrar el camino de vuelta.
Había que detenerlo en esos momentos. Después del acceso quedaba débil como un niño y no era peligroso.
Y jamás le daban dos ataques seguidos.
La gente tenía lástima de él y se hacía cruces de que nadie lo cuidase. ¿Por qué no trataban de curarlo? ¿Se iba a perder así el mozo? ¿No trabajaba como un mulo? ¿Por qué se ganaba palizas en vez de agradecimiento? Nadie podía comprenderlo.
Pietri trataba también de comprenderlo, con la vista puesta en el fuego.Las llamas subían, iluminando su rostro manchado de sangre y de lágrimas, pero no le daban respuesta.
Pietri no sabía como se llamaba. El viejo Oinas decía que nunca tuvo apellido. Agregaba el viejo Oinas que el nombre lo había recibido por un error. Un aborto como aquél no era merecedor de llevar un nombre d e persona.
Pero cuando un inspector que recorría las alquerías preguntó al viejo Oinas acerca de Pietri, Oinas respondió que Pietri era un hijo adoptivo y que su apellido era también Oinas. Había que comprender y decidir. Mas Pietri no podía comprender ni decidir nada. Era muy poco lo que sabía de su infancia.
No sabía que la esposa de Oinas -ella demasiado alta y él demasiado pequeño- había estado mucho tiempo sin tener hijos. Esto les afligía, y del hospicio de Narva sacaron un niño de un año, que se llamaba Pietri .
La vida Oinas no había sido fácil. Lo mismo que Ujt, había llegado de Estonia a Rusia, y como él compró a los habitantes del Oeste ruso, a bajo precio, tierras de bosque y pantano.
Pero el vigoroso Ujt, él solo, sin ayuda alguna, cargó con los troncos y se construyó su isba; y Oinas no podía hacer eso. Ujt era un gigantón con mucha carne dura sobre la ancha osamenta. El sólo era capaz de colocar un tronco vertical y luego subirlo hasta lo más alto de la pared de la casa. Juhan Oinas no podía hacer esas cosas.
Cierto que su carne era dura como la madera y que podía trabajar días enteros sin descanso, pero esa carne, unida al reducido esqueleto, no pesaba más allá de cuatro puds. Por eso Juhan Oinas no podía arrastrar los enormes troncos.
Le ayudaron a hacerlo carpinteros rusos. Durante dos años resonaron en su tierra los golpes del hacha y se oyó el chirrido de la sierra.
Poco a poco creció la casa; después aparecieron las caballerizas, los establos, el cobertizo y otras dependencias. A su alrededor se levantaban los altos abetos y se arrastraba la niebla qeu salía de los pantanos.
Se aisló del resto del mundo con vallas y empalizadas, y nadie se oponía a que se derrengase en el trabajo. Su mujer se derrengaba con él. Los bosques y los pantanos eran pobres en sustancias nutritivas y era necesario poner en ellos mucho sudor y muchas maldiciones para recibir a cambio trigo, leche y tocino.
La mujer lavaba cada semana las camisas, duras como la corteza de abeto por el sudor y el barro.
Ambos miraban al pequeño Pietri con esperanza y lo llamaban hijito querido. Pero pequeño Pietri no empezó a hablar hasta los cuatro años, y lo que decía era tan absurdo que Oinas, irritado, le dio un trompazo en la cabeza.
Esto no enmendó la situación. Pietri siguió hablando con su media lengua, o pasaba días sin decir palabra. Viendo burladas sus esperanzas, Oinas perdía la paciencia. Su puño caía cada vez con más frecuencia sobre la cabeza del hijo adoptivo. Mas el pequeño Pietri seguía tan imbécil como antes.
Sólo a los diez años empezó a comprender que la casa es casa, que la vaca es va y que el pan es pan.
Entonces Oinas comenzó a imbuirle la de idea de que el trabajo es trabajo. Empezó a llevarlo consigo al campo, al bosque y al pantano.
Y en la colada de la mujer de Oinas apareció otra camisa tiesa por el sudor.
Oinas recobró en parte sus esperanzas. En las palabras de Pietri aparecían algunos destellos de razón y en el trabajo demostraba una fuerza descomunal.
Pero cierto día cayó al suelo y empezó a sacudir convulsivamente las piernas y a echar espuma por la boca.
Y Oinas perdió definitivamente las esperanzas.
Ahora le golpeaba sin compasión ni motivo a cualquier hora del día y de la noche, lo mismo en los días de labor que en los de fiesta. Así es como vengaba sus esperanzas perdidas.
Cuando menos lo esperaban, la siempre triste esposa de Oinas dió a a luz un hijo de veras; entonces Pietri dejó de ser persona, dejó de ser miembro de la familia, dejó de vivir en el mundo. Limitábase a trabajar, a comer y a caer al suelo allí donde le arrojaban dos manos grandes e invisibles. Se retorcía en el campo, tragando la tierra arcillosa del frío surco; se retorcía entre las flores de vivo colorido y la hierba de los prados; se retorcía en el pantano, hundiendo su calurosa cabeza en el musgo fresco y húmedo. Oinas, feliz,no se enfadaba ya con él, y si le pegaba era por la fuerza de la costumbres, sin rabia ni ganas.
Pero cierta vez, en que Pietri se revolvió, Oinas irguió su cuerpo como nunca, miró como nunca lo había hecho a Pietri y le golpeó con furia, hasta que lo vio sin sentido.
En los turbios ojos de Pietri, Oinas había visto la muerte para él, y, temblando de miedo, trató de alejar esa muerte. Sabía la fuerza que se encerraba en las manos de Pietri. Temía incluso imaginarse qué podría ocurrir si esas manos terribles se escapaban a la obediencia y se acercaban a su cuello... ¡No! Había que golpearle y golpearle, para que no pensase siquiera que podía agredir impunemente a Oinas. ¿Dónde habría nacido esa fiera? ¡Si se lo llevasen soldado! Pero nadie lo quería como soldado. Hasta en la guerra civil lo despreciaron, lo mismo los blancos que los rojos. Y así transcurría su vida: trabajaba como un mulo e infundía un oculto temor a Oinas.
...Pietri no sabía nada de estoy en vano miraba interrogativamente al fuego. ¿Acaso el fuego podía darle respuesta alguna? Lo único que podía era lanzar suaves destellos sobre las negras paredes y reflejarse en sus lágrimas. Podía también, ciertamente, ayudarle a recordar. Pietri recordaba por ejemplo, cómo el último otoño, después de uno de sus ataques, se había visto en una era al pronto desconocida. No recordaba, naturalmente, cómo había ido a parar allí. La era pertenecía a Otti Karjamaa. en el cobertizo habías un muchacho sentado ante una hoguera, que atizaba los leños con los ojos llorosos por el humo. Al ver a Pietri salió del cobertizo y le miró inquisitivo y receloso. Pietri sonrió confuso.
-Yo... yo... no sé cómo hoy... -dijo en ruso- Estaba llevando unos haces y... me sentí enfermo... caí al suelo allá abajo y he venido aquí... no sé el caballo...
-Ah -dijo el muchacho, tranquilizándose-. No importa. No se irá el caballo. Tú siéntate, descansa. Te tiemblan las piernas.
Pietri se sentó en el trillo, parpadeando confuso. El muchacho no dijo nada más.
Ese muchacho parecía un ser extraño. Nadie sabía cómo había ido a parar a casa de los hermanos Karjamaa. Siempre callaba. Su lenguaje no era el de los otros rusos que vivían en las aldeas. Acaso por eso hablaba tan poco. Quien sabe. Pero aquel día se le soltó la lengua.
