martes, 21 de diciembre de 2010

ALEXANDR I. KUPRÍN


Nace en la ciudad de Narovhat, de la región del Volga, en 1870. Su padre era un pequeño funcionario del estado. El futuro escritor ingresa en la escuela de cadetes de Moscú y empieza su actividad literaria siendo aún estudiante de la escuela militar. En 1894 se da de baja del ejército y colabora en periódicos de provincias (Kiev, Zhitomir, Odesa) En 1903 se traslada a Petersburgo. disconforme con la Revolución de Octubre, emigra a París. En 1937 regresa a su patria, donde muere al año siguiente.
Kuprín es un excelente narrador. Aunque no se libró de la influencia naturalista ni del "decadentismo" literario de finales de siglo, se convirtió en uno de los representantes más destacados del "anticadentismo". Su técnica literaria recuerda, a veces, a la de Turguénev.


EL BRAZALETE DE GRANATES

L. von Beethoven. 2 Son. (op. 2. Nº 2)
Largo Apassionato.

I

A mediados de agosto, poco antes de la luna llena, el tiempo se puso horrible, como suele ocurrir en la costa septentrional del mar Negro. A veces, una densa niebla cubría tierra y mar durante días y noches seguidos. Entonces, la enorme sirena del faro ululaba sin cesar, cual toro rabioso. A veces lloviznaba durante todo el santo día. La lluvia menudita, como si fuera polvo acuoso, transformaba los arcillosos caminos y senderos en ininterrumpidos barrizales donde se atascaban carros y coches. Otras veces soplaba el viento huracanado del noroeste, del lado de la estepa. Las cimas de los árboles se balanceaban, inclinándose y levantándose, como las olas del tempestuoso mar. Las planchas de zinc de los tejados retumbaban como si por ellos alguien corriera con botas claveteadas. Crujían los marcos de las ventanas, golpeaban con estrépito las puertas y silbaban diabólicamente las chimeneas. Algunas tareas de pescadores se desorientaron en el mar. Dos no regresaron. Una semana más tarde, las olas arrojaron los cadáveres de las desdichadas tripulaciones a distintos lugares de la costa.
El mal tiempo obligó a trasladarse apresuradamente a la ciudad a la colonia veraniega del próximo pueblecito marítimo -en su mayor parte compuesta de griegos y judíos, aficionados a la buena vida y aprensivos, como todos los meridionales-. Por la carretera reblandecida se extendía una hilera sin fin de carros repletos de toda clase de enseres domésticos: colchones, divanes, baúles, sillas, lavabos, samovares... A través del turbio cendal de la lluvia, resultaba lamentable, triste y repulsivo contemplar esos deplorables cachivaches que se veían extraordinariamente gastados, sucios y míseros. Sobre los carruajes atestados se veía a las criadas y a las cocineras llevando en las manos planchas, latas y cestas. Los caballos, sudorosos y fatigados, se paraban a cada paso, temblorosas las rodillas, humeantes, y los arrieros juraban con ronca voz y se defendían de la lluvia echándose encima alguna tela de saco. Aún causaba una impresión más dolorosa pasar la mirada por las villas solitarias -que ahora parecían más espaciosas-, vacías y desnudas. con los parterres mutilados, los cristales rotos, los perros abandonados, con las colillas a la vista, lo mismo que los papeles, los tiestos, las cajitas y los frascos de medicina que siempre se arrojan a la basura.
Pero en vísperas de septiembre el tiempo volvió a cambiar de manera radical e inesperada, y se sucedieron los días sin una nube en el cielo, claros, soleados, calurosos, más aún que en el mes de julio. En los punzantes rastrojos amarillentos de los campos, que se habían secado, brillaron con reflejos de mica las telas de araña. Los quietos árboles se iban despojando silenciosa y sumisamente de las doradas hojas.
La princesa Viera Nikoláievna Shein, esposa del presidente de la Junta local de la nobleza no pudo marcharse de su villa porque estaban reparando aún la casa que tenían en la ciudad. Esos días espléndidos de septiembre la alegraron mucho y gozaba del sosiego que reinaba en el lugar, disfrutaba de la soledad, del aire puro, del incesante par de las golondrinas que se reunían en los hilos telegráficos preparándose para emprender el vuelo, de la salobre brisa que llegaba del mar.

II

Aquel día -el diecisiete de septiembre- era, además, el de su santo. Siempre celebraba con mucha alegría esa fiesta, asociada para ella a inolvidables remembranzas de la niñez, y la esperaba ilusionada, como si creyera que había de traerle algo maravilloso, que la colmara de dicha. Su marido tuvo que irse temprano a la ciudad, donde le reclamaba un asunto urgente, y al salir le había dejado en la mesita de noche un estuche con unos magníficos pendientes de perlas. Este regalo la había puesto todavía más contenta.
Estaba sola en casa. Su hermano Nikolái, soltero, que vivía con ellos, también se había ido a la ciudad para asistir a la vista de una causa, pues era fiscal. Su marido le había prometido invitar a comer únicamente a los conocidos más allegados. Le encantaba estar aún de veraneo el día de su santo. En la ciudad habría tenido que gastar un dineral organizando un fastuoso banquete e incluso una velada y baile. En la villa, junto al mar, podía reducir el desembolso a lo más indispensable. Al príncipe Shein, a pesar de su destacada posición social -quizá a consecuencia de ella-, las cuentas le salían con dificultad. Sus antepasados casi habían dilapidado el enorme patrimonio familiar y él se veía obligado a sostener un tren de vida superior a sus posibilidades: había que organizar recepciones, hacer obras de beneficencia, vestir bien, tener caballos, etc. La princesa Viera, cuyo amor apasionado hacia el marido se había convertido hacía tiempo en un sentimiento de amistad sólida, fiel y sincera, procuraba ayudar por todos los medios al príncipe, a fin de evitar que se arruinara por completo. Sin que él se diera cuenta, se privaba de muchas cosas, y procuraba economizar en los gastos de la casa.
En ese momento se paseaba por el jardín y con unas tijeras cortaba flores para adornar la mesa. Los arriates habían quedado casi vacíos y ofrecían un aspecto desagradable. Había aún policromos claves doble y también alhelíes -la mitad estaban en flor y la otra mitad tenían finas vainas verdes que olían a col-; los rosales todavía daban capullos y rosas -por tercera vez durante ese verano,-, pero ya pequeñitas, escasas, como menguadas. En cambio, las dalias, las peonías y las asteres florecían pomposamente con su fría y altanera hermosura, difundiendo por el aire sutil una melancolía fragancia otoñal. Las demás flores, después desprendían suavemente sobre la tierra las innumerables semillas de la futura vida.
En la carretera sonó el claxon de un automóvil: era la hermana de la princesa Viera, Ana Nikoláievna Friesse, que aquella mañana, por teléfono, le había prometido acudir para ayudarla a atender a los invitados y a preparar la fiesta.
El fino oído de Viera no la había engañado. La princesa salió al encuentro de su hermana. Poco después, una elegante limosina se paró bruscamente ante la puerta de la villa. El chofer salió ágilmente del asiento y abrió la portezuela.
Las hermanas se besaron con alegría. Solícito y entrañable afecto las unía desde la infancia. Por su aspecto, no tenían ningún parecido. La mayor, Viera era como su madre - una beldad inglesa -: de alta y cimbreante figura, de tierno semblante, aunque frío y orgulloso, de hermosas manos, si bien bastante grandes, y de encantadora línea de hombros, como puede verse en miniaturas antiguas. La menor, Ana, había heredado, por el contrario, la sangre mogólica del padre, príncipe tártaro cuyo abuelo se bautizó sólo a comienzos del siglo XIX. Su vieja estirpe se remontaba hasta el propio Tamerán o Lang_Temir, como llamaba orgullosamente a su padre, en tártaro, a aquel gran sanguinario. Era media cabeza más baja que su hermana, algo ancha de hombros, vivaracha y frívola, burlona. Tenía el rostro de facciones mogólicas acusadas, con los pómulos bastante salientes, los ojos alargados -que, además, entornaba por ser miope-, una expresión altiva en su boca pequeñita y sensual, sobre todo en el labio inferior, ligeramente tendido hacia adelante. Aquel rostro, no obstante, seducía por su misterioso encanto, que radicaba quizás en la sonrisa, quizás en la acusada feminidad de todos sus rasgos, quizás en los pícaros gestos provocadoramente coquetones. Su graciosa fealdad atraía a los hombres mucho más que la aristocrática belleza de su hermana.
Ana estaba casada con un hombre muy rico y muy tonto que no hacía absolutamente nada, aunque figuraba entre los miembros de una institución de beneficencia y poseía el título de gentilhombre de cámara. No podía soportar a su marido, pero tuvo de él dos hijos, un niño y una niña; luego decidió no tener más y no los tuvo. En cuanto a Viera, deseaba con toda el alma ser madre, cuantas más veces mejor, según creía; pero, no sabía por qué, los hijos no venían, y adoraba con cierto dolor y apasionadamente a los guapitos y entecos hijos de su hermana, siempre correctos y obedientes, de carita pálida y cabellos rizados como los de las muñecas.
Ana era la imagen viva del alegre desenfado y de las contradicciones graciosas, a veces extrañas. Se entregaba de buen grado al flirt más temerario en cualquier capital y en cualquier balneario de Europa, pero nunca engañaba a su marido, a pesar de que se burlaba de él despectivamente en su presencia y a sus espaldas. Era manirrota, sentía pasión por los juegos de azar, por los bailes, por las impresiones fuertes, por los espectáculos extravagantes; frecuentaba los cafés de dudosa reputación cuando se hallaba en el extranjero; pero al mismo tiempo distinguíase por su generosa bondad y por su profunda y sincera devoción, que la llevó incluso a convertirse en secreto al catolicismo. Tenía espalda, pecho y hombros de singularísima belleza. Cuando asistía a los bailes de gala, lucía sus encantos mucho más allá de los límites que la decencia y la moda admitían, pero se decía que bajo los vestidos de atrevido escote llevaba siempre un cilicio.
Viera, en cambio, era sencilla, amable con todo el mundo, con amabilidad fría y hasta cierto punto altiva; era independiente y de una calma soberana.

