viernes, 8 de abril de 2011

VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTIN (MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO

Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá, distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: "Vive y Recuerda" "El Ultimo Plazo", "El Dinero para María" "El Adiós a Matiora" y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov, etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es difícil considerarlo ya "como el más destacado de los escritores siberianos", etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela "El Adiós a Matiora" Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más afortunado heredero de esa tradición que sale del "Capote" de Gógol y que continúa con Dostoyevski y con Chéjov.

MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO


El niño abrió los ojos y vio a una mosca que caminaba por el techo. Parpadeó y se quedó mirando a dónde iba.

La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin detenerse y lo hacía rápidamente.

El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca no la seguía porque quería saber si realmente era un camino. Pero no había más moscas. A decir verdad, había, pero no andaban en el techo y el niño pronto perdió el interés en ellas. Se enderezó en la cama y gritó

-¡Mamá, ya desperté!

Nadie le contestó.

-¡Mamá! -llamó. Soy yo. Ya desperté.

Silencio.

El niño esperó, pero el silencio seguía.

Entonces saltó de la cama y corrió descalzo hacia la estancia. Estaba vacía. Miró primero el sillón, luego la mesa y las repisas con sus filas de libros, pero no había nadie. Todo estaba simplemente en su lugar, ocupando un espacio.

El niño corrió precipitadamente a la cocina, después al cuarto de baño. Nadie estaba escondido ahí tampoco. -¡Mamá! -gritó el niño.

Su grito se hundió en el silencio que inmediatamente se hizo más denso. El niño, desconcertado, corrió de nuevo a su habitación; las huellas de sus talones y de sus dedos desnudos se marcaban sobre el piso pintado y al enfriarse se esfumaban y desaparecían.

-Mamá -dijo el niño con la mayor tranquilidad que pudo-, desperté y tú no estás.

Silencio.

-¿No estás, verdad? -preguntó.

Su rostro se contrajo mientras esperaba la respuesta; volteó hacia todas partes, pero la respuesta no llegaba y el niño rompió a llorar.

Entre lágrimas, caminó hasta la puerta y empezó a jalarla. La puerta no cedía. Entonces la golpeó con la palma de la mano, luego la empujó con el pie desnudo, lastimándose, y su llanto creció con más fuerza.

Estaba de pie, en medio de la habitación y sus tibias y grandes lágrimas rodaban por su cara y caían al suelo. Después, sin dejar de llorar se sentó.

Todo a su alrededor le escuchaba en silencio.

Sentía que de pronto, a sus espaldas, se escucharían pasost pero nada sucedía y no podía recuperar la calma.

Permaneció así un largo tiempo. ¿Qué tanto? No lo sabía.

Finalmente se acostó en el piso y se puso a llorar. Estaba tan cansado que ya no se sentía a sí mismo y ni siquiera se daba, cuenta de que estaba llorando. Su llanto era tan natural como su respiración y ya no estaba bajo su control. Al contrario, era más fuerte que él.

De repente, al niño le pareció que alguien estaba en la habitación.

De un salto se levantó y empezó a mirar a su alrededor. La sensación que lo había hecho ponerse de pie no cesaba y el niño corrió a la otra habitación, después a la cocina y al cuarto de baño. No había nadie.

Sollozando, regresó y se tapó los ojos con las palmas de sus manos. Lentamente empezó a quitar las manos de sus ojos y una vez más miró a su alrededor. Nada había cambiado en la habitación. El sillón estaba vacío, la mesa estaba sola, los libros aguardaban como siempre en las repisas, pero sus lomos de diferentes colores miraban tristemente y como a ciegas. El niño se quedó pensativo:

-No lloraré más -se dijo-. Mi mamá no tardará. Seréun buen niño.

Se fue a la cama y enjugó su rostro lloroso con el cobertor. Después, sin apresurarse, como si anduviera de paseo, recorrió el departamento, examinando cosa por cosa. Una idea luminosa cruzó por su mente.

-Mamá-dijo a media voz-, quiero hacer pipí...

No era cierto, pero sabía que si su mamá estaba en la casa sólo así la haría acudir inmediatamente.

-Mamá- repitió.

Pero su mamá no estaba en la casa. Ahora lo había entendido definitivamente.