-¿Qué es eso, sangre? - preguntó, señalando una desolladura en la oreja izquierda de Pietri.
-Sí - respondió Pietri , llevándose la mano a la herida -. Y aquí también... y aquí... Es mi padre - agregó.
-Ya... sé ve que vives mal.
Guardaron un rato silencio.
-Vives peor que un bracero - siguió el muchacho-. El bracero puede dejarlo todo y marcharse.
-Sí... - asintió Pietri .
-Deberías de firmar un contrato y trabajar como peón...
-Entonces... me echaría definitivamente.
-Sí. Mal veo tus asuntos.
Callaron de nuevo.
-Así que... quiere decir... que... estoy perdido... no tengo a nadie. Ni amigos ni nadie... - y en la voz de Pietri se advertían las lágrimas
-Tú no necesitas a nadie. Sólo tú te puedes ayudar. Nadie más. Eres tres veces más fuerte qu él. No te dejes pegar, y se acabó.
El muchacho calló y salió a la era.
Pietri recordaba bien sus palabras. Hasta trató de seguir el consejo. ¿Y qué había sucedido? Se tentó con precauciones la la ensangrentada cabeza. era mejor no seguir su consejo; de otro modo aquel viejo rabioso acabaría por matarlo.
Pietri se limpió las lágrimas y la sangre de la cara y se puso en pie. Levantó la tapa de madera que cubría el caldero y comenzó a remover con un palo las patatas y las coles.
La baja puerta se abrió con un chirrido y Salmi Ujt, toda empapada, entró en la cocina. Dijo:
-No has visto por aquí nuestra ternera? Llevo una hora buscándola y no la puedo encontrar.
-No... no la he visto - contestó Pietri
-¡Es una desgracia! - prosiguió Salmi-. No sé ni dónde buscarla. Estoy helada.
Se aproximó a la estufa y acercó al fuego sus pies grandes y descalzos.
-Tengo las piernas que no las siento - dijo sonriendo, y se levantó la saya hasta las rodillas.
El caldero borboteaba; Pietri en silencio, hundía en él el palo y miraba de reojo las piernas desnudas, rosadas por el fuego.
Salmi tenía veinticinco años y el veintidós. Ella se sentó en cuclillas, atizó la lumbre y preguntó:
-¿Te vas a casar pronto, Pietri?
El parpadeó, confuso, y contestó tartamudeando:
-¿Quién, yo? Y... y ¿quién querría casarse conmigo?
-Todavía pregunta quién querría casarse -le excitó ella -. La que tú elijas.
El sonrió de nuevo, confuso, y, sin saber qué decir, hundió con más rabia el palo en la masa hirviente.
Ella tenía veinticinco años y él veintidós. Ella era una moza sana y robusta, de exuberantes pechos, que apenas si le cabían en la chambra.
Y él era bajo, ancho y fuerte, como el caldero en que se cocía la comida de la cerda.
Ella dijo, después de un corto silencio.
-Echa leña, que se va a apagar el fuego.
El acercó unos tarugos -sin quererlo, tropezó con sus desnudas rodillas. O acaso la rodilla le había empujado a él. Sería difícil decirlo. El caso es que Salmi lanzó un ¡ay!, se pasó la mano por la rodilla y dijo:
-¡Diablos, me has hecho daño! - y le propinó una palmada en la espalda.
El sonrió, confuso, y se apoderó de una de las piernas desnudas. La mano y la pierna ardían a causa de la proximidad del fuego.
Ella tenía veinticinco años. Hacía tiempo que hubiera debido casarse, pero no se había terciado la ocasión: trabajaba mucho y no había tiempo de pensar en matrimonios. Y el vecino más próximo era aquel tan alborotador y tan diminuto.
El contacto de la mano la hizo estremecerse ligeramente; entre risas atrajo hacia sí a Pietri, tirando de su revuelta cabellera albina.
El tenía veintidós años. Jamás había pensado en casarse. Además, ¿quién le iba a querer? Y el vecino más próximo era el viejo y silencioso Ujt.
Pietri sonrió aún más turbado y se apoderó de la segunda pierna, gruesa y ardiente. Y las cosas resultaron de tal manera que la tiró (o acaso ella misma se dejara caer) sobre los sacos vacíos)
Las patatas y las coles borboteaban y se cubrían de espuma en el caldero, formando una masa espesa.
Cuando Salmi Ujt se marchaba dijo que unos días más tarde pensaba trasladar su cama al pequeño cobertizo del huerto y allí dormiría todo el verano; allí no hacía calor...
Se marchó, y Pietri salió detrás de ella a la oscuridad de la noche primaveral.
¡El tiempo era espléndido!
La tierra estaba ya desde mucho antes cubierta de barro, pero la fresca y alegre lluvia seguía cayendo sobre ese barro, haciéndolo más líquido y profundo. Y el viento, aquel viento loco, le ayudaba a dispersar por todos los sitios sus gruesas gotas. Parecía como si una alegría desconocida le hubiese hecho perder la razón, y ya llenaba el pecho de un aire fresco y denso, ya azotaba su ardiente rostro con un ramalazo de agua. Alrededor todo crujía y sonaba con esta desenfrenada y alegre danza del viento y de la lluvia. Del huerto llegaba el rumor de los árboles, que se decían maliciosamente cosas al oído. Y a lo lejos ululaba el zumbido alborozado del bosque cubierto por las tinieblas. ¡Jamás había visto Pietri un tiempo tan espléndido!
Después de esto, durante un mes, Pietri vivió entre nieblas, sin distinguir el día de la noche. La puerta del pequeño cobertizo del viejo Ujt se abría cada noche para él y la vida semejaba una danza frenética de borrachos a las que se sumaban la lluvia y el viento.
Luego sucedió lo que no podía por menos de suceder, lo que tanto temía Pietri.
Sucedió un día en que el tiempo era infame; el cielo estaba sin una nube, y en vez del alegre viento reinaba un silencio tan tristón que entraban deseos de dejarlo todo y de echarse a dormir en los blandos terrones.
El sol, pertinaz, abrasaba como si quisiera asomarse al alma misma de la tierra. Hasta en el bosque en que trabajaba
Pietri sus vivos rayos atravesaban las mayores espesuras de los silencios árboles, haciendo brillar y temblar a parte de las ramas, mientras que las otras se hundían aún más en el verde oscuro de las sombras. Pájaros de toda clase se desgañitaban allí arriba. Olía a hormigas, a miel y a resina. En cierto lugar zumbaban las abejas. De allí llegaba el olor a miel. Seguramente era un enjambre que se había instalado en el hueco de un árbol. Pero el olor a miel era muy débil. No le costaba trabajo imponerse al olor del musgo podrido y de las primeras setas.
El bosque rebosaba de aromas. todos ellos se confundían. Casa tronco en que Pietri hundía su hacha tenía su olor; lo tenía también, y muy perceptible, cada matorral de aliso o de abedul que él arrancaba con sus raíces. Todo el espacio que había limpiado, todos los montones de ramas y leños reunidos por él en ese día, despedían, mezclándolos, los olores más caprichosos.
Pietri estaba tan absorbido por su trabajo, que no se daba cuenta de nmada: sólo levantó la vista cuando a sus espaldas, junto a él, se oyó un ruido de pasos.
-Quería acercarme calladita y asustarte - serió Salmi Ujt, tirando al suelo dos cabezadas.
El hacha de Pietri se hundió profundamente en un tronco y allí quedó largo rato abandonada.
La algarabía de los pájaros inundaba el bosque y los aromas primaverales se combinaban caprichosamente.