III

-¡Dios mío, qué bien se está aquí! ¡Qué maravilla -decía Ana avanzando por el caminito, al lado de su hermana, con rápidos y breves pasos-. Si no estás ocupada vamos a sentarnos un poco en el banco, junto al acantilado. Hace mucho que no veo el mar.¡Qué aire más embriagador! Respiras y se te alegra el corazón. El verano pasado, cuando estuve en Crimea, en Misjor, hice un descubrimiento extraordinario. ¿Sabes a qué huele el agua del mar durante la resaca? Pues nada menos que a reseda.
Viera se sonrió cariñosamente.
-Tienes mucha imaginación -le dijo.
-No, no. Recuerdo que una vez también se reían de mí porque dije que la luz de la luna tiene cierto matiz rosáceo. Pues uno de estos días, Boritski, el pintor que hace mi retrato, estuvo de acuerdo en que yo tenía razón, y me dijo que los pintores habían observado ese matiz del color de la luna hace ya mucho tiempo.
-Este pintor, ¿es tu nueva pasión?
-¡Siempre te estás inventando cosas! -respondió Ana riéndose, y se acercó rápidamente al borde del acantilado, al fondo del cual se estrellaban las olas.
Miró y retrocedió asustada, palideciendo.
-¡Huy, qué alto! - exclamó con voz débil y temblorosa - Cuando miro desde una altura semejante, siento un cosquilleo dulce y repugnante a la vez en el pecho... y me duelen los dedos de los pies... Y a pesar de todo, el abismo me atrae...
Quiso asomarse otra vez al precipicio, pero su hermana la detuvo.
-¡Ana, por Dios! A mi misma me da vértigo cuando te acercas al peligro. Siéntate, te lo ruego.
-Está bien, está bien, ya me siento... Pero fíjate, cuánta hermosura, cuánto gozo. Los ojos no se cansan de mirar. ¡Si supieras cuánto agradezco a Dios las muchas maravillas que por nosotros ha hecho!
Se quedaron unos instantes pensativas. En lo hondo, muy hondo, reposaba el mar. Desde el banco no se divisaba la orilla, y de esta manera aún resultaba más intensa la impresión de infinita grandeza que la superficie marina causaba. Las aguas, dulcemente tranquilas, se veían de alegre color azul, más claro en las franjas lisas de las corrientes y más denso y oscuro en el horizonte.
Las barcas de los pescadores parecían tan diminutas que apenas se percibían a simple vista, dormitando inmóviles en la superficie azul, no lejos de la costa. Mucho más allá, un navío de tres palos, con todo el velamen desplegado al viento, parecía hallarse suspendido en el aire.
-Te comprendo muy bien - dijo pensativa la hermana mayor -, pero lo que a mí me pasa es distinto. Cuando contemplo el mar después larga ausencia, su visión me emociona, me alegra y me sorprende. Es como si me hallara por primera vez ante colosal y majestuoso. Pero luego, cuando me acostumbro, su vacuidad horizontal me oprime... Cuando lo miro me aburre y evito contemplarlo. Me cansa.
Ana se sonrió.
-¿Por qué te sonríes? - preguntó la hermana.
-El verano pasado -dijo Ana con pícaro semblante - fuimos en numerosa cabalgata desde Yalta a Uch-Kosh, al otro lado del bosque, más arriba del salto de agua. Penetramos en una nube. La humedad era mucha y no se veía casi nada, pero seguimos la ascensión por un empinado sendero entre los árboles. De repente se terminó el bosque y nos libramos de la niebla. El panorama que se abrió a nuestros ojos era espléndido.Imagínate una estrecha superficie sobre una roca y a nuestros pies el abismo. Abajo, las aldeas no parecían mayores que cajas de cerillas, los bosques y huertos daban la impresión de manchas formadas por hierba menudita. La tierra va descendiendo hacia la costa. Parece que estás contemplando un mapa geográfico. Después se inicia la extensión infinita del mar. Me sentía como suspendida en el aire a punto de volar, incorpórea. ¡Cuánta hermosura! Volví la cabeza y dije al guía que nos acompañaba, un tártaro del lugar: "¿Qué te parece? ¿Te gusta, Scid-Ogli?" El guía hizo chascar la lengua y respondió: "¡Ay, señora! ¡Qué harto me tiene todo esto! Lo vemos cada día".
-Gracias por la comparación -repuso Viera, sonriendo-,. A mí me parece que nosotros, gente del norte, nunca llegamos a comprender el encanto del mar. Yo prefiero el bosque. ¿Recuerdas el de nuestra finca? El que tenemos en Egorovsk. ¿Acaso puede cansar nunca? ¡Aquellos pinos!... ¡Aquellos musgos!... ¿Y las oronjas falsas? parecen de seda roja bordada con abalorjos blancos. El silencio... la frescura...
-A mí me da lo mismo, me gusta todo -respondió Ana - Y por encima de todo quiero a mi hermanita, a mi juiciosa Viera. No somos más que dos en todo el mundo. -Abrazó a su hermana mayor y apretó su mejilla contra la de ella. de pronto se sobresaltó. -¡Qué tonta soy! Nos estamos aquí en el banco hablando del mar y del bosque, como encantadas, y me he olvidado por completo del regalo. Mira, ¿te gusta?
Del bolso de mano sacó un librito de notas de sorprendente encuadernación: sobre el terciopelo azul, ya viejo, algo raído y perdido el color por la acción del tiempo, se veía un dibujo afiligranado en oro mate, complicado y fino, de extraordinaria belleza. Era evidente que la obra había sido ejecutada con cariño por la mano de un artífice hábil y paciente. El cuadernito estaba atado a una cadenita de oro, finísima, como un hilo. Las hojas habían sido sustituidas por tablitas de marfil.
-¡Qué preciosidad! ¡Es una maravilla! -exclamó Viera, y besó a su hermana-. Te lo agradezco con toda el alma.¿Dónde has encontrado, semejante tesoro?
_En una tienda de antigüedades. Ya sabes la manía que tengo de revolver cosas viejas. Así he dado con este breviario. Fíjate cómo el adorno forma aquí una cruz. La verdad es que sólo hallé la encuadernación, lo demás tuve que idearlo; las hojitas, los cierres, el lápiz. Moliné no me ha comprendido por más que se lo he explicado. Los cierres tenían que ser del mismo estilo que el adorno: mates, de oro viejo y cincelado fino. ¿Sabe Dios lo que ha hecho! Pero la cadenita es auténticamente veneciana, muy antigua.
Viera pasó suavemente la mano por la espléndida encuadernación.
-¡Qué antiguo debe ser! ¿Cuántos años tendrá este librito? - preguntó.
-No me atrevo a decirlo con exactitud. Será poco más o menos de finales del siglo diecisiete del dieciocho...
-¡Qué extraño! - añadió Viera, sonriendo melancólicamente-. Tengo en mis manos un objeto que estuvo quizá en las de la marquesa de Pompadour o de la propia reina Antonieta... La verdad es que sólo a ti se te puede ocurrir la disparatada idea de transformar un breviario en un carnet de señora. De todos modos, vamos a ver cómo tenemos la casa.
Entraron por la gran terraza cerrada por frondosas parras. Gruesos racimos de negras uvas que despedían un leve aroma a fresas, colgaban pesadamente entre el oscuro follaje, dorado por el sol en alguna que otra parte. La terraza quedaba sumida en verde penumbra que inmediatamente puso una sombra pálida sobre los rostros de las dos mujeres.
-¿Servirás la mesa aquí?- preguntó Ana.
-Así lo había pensado al principio... Pero ahora las tardes son frescas. Será preferible en el comedor. Los hombres, si quieren, que vengan aquí a fumar.
-¿Tendremos alguna persona interesante?
Todavía no lo sé. Lo único que me consta es que vendrá nuestro abuelo?
-¿El abuelito? ¡Qué alegría! -exclamó Ana juntando las manos alborozada-. Parece que llevo un siglo sin verlo.
-Vendrá la hermana de Vasili y, según creo, el profesor Spiéshnikov. Ayer no sabía qué hacer, estaba preocupadísima. Ya sabes que a los dos les gusta comer bien, tanto al abuelo como al profesor. Pero ni aquí ni en la ciudad encuentras nada a ningún precio. Luka se ha hecho con unas codornices (las había encargado a un cazador amigo) y algo preparará con ellas. He podido comprar rosbif, no del todo malo (¡el eterno rosbif!), y unos cangrejos muy buenos.
-Está muy bien, no tienes por qué preocuparte. La verdad sea dicha, entre nosotras: tú también sientes debilidad por la buena mesa.
-Habrá, además, una cosa muy poco frecuente. Hoy por la mañana un pescador nos ha traído un gallo de mar. Lo he visto. parece un monstruo. Incluso da miedo.
Ana, eternamente curiosa por todo cuanto le importaba y no le importaba, pidió en seguida que le mostraran el gallo de mar. Lo trajo el cocinero Luka, hombre alto, rasurado, de rostro algo amarillento. Llevaba un gran recipiente alargado, blanco, que sostenía con dificultad por las asas, temiendo salpicar el parquet.
-Pesa doce libras y media, Excelencia -dijo con especial orgullo de cocinero-. Acabamos de pesarlo.
El pez era demasiado grande para el recipiente y yacía en el fondo con la cola doblada. Sus escamas tenían reflejos de oro, las aletas eran de vivos colores rojos, y de su enorme boca de monstruo partían hacia los lados dos largas alas levemente azuladas y plegables como un abanico. El animal aún vivía y no cesaba de mover las agallas.
La hermana menor pasó cautelosamente el dedo meñique por la cabeza del pez, pero éste dio un coletazo, inesperadamente, y Ana retiró la mano lanzando un chillido.
- No se inquiete, Excelencia, lo prepararé lo mejor que pueda - dijo el cocinero, comprendiendo, por lo visto, la alarma de Ana -. Ahora el búlgaro nos ha traído un aroma mucho más fino. Y aún ruego a Su Excelencia me permita preguntarle qué salsa desea con el gallo: ¿tártara o polaca? ¿O prefiere pan rallado, frito o mantequilla?
- Decide tú mismo. ¡Puedes retirarte! - ordenó la princesa.