Tenía que hacer algo. "Me pondré a jugar. Mi mamá tiene que venir" -decidió-. Se fue al rincón donde estaban todos sus juguetes y eligió a la liebre. Era su consentida. Se le había caído una pata y su papá varias veces le había propuesto pegársela, pero él de ningún modo había consentido. Volver a tenerla con sus dos patas sería aceptar que ya no la quería

porque se había quedado con una sola y la otra, además, andaba por ahí, en alguna parte y vivía ahora su propia vida.

Juguemos, liebrecita -propuso el niño.

La liebre asintió en silencio.

-Tú estás enferma. Te duele una patita y ahora yo te voy a curar.

El niño acostó a la liebre en la cama, tomó un clavo y hundiéndolo en el vientre de la liebre, la inyectó.

La liebre estaba ya acostumbrada a las inyecciones y jamás se quejaba.

Como si hubiera recordado algo, el niño se puso pensativo. Después se alejó de la cama y miró hacia la sala. Todo estaba igual, y el silencio, como antes, se balanceaba de un rincón a otro en la habitación.

El niño suspiró, regresó a la cama y miró a la liebre. Estaba recostada tranquilamente sobre una almohada.

-No, así no -dijo el niño-. Ahora yo seré la liebre y tú el niño pequeño. Tú me curarás a mí.

Sentó a la liebre en una silla y se acostó en la cama. Encogió una pierna y empezó a gemir.

Sentada en la silla, la liebre lo miraba sorprendida con sus grandes ojos azules.

-Yo soy la liebre, me duele una pierna -le explicó el niño.

La liebre callaba.

-Liebre -le preguntó él enseguida-, ¿a dónde se fue mamá?

La liebre no contestó.

-No te duermas. Mira, dilo ¿A dónde se fue mamá?-demandó el niño y tomó a la liebre de un brazo. La liebre seguía callada.

El niño había olvidado que era él el que contestaba siempre por la liebre y que enseguida representaba el papel de los dos, y ahora, en serio, le exigía una respuesta. Había olvidado que la liebre era sólo un juguete como los otros, como sus cubos que se colocaban uno junto al otro sólo si alguien los ponía, como sus coches que caminaban sólo si alguien los jalaba, como sus animalitos de peluche que rugían y corlversaban sólo si alguien rugía y contestaba por ellos.

Se había olvidado de todo.

-Habla, habla -exigía.

Y la liebre seguía callada.

El niño la arrojó al suelo, saltó de la cama y se fue sobre ella dándole de puntapiés.

La liebre rodaba por el suelo dando saltos y volteretas y el niño rodaba también, saltaba y daba vueltas alrededor de la liebre, repitiendo sin parar "Habla, habla, habla." Pero la liebre ni contestaba ni podía tampoco librarse de él porque sólo tenía una pata. De repente el niño lo comprendió. Se detuvo y se quedó mirando cómo la liebre, apretando su cara contra el suelo, lloraba en silencio. Oyó su llanto. Se inclinó sobre la liebre y perplejo exclamó con todo el peso de su culpa:

-Mi mamá se fue a algún lado.

Y en ese momento al niño le pareció que alguien subía por la escalera.

-¡Mamá!-gritó arrojándose hacia la puerta, pero tropezó con el sillón y se cayó. Sin dejar de escuchar se incorporó, mas en la puerta no había nadie. Y entonces el niño rompió de nuevo a llorar. Lloraba de dolor y de soledad. Lo que era el dolor ya lo sabía, pero acababa de conocer la soledad.


martes, 5 de abril de 2011

IVAN TURGUENEV (BIROUK)

Iván Serguéyevich Turguénev, cuyo apellido es en ocasiones transcrito como Turguéniev (Orel, Rusia; 28 de octubrejul./ 9 de noviembre de 1818greg. - Bougival, París, Francia; 22 de agostojul./ 3 de septiembre de 1883greg.) fue un escritor, novelista y dramaturgo, considerado el más europeísta de los narradores rusos del siglo XIX.







BIROUK

Regresaba de cazar, solo, en drochka. Para llegar a mi casa faltaban aún ocho verstas. Mi buena yegua recorría con paso igual y rápido el camino polvoriento, aguzaba las orejas y de vez en cuando soltaba un relincho en seguida sofocado.
Mi perro nos seguía a medio paso de las ruedas traseras. En el aire se olía la tormenta.