Y aquel día sucedió lo que tanto temía Pietri . NO quería de ninguna manera que ella lo viese. Podía ocurrirle diez veces al día, pero no delante de ella.
Se habían despedido ya y Salmi se marchaba, cuando sintió la llegada de aquello. Quiso apartarse, huir simplemente, pero, como siempre sucedía en tales casos, no tuvo tiempo de hacer nada.
Una mano fría e inmisericorde subió por su espalda, entró en el cerebro, le golpeó produciéndole un dolor sordo y lo arrojó a un lugar negro y terrible. Pietri no recordaba nunca lo que le había sucedido después de este vertiginoso vuelo a las tinieblas sin fin.
Salmi Ujt lo vio. Había andado cosa de diez pasos cuando creyó que Pietri la llamaba. Volvió los ojos y vio que él agitaba extrañamente los brazos, como si quisiera guardar el equilibrio, y balbuceaba frases incoherentes.
-¿Qué quieres? - dijo, y se acercó a él.
Pietri, sin responder, siguió su alegre baile y sus movimientos de cabeza.
-¿Pero qué quieres? -repitió ella, y se acercó aún más.
Los ojos de Pietri eran dos charcos turbios que la miraban sin verla y su enorme boca seguía sus balbuceos; la baba le caía sobre los escasos pelos de la sotabarba.
Ella se hizo atrás cautelosamente.
Luego los brazos de Pietri se flexionaron, agarrotáronse sus dedos y, sin doblarse, cayó de bruces y se revolcó por el suelo, hipando, sin cesar en sus balbuceos,mientras sus retorcidos dedos arrancaban el musgo, los arándanos y cuanto encontraba a su alcance
Ella se hizo algo más atrás.
Había oído que en esos momentos era conveniente mantenerse lejos de sus manos. Esas manos eran tímidas y cariñosas en sus abrazos, pero la gente contaba de ellas cosas terribles. El año anterior, según decían, en la feria de Demídovka, Pietri se cayó sobre un montón de troncos. Un bielorruso, hombre buenos sentimientos,había tratado de sacarlo de allí para que no se abriese la cabeza. Pero Pietri rompió al bueno del bielorrusso una mano, lo apartó de sí de una patada y, a pesar de todo, se abrió la cabeza.
Contábase que en otra ocasión, cuando estaban picando coles, cayó sobre un montón de desperdicios. Su mano tropezó con un troncho, que quedó convertido en gachas entre los terribles garfios.
Ella se hizo aún más atrás. Apretaba con ambas manos sus mejillas redondas y soleadas y parecía que iba a estallar en sollozos de compasión y miedo a la vista de aquello que se retorcía a sus pies. Sabía, ciertamente, que a veces le ocurría esto, mas no lo había visto nunca ni se imaginaba que fuese tan espantoso. Cinco minutos antes la abrazaba tímido y cariñoso, buscaba su labios de manera que daba risa; y ahora arañaba el suelo, lanzaba roncos gemidos y la espuma brotaba de su boca.
Luego advirtió que empezaba a calmarse. Cesó el hipo y sus manos dejaron de arañar la tierra.
Incluso trató de levantarse. La primera vez no lo consiguió. Su cara, sucia de espuma y tierra, reflejaba sufrimiento.
Acabó por ponerse en pie, y con la vista turbia y perdida, empezó a andar derecho hacia el pantano. Su mojada pelambrera color arcilla estaba más revuelta que nunca. La camisa se le había roto por el hombro y una pernera se le había salido de la caña de la bota.
Salmi había oído que en esos momentos era necesario detenerlo, porque se podía meter en cualquier sitio. Había oído también que en esas ocasiones era más débíl que un niño y que nunca le repetía el ataque.
Lo llamó, le dio alcance y le cogió del brazo.
-Pietri -dijo cariñosamente -. , no vayas ahí. Déjalo. Siéntate. Así. Descansa un poco.
El se sentó dócilmente en un tocón, parpadeando con sus albinas pestañas y moviendo como un caballo el labio inferior manchado de tierra.
Cuando Pietri volvió a ver el bosque atravesado por los ardientes rayos del sol y pudo oír la algarabía de los pájaros, Salmi no estaba ya a su lado.
Desde aquel día la puerta del pequeño cobertizo del huerto del viejo Ujt no se abrió más para él.
En vano recorría los alrededores, en vano la acechaba. Ella sentía siempre su vecindad y no se dejaba ver.
El verano fue seco y caluroso. Un verano en el que no se podían distinguir los días de las noches. Hubo un trabajo continuo y agobiador, hubo terribles palizas, hubo saltos a la tinieblas heladas y sin fondo y una constante tristeza que le desgarraba el alma.
Cierto día, mediado el otoño, se encontró en el bosque con el pastorcillo ruso Pávlushka. El muchacho llevaba las vacas a casa. Pietri le preguntó:
-¿Ya estás de vuelta?... Parece temprano... ¿O es que va a llover?
-No, no es porque va a llover - respondió el muchacho - es que quiero ir a la boda de los estonianos.
-¿A la boda? ¿Y dónde es?
-¿No estás enterado? En casa de Jan Jut. Su hija Salmi se casa con Robert Karjamaa.
-Con Robert...
Aquel día Pietri no cortó más troncos. Dejó olvidada el hacha en el bosque se fue a casa. Acas no pensara siquiera en hacerlo, pero al salir del bosque dio en su prado y el camino le condujo directamente a casa.
En el patio, Juhan Oinas se daba prisa en descargar el carro de paja que había traído de la era.
-¡No te quedes ahí plantado! ¡Ayúdame! -gritó.
-Me voy a la boda... - dijo Pietri.
-¿Adónde?
- A la boda...
-La boda te la voy a dar yo. Lleva esta paja.
-Yo me voy a la boda - repitió Pietri .
-¡Ah, a la boda! ¡Toma boda! ¡Toma! ¡Toma! ¿Quieres más boda? ¡Toma!
-¡Voy a la boda! -aullí Pietri entre lágrimas, y dio a Oinas tal empellón que lo tiró al suelo.
Oinas quedó callado varios segundos, sentado como estaba en el suelo.
-¿Con que esas tenemos?... ¿A tu padre?... Muy bien.
Se levantó lentamente y, sin apartar los ojos de Pietri, dio unos pasos hacia la cerca. Arrancó la estaca más gruesa y avanzó a Pietri .
-Te voy a matar - dijo sin elevar la voz, y enarboló la estaca.
-¡No me toques! - aulló Pietri, y el caballo, al oír tal grito, se estremeció y dio un tirón, haciendo caer la paja del carro.
Pietri alcanzó de un salto a Oinas y lo agarró por el pecho. Lo zarandeó con estaca y todo, a un lado y a otro,y finalmente lo arrojó con fuerza contra la vieja cerca, que crujió al recibir el peso del cuerpo y se vino abajo con él sobre los caballones del huerto.
Pietri se marchó campo adelante sin advertir los matorrales, sin advertir los senderos ni el arroyo en el que empezaban las tierras del viejo Ujt.
Era cojo si flotase en una niebla, no sentía sus pies. Las sombras vespertinas venían a su encuentro. La lluvia azotaba sus ardorosas mejillas y el viento penetraba por el cuello abierto de su camisa de lienzo, hinchándola en la espalda como una almohada.
La lluvia y el viento le recordaban algo muy bueno e intenso. Una sangre ardiente le hinchaba las venas de los brazos. Su pecho rebosaba de cólera y tristeza.
Si ella se le marchaba, ¿qué le quedaría? Sí, ¿qué le quedaría en la vida? No le quedaría nada.
Encorvado hacia delante, Pietri se acercaba vertiginosamente a la casa del viejo Ujt.