IV

Después de las cinco empezaron a llegar los invitados. El príncipe Vasili Lvóvich se presentó acompañado de su hermana viuda, Ludmila Lvovna - Durásova por el apellido del marido -, mujer gruesa, bondadosa y extraordinariamente callada. Con él llegó también un joven rico y calavera, a quien toda la ciudad comocía por el nombre familiar de Vasiuchok. Brillaba en las veladas por sus dotes de cantor y de actor y también porque sabía organizar cuadros plásticos, espectáculos y tómbolas benéficas. Vasili Lvóvich trajo consigo, además, a la famosa pianista Jenny Reiter - amiga de la princesa Viera, de la que fue condiscípula en el instituto de Smolni - y su cuñado Nikolái Nikoláievich. A continuación arribó en automóvil el marido de Ana con el profesor Spiésnikov - rasurado, gordo, indecorosamente enorme - y con von Zekk, vicegobernador local. El último en llefar fue el general Anósov, que se presentó en un excelente landó de alquiler, acompañado de los oficiales: el coronel de Estado Mayor Ponamariov, delgado, billoso, demacrado, envejecido prematuramente por el abrumador trabajo que pesaba sobre él en las oficinas militares, y el húsar Bajtinski, teniente del regimiento de la Guardia, celebrado como el mejor bailarín de San Petersburgo y animador sinigual de los bailes.
El viejo general Anósov, alto, obeso y de pelo cano, bajó pesadamente del estribo, apoyándose con una mano en la barra del pescante y con la otra en la capota trasera del coche. En la mano izquierda sostenía una trompetilla acústica, y en la derecha, un bastón con contera de goma. Era de rostro grande, tosco, encarnado, nariz gruesa y ojos de expresión bondadosa y solemne, levemente despectiva, radiantes, hundidos en semicírculos hinchados, como es propio de las personas valerosas y sencillas que se han enfrentado a menudo, cara a cara, con el peligro y la muerte. Las dos hermanas lo reconocieron desde lejos y corrieron hacia el landó. Llegaron a tiempo para sostener al general por los brazos, medio en broma y medio en serio, una a cada lado.
-¡Ni que fuera... un obispo! - dijo el general con ronca y cariñosa voz de bajo.
-¡Abuelito, querido! - exclamó Viera con leve tono de reproche-, Todos los días le esperamos y usted ni siquiera se deja ver.
-Aquí, en el sur, nuestro abuelo ha perdido la vergüenza - dijo Ana riéndose-. Parece que podría acordarse de su apadrinada; pero está hecho un Don Juan y se ha olvidado por completo de nuestra existencia...
El general descubrió su cabeza majestuosa, besó sucesivamente la mano de las dos hermanas, luego la mejilla y de nuevo la mano.
-Pequeñas... esperad... no me regañéis - exclamó, interrumpiéndose a cada momento para tomar aliento -. Palabra de honor... Esos malhadados doctorcillos...todo el verano me están dando baños contra el reumatismo... en una papilla... cenagosa... que huele muy mal... Y no me han soltado... Sois las primeras... a quienes visito... Estoy muy contento... de veros... ¿Qué es de vuestra vida?...
Tú, Viera... pareces una lady... te pareces mucho... a tu difunta madre... ¿Cuándo me haces padrino?
- ¡Ay, abuelito! Me temo que nunca...
- No desesperes... Tienes por delante... mucho tiempo... Ruega a Dios... Tú, Ana, no has cambiado... Tú... hasta a los sesenta años... serás como una inquieta libélula... Un momento, dejad que os presente... a los señores oficiales.
-¡Hace mucho que tuve este honor! -dijo el coronel Ponamariov haciendo una reverencia.
-A mí me presentaron a la princesa en San Petersburgo -dijo a su vez el húsar.
-Si es así, te presento a ti, Ana, el teniente Bajtinski, bailarín y calavera, pero buen jinete. Batjinski, querido, saca del coche... Vamos, niñas... ¿Con qué matamos el hambre, Viera? Después del régimen de baños... tengo tanto apetito...como un alférez... recién salido... de la academia.
El general Anósov había sido compañero de armas y fiel amigo del difunto príncipe Mirzá-Bulat-Tuganovski. Después de la muerte del príncipe, puso en las hijas de su buen amigo todo el gran afecto que por él sentía. Las conocía desde que habían nacido, e incluso bautizó a la pequeña Ana. En aquel entonces -lo mismo que ahora - era comandante de una gran fortaleza de la ciudad de K., si bien casi abandonada, y cada día visitaba a la familia Tuganovski. Las niñas le adoraban por lo mucho que las mimaba, por los regalos que les hacía, por los palcos que les proporcionaba para ir al circo y al teatro, y, sobre todo, porque con nadie resultaba tan divertido jugar como con Anósov. Lo que más les encantaban empero, y lo que se les grabó más hondamente en la memoria, fueron los relatos sobre las expediciones militares, las batallas, los sucesos en los vivaques, las victorias y retiradas; sobre la muerte, las heridas y los fríos intensísimos, relatos calmosos, épicamente pausados, cándidos, que se contaban entre la hora del té y la aburrida hora en que llaman a los niños a dormir.
Según las costumbres ahora imperantes, este fragmento de la antigüedad era considerado como una figura titánica y sumamente pintoresca. Se combinaban en él los rasgos sencillos conmovedores y profundos que incluso en los buenos tiempos del general se encontraban entre los soldados de filas con más frecuencia que entre los oficiales, rasgos típicamente rusos, propios de los mujiks, que combinados entre sí dan origen a un tipo humano superior que hacen a nuestro soldado no sólo invencible, sino un mártir, casi un santo. Hallamos en estos rasgos una fe simple, cándida, una concepción de la vida clara, bondadosa y alegre, una bravura fría y eficiente, resignación ante el rostro de la muerte, compasión hacia el vencido, paciencia infinita e insólita resistencia física y moral.
Desde la guerra con Polonia, Anósov había participado en todas las campañas excepto la japonesa. También a esa guerra habría ido sin vacilar en lomás mínimo, pero no le llamaron, y él era hombre que se atenía siempre a una regla, grande por la modestia que implicaba: "No vayas al encuentro de la muerte mientras no te llamen". Durante todos sus años de servicio militar no sólo no azotó nunca a ningún soldado, sino que ni siquiera dio un bofetón. Durante la revuelta polaca se negó una vez a fusilar a los prisioneros, a pesar de la orden personal del jefe del regimiento. "A un espía no sólo lo fusilaré -dijo-, sino que lo mataré personalmente si me lo ordena. Pero estos son prisioneros, y no puedo hacerlo". Y lo dijo con tanta sencillez, tan cortésmente, sin sombra de reto ni de jactancia, mirando tan abiertamente a su jefe con mirada clara y firme, que en vez de fusilarle a él mismo lo dejaron en paz.
En la guerra de 1877-1879 muy pronto alcanzó el grado de coronel a pesar de su poca instrucción, pues, como decía él mismo, sólo había terminado "la academia del oso". Participó en el paso del Danubio, cruzó los Balcanes, estuvo sitiado en Shipka, intervino en el último ataque de Plevna. Le hirieron cinco veces, una de ellas gravemente. También sufrió una fuerte contusión en la cabeza, producida por el golpe de un casco de granada. Radetski y Shobeliev lo conocían personalmente y lo tenían en muy alta estima. Refiriéndose a él dijo una vez Skobeliev: "Conozco a un oficial que es mucho más valiente que yo: el mayor Anósov".
Volvió de la guerra casi sordo, a consecuencia del caso de granada; con una pierna enferma, de cuyo pie tuvieron que amputarle tres dedos que se le habían helado durante la expedición a los Balcanes, y con un atroz reumatismo que se ganó en Shinka. Después de dos años de servicios en tiempos de paz, quisieron darle el retiro, pero Anósov se negó en redondo a aceptarlo. Le apoyó con sus influencias el jefe de su Capitanía General, testigo ocular de la sangre fría y del arrojo de que dio prueba Anósov en el paso del Danubio. En Petersburgo decidieron no disgustar al benemérito coronel y le nombraron comandante de la ciudad de K. con carácter vitalicio, cargo más representativo que necesario para la defensa del Estado.
En la ciudad lo conocía todo el mundo. Mayores y pequeños se reían bondadosamente de las debilidades del comandante, de sus costumbres y de su manera de vestir. Anósov iba siempre sin armas. Llevaba una levita pasada de moda, una gran gorra de plato de enorme visera recta, un bastón en la mano derecha y una trompetilla acústica en la izquierda. Constantemente le acompañaban dos perros dogos sebosos, tardos, roncos, que llevaban siempre fuera la punta de la lengua apretadita entre los dientes. Si durante su cotidiano paseo matinal se encontraba con algún conocido, los transeúntes oían de lejos los gritos del comandante, seguidos del ladrido de los perros.
Como muchos sordos, era un apasionado de la ópera. A veces, mientras estaban cantando algún dueto sentimental, resonaba inesperadamente su voz en el ámbito del teatro, diciendo, por ejemplo: "¡Diablo! ¡Ha llegado al do como quien se toma una copita!" El público se esforzaba por contener la risa, sin que el general sospechara nada. El creía haber comunicado su impresión al vecino hablándole al oído.
Sus obligaciones de comandante le llevaban a visitar con frecuencia, acompañado de sus roncos perros dogos, la prevención militar, donde los oficiales arrestados descansaban cómodamente de las cargas del servicio jugando a las cartas, bebiendo té y contando chistes. Los interrogaba a todos con mucho detalle: "¿Nombre y apellidos? ¿Por qué ha sido arrestado? ¿Por cuánto tiempo?" A veces cuando menos se esperaba, encomiaba a un oficial por una acción gallarda, si bien desacorde con la ley. Otras veces se ponía a reprender al oficial que interrogaba, gritando de tal modo que se le podía oír desde la calle. Cuando se había cansado de gritar, sin transiciones ni pausas, se interesaba por la comida del oficial, de dónde se la traían y cuánto pagaba por ella. A veces cumplían allí el arresto oficiales que estaban de servicio en localidades donde ni siquiera tenían prevención militar. Algunos había que, faltos de dinero, comían rancho. Cuando Anósov tenía de ello noticia, ordenaba inmediatamente mandar comida de su propia casa, de la comandancia, que no se hallaba ni a doscientos pasos de la prevención.
Fue en la ciudad de K. donde Anósov trabó amistad con la familia Tuganovski. Puso tal afecto en las pequeñuelas, que sentía necesidad de visitarlas todas las tardes. Si las señoritas habían tenido que salir o el propio general se veía retenido por las obligaciones del servicio, las echaba sinceramente de menos y no sabía cómo matar el tiempo en las grandes habitaciones de su casa. Todos los veranos pedía licencia y se pasaba un mes en la finca de los Tuganovski, en Egorovsk, a unas cincuentas verstas de K.
Hacia los pequeños de la familia, sobre todo hacia las niñas. proyectó toda la escondida ternura de su alma y su necesidad de afecto. Había estado casado, pero hacía de ello tanto tiempo, que hasta se le había olvidado. Su mujer lo abandonó antes ya de la guerra. Huyó con un actor de paso, cautivada por una chaqueta de terciopelo y unos puños de encaje. Hasta que murió, el general le envió dinero. Pero se negó a abrirle las puertas de su casa a pesar de las escenas de arrepentimiento y de las compungidas cartas. No habían tenido hijos.