Lentamente, frente a mí, se levantaba una nube violácea, por encima del bosque; vapores grises corrían a mi encuentro, las hojas de los sauces se removían susurrantes.

El calor, hasta entonces sofocante, dejó paso a una frescura húmeda, penetrante.

Espoleé a la yegua, descendí al barranco, atravesé el lecho desecado, cubierto de espinos, y al cabo de algunos minutos me interné en el bosque.

El camino serpenteaba entre masas de nogales y avellanos; reinaba profunda oscuridad, y yo avanzaba al azar.

Mi pequeño vehículo chocaba contra las raíces nudosas de tilos y encinas centenarias, o bien se hundía en las huellas dejadas por otros carros.

La yegua empezó a sentir miedo.

Un viento impetuoso vino a penetrar en el bosque, ruidosamente, y sobre las hojas caían gruesas gotas de agua. Un relámpago cruzó el firmamento y le siguió el estampido de un trueno.

La lluvia se convirtió en un verdadero torrente, que me obligó a reducir la marcha; mi yegua se embarraba; yo no veía a dos pasos de mí.

Me guarecí en el follaje.

Acurrucado, tapada la cara, me armé de paciencia para aguardar el fin de la tormenta.

Al resplandor de un relámpago, distinguí a un hombre en el camino. Venía hacia donde yo me hallaba.

-¿Quién eres? -me preguntó con voz atronadora.

-¿Y tú?

-Soy el guardabosque.

Y cuando me hube identificado:

-¡Ah!, ya sé, ibas a tu casa -dijo.

-¿Oyes la tormenta?

-Es tremenda -respondió la voz.

En ese momento, el destello de un relámpago iluminó a mi interlocutor, y pude verlo claramente. Al repentino resplandor siguió un trueno y arreció la lluvia.

-Hay para rato -dijo el guardabosque.

-¿Qué se puede hacer?

-¿Quieres que te lleve a mi isba?

-Con mucho gusto.

-Sube, pues, a tu drochka.

El guardabosque tomó mi yegua por la brida y sacó el vehículo de la huella pantanosa donde nos habíamos detenido.

Me agarré al almohadón del vehículo, que se balanceaba como un barco en un mar tempestuoso.

La yegua resbalaba y a cada momento estaba a punto de caer... La espoleaba Birouk pegándole con el látigo, ya a la derecha, ya a la izquierda.

Avanzaba en la sombra, como un espectro, y una vez atravesado el bosque nos detuvo junto a su choza.

-Es aquí, mi amo.

Miré. A la luz de los relámpagos alcancé a ver una pequeña isba en medio de un recinto de césped.

Después de atar el animal a la reja, el guardabosque fue a llamar a la puerta. Por una de las estrechas ventanas se filtraba un débil hilo de luz.

-¡Ya! -gritó una voz infantil, apenas hubo llamado el hombre.

Escuché unos pasitos precipitados de pies descalzos. Movieron el picaporte y una chiquilla de doce años abrió la puerta.

-Alumbra al amo -dijo Birouk-, mientras llevo el coche al cobertizo.

La niña levantó los ojos y me hizo señas de que la siguiera.

Constaba la cabaña del guarda de una sola habitación baja, llena de humo y sin ningún tabique. Del muro colgaba una vieja manta desgarrada. Sobre un taburete había un fusil y dos líos de trapos. Una claridad vacilante alumbraba triste y miserablemente la habitación.

En medio de la estancia, una cuna se hallaba sujeta mediante una larga percha. Tras apagar la linterna, la niña se sentó en un taburete y se puso a mover la cunita con suave balanceo.

Observé este cuadro con el corazón oprimido. Solamente la ansiosa respiración de la criatura adormecida turbaba el silencio sepulcral.

-¿Estás sola? -pregunté a la chiquilla.

-Sola -me respondió, temerosa.

-¿Eres la hija del guardabosque?

-Sí -dijo balbuceando.

Se abrió la puerta y Birouk entró.

Al ver la linterna en el suelo frotó una cerilla y encendió una vela que había sobre la mesa.