Cuando entró ardían ya las lámparas de petróleo. La primera pieza estaba llena de gente y de humo de tabaco. Confundíanse allí rusos y estonianos, mozos y mozas, hombres y chicos, borrachos y no borrachos, invitados y no invitados.
Detrás de la cortina, en el fogón y en el horno, trajinaban las mujeres. de allí un olor a carne cocida, cebolla frita, aceite y col. A la izquierda, en otra habitación, se habían reunido en el festín de bodas los parientes del viejo Ujt y de Ioganes Karjamaa. También había allí gente extraña. Pietri pasó silenciosamente y se sentó en un rincón oscuro. La buscó con los ojos. Pero no estaba.
Ahora ella tenía otras cosas que hacer. El día anterior había pasado la tarde sentada con sus amigas y había llorado a sus anchas. Hoy, ella y otras mujeres ayudaban a su enferma madre en la cocina.
Se acercó a la mesa con dos trazas de gelatina, acompañada por el fru-fru de su nuevo vestido azul claro, y Pietri sintió un alivio en el alma. A pesar de todo, estaba allí. Hoy estaba allí. Y con eso se conformaba...
Volvió a la cocina, sin advertir la presencia de Pietri. El permanecía sentado en su oscuro rincón, sumido en sus graves y machacones pensamientos. Su frente era un haz de pequeñas arrugas. Un mechón de su pelo albino le caía hasta tocar las pestañas, que no cesaban de parpadear sobre sus turbios ojos. Esta habitación se hallaba también llena de humo de tabaco y de vapores de vino y de sudor humano. También por ella iba y venía sin cesar la gente. Pero Pietri no veía sino el vestido azul, ajustado en las anchas caderas, y nada más.
Esta tarde otoñal pensaba machanacomente.
Hoy veía esas caderas, y mañana ya no las vería. Y no sólo mañana; pasado mañana, una semana, un año, cinco años después. No las vería nunca más de cerca, no volvería a sentir su suave calor. A partir de de mañana esas caderas las tocaría aquel mozo larguirucho y ebrio que, sin darse cuenta, acababa de tirar al suelo un plato de pastelillos y que ahora se reía abriendo desmesuradamente la boca. ¿Qué derecho tenía a tomar lo que le pertenecía a él, a Pietri? ¿No había acudido ella misma a buscarle aquella tarde de primavera? ¿Por qué había de apartarse ahora? ¿O es que era peor que los demás?
Pietri se echaba adelante sin darse cuenta, tal era la intensidad de sus pensamientos. Jamás había pensado tanto como aquella tarde.
Ese Robert Karjamaa era guapo sin disputa. Era alto y de piel fina; no en vano se había dado la gran vida. Sus mejillas eran sonrosadas y sus labios carnosos y despreocupados, como los de un niño. Las mozas siempre le habían querido, y no sólo porque era alto y bien plantado, sino porque sus bolsillos estaban llenos de caramelos. Podía tirarlos, en la tienda de su padre tenía cuanto quisiera.
A Pietri le resplandecían los ojos cuando miraba al novio y a su largo y fino cuello, que se parecía al tronco de un abdeul joven.
Salmi Ujt acabó por verle. Se detuvo indecisa, sin saber que hacer; acercarse a él o seguir a la cocina.
Dijo:
-Hola, Pietri.
Y él se apresuró a contestar:
-Hola...
Se hizo tan adelante que casi se puso en pie. Esperaba que ella dijese algo más. Acaso dijera que esto no era su boda, que ella no pensaba siquiera en casarse y que aguardaba impaciente la nueva primavera, cuando otra vez podría abrirle la puerta del pequeño cobertizo. Pero no dijo nada.
Vaciló unos instantes y volvió a la mesa. Allí inclinó su rubia cabeza entre su padre y el novio y les habló algo al oído.
El novio se volvió impulsivamente.
-¿Quién es? -gritó-. ¡Ah, ése! ¡Eh, tú,! ¡Pietri! ¡Ven aquí! ¡Siéntate! Eres un buen muchacho y... vecino, siéntate... y diviértete. Aquí, siéntate.
Le hizo sitio a su derecha y Pietri se sentó entre el pesado y viejo Ioganes Karjamaa y su feliz hijo.
El novio le sirvió una copa de aguardiente y Pietri bebió sonriendo tímidamente. Le sirvió otra y le acercó tazas y platos con diversas viandas. Pietri sonrió más tímidamente aún y bebió de nuevo. Luego empezó a comer de lo que tenía más cerca. La timidez desapareció y sus ideas fluyeron por los cauces de antes.
A su alrededor, entre el humo del tabaco, se balanceaban, masticaban y alborotaban rostros de diversa catadura: unos con barba y otros afeitados.
Todos se sentían muy alegres. Y a
Pietri esa alegría le contrariaba. De nuevo aparecieron las arrugas en su pobre frente. Quería recordar algo. Necesitaba orientar su cabeza hacia los pensamientos que empezaban a concretarse en ella cuando venía por el camino. Necesitaba recuperar esos pensamientos y sumarlos a las angustiosas ideas que habían nacido en esta habitación. Entonces podría resolver algo muy importante, acaso lo más importante de su vida. Pero aquellos pensamientos no volvían, aunque cada vez era más frecuente el parpadeo de sus albinas pestañas.
Pietri bebió otra copa. No recordaba ya cuántas había apurado. Ante él flotaba una niebla. Y el novio seguía sirviéndole y le daba amistosas palmadas en la espalda.
-Tú bebe. ¿Cómo te llamas?... ¿Pietri? Bebe y come, Pietri. No tengas reparo. ¡Estás en una boda, así que diviértete!
Este novio era un mozo muy alegre. Pietri lo veía reír animadamente a su lado. Hasta se echaba hacia atrás al lanzar una carcajada. Su garganta se arqueaba y estremecía entonces, y una esferilla le subía y bajaba bajo la piel.
No cesaba de moverse. ¡Era tan inquieto! A todos rozaba con aquellas manos y con aquellos pies tan largos. Dos veces le había rozado a Pietri la cara con el codo y ni siquiera había parado mientes.
Pietri estuvo a punto de lanzar un grito cuando la pesada mano le rozó dolorosamente el pómulo. En el pómulo tenía una desolladura reciente, que hasta poco antes había estado sangrando. Ahora se le abrió y comenzó a correr de ella la sangre.
Un hilo rojo le bajó rápido por la mejilla, culebreando entre los pelos albinos. Al alcanzar la barbilla se detuvo por unos instantes y luego saltó a la la camisa de lienzo. Algunos invitados vieron esa sangre. Miraron disimuladamente con simpatía a Pietri, con sus ojos de borracho, movieron las cabezas y suspiraron. Sabían la procedencia de esas desolladuras.
Pietri no advirtió esas muestras de condolencia. Creció su interés por el novio y no dejaba de mirarlo. Sus ojos estaban a un mismo nivel del cuello del novio, y él no apartaba su vista de ese cuello largo y sano, con su pequeña elevación en el centro, que saltaba cada vez que algo le producía risa.
La verdad es que no veía nada más que ese cuello. En el cuarto era tal el humo y el vino le había calentado tanto la cabeza, que los ojos le lagrimeaban y todo lo veía envuelto en niebla. Lo único que salía de esa niebla era el novio con su largo cuello, porque estaba sentado junto a Pietri y se levantaba sobre él.
Movía los brazos, daba puñetazos en la mesa, tiraba las tazas de dulce y de carne, y gritaba animando a todos a comer y beber, porque era su boda, era él quien se casaba.