V

Contra lo que se esperaba, el atardecer fue muy apacible y cálido. En la terraza y en el comedor, las velas ardían con llama inmóvil. Durante la comida, el príncipe Vasili Lvóvich llevó la voz cantante con gran regocijo de todos los comensales. El príncipe tenía una manera muy especial de contar las cosas. Como fundamento de su relato, tomaba algún episodio real, cuyo protagonista fuera alguno de los presentes o algún conocido común, y cargaba las tintas hablando con tanta seriedad y con tal interés, que los oyentes le hacían un coro de risas. Ese d´`ia habló del fallido proyecto de matrimonio de Nikolái Nikoláievich con una dama rica y hermosa. Lo único verdadero del relato era que el marido de la dama no quiso dar su consentimiento para el divorcio; pero el príncipe sabía combinar maravillosamente lo verdadero con lo imaginario. Al serio y grave Nikolái lo presentó corriendo de noche por la calle, en calcetines y con los zapatos bajo el brazo. Un guardia detuvo al joven en una esquina y, sólo después de una larga y tempestuosa explicación, Nikolái logró demostrar que era el fiscal y no un ladronzuelo. Según las palabras del narrador, la boda por poco se celebra, y si ello no fue así se debió a que en el momento crítico el grupo de perdonavidas que participaban en el asunto, en calidad de testigos falsos, se declaró en huelga exigiendo aumento de salario. Nikolái, por tacañería (realmente era tacaño) y también por ser enemigo decidido de huelgas y paros, se negó en redondo a conceder ningún aumento, basándose en un determinado artículo de la ley refrendado por el departamento de casación. Entonces los irritados falsos testigos, a la consabida pregunta: "¿Conocen los presentes algún motivo que impida la celebración del matrimonio?", respondieron a coro: "Sí, lo conocemos. Todo lo que hemos declarado ante el tribunal bajo juramento es pura mentira, y hemos declarado así conminados por las amenazas y las violencias del señor fiscal. En cuanto al marido de esta dama, podemos afirmar, con conocimiento de causa, que es la persona más respetable del mundo, pudoroso como José y de angelical bondad".
Puesto ya a contar historias de casamientos, el príncipe Vasili tampoco perdonó a Gustav Ivánovich Friesse, marido de Ana, de quien dijo que al día siguiente de la boda se presentó acompañado de la policía en la casa paterna de la recién casada, exigiendo que la expulsaran de allí por no tener pasaporte y que la trasladaran al lugar de residencia del marido legal. Lo único que había de verdad en esta anécdota era que en los primeros días de vida matrimonial, Ana tuvo que permanecer junto a su madre enferma, sin abandonarla un momento, pues Viera había tenido que regresar apresuradamente a su casa, en el sur, y el pobre Gustav Ivánovich se consumía de tristeza y desesperación.
Todos se rieron. Se sonrió Ana, con sus ojos entornados. Gustav Ivánovich prorrumpió en una sonora carcajada. Su rostro delgado, de piel tersa y brillante, rematado por escasos cabellos rubios cuidadosamente peinados, con las órbitas hundidas, recordaba la faz de una calavera que se ríe poniendo al descubierto sus dientes archidesagradables. Seguía adorando a Ana como el primer día de matrimonio, siempre procuraba sentarse a su lado y rozarla disimuladamente. La galanteaba tan rendido y satisfecho de sí mismo, que a menudo daba lástima y ponía a los demás en situación embarazosa.
Antes de levantarse de la mesa, Viera Nikoláievna contó maquinalmente a los invitados. Resultó que eran trece. Era supersticiosa, ypensó: "¡Eso está mal! ¿Cómo no se me ocurrió antes contar los que éramos? También Vasili tiene la culpa. No me ha dicho nada por teléfono".
Cuando los Shein o los Friesse invitaban a sus amigos, después de comer solían jugar al póker, ya que ambas hermanas tenían una afición loca por los juegos de azar. En sus casas, a este respecto, incluso llegaron a establecerse unas determinadas reglas: se repartía a todos los jugadores unas fichas de hueso de cierto valor, en parte rigurosamente iguales, y el juego se prolongaba hasta que todos aquellos huesecitos pasaban a una sola mano. Entonces el juego se interrumpía, por más que los jugadores insistieran en la continuación. Se prohibía rigurosamente tomar fichas de la caja por segunda vez. Estas severísimas leyes fueron dictadas por la práctica. Se trataba de poner freno a la princesa Viera y a Ana Nikoláievna, que en los juegos de azar no sabían moderarse. Lo que podía perderse raras veces llegaba a los doscientos rublos.
También ese día se pusieron a jugar al póker. Viera, que no jugaba, se disponía a salir a la terraza, donde preparaban la mesa para servir el té, mas de repente la doncella la llamó desde el recibidor con cierto misterio:
-¿Qué ocurre, Dasha? -preguntó disgustada la princesa Viera, entrando en su pequeño gabinete, junto a la alcoba-, ¿Por qué pone esta cara de tonta? ¿Qué es eso que tiene en la mano?
Dasha puso sobre la mesa un pequeño objeto cuadrado, cuidadosamente envuelto con papel blanco y elegantemente atado con una cinta color de rosa.
-Le juro por Dios, que no tengo ninguna culpa., Excelencia - balbuceó la doncella, ruborizada por la ofensiva calificación- Él ha venido y ha dicho...
-¿Quién es "él"?
-El del gorro rojo, Excelencia..., el botones.
-¿Y qué?
-Ha venido a la cocina y ha puesto el paquetito sobre la mesa: "Entréguelo (dice) a la señora de la casa. Pero sólo en su propia mano". Yo pregunto: "¿De parte de quién?" Y él me responde: "Aquí está todo explicado". Y después de decir esto, se ha ido.
-Alcanzadlo y llamadle.
-No hay manera de alcanzarlo, Excelencia. Ha venido mientras comían y no me he atrevido a molestarla. Excelencia. Hará una media hora.
-Esta bien, salga.
Con unas tijeritas cortó la cinta y la arrojó a un cesto, junto con el papel en que figuraba su dirección. El contenido era un pequeño estuche de terciopelo rojo, por lo visto recién salido de la joyería... Viera levantó la tapita, forrada de seda azul pálido, y vio un brazalete de oro colocado en terciopelo negro. En su interior había un hermoso papelito cuidadosamente doblado en forma octogonal. Lo desenvolvió al instante. La letra le pareció conocida; pero, mujer al fin, Viera dejó el papel para contemplar la joya.
Era un brazalete de oro de pocos quilates, muy grueso, pero hueco y completamente recubierto por la parte exterior con pequeños granates viejos y mal pulidos. En la parte central, en cambio, se destacaban cinco magníficos granates, cada uno de ellos grande como un guisante, rodeando una piedrecita verde. Cuando Viera, con un movimiento casual, acertó a poner el brazalete en buena posición frente a la luz de la lámpara eléctrica, las cinco piedras se encendieron con vivos reflejos densos y profundos bajo la lisa superficie ovoide.
"¡Parece sangre!, pensó Viera con inesperada inquietud.
Luego se acordó de la carta y la desdobló. Estaba escrita con un carácter de letra pequeño, de caligrafía perfecta. Decía:

"Su Excelencia, muy estimada Princesa Viera Nikoláievna:
"Al felicitarla con motivo del luminoso y radiante día de su ángel tutelar, me permito enviarle esta modesta ofrenda, testimonio de mi más rendida fidelidad."
"¿Ah, es ése!", pensó con desagrado Viera, pero leyó la carta hasta el fin...
"Nunca me habría atrevido a ofrecerle algo elegido por mí mismo, personalmente: carezco para ello de derecho, del buen gusto necesario y -lo reconozco- del dinero suficiente. Supongo, además, que en todo el mundo no se encuentra joya ni tesoro dignos de servirle de adorno a usted.
"Pero este brazalete perteneció a mi bisabuela y la persona que por última vez lo ha llevado ha sido mi difunta madre. En el centro, entre las piedras grandes, verá usted una piedra verde. es un granate de suma rareza, un granate verde. Según una vieja tradición que se conserva en nuestra familia, tiene la propiedad de comunicar a las mujeres que lo usan el don de prever los sucesos, a la vez que aleja de ellas los pensamientos agobiadores; a los hombres, los preserva de la muerte violenta.
"Usted puede arrojar en seguida este ridículo juguete, o puede regalarlo a alguna otra persona, pero a mí me hará feliz el mero hecho de pensar que usted ha puesto en él las manos.
"Le suplico que no se enoje conmigo. Me ruborizo pensando en mi osadía de hace siete años, cuando, siendo usted una señorita, me atrevía a escribirle cartas tontas y raras e incluso a esperar respuesta. Ahora no queda en mí más que veneración, admiración eterna y fidelidad ciega. Ahora lo único que sé hacer es desearle felicidad todos los instantes y alegrarme si es usted feliz. En pensamiento me inclino hasta el suelo ante los muebles en que usted se sienta, ante el parquet por el que usted anda, ante los árboles que usted roza al pasar, ante la criada con la que usted habla. Ni siquiera siento envidia hacia las personas ni hacia los objetos.
"Una vez más le pido perdón por haberla inquietado con esta carta larga e innecesaria.
"Su fiel servidor hasta la muerte y después de la muerte,
G.S. Zh."