Rara vez había tenido ocasión de ver a un tipo tan fuerte. Grande, poderoso de espaldas y de pecho, y bien plantado de talle. Sus vigorosos músculos resaltaban bajo la remendada camisa. Una negra barba le cubría masculino y duro el mentón, cejas tupidas sombreaban sus negros ojos, de mirada viva. Se plantó frente a mí, las manos en la cintura.

Agradecí su ayuda y le pregunté su nombre.

-Foma -dijo-, y Birouk, por sobrenombre.

Lo examiné con atención. Muchas veces Jermolai y los paisanos me habían hablado de este guardabosque; le temían como al rayo, a causa de la eficaz diligencia que ponía en sus funciones.

Con él, era imposible robar ni un pequeño haz de leña. Hiciera el tiempo que hiciera, siempre estaba al acecho, dispuesto a caer sobre el merodeador. Con frecuencia le habían tendido emboscadas. Pero él siempre se había alzado con la victoria.

-¡Ah! -dije después de recordar-, ¡Eres Birouk! He oído decir que eres implacable.

-Sencillamente cumplo con mi deber -repuso bruscamente-. Debo ganarme honradamente el pan que me da mi amo.

-Así, pues, ¿no tienes mujer?

-No -dijo tristemente-, mi pobre amiga ha muerto; pronto hará tres meses que nos dejó.

-¡Pobres niños! -murmuré.

Pero él ya había desechado sus dolorosos pensamientos y salió, dando un portazo.

Examiné la isba, que me pareció aún más triste. Un olor acre de humo se me metía en la garganta. La chiquilla, sin moverse del taburete, seguía balanceando la mísera cuna.

-¿Cómo te llamas?

-Aulita -respondió débilmente.

-La tormenta remite -dijo entrando el guardabosque-. Si el amo lo dispone, yo lo conduciré a la linde del bosque.

Me dispuse a partir.

Pero Birouk tomó su fusil y examinó la batería.

-¿Y para qué esa arma?

-Ahí, en el barranco de Kabouyl, apostaría a que están cortando leña.

-No podrías oírlo desde aquí.

-De aquí no, pero sí desde el patio.

Partimos. Ya no llovía. En el horizonte se prolongaba una espesa cortina de nubes, que era surcada por relámpagos. Sobre nosotros, el cielo tenía un sombrío color azul, y las coquetas estrellas procuraban atravesar con su brillo las húmedas nubes.

Respiré con placer el olor penetrante del bosque mojado, y escuché el ruido ligero de las gotas que caían de las hojas.

Birouk me sacó del ensueño.

-Allí es -dijo, señalando hacia el oeste.

Yo nada oía, sino el dulce susurro de la brisa al pasar y de las hojas al caer.

-Ya les daré- dijo mientras me traía el coche.

-Dejemos aquí mi drochka. Permíteme que vaya contigo al barranco.

-Bien, mi amo. A la vuelta te acompañaré.

Fuimos.

El guardabosque iba delante, yo lo seguía dificultosamente a través de los matorrales y de la crecida maleza. De trecho en trecho se detenía para decirme: «¿Oyes los hachazos?» Pero a mis oídos no llegaba ruido alguno.

Minutos más tarde ya estábamos en el barranco; amainó el viento, y alcancé a oír nítidamente los hachazos.

Seguimos nuestro camino atravesando por entre la maleza; el musgo, rebosante de agua, cedía bajo nuestros pies como una esponja cuando la aprietan.

Me llegó al oído el rumor de algo que se quiebra, sorda y prolongadamente.

-Se acabó -rezongó Birouk-, lo cortaron.

Ya menos oscuro el cielo, nos hallábamos en la extremidad del barranco.

-Quédate aquí -me dijo el guardabosque. Con paso furioso se agachó, manteniendo en alto el fusil, y se arrastró entre los matorrales.

Yo escuchaba con atención. Se oían unos golpecitos rápidos, el hacha que desbroza de ramas el árbol caído. Después, el ruido rechinante de las ruedas de un carro. Asomó el caballo.

-¡Alto ahí! ¡Eh! ¡Para! -vociferó Birouk. A estas palabras siguió una queja lastimera.

-¡No te escaparás, viejo! -gritó el guarda-. ¡Espera!