Todos bebían y comían en abundancia, y hablaban, y alborotaban, y gritaban, y cantaban. Se balanceaban en torno a la gran mesa entre el humo del tabaco, abrazábanse, cada uno hablaba de lo suyo y se divertían como podían.
El novio no cesaba de llenar las copas vacías y enarcaba el robusto pecho. También servía a Pietri y le daba palmadas en la espalda. Luego se volvía hacia otro lado. Buscaba con los ojos a la novia. Pero la novia se hallaba en la habitación vecina y ayudaba a su madre a preparar más comida y a hacer café. Entonces miraba de nuevo las barbudas caras de la mesa y de nuevo gritaba: lo hacía simplemente por gritar, para que oyeran su voz.
Otra vez rozó la cara ensangrentada de Pietri y tampoco en esta ocasión se dio cuenta.
Después se volvió hacia su suegro, el viejo Ujt, que estaba a su izquierda. Lo abrazó, y al oído le dijo que era una persona excelente, que la boda había sido espléndida y que le daba las gracias por ello. No debía de ponerse triste. Su hija no se iba tan lejos; no eran más de tres verstas. Después de todo ella era una buena muchacha y le gustaba. No era muy joven, pero él había cumplido ya los veintiséis. ¿De qué se trataba, pues? Y no se iba para siempre. Vendría a verles. ¿Para qué entristecerse? ¿No era así?
Aún habló largo y tendido a su suegro, sin cesar de abrazarlo. El suegro guardaba silencio. Estaba tan borracho, que no comprendía casi nada. Limitábase a sonreír astutamente, a pasarse los dedos por las grisdes cerdas de la cara y a carrasperar con aire de importancia. También hubiera querido dar a los ojos una expresión astuta e incrédula, pero los ojos se nublaban cariñosamente mirando los platos medio vacíos y se le cerraban una vez y otra. El viejo Ujt había dormido poco en su joventud y siempre sentía deseos de entregarse al sueño.
El novio rozó de nuevo a Pietri en la herida. Pietri se estremeció de dolor y sus dientes rechinaron: tan insufrible fue el daño. Hasta las lágrimas afluyeron a sus ojos, que miraban a las botellas vacías. ¡También aquí le agraviaban!
Todas las ideas nacidas en aquel cuarto llenaban de nuevo su cabeza e invadían su pecho con una oleada en la que se mezclaban la tristeza y la sensación de verse agraviado.
A través de los cuellos de las botellas veía a Salmi Ujt. Ella miraba con enfado sus lágrimas. Dábase cuenta, por su cara, de que no le agradaba verle sentado a la mesa y bebiendo, y de que habría preferido que él no hubiera aparecido por allí. Aquel rostro tan serio se lo decía así.
Y entonces los pensamientos que por el camino empezaban a brotar emergieron con toda nitidez y se unieron a las ideas que le producían tristeza y aquella sensación de agravio. Por su cabeza cruzaron los cuadros de un trabajo largo y rudo, las palizas sin cuento que ese trabajo le valía; recordó la danza furiosa de la lluvia y del viento, los vivos rayos de aquel sol maldito; volvieron las palabras del silencioso criado del viejo Otti Karjamaa, cuando le dijo que nadie le ayudaría si no se ayudaba él mismo, y él enfurecido Juhan Oinas que volaba con el rostro descompuesto hacia la podrida cerca y se desplomaba con ella sobre los negros caballones. Todas esas ideas se fundieron en su cabeza hasta componer otra idea nueva y salvaje. Pero nadie llegó a saber qué idea era ésta. Todos vieron que Pietri a ponía en pie, parpadeando, y comenzaba a mugir algo incoherente.
Sus manos se extendieron temblorosas sobre la mesa. Los dedos de la derecha se encorvaron formando como una tenaza. El cuerpo de Pietri dio un violento giro a la izquierda y comenzó a caer, seguido por la mano derecha, que describió un semicírculo sobre la mesa. Mas en su camino tropezó con el largo cuello de Robert Karjamaa, se agarró a él, un poco más abajo del movedizo hulto de la nuez, y lo arrastró consigo.
El novio se llevó en su caída el banco y a todos cuantos en él se sentaban En vano trató con todas sus fuerzas de desprenderse de la mano que atenazaba su garganta. Ahogándose, comenzó a debatirse convulsivamente en el suelo. Todos acudieron, sin comprender de qué se trataba. Luego empezaron a gritar: había que apartarlo del enfermo, de lo contrario éste lo mataría. Pero ni el mismo viejo Ujt podía separar4 la mano de Pietri de la garganta del novio. Hubiera sido capaz, sí, de romperle el espinazo de un golpe de su puño, mas nunca pudo abrirle los dedos. Y hoy estaba borracho. Levantó a los dos del suelo y de nuevo los dejó caer. Era incapaz de separarlos.
Pietri mugía y jadeaba, retorciéndose en el suelo. Su cuerpo iba de un lado a otro, llevado por los convulsivos tirones del larguirucho Robert Karjamaa.
El pesado y sombrío Ioganes Karjamaa no cesaba de dar patadas a Pietri en la cabeza, en la espalda y en los costados.
Finamente echó sobre él sus siete puds de peso. Pero ya era tarde
Su hijo miraba al techo con ojos inexpresivos y, como si se burlara de alguien situado arriba, una lengua azulenca apuntaba entre sus blancos dientes...
Pietri echó a un lado a Ioganes Karjamaa y se puso en pie. Alargó las manos, rígidas y temblorosas, y se dirigió a la salida.
Esta vez no le detuvo nadie. Esta vez le abrieron una calle tan ancha que no habría podido alcanzar a nadie con sus manos.
Así, entre aquella gente que le miraba contenido la respiración, llegó hasta la misma puerta.
Salió al patio y la lluvia y el viento le azotaron el rostro. Hizo una profunda inspiración, absorbiendo esa lluvia y ese viento, y echó a andar sin prisa por el huerto.
Al llegar a la linde, se detuvo. Quedóse mirando la lluviosa noche de otoño, como pensativo; se tambaleó adelante y atrás y pareció estremecerse. Sus manos se extendieron, tratando de asir el aire y la lluvia, y de la garganta se le escapó el estertor del hipo. Finalmente cayó sin flexionar las rodillas, cayó entre unas matas de viejas ortigas y empezó a retorcerse y a arrancar la tierra y los hierbajos.
Jamás se le había producido el ataque dos veces seguidas...

domingo, 13 de noviembre de 2011

BÓRIS NIKOLÁIEVICH POLEVÓI (UNA FIESTA DE AÑO NUEVO EN AVIÓN)







































"Pólevoi" es el seudónimo que se ha dao como apellido. Boris Nikoláievich KAMPOY, nacido en 1908 en Moscú. Su primer libro de relatos (1927) mereció el aplauso de Gorki. En 1939 apareció su primera novela corta "El taller). Le dio gran fama dentro y fuera de su país el libro "Un hombre de verdad" (1946) en el que relata la epopeya del aviador Maresev quien, gracias a un esfuerzo sobrehumano, con los pies amputados, logró pilotar nuevos y modernos aviones. Entre las otras obras importantes de Borís Polevói pueden citarse las novelas "Ha regresado" (1949), "oro" (1949-50) y la colección de cuentos "Nuestros contemporáneos" (1952). Por dos veces ha sido galardonado con el premio Stalin.
"Una fiesta de año nuevo en avión" que se incluye en esta antología, y "Nikoláich y Nina" han sido publicados, respectivamente, en 1955 y 1956.