"¿Se lo enseño a Vasili? Y si se lo enseño, ¿cuándo he de hacerlo? ¿Ahora, o cuando se hayan ido los invitados? Será preferible después, ahora no sólo quedaría en ridículo este desgraciado, sino que me ridiculizaría yo misma."
Mientras pensaba de esta manera, la princesa Viera no podía apartar la vista de los cinco reflejos de sangre palpitantes en el interior de los cinco granates.

VI

Resultó muy difícil que el coronel Ponamariov jugara al póker. Aseguraba que no conocía el juego, que no era amigo del azar ni siquiera en broma, y que el único juego que le gustaba y el único en que entendía era el vint. Sin embargo, no resistió a los ruegos y al fin accedió a jugar.
Al principio había que enseñarle y corregirle pero asimiló con bastante rapidez las reglas del póker y no había transcurrido media hora sin que tuviera ante sí todas las fichas.
-¿Eso no vale! -exclamó Ana con teatral enojo-. Por lo menos tenía que habernos dejado emocionar un poco.
Tres de los invitados -Spiéshnikov, el coronel y el vicegobernador, un alemán aburrido, de buenos modales, pero de pocos alcances- eran tan especiales, que Viera no acertaba a interesarlos por nada. No sabía qué hacer con ellos. Organizó una partida de vint a fin de entretener a los tres, e invitó como cuarto compañero de juego a Gustav Ivánovich. Ana, desde lejos, en señal de agradecimiento, cerró un momento los ojos. Su hermana en seguida la comprendió. Todos sabían que de no poner a Gustav Ivánovich ante una mesa de juego, se pasaría la velada entera al lado de su mujer - como si Ana lo tuviera cosido a las faldas-, mostrando los dientes cariados en la faz de calavera y poniendo de mal humor a su esposa.
La velada transcurría plácidamente, sin situaciones forzadas, animada. Vasiuchok, acompañado al piano por Jenny Reiter, cantó a media voz canciones populares italianas y otras orientales con partitura de Rubinstein. Tenía poca voz, pero de agradable timbre. Sabía cantar. Jenny Reitter, pianista muy exigente, lo acompañaba siempre al piano con mucho gusto. No faltaba quien decía, empero, que Vasiuchok le hacía la corte.
En un ángulo, sentada en un diván, Ana estaba coqueteando con el húsar. Viera se acercó y se puso a escuchar sonriendo.
-Por favor, no se ría, no -decía Ana alegremente, mirando al oficial con sus ojos tártaros semientornados, agradables y provocadores-. Usted considera que es un trabajo liarse la manta a la cabeza y volar delante del escuadrón o saltar obstáculos en las carreras. Pero piense usted un poco en el trabajo nuestro. Ahora hemos terminado con la tómbola. ¿Cree usted que era fácil? ¡De ningún modo! Gentío, humo de tabaco, unos porteros y carreteros, no sé cómo los llaman... Y todos vienen con quejas y reclamaciones... Y todo el santo día de pie. Tenemos aún por delante un concierto en favor de los intelectuales necesitados, y luego un baile...
-¿En el cual me honrará usted concediéndome la mazurca? -dijo Bajtinski, inclinándose ligeramente y haciendo resonar las espuelas bajo el sillón.
-Muy agradecida... Pero lo que más me preocupa es el asilo. ¿Comprende? Se trata de un asilo para niños viciosos...
-¡Oh, sí! Lo comprendo muy bien. Debe ser algo muy divertido, ¿no?
-¡No siga! ¿Cómo no le remuerde la conciencia? ¡Reírse de estas cosas! Pero, ¿comprende usted nuestro infortunio? Queremos acoger a esps niños desgraciados que tienen el alma llena de vicios hereditarios y de malos ejemplos, queremos rodearlos de cariño, prodigarles nuestros cuidados.
-¡Hum!...
-...elevar la moralidad, despertar en sus espíritus la conciencia del deber... ¿Me entiende usted? Y ocurre que todos los días nos traen centenares, millares de niños, pero entre todos ellos, no hay ni uno vicioso. Imagínese que los padres incluso se ofenden cuando se les pregunta si sus hijos son viciosos. Ahora resulta que tenemos el asilo abierto, que lo hemos bendecido solemnemente, que está todo preparado, ¡y no hay ni un solo educando, ni niño ni niña! No presentan un niño viciosos ni ofreciendo por él un premio.
-Ana Nikoláievna -la interrumpió serio e insinuante el húsar-, ¿para qué dar premio? Acójame a mí gratuitamente. Palabra de honor: criatura más vicioso no la encontrará usted en ninguna parte.
-¡Basta! ¡Con usted es imposible hablar en serio! -replicó ella riéndose, recostándose sobre el respaldo del diván, refulgente la mirada.
El príncipe Vasili Lvóvich, sentado ante una gran mesa redonda, mostraba a su hermana, a Anósov y a su cuñado, un álbum familiar humorístico con dibujos de su propia mano. Los cuatro se reían con toda el alma y ello atrajo a los invitados que no jugaban a cartas.
El álbum era una especie de complemento ilustrado de los relatos satíricos del príncipe Vasili. Con imperturbable tranquilidad Vasili Lvóvich mostraba, por ejemplo, la "Historieta de las aventuras amorosas del valiente general Anósov en Turquía, Bulgaria y otros países", la "Avntura del petimetre príncipe Nikolái Bulat-Tuganovski en Montecarlo", y así por el estilo.
-Ahora verán, señores, una breve descripción biográfica de nuestra enamorada Ludmila Lvovna -dijo echando una rápida y burlona mirada a su hermana-. Primera parte: Infancia: "La criatura crecía. Entonces la llamaban Lima."
En una hoja del álbum se destacaba la figura de una joven dibujada al estilo de los niños. estaba representada de perfil, pero con dos ojos, con líneas quebradas que le salían por debajo de las faldas en lugar de piernas, con los dedos de las manos extendidos.
-Nunca me llamaron Lima -dijo riendo Ludmila Lvovna.
_Segunda parte: Primer amor. Un alumno de la Academia de Caballería ofrece, arrodillado, a la doncella Lima versos de fabricación propia. Contiene auténticas perlas literarias. Vean, por ejemplo:

¡Oh, tu soberbio pie,
Fenómeno de pasión celeste!

"He aquí, señores el pie soberbio.
"En esta parte, el joven incita ala cándida Lima, a que huya de la casa paterna. Vean la huida. Han llegado a un momento crítico: el airado padre alcanza a los fugitivos. El cobarde alumno de la Academia de Caballería carga toda la culpa sobre la dócil Lima:

Te estuviste acicalando, más de una hora a ello dedicaste
Y ahora tras de nosotros va esta persecución...
Entiéndetelas tú como quieras con los que nos persiguen,
Yo corro a esconderme entre los arbustos.

A la historia de la doncella Lima seguía una novelita corta: "La princesa Viera y el telegrafista enamorado".
-Este conmovedor poema sólo se compone de ilustraciones a pluma y con lápices de colores -aclaró seriamente Vasili Lvóvich-. El texto aún no está preparado.
-¡Caramba! Esto es nuevo -exclamó Anósov- Todavía no lo conozco.
-Acaba de salir de la imprenta- Es la última novedad de librería.
Viera le tocó suavemente el hombro.
-Es mejor que no hables de ello - le dijo.
Pero Vasili Lvóvich o no oyó sus palabras o no les concedió importancia.
-El comienzo se remonta a los tiempos prehistóricos. En una espléndida mañana de mayo, la doncella Viera recibe por correo una carta en cuyo encabezamiento se ven unas palomitas besándose. He aquí la carta y aquí están las palomas.
"La carta contiene una apasionada declaración de amor, escrita pese a todas las reglas de ortografía. Empieza de la siguiente manera: "Encantadora Rubia, tú que... agitado mar de llamas que hierve en mi pecho. Tu mirada cual áspid venenoso, se ha clavado en mi alma desgarrada", y así sucesivamente. Al final, una modesta firma: "Por el género de mis armas soy un pobre telegrafista, pero mis sentimientos son dignos del milord Jorge. No me atrevo a descubrir mi nombre y apellidos, resultan poco agradables. Firmo sólo con las letras iniciales: P. P. Zh. Le ruego me conteste a Lista de correos". Aquí pueden ver, señores, el retrato del propio telegrafista, muy acertadamente dibujado con lápices de colores.
"El corazón de Viera quedó flechado (aquí está el corazón, aquí la flecha). Pero como cu adra a toda doncella honesta y bien educada, muestra la carta a sus estimados padres y también a su amigo de la infancia y novio, al guapo joven Vasili Shein. Aquí tienen ustedes la ilustración. Claro es que con el tiempo se añadirán explicaciones en verso y dibujos.
"Vasili Shein, llorando a lágrima viva, devuelve a Viera el anillo de bodas. "No me atrevo a ser un obstáculo en tu felicidad (dice el joven), pero te suplico que no des el paso decisivo ahora mismo. Piénsalo, medítalo, ponte a prueba a ti misma y ponle a prueba a él. Niña, no conoces la vida y vuelas cual mariposa hacia la refulgente llama. En cuanto a mí, ¡ay!, yo conozco el mundo frío e hipócrita. No olvides que los telegrafistas son seductores, pero también son pérfidos. Para ellos constituye un place indescriptible engañar con su orgullosa guapeza sus falsos sentimientos a la inexperta víctima, y burlarse luego cruelmente de ella."
"Transcurre medio año. En el torbellino del vals de la vida, la joven se olvida de su admirador y concede la mano al guapo Vasili; pero el telegrafista no la olvida. Aquí lo tenemos: disfrazado de deshollinador y pintarrajeado de hollín penetra en la alcoba de la princesa Viera. Las huellas de cinco dedos y de dos labios, como ven ustedes, han quedado marcadas por todas partes: en las alfombras, en las almohadas, en el empapelado e incluso sobre el parquet.
"Aquí lo ven con traje de aldeana, metido en nuestra cocina como lavaplatos. Sin embargo, la excesiva afección del cocinero Luka le obliga a poner pies en polvorosa.
"Aquí se halla en un manicomio. Y aquí se ha hecho moje en un convento. Pero todos los días, infaliblemente, manda a Viera apasionadas cartas. Donde caen las las lágrimas sobre el papel, la tinta se extiende formando manchas.
"Finalmente se muere, pero antes de morir dispone que se entreguen a Viera dos botones de telegrafista y un frasco de perfume lleno de lágrimas...
-¡Señores! ¿Quién desea té? -preguntó Viera Nikoláievna.