Me precipité hacia el lugar de donde salían los gritos, y después de tropezar varias veces llegué junto al árbol derribado.

Birouk tenía tendido en tierra y fuertemente sujeto al paisano. Al verme lo dejó incorporarse. Era un pobre hombre, de sucia cara y barba revuelta. A pocos pasos se hallaba el carro y un viejo jamelgo.

El guardabosque, con la manaza siempre agarrada al cuello del ladrón, tomó al animal por la brida.

-Adelante, Corneja -dijo vivamente.

-El hacha, recójala -le pidió el paisano.

-Cierto -murmuró Birouk-, puede servir. Y levantó el hacha.

Volvíamos, yo tras ellos. Durante el camino comenzó de nuevo la lluvia y aguantamos un chaparrón. Después de una penosa marcha llegamos a la choza.

Birouk dejó el caballo en medio del patio, sujetó los perros y nos hizo entrar en la isba.

Cuando el guardabosque le hubo desatado las muñecas, el prisionero se sentó en el banco.

-¡Qué aguacero! -dijo Birouk-. Ahora no puedes partir. Descansa, por favor, yo enjaularé a este pájaro al otro lado.

-Gracias, pero no le causes daño.

El paisano me miró con agradecimiento. Me prometí gastar toda mi influencia en conseguir apaciguar la severidad del guardabosque.

En un rincón estaba quieto el infeliz, pálida y ensombrecida la cara, la desolación en los ojos.

Los niños estaban dormidos. Sentándose a la mesa, Birouk tomó su cabeza entre las manos. En medio de un absoluto silencio, un grillo comenzó a cantar.

-¡Foma Birouk! -exclamó el paisano-. ¡Foma, Foma!

-¿Qué hay?

-Deja que me vaya.

El guardabosque permaneció callado.

-Te lo suplico..., el hambre... ya ves... déjame libre.

-Te conozco -dijo el guarda con sequedad-, tu vida es robar, después robar, robar siempre.

-Deja que me vaya -prosiguió el palurdo-, sabes..., ¡ah!, el intendente tiene la culpa, ¡él nos arruinó a todos!

-Esa no es razón para robar.

Suspiró el paisano; movimientos febriles lo sacudían y agitaban su respiración.

-¡Piedad! -clamó con desesperación-. ¡Mis hijitos se mueren de hambre, suéltame!

-No robes.

-Pobre caballo mío, no tengo otra cosa.

-Basta, cállate y permanece quieto, porque aquí hay un señor.

Birouk se acomodó tranquilamente de codos en la mesa. Seguía lloviendo. Yo esperaba ansioso el fin de semejante escena.

De repente, el paisano se incorporó, con un esfuerzo supremo, y gritó:

-¡Ah, tigre sediento de sangre! ¿Crees que no vas a morir, lobo rabioso?

-¿Estás borracho? -dijo el guardabosque.

-Sí, estoy borracho, ¿he bebido por cuenta tuya, devorador de hombres? ¡Sí, quédate mi caballo, tú te irás también! ¡Tigre!... Está bien, ¡pega!

El guardabosque se había puesto en pie.

-¡Pega de una vez! -gritó furioso el paisano.

La pequeña Aulita se había levantado y estaba delante del desgraciado.

-Ahora, silencio -dijo el guarda. Y caminando tomó al ladrón por los hombros como si lo fuese a sacudir con violencia.

Corrí en defensa del infeliz.

-¡No te muevas, señor! -me gritó Birouk.

Pero nada me intimidó y ya tenía cerrados los puños, cuando con gran sorpresa mía, Birouk desató la cuerda que ataba los brazos del ladrón; luego, agarrándolo por el cuello, abrió la puerta y lo lanzó fuera.

-¡Vete al diablo con tu caballo!

Silencioso, el guarda entró de nuevo en la isba.

-Bien -dije a Birouk-, me has asombrado; eres un buen hombre.

-Dejemos eso, amo -rezongó-, y no lo cuentes a nadie. Puesto que ya no llueve, ahora puedo acompañarte.

-¡Ah, cómo corre! -dije escuchando el ruido de un carro que pasaba.

Una hora después me despedía de Birouk en la linde del bosque.