UNA FIESTA DE AÑO NUEVO EN AVIÓN

El avión debía aterrizar en Moscú a las once de la noche. Aún tendrían tiempo de festejar la llegada del Año Nuevo. Pero todavía faltaban por recorrer muchos centenares de kilómetros, y, en aquella ruta, el tiempo se mostraba muy variable desde hacía unos días.
Por esto los contados pasajeros que iban a emprender aquel largo vuelo, el último del año, estaban tan intranquilos y nerviosos al tomar el avión; por esto, al acomodarse, por fin, en sus asientos de la cabina casi vacía, se quedaron en seguida taciturnos y, encerrados en sí mismos, continuaron rumiando en silencio, sin que sus impaciencias y molestias llegaran a manifestarse.
"¡Buenos compañeros de viaje me ha enviado Dios!", se dijo irritado uno de ellos, periodista de profesión. al colgar el abrigo, en cuyo cuello aún brillaban los cristalitos de la escarcha, miró el reloj. Según le pareció, la manilla de los segundos corría por la esfera con extraordinaria agilidad. Ya era llegado el momento de ruido y el avión vibraba de punta a punta sin despegar de la tierra, como si vacilara en emprender el vuelo.
El comandante de la nave, un hombre corpulento, ya de cierta edad, de cara redonda y diríase que de cobre, enfundado en botas y mono de pieles, parecía un oso. Fumaba tranquilamente, agarrando la pipa con el puño. era la encarnación vifa de la imperturbabilidad. eso también desagradó al periodista. "¡Vaya piloto! ¡Parece sacado de un archivo! ¡Debería de estar jubilado hace tiempo! - pensó al entrar en la cabina de pasajeros, donde todos continuaban sentados sin cambiar de postura y con los cuellos del abrigo levantados hasta la punta de la nariz-. ¡Hermoso viajecito nos ha reservado el año viejo como despedida!"
A pesar de todo el avión despegó a su hora, tomó altura y se puso en ruta. Las operaciones se verifican con toda normalidad. Pero, como a veces ocurre en los viajes, cuando todo el mundo tiene prisa y teme llegar tarde, el nerviosismo que se produce ya en tierra no se desvanece. En la cabina reinaba un pesado silencio. El periodista, amigo de conversar largo y tendido con los compañeros de viaje porque a veces, en estas circunstancias, el hombre descubre los más inesperados repliegues de su personalidad, contempló una y otra vez a los demás viajeros, aunque ya desalentado, sin la menor esperanza.
Un hombre rubio, apuesto y de anchos hombros, notable cirujano, profesor en una clínica de la capital, a quien había reconocido en el aeródromo, ya había sacado unos papeles de la cartera y los estaba leyendo, a la vez que se mordía el labio inferior y en los márgenes de las páginas hacía breves y vigorosas indicaciones. El presidente de un koljós famoso en todo el país, hombre bajito y rechoncho, bostezó y abrió una voluminosa cesta de mimbres que tenía a los pies. Sacó de ella unas viandas, se puso una toalla sobre las rodillas y empezó a comer. Masticaba concienzudamente, mas habríase dicho que hacía todas las cosas sin interés de su cara rellena no desaparecía una expresión de mal humor.
Crujían bajo la presión de sus dientes los duros y sabrosos pepinos, de salazón casera. Se extendió por el avión el olor a hinojo, a ajo, a grosellero y a estragón. El periodista, a quien ese penetrante olor le pareció desagradable, puso el ventilador en marcha y, volviéndose hacia el lado opuesto, ofreció su rostro a la corriente de aire.
Un general fuerte y rollizo, de mejillas sonrosadas como las de un niño, ya dormía con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón; el gorro de castor daba a su perfil forma cuadrada. El general empezó incluso a roncar sonoramente, con silbante ronquido. Parecía que la Estrella de Héroe y el puñado de condecoraciones que en forma de cintas llevaba en el pecho, retemblaron por la fuerza de aquellos silbidos. Una mujer, alta, robusta, ya entrada en años, que llevaba uniforme de ingeniero de minas y que al principio estaba sentada al lado dl general, cambió de asiento. Estaba mirando con insistencia por la ventanilla a pesar de que era imposible ver nada, excepto la lechosa bruma que se deslizaba a una velocidad extraordinaria. Alternativamente aparecí ay desaparecía el ala oscura del avión. En el aeródromo, una verdadera muchedumbre había acudido a despedir a aquella mujer. Por las palabras que pronunciaron no era difícil adivinar que ella emprendía el vuelo a la capital para informar acerca de algún descubrimiento de suma importancia. Sin duda, aquella era una persona interesante. Pero también la ingeniero de minas se había encerrado en sí misma y subrayaba con su actitud que se aislaba de quienes estaban a su lado.
"Con tales compañeros de viaje no queda más recurso que dormir", se dijo el periodista, hundiendo profundamente las manos en las mangas y cerrando los ojos. Pero la idea de que podía llegar tarde, de que cualquier circunstancia imprevista podía impedirle participar en la fiesta de Año Nuevo, a la que siempre acudía desde cualquier lugar adonde su agitada profesión le hubiera llevado, esa idea le irritaba, le ponía fuera de sí, no se apartaba de su mente y alejaba de él el sueño.
El piloto, que semejaba un oso, salió de la cabina de los aviadores. Llevaba, como antes, la pipa en el puño. Parecía como si le saliera humo de la mano, sin que él se diera cuenta de ello.
-¿Llegaremos a tiempo para festejar la llegada del Año Nuevo? -preguntó el cirujano, dejando por un momento sus papeles.
-Haremos lo posible...
En la vaguedad de la respuesta, todos captaron una nota de inseguridad.
-¿Qué pasa? -preguntó inquieta la mujer geólogo.
El piloto chupó tranquilamente la pipa y quedó envuelto en humo; cortés, procuró dispersarlo con la mano ante el rostro de su interlocutora.
-En nuestra ruta la temperatura sube. Es posible que nos hagan aterrizar.
-Antes se decía: "Si tienes prisa no subas al carro, vete andando" -comentó el presidente del koljós, mientras se secaba con la toalla los relucientes labios-. ¿Qué se ha de decir ahora, camarada? Hoy llegan a Moscú en avión, desde el lejano Oriente, mi hijo y mi nuera. Llevan a la nieta, que ya tiene más de nueve años y ala que aún no he visto... Que si la temperatura sube, que si la temperatura baja... ¡Siempre hay algo que no pita entre nosotros!
-¡Razón tienen los que dicen que cuando Dios puso orden en la tierra, la aviación se hallaba en el aire! - rezongó el general, que se acababa de despertar.
La pipa silbaba cada vez con mayor insistencia en el puño del aviador.
-En esto, camarada general, la aviación no tiene la menor culpa. El aumento de la temperatura es algo terrible. Si no evitamos la zona en que el termómetro se eleva, el avión puede quedar cubierto de hielo. Nosotros respondemos de sus vidas. ¡No hay que olvidarlo!
El piloto dio media vuelta y, pisando blandamente con las botas de pieles, desapareció en su cabina.
Todos lo comprendieron: la situación tomaba mal cariz. ¡No llegarían aquel día Moscú! El Año Nuevo los encontraría lejos de las personas queridas, no sabían con quién ni dónde... El periodista miró melancólicamente por la ventana. El avión volaba por encima de las nubes. Refulgían las estrellas con extraordinaria claridad, como si una hacendosa ama de casa, preparándose para la fiesta, las hubiera limpiado y fregado cuidadosamente, una a una. Las nubes, espléndidamente iluminadas por la plateada luz de la luna amontonándose bajo el avión, recordaban al eterno nómada ya los hielos de Ártico sobre los cuales había volado en cierta ocasión, ya un rebaño de corderos blancos que había visto en las cumbres del Pamir, ya montones de algodón, ya la estepa helada, sin fin.