VII

El dilatado crepúsculo otoñal se estaba apagando. Se esfumó la última franja purpúrea, estrecha como una rendija, que se divisaba en el mismo borde dle horizonte, entre una nube gris azulada y la tierra. No se distinguía ya nila tierra,ni los árboles ni el cielo. Únicamente sobre la cabeza centelleaban grandes estrellas que movían sus pestañas en la negra noche y se elevaba el rayo azulino del faro hacia lo alto, cual fina columna que se derramaba al chocar contra la bóveda celeste formando un círculo luminoso que recordaba la bruma. Las mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de las campanas de cristal de las velas. Las flores estrelladas del tabaco blanco de la empalizada despedían la más intensa fragancia desde que había oscurecido y refrescado.
Spéshnikov, el vicegobernador y el coronel Ponamariov hacía mucho que se habían marchado. Prometieron enviar el coche desde la parada del tranvía para el comandante. Los demás invitados se habían sentado en la terraza. Viera y Ana obligaron al general -de nada le valieron las protestas- a ponerse el abrigo, y le envolvieron las piernas con una manta. Anósov tenía ante sí una botella de Pommard, su vino tinto preferido, y a cada lado, una de de las hermanas, las cuales le hacían objeto de solícita atención, llenando su vaso de fino cristal con el espeso vino, ofreciéndole una cerilla, recortándole trocitos de queso, y así por el estilo. El viejo general entornaba los ojos de felicidad.
-Sí... Es el otoño, el otoño, el otoño -decía el anciano, contemplando la llama de una vela y moviendo pensativamente la cabeza-. Es el otoño. Y ahora que los días son tan hermosos, he de irme. ¡Ay, qué pena! Aquí a la orilla del mar, en paz y sosiego, no se cansaría uno de vivir...
-¿Por qué no se queda con nosotros, abuelito? - dijo Viera.
-Es imposible, querida, es imposible. Las obligaciones del servicio... Se me termina el permiso... Por lo demás, la razón te sobra. ¡Sería magnífico! Fíjate cómo huelen las rosas... Desde aquí, lo noto. En cambio en verano, cuando hace tanto calor, las flores no huelen, a no ser la acacia blanca, que huele a caramelos.
Viera sacó de un florero dos pequeñas rosas, una de color rojo claro y otra escarlata, y las puso en el ojal del abrigo del comandante.
-Gracias, Viera. - Anósov inclinó la cabeza sobre la solapa del abrigo, olió las flores y de pronto se sonrió con simpática sonrisa de anciano. -Recuero que llegamos a Bucarest y nos alojamos en casas particulares. Una vez iba yo por la calle cuando noté, de súbito, un fuerte olor a rosas. Me detuve y vi enel suelo, entre dos soldados, un espléndido frasco de aceite de rosas. Con dicho aceite se habían engrasado las botas y los cerrojos de los fusiles. "¿Qué es esto?", les pregunto. "Es una clase de aceite, Excelencia. Lo hemos puesto en la papilla y no sirve, hace daño en la boca, pero huele bien". Les di un rublo de plata por el frasco, que estaba mediado y que, teniendo en cuenta el mucho precio de esta esencia, por lo menos valía cien rublos. Los soldados, contentos, añadieron: "Excelencia, hay una clase de garbanzos que no se cuecen por más que se hiervan". Era café. Les dije: "Esto sólo es bueno para los turcos1, para los soldados rusos no valen nada." Por suerte no tomaron opio. En algunos lugares vi las pastillas pisoteadas entre el barro.
-Abuelito, diga sinceramente: ¿Sentía usted miedo durante los combates? -preguntó Ana.
-¡Qué cosas preguntas, Ana: si sentía miedo o sino lo sentía! ¡Claro que tenía miedo! No creas a quien te diga que no lo tiene y que para él no hay música más dulce que el silbar de las balas. O es un loco o un fanfarrón. Todo el mundo tiene miedo. Sólo que a unos el miedo los descompone, mientras que otros se dominan. Y ocurre que el miedo es siempre el mismo, pero el saberse dominar se perfecciona con la práctica. De ahí los héroes y los valientes. Así es. Pero en una ocasión casi me morí de miedo.
-Cuéntenoslo, abuelito - le pidieron al unísono las dos hermanas.
Aún escuchaban los relatos de Anósov con el mismo entusiasmo de su primera infancia. Ana incluso, sin darse cuenta, apoyaba los codos en la mesa y el mentón sobre las palmas de las manos, como los niños. Los calmosos y cándidos relatos del general poseían un encanto reconfortante. El propio giro de las frases con que explicaba sus recuerdos de campaña adquirían, a pesar suyo, un carácter raro, torpón y un poco libresco, como si se explicara según viejo patrón estereotipado por el que sintiera especial cariño.
-El relato es muy corto - respondió Anósov -. Fue en Shipka, durante el invierno, después de haber sufrido la contusión en la cabeza. Eramos cuatro que vivíamos en una chabola. Entonces me ocurrió una cosa muy rara. Una vez, por la mañana al levantarme de la cama, me pareció que yo no era Yákov, sino Nikólai, y de ningún modo podía convencerme de que estaba en un error. Al darme cuenta de que perdía el juicio, grité para que me dieran agua y me mojaran la cabeza, y recobré la razón.
-Me imagino, Yákov Mijáilovich.. cuántas victorias alcanzaría usted sobre los corazones femeninos -dijo la pianista Jenny Reiter-. En su juventud usted debía ser muy guapo.
-¡Nuestro abuelo es guapo todavía hoy! -exclamó Ana.
-No era ningún guapo mozo - replicó Anósov, sonriendo tranquilamente-. Pero tampoco me despreciaban. En ese mismo Bucarest me ocurrió una aventura conmovedora. Cuando entramos en la ciudad, sus habitantes nos recibieron con salvas de artillería en la plaza del ayuntamiento, lo que perjudicó a muchas ventanas. Pero las que tenían junto a los cristales vasos de agua, quedaron intactas. ¿Qué cómo me enteré? Pues del modo siguiente: Al entrar en la casa que me habían asignado, vi en la ventana una jaulita baja con una botella de vidrio, de gran tamaño, llena de agua transparente en la que nadaban pececitos dorados, y entre ellos había un canario posado sobre un barrote. ¡Un canario en el agua! Esto me sorprendió, pero al fijarme me di cuenta de que el fondo de la botella era muy ancho y estaba profundamente hundido en la parte central, de modo que el canario podía penetrar libremente en aquella parte y ponerse sobre un barrote. Después de esto tuve que reconocer para mis adentros que yo no era muy sagaz. Penetré en la casa y vi una hermosa búlgara. Presenté la boleta de alojamiento y le pregunté por qué tenían los cristales enteros después de los cañonazos, y ella me contestó que se debía al agua. También me explicó lo del canario: ¡qué poco ocurrente era yo!... Pues he aquí que durante la conversación nuestras miradas se encontraron, entre nosotros saltó una chispa, semejante a las chispas eléctricas, y me di cuenta de que me había enamorado instantáneamente de manera rotunda y apasionada.
El viejo calló unos momentos y se llevó a los labios con sumo cuidado la copa de negro vino.
-¡Pero luego le declaró su amor? - preguntó la pianista.
-¡Hum!..., naturalmente, me declaré... Pero sin palabras. Fue así...
-Abuelito, supongo que no nos obligará usted a sonrojarnos, ¿verdad? - preguntó Ana, sonriendo con picardía.
-De ningún modo, la novela fue de lo más decente. Siempre que nos acuartelábamos en alguna ciudad, los habitantes del lugar nos miraban con sus más y sus menos; pero en Bucarest nos trataron tan cordialmente que cuando, en una ocasión, comencé a tocar el violín, las jóvenes se pusieron en seguida sus vestidos de fiesta y vinieron a bailar, lo cual se repitió luego todos los días. Una noche durante el baile, a la luz de la luna, entré en el pequeño zaguán donde se había escondido mi bulgarita. Al verme, simuló que estaba recogiendo pétalos secos de rosa, flor que los habitantes de allí recogen a sacos. Pero yo la abracé, la apreté contra mi corazón y la besé repetidamente. Desde entonces, cada vez que aparecía la luna en el cielo, acompañada de su cortejo de estrellas, yo me apresuraba a visitar a mi amada y a su lado me olvidaba de todas la preocupaciones del día. Cuando tuvimos que abandonar la ciudad y proseguir nuestra marcha, nos juramos amor eterno y nos separamos para siempre.
-¿Y nada más? - preguntó Liudmila Lvovna, desilusionada.
-¿Qué más quiere usted? - replicó el comandante.
-No, no, Yákov Mijáilovich, perdóneme usted; pero esto no era amor, sino la simple aventura de un oficial que se detiene con su unidad por más o menos tiempo en un lugar.
-No sé, querida, te juro que no sé si esto era amor y otra cosa...
-No, claro... Pero dígame... ¿es posible que nunca haya amado usted con auténtico amor? Con un amor que... ¿sabe usted? En fin, con un amor santo, puro, eterno... celestial... ¿Es posible que no haya amado así?
-La verdad, no sé qué contestarle - respondió el viejo algo confuso, levantándose del sillón - Será que no he amado así. Al principio siempre estaba ocupado: juventud, calaveradas, cartas, la guerra... Parecía que ni la vida ni la juventud ni las fuerzas iban a faltar nunca. Y cuando me di cuenta, ya estaba convertido en una ruina... Bueno, ahora no me retengas por más tiempo, Viera. Me despido... Húsar -añadió dirigiéndose a Bajtinski-, la noche es cálida, vamos al encuentro del coche.
-Yo los acompañaré, abuelo - dijo Viera.
-Yo también - añadió Ana.
Antes de salir, Viera se acercó a su marido y le dijo en voz baja:
-Entra en la alcoba y mira... En el cajón de mi mesita encontrarás un estuche rojo con una carta. Léela.