Allá lejos, en Moscú, su esposa, que habría recibido el telegrama por el que el periodista le anunciaba su regreso en avión, vestida con su ropa de fiesta, puesto el delantal bordado, que prefería a todos los demás y que él le había llevado de Ucrania, con las mejillas encendidas, taconeaba por la cocina preparando la cena; o quizá ya había abierto la mesa, habría extendido el crujiente mantel, y los pequeñuelos, alborotando como de costumbre, colocarían en ella los cubiertos, las copas y el yantar. ¡Él iba a defraudar sus esperanzas a pesar de haber emprendido el vuelo, para llegar a tiempo, literalmente desde el otro extremo del mundo! Su puesto en la mesa quedaría vacío. Tanto como se había apresurado estos últimos días para llegar a su casa cuanto antes, y se pasaría la noche de Año Nuevo colgado en el espacio, en compañía de esas personas desconocidas, poco comunicativas y graves.
Sobre la puerta de la cabina del piloto se destacaban dos esferas. Una era del reloj. Las agujas señalaban las 21. La otra era de un altímetro y sus flechas indicaban la cifra de 3.500 metros. "Se esfuerza por salvar la barrera de nubes -adivinó el periodista, notando unos pinchazos en la sien y cierta presión en el pecho- ¡Bravo! ¡El diablo sabe! ¡Quizá lo logre!"
Con esta idea en lamente, se quedó adormilado y se despertó cuando el reloj señalaba ya las 23,45 y el altímetro marcaba 2.000 metros de altitud. Como antes, los motores zumbaban con ruido monótono y acunador. La luz velada de las lamparitas laterales iluminaba débilmente la cabina. Alguien sacudió al periodista por el hombro. Era el piloto.
-¡Es usted un hacha durmiendo! escriba un radiograma de felicitación a su familia. Ya lo han enviado todos. Usted es el último.
-¿Qué radiograma? ¿Para qué? -preguntó el periodista, sorprendido.
-Estamos bordeando la zona de temperatura más alta. Tendremos que volar hora y media más de lo previsto. Celebraremos la llegada del Año Nuevo aquí, en el aire. ¡No hay otra solución!
-Ya nos lo decían en la guerra: donde la aviación se mete, todo anda de cabeza -balbuceó el general.
-¿Qué quiere usted, camarada general! Podemos lanzar al éter su queja y dirigirla al Dios Todopoderoso. ¡Vaya tiempo con que el viejecito nos obsequia! ¡Escriba! MI radiotelegrafista conoce bien su oficio y mandará puntos y rayas a las oficinas celestiales -replicó con toda seriedad el piloto, a la vez que ofrecía al general u n taco de papel y lápiz.
-¡Qué mala suerte! ¡No podía resultar peor! - exclamó la geólogo. Habríase dicho que iba a romper a llorar.
-¡Es una pena! ¡Dentro de diez minutos sonará el carillón del Kremlin y nosotros no podremos oírlo! -dijo a su vez, pensativo, el cirujano.
-Según indicio que no falla, estamos condenados a pasarnos todo el año yendo sin rumbo de un lugar a otro, como los gitanos -comentó el presidente del kokjós, y añadió suspirando: -Mi hijo tendrá que beber hoy con dos vasos y brindar con la botella.
-¡Menuda bromita! ¡Vaya modo de celebrar el Año Nuevo! -Fu! - exclamó el periodista.
De pronto resonó en la cabina un extraño ruido, semejante al de un bofetón. todos dirigieron la mirada hacia el mismo lugar. Era el presidente del koljós, que se había dado una palma en la frente.
-¿Por qué no vamos a celebrarlo? -se preguntó en voz alta, con una nota de alegría y buen humor, y no apagada y displicente como hasta entonces-. ¿Es posible que alguna persona de nuestro país se quede sin brindar a la llegada del Año Nuevo? ¿Cómo no se le ha trabado a usted la lengua, al proferir semejante herejía, mi camarada y vecino?... "¡un momento!", como suele decir en mi koljós el barbero Pietka.
De pronto, con una movilidad y una agilidad sorprendentes dada su maciza complexión, se dirigió con paso breve y balanceándose levemente hacia el compartimiento de bagajes, y de allí regresó con su cesta de mimbres y con un saco de viaje repleto y bastante pesado. Detuvo su mirada experta en una gran maleta de piel de cocodrilo, salpicada de etiquetas de hoteles extranjeros, maleta que pertenecía al cirujano.
-¿No sacrificaría su maletita en bien de la colectividad? ¿Eh? ¿En lugar de mesa?...
Pusieron la maleta entre las hileras de butacas y la cubrieron con un periódico. Mientras se hacían estos preparativos, el koljosiano, expedito, sacó de la cesta y del saco diversas viandas. Sobre el periódico aparecieron sucesivamente un apetitoso pollo asado, medio ganso reluciente de grasa, un buen trozo de ternera guisada, una puna de jugoso jamón en el que tocino y magro alternaban como las capas geológicas en un manual escolar.
-Mi mujer está aferrada a las viejas creencias -continuó locuaz el presidente-. ¡No a las de los disidentes ortodoxos! ¡Ca! Fue la primera komsomol del distrito. Sigue las creencias al modo que lo hacen las mujeres. No sale nunca del koljós y está convencida de que no es posible comer bien fuera de nuestro "Faro Rojo". ¡Sí, sí! ¿Lo cree! ¿Qué les parece a ustedes? Cuando salgo de viaje siempre me prepara asados y guisados. "¿Te lo darían tan bueno en un restaurante?" -me dice-. Esto es licor de guindas. De fabricación propia. ¿serán poco dos botellas para todos?
-¿Por qué dos? - Quien hacía la pregunta era el general, que apareció en la puerta del compartimiento de bagajes con una botella de coñac en la mano.
-Es de marca -observó el entendido koljosiano-. ¿Quién vota en pro? ¿Quién en contra? ¿Nadie se abstiene de votar? Aceptada por unanimidad....
-¿Querrá alguien espíritu de vino? Seguro que alguno de nosotros estuvo en el frente. Aquí tengo un frasquito...
El cirujano buscaba un sitio donde colocar una redoma de apotecario con un transparente licor verdoso, pero la tapa de la espaciosa maleta estaba ya tan colmada de manjares, que no cabía en ella nada más. Entonces el cirujano puso la redoma en el suelo. Aparecieron también galletas, frutas y una pastilla de chocolate.
Todos se agruparon alegremente alrededor de la improvisada mesa. El general hizo gala de una insólita habilidad para abrir latas de conserva, cortar el embutido y el jamón. La geólogo iba poniendo todas estas cosas en hojitas del taco de papel predestinadas a servir de platitos.
Tan sólo el periodista, que se pasaba la vida viajando y que estaba acostumbrado a tomar el té por la mañana en Moscú y a comer en Odesa o en Kaliningrado, no tenía nada que aportar. En cambio, era el más activo. Movido por una especial sensación de entusiasmo, intentaba adivinar qué había podido transformar repentinamente a todas esas personas tan distintas, ya no jóvenes, y que hacía solamente unos momentos parecían tan insociables.
-¡Amigos! ¿En qué vamos a beber? - preguntó de pronto la geólogo; y llevándose las manos a la cabeza indicó con la mirada la esfera del reloj.
Faltaban cinco minutos para Año Nuevo.
Los aviadores no encontraron más que dos vasos de termo. El presidente del koljós extrajo de su saco sin fondo otro vaso de cristal.
-¡Muchachos, tengo una idea! - exclamó el cirujano, sacando del neceser la tacita y el vaso que usaba al afeitarse-. ¿Y para tripulación?
Alguien más tenía vasos semejantes. La geólogo los limpió con la toalla, y en el momento preciso toda esa vajilla de distintos calibres estaba llena de licor pesado y transparente, de color rubí, que despedía un leve aroma a estío y a almendras. En aquel momento, un ruido familiar, extraordinario y emocionante a la vez, se sumó al zumbido monótono y adormecedor de los motores. ¡Era el ruido de la Plaza Roja! Lejos, en el entrañable Moscú, sonaban los claxons de los automóviles. Se percibía el eco de los bocinazos, reflejados por las murallas del Kremlin. Se oyó una voz desconocida e incluso pareció que llegaban unas risas.
En la puerta que daba ala cabina de los aviadores estaba, de pie, el piloto. Su ancha cara había adquirido una expresión de picardía. Llevaba en las manos un aparato de radio del que salía un cable que se perdía en la cabina anterior.
-¡Se han instalado estupendamente! Ni que estuvieran en el restaurante "Metropol"...
-¡Brinde, brinde con nosotros! - gritaron todos a coro, y cada uno de ellos le ofrecía su taza o vaso.
El piloto movió la cabeza negativamente.
-No puedo, estoy de servicio.
-¡Pero es Año Nuevo!
-Con mayor motivo... Beberé con ustedes... mentalmente. -Levantó un vaso vacío que nadie había acertado a tomar.
Entretanto, sobreponiéndose al ruido de los motores, se oían ya los sonidos melódicos del carillón, y los seis viajeros escuchan en silencio los golpes sucesivos que señalaban las horas. Quizá por festejar el Año Nuevo perdidos entre las nubes, separados de la tierra, todos se sentían muy emocionados. Aquella tierra de todos los días que flotaba invisible más abajo, tras la capa de nubes, y todo lo que en ella había, les parecía en aquel momento singularmente entrañable.
A la mujer geólogo se le habían humedecido los grandes ojos negros, todavía hermosos.
-¡Por la tierra, por nuestra tierra! - balbuceó con labios temblorosos, señalando hacia abajo con la mano.
El licor resultó ser del fuerte, mas la mujer apuró valientemente todo el contenido del vasito de afeitar.
Siguieron, como es de rigor, otros brindis. Bebieron por el presidente, tan bien surtido, por su koljós, por las mujeres y por la ciencia geológica, por la cirugía, por los hombres de armas, por los pilotos e incluso por el aumento de temperatura, ¡qué diablo! Luego, cuando el licor koljosiano se hubo difundido ya por las venas y el ruido de motores dejó de percibirse, surgieron las canciones como la cosa más natural del mundo.

Bajo el estallido incesante de las broncas granadas
se bate un puñado de comuneros...

La inició el general, que comenzó a cantar con aguda voz de falsete,y todos -el cirujano, el periodista, el presidente de koljós, el piloto y la mujer geólogo - le acompañaron unánimemente:

La presión de los soldados mercenarios
en duro trance los ha puesto...

Como si una extraña fuerza mágica volviera a esas personas graves, ya entradas en años, a los días lejanos de su juventud, cantaban todos con voces sonoras y chillonas esa canción que parecía venir del pasado.
Se produjo como una especia de reacción en cadena. Una canción encendía otra. a la de "Comuneros" siguió "Vuela locomotora. Después, naturalmente, resonó "A lo largo del río, a lo largo de Kazán". La cantaron con un estribillo acerca del pope Serguiéi y de la bota de fieltro. Entonces se derrumbó definitivamente todo cuanto separaba a estas personas tan diferentes. Mientras el coro cantaba eufórico:
¡Venga, muchachos! ¡Venga, komsomoles!
¡Bravo, bravo, bravo, valientes!,
mientras el cirujano, metidos los dedos en la boca, acompañaba la canción con estridentes silbidos, el general y la geólogo, como si de pronto arrojaran de sus espaldas el peso de veinticinco o treinta años, comenzaron a zapatear una danza por el estrecho corredor, entre las hileras de butacas.
-¡Eh, amigos! Si agujereáis el suelo,os vais de cabeza a la tierra. ¡A dos kilómetros de profundidad! - advirtió el piloto, y ninguno de los pasajeros se ofendió, ni siquiera se sorprendió de este "Eh, amigos", como si también viniera de allí, de los lejanos años pasados.
El periodista pasó en torno su ávida mirada. El licor koljosiano era excelente, no había duda. Pero él se daba cuenta de que no era el licor lo que los embriagaba, no era el alcohol lo que hacía latir con alegría los corazones y ponía una nota de emoción en el pecho. Le parecía que el avión era una máquina del tiempo en una novela de aventuras fantásticas, y que esa máquina, de repente, los había arrastrado a todos hacia los años -¡ya lejanos, ay! - de su época de komsomoles. Comprendía que todos sentían una emoción semejante. Con qué facilidad esas personas desconocidas se trataban de "tú", de "muchacho" y de "amigo".
¿Quién, si no antiguos komsomoles, habría podido cantar de ese modo aquellas viejas canciones tan entrañables para todos? Naturalmente, el general entonó "La joven guardia", y todos se pusieron de pie, como se levantaban obligatoriamente cuando entonaban ese antiguo himno de la juventud después de las reuniones de komsomol.
No se olvidaron de !A la patata", famosa en otro tiempo. Al cantarla, el profesor sacó el estribillo: "¡Ah, tú, patata pequeña y pelada de los pioneros idea-a-al"..., con tal regocijo, que la geólogo le miró de reojo, diciendo:
-¡Eh, tú ,muchacho! ¿Acaso no has llevado nunca pañuelo de pionero?
-Lo llevé - confesó el cirujano.
-¡Pionero, en la lucha por la causa, presente!
-¡Presente!
todos rieron. Y de nuevo, como lo más natural del mundo, voló la canción:
Alzaros, fogatas.
Noches azules...
La cantaron lenta, melancólicamente, y con tanta unción, que ni siquiera notaron que el ruido de los motores había cambiado de timbre, que el avión trazaba un círculo tras otro y que de pronto, apagados los motores y como si silbara, descendió hacia el aeródromo. Ni siquiera cuando tocó tierra y rodó por ella prestaron la menor atención. Les daba pena interrumpir el canto, separarse de la juventud que de pronto había resucitado; les daba pena desprenderse de aquellos años maravillosos, que ya no podía volver.
-¡Moscú! - dijo el piloto, pisando blandamente el suelo del pasillo con las botas de piel-. ¡Qué, camaradas! ¿Van a regañarme mucho por haberles llevado hora y media más en avión?
-¡Qué dice usted! ¿Por qué habríamos de regañarle? -exclamó la geólogo, la cual no lograba meter el brazo en la manga del abrigo que el general le sostenía.
-¡No, No! ¡Muchas gracias! - dijo el periodista.
-¿Gracias? ¿Por qué?
-Por la zona de temperatura más elevada.
-Gracias por la compañía -dijo el general, haciendo el saludo militar. De nuevo se había vuelto frío, recto, oficioso.
-¡Bueno, hasta la vista! -empezó a decir, jovial, el presidente del koljós. Estaba claro que iba a añadir "muchachos" o "amigos", pero balbuceó también con cierta sequedad: -¡Hasta la vista, ciudadanos!
Por el aeródromo soplaba una leve cellisca, si bien la nieve, menuda y seca, que susurraba en torno a las ruedas del avión, no apagaba la luz de la luna llena. En torno, todo aparecía blanco, juvenil. El silencio era inusitado