VIII

Ana y Batjinski iban delante, y a unos veinte pasos de distancia los seguían el comandante y Viera, asidos del brazo. La noche era tan oscura, que al principio, hasta que la vista se acomodó a las sombras, necesitaron buscar el camino a tientas, con el pie. Anósov, que a pesar de los años tenía una vista sorprendemente fina, debía ayudar a su acompañante. De vez en cuando acariciaba con su fría manaza la mano de Viera, puesta suavemente sobre el antebrazo del general.
-Es divertida es a Liudmila Lvovna - dijo el general de pronto, como si prosiguiera en voz alta el curso de sus pensamientos -. He tenido ocasión de observarlo muchas veces: no bien una dama llega a los cincuenta años, sobre todo si es viuda o solterona, se complace en dar vueltas alrededor del amor ajeno. O se dedica a espiar, alegrándose de las desdichas de los demás, y a chismorrear, o se mete en camisa de once varas preocupándose de que otros alcancen la felicidad, o se pasa el tiempo hablando del amor sublime. Te digo que ahora la gente se ha olvidado de lo que es el amor. No veo amor verdadero. ¡Ni lo vi tampoco en mis tiempos!
-¿Cómo es posible, abuelito? - le replicó nuevamente Viera, apretándole un poco el brazo -. ¿Por qué levantar falsos testimonios? Usted también estuvo casado. Esto quiere decir que también amó.
_Esto no significa absolutamente nada, mi querida Viera. ¿Sabes cómo me casé? Veo que a mi lado se sienta una lozana jovencita. Al respirar, el pecho se le mueve bajo la blusa. Baja las pestañas, muy largas, y se pone como la grana. Tiene suave la piel de las mejillas. El cuello, blanco, inocente; kas manos son blandas, cálidas. ¡Diablo de moza! El papá y la mamá no se alejan nunca, escuchan tras la puerta, miran con ojos tristes, perrunos y fieles. Al irme, unos besitos rápidos tras la puerta... A la hora del té. Y... ¡hombre al agua! "Estimado Nikita Antónich, he venido a pedirle la mano de su hija, ser celestial..." Al papá se le humedecen los ojos, me abraza, me besa... "¿Querido! Hace tiempo que lo adivinaba... Que Dios os bendiga... Vela por ese tesoro." Tres meses más tarde, el celestial tesoro anda por casa con una bata arrugada, en zapatos y sin medias, con sus escasos cabellos despeinados, sujetos con papillotes; riñe con los ordenanzas, se hace la interesante con los oficiales jóvenes, cuchichea con ellos, prorrumpe en chillidos y pone los ojos en blanco. A su marido le llama Yak ante la gente. ¿Sabes? Con pronunciación nasal, arrastrando la palabra, como si estuviera cansad: "Ya-a-ak". Manirrota, falsa, sucia, codiciosa. Con los ojos siempre archimentirosos... Ahora todo ha pasado, me he quedado tranquilo, despreocupado. En el fondo incluso le estoy reconocido a esa comedianta... Gracias a Dios que no tuvimos hijos.
-¿Usted los perdonó, abuelito?
-Los perdoné, si bien esta no es la palabra, Viera. Al principio parecía un loco. Si los hubiera visto, los habría matado a los dos, naturalmente. Luego me fui sosegando, sosegando, y no quedó más que desprecio. Estuvo bien, Dios evitó que corriera sangre innecesariamente. Por otra parte, así me libré del destino general de la mayor parte de los maridos. De no haber ocurrido este infame suceso, ¿qué habría sido yo? UN camello de carga, un vergonzoso calzonazos, un encubridor, una vaca lechera, un biombo, un objeto casero necesario... ¡No! Así fue todo mucho mejor, Viera.
-No, no, abuelito; perdóneme, pero usted habla así porque todavía le duele la vieja herida... Y usted proyecta su experiencia desgraciada sobre toda la humanidad. Tómenos por ejemplo a Vasia y a mí. ¿Acaso puede decirse que nuestro matrimonio sea desgraciado?
Anósov guardó silencio durante bastante rato. Luego prosiguió de mala gana:
-Está bien... Supongamos que sois una excepción... Pero en general, ¿por qué se casa la gente? Pensemos en las mujeres. Les da vergüenza quedarse solteras, sobre todo si las amigas ya se han casado. Es penoso ser una carga para la familia. El deseo de ser la dueña de la casa, de ser dama, de ser independiente... Añade a esto la necesidad física de ser madre y de comenzar a construir el nido. En el hombre se dan otros motivos. En primer lugar, el cansancio de la vida de soltero, del desorden en las habitaciones, de las comidas en las fondas, de la suciedad, de las colillas, de la ropa sin coser y desparejada, de las deudas, de los camaradas frescos, y así sucesivamente. En segundo lugar uno se da cuenta de que es más ventajoso vivir en familia, es mejor para la salud y resulta más económico. En tercer lugar piensas: vendrán los hijos, así como una ilusión de inmortalidad. En cuarto lugar está la seducción por la inocencia, como en mi caso. Además, existen a veces consideraciones acerca de la dote. ¿Dónde se ha quedado el amor? El amor desinteresado, dispuesto al sacrificio, sin esperar recompensa. Ese amor del que se ha dicho que es "fuerte como la muerte", ¿comprendes? Un amor por el que se esté dispuesto a realizar cualquier hazaña, a ofrendar la vida, a dejarse martirizar, un amor que no se a una carga, sino alegría. Un momento, un momento, Viera. ¿Otra vez quieres hablarme de tu Vasili? La verdad es que lo quiero. Es una buena persona. Quién sabe, quizá de qué amor te estoy hablando yo. El amor ha de ser trágico. ¡Este es uno de los grandes misterios de la vida! Ninguna consideración de comodidad, ningún cálculo interesado, ningún compromiso ha de mezclarse con él.
-¿Ha visto usted amor semejante alguna vez, abuelito? -le preguntó quedamente Viera.
-No - respondió el viejo sin vacilar - En dos ocasiones, empero, vi algo parecido. Si bien uno de los casos fue dictado por la estupidez, y el otro... fue un caso triste, lamentable... Si quieres te lo cuento, no es muy largo.
- Se lo ruego, abuelito.
- Pues verás. En un regimiento de nuestra división (si bien no en el que servía yo), el jefe estaba casado con una mujer sumamente fea: larga, delgada, pelirroja, huesuda, de boca grande... El estucado se le caía del rostro como de una vieja casa de Moscú. Pero era, además, una auténtica Mesalina del regimiento: ardiente, autoritaria, despectiva, apasionada por la variedad. Encima, morfinómana. Un día, en otoño, envían al regimiento un teniente de nuevo cuño, un joven sin experiencia alguna, recién salido de de la academia. Un mes más tarde, aquella vieja yegua lo tenía dominado. El joven era su paje, su criado, su esclavo, su eterno galán en los bailes; le llevaba el abanico y el pañuelo; pese al riguroso frío, salía a la calle sin abrigo para avisar al cochero de ella. Es terrible que un joven inexperto y limpio ponga su primer amor a los pies de una vieja libertina, experimentada y autoritaria. Incluso si se libra de ella en seguida, ileso, puede considerarse perdido para el futuro. Le quedará un sello indeleble para todo el resto de la vida.
"Antes de las Pascuas de Navidad, ella ya se había cansado del joven y volvió a una de sus viejas y entendidas pasiones. Pero el joven no podía vivir sin ella. La seguía como un espectro, atormentado,enflaquecido, lívido. Diríamos con palabras altisonantes: "sobre su alta frente, la muerte había puesto ya la mano". Le consumían los celos. Decían que se pasaba noches enteras al pie de su ventana.
"Una vez, al llegar la primavera, se organizó una jira campestre. Yo los conocía personalmente, a él y a ella; pero no estuve presente en lo que ocurrió. Como sucede siempre en tales casos, se bebió mucho. Regresaron de noche a pie, siguiendo la vía del ferrocarril. De pronto aparece en dirección contraria a la suya un tren de mercancías. Avanzaba lentamente venciendo la cuesta, bastante pronunciada. Da unos silbidos. No bien los fuegos de la locomotora alcanzan al grupo, la mujer musita al oído de su enamorado: "Usted no se cansa de repetir que me ama. Pero si le mando que se arroje bajo el tren, seguramente no será capaz de hacerlo." Y el teniente, sin responder una palabra, se lanza corriendo hacia el tren. Dicen que calculó bien las distancias, y se arrojó entre las ruedas delanteras y las ruedas traseras de un vagón; así habría quedado perfectamente partido por la mitad. Pero hubo un idiota que quiso detenerlo y sacarlo de allí. No logró dominarlo. El teniente se agarró al rail y las dos manos le quedaron cercenadas.
-¡Qué horror! - exclamó Viera.
-El teniente tuvo que abandonar el servicio militar. Sus camaradas reunieron un poco de dinero a fin de que pudiera irse. Le resultaba violento quedarse en la ciudad: habría sido un reproche vivo para la mujer y para el regimiento. Se acabó el hombre... del modo más radical... Comenzó a pedir limosna... Murió de frío en un rincón del muelle de Petersburgo.
"El otro caso fue muy triste. La mujer era como la primera, si bien joven y hermosa. Llevaba una conducta escandalosa. Nos chocaba incluso a quienes, como nosotros, mirábamos con mucha indulgencia toda clase de novelas familiares. Y el marido , tan campante. Lo sabía y veía todo, pero callaba. Cuando los amigos hacían alguna alusión, él respondía con un movimiento evasivo de manos y diciendo: "Dejadlo, dejadlo... Esto no es cosa mía... ¡Con tal que Liénochka sea feliz!..." ¡El imbécil"
"Al final aquella mujer se lió muy en serio con el teniente Vishniakov, de la compañía que mandaba el marido. Vivían los tres en bigamia masculina, como si ésta fuera la forma más legal del matrimonio. Entonces nuestro regimiento fue enviado a la guerra. Las damas nos acompañaron a la estación para despedirse de nosotros. Ella también fue. Daba vergüenza verla, palabra de honor. Ni siquiera para salvar las apariencias miraba a su marido. Se pegó a su teniente como el diablo a un sauce seco. Cuando ya nos habíamos sentado en los vagones y el convoy se puso en marcha, la desvergonzada se dirigió a su marido y le dijo: "¡Cuídame a Volodia, no lo olvides! Si le ocurre algo, me iré de casa, me llevaré a los niños y no volveré más".
"¿Creerás, quizá, que ese capitán era un trapo, una gallina, una alma de cántaro? De ningún modo. Era un soldado valiente. Ante las Montañas Verdes por seis veces condujo a su compañía al asalto, y de doscientos hombres le quedaron tan sólo catorce. Le hirieron dos veces y se negó a retirarse al puesto de socorro. Ya ves como era. Los soldados lo adoraban Pero ella le había mandado...¡Lienoschka le había mandado cuidar de él!
"Y el capitán de la compañía cuidaba como una niñera, como una madre, de aquel Vishniakov cobarde y holgazán, zángano sin gracia. Cuando pernoctaban bajo la lluvia y sobre el barro, lo abrigaba su propio capote. Cuando Vishniakov tenía que realizar trabajos de fortificación, iba en su lugar el capitán, mientras que el otro se quedaba tumbado en la chabola o jugaba al monte. Por la noche el capitán hacia la ronda del teniente para comprobar cuando los voluntarios turcos segaban nuestras patrullas con la misma facilidad que una campesina corta coles en el huerto. Aunque no está bien recordarlo, le digo que todos nos alegramos cuando supimos que Vishniakov había muerto de tifus en el hospital...
-¿ Y mujeres, abuelito? ¿Ha conocido usted mujeres que quisieran de verdad?
-Naturalmente, Viera. Te diré más: estoy convencido de que cada mujer es capaz de amar con extraordinario heroísmo. No olvides que la mujer besa, abraza, se entrega y ya es madre. Si ama, el amor encierra para ella el sentido pleno de la vida, el universo entero. De todos modos, no es la mujer la culpable de que el amor hay adquirido formas tan vulgares, rebajándose hasta convertirse en una comodidad del diario vivir y en una pequeña distracción. Son culpables los hombres, saciados a los veinte años, con cuerpos de pollito y almas de liebre, incapaces de sentir pasiones fuertes y de realizar actos heroicos, sin ternura y sin saber divinizar a su amor. Dicen que antes todo esto existía. Pero aunque no fuera así, ¿acaso no soñaron con ello y no lo anhelaron las mejores mentes y los corazones más sensibles de la humanidad: poetas, novelistas, músicos y pintores? Hace unos días leí la historia de Manon Lescaut y del caballero Des Grieux... ¿Creerás que lloré?... Dime la verdad, palomita, ¿acaso no sueña toda mujer, en lo más hondo de su corazón, con un amor semejante: único, magnánimo, dispuesto a todos los sacrificios, modesto y desinteresado?
-Naturalmente, naturalmente abuelito...
-Y como no existe, las mujeres se vengan. Pasarán unos treinta años... yo no lo veré, pero tú quizá lo veas, Viera. recuerda mis palabras. Dentro de unos treinta años, las mujeres alcanzarán en el mundo un poder inaudito. Vestirán como los ídolos indios. Nos pisotearán a nosotros, los hombres, como esclavos despreciables y serviles. Sus extravagantes antojos y caprichos se convertirán en abrumadoras leyes para el hombre. Y ello se deberá a que nosotros, durante generaciones enteras, no hemos sabido inclinarnos y admirarnos ante el amor. Será una venganza. Ya conoces la ley: la fuerza de la acción es igual a la de la resistencia.
Después de unos instantes de silencio, preguntó de súbito:
-Dime, Viera, si no te resulta penoso, naturalmente, qué historia es esta del telegrafista de que ha hablado hoy el príncipe Vasili. ¿Qué hay de verdad y qué pone él de su cosecha, como de costumbre?
-¿Acaso le interesa, abuelito?
-Como quieras, como quieras, Viera. Si por alguna razón te resulta desagradable...
-De ningún modo. Se lo contaré con mucho gusto.
Y habló al comandante con todo detalle de un lunático que empezó a perseguirla con su amo dos años antes de que ella se casara.
No lo ha visto ni una sola ve y no sabe cómo se llama. El sólo le ha escrito y ha firmado las cartas con las iniciales G.S.Zh. En cierta ocasión contó que era un pequeño funcionario del Estado; del telégrafo no dijo ni una palabra. Por lo visto la seguía constantemente, pues en sus cartas indicaba con gran exactitud en qué veladas ella había participado, en qué fiestas y de que modo iba vestida. Al principio sus cartas eran vulgares y apasionadas, si bien muy púdicas. Una vez ella le pidió por escrito (a propósito, abuelito: no hable de ello en casa, nadie lo sabe) que no la incomodara más con sus declaraciones amorosas. Desde entonces el desconocido no volvió a hablarle más de amor y se limitó a escribirle de tarde en tarde: por Pascua, por Año Nuevo y por el día del santo de Viera. La princesa habló también del regalo que le había hecho ese mismo día y repitió casi textualmente lo que decía la rara carta de su misterioso admirador...
-No está mal -dijo por fin el comandante- Quizá no es más que un chiflado, o un maniático, o quizá, ¿quién sabe?, por tu vida se ha cruzado un amor como el que sueñan las mujeres y como el que no son capaces de sentir ya los hombres. Un momento, ¿ves allí delante unas luces que se mueven? Seguramente son de mi coche.
Al mismo tiempo se oyó atrás el estridente silbido de un claxon. La carretera, surcada en todas direcciones por las huellas de las ruedas, se puso a brillar iluminada por la blanca luz del acetileno. Era el automóvil de Gustav Ivánovich.
-Ana, he recogido tus cosas. Siéntate -dijo- Excelencia, ¿me permite que lo lleve en el auto?
-No, querido, muchas gracias -respondió el general-. No me gusta esta máquina. No hace más que retemblar y oler mal, y comodidad no tiene ninguna. Adiós, Viera. Ahora vendré a verte con frecuencia - añadió, besándole la frente y las manos.
Se despidieron. Friesse llevó a Viera Nikoláievna hasta la puerta de su villa y luego, describiendo rápidamente un círculo, desapareció en la oscuridad en su automóvil ruidoso y jadeante.

IX

La princesa Viera subió los peldaños de la terraza y entró en su casa con el corazón oprimido. Ya de lejos oyó la recia voz de su hermano Nikolái y divisó su figura alta y seca yendo y viniendo de un ángulo a otro de la estancia Vasili Lvóvivh permanecía sentado ante una mesita de juego, e inclinando profundamente su rapada cabeza de pelo rubio trazaba figuras por encima del paño verde.
-¡Hace tiempo que insisto! -decía Nikolái, irritado, haciendo un gesto con la mano derecha como si arrojara al suelo algún peso invisible-. Exigí hace tiempo que pusiera fin a esa estúpida correspondencia. Viera aún no se había casado contigo cuando yo afirmaba que tú y ella os divertíais como niños con esas cartas, sin ver más que su aspecto grotesco... Mira, a propósito. Aquí está la propia Viera... Hablamos de tu insensato, de tu P.P. Zh. Encuentro este intercambio de correspondencia atrevido y de mal gusto.
-No ha habido ningún intercambio de correspondencia -le replicó fríamente Shein-. Sólo ha escrito él.
Viera se ruborizó al oír estas palabras y se sentó en el diván, a la sombra de una gran latania.
-Perdonad mi manera de expresarme -dijo Nikolái Nikoláievich, y arrojó al suelo, como si se lo arrancara del pecho, un pesado objeto invisible.
-N comprendo por qué dices mi P.P. Zh -replicó Viera, contenta por el apoyo del marido- Es tan mío como tuyo...
-Está bien, pido perdón otra vez. En una palabra, lo que yo quiero decir es que debe ponerse término a sus estupideces. A mi modo de ver el asunto rebasa los límites dentro de los que es posible reírse y dibujar figuras divertidas... Podéis estar seguros de que si hablo de esto y me preocupo por ello es sólo pensando en la reputación de Viera y en la tuya propia, Vasili Lvóvich.
-Por Dios, Nikolái. Me parece que exageras -repuso Shein.
-Es posible, es posible... Pero os exponéis a caer en una situación ridícula.
-No veo de qué modo - dijo el príncipe.
-Imagínate que este estúpido brazalete - Nikolái levantó un pco de la mesa el estuche rojo y al instante lo arrojó otra vez a su sitio con repugnancia -, que este monstruoso objeto se queda en casa o que lo tiramos o lo regalamos a Dasha. Entonces, primero: P.P. Zh puede vanagloriarse ante sus desconocidos o camaradas diciendo que la princesa Viera Nikoláievna Shein acepta sus regalos, y en segundo lugar, se sentirá estimulado para realizar otras hazañas. Mañana enviará un anillo d brillantes, asado mañana un collar de perlas, y cuando menos lo esperes te lo encontrarás en el banquillo de los acusados por desfalco o falsificación, y los príncipes Shein serán llamados en calidad de testigos... ¡Magnífica situación!
-¡No, no! ¡El brazalete hay que devolverlo! -exclamó Vasili.
-Yo creo lo mismo -dijo Viera-; y cuanto antes, mejor. ¿Pero cómo podremos enviarlo? No sabemos cuál es su nombre ni su apellido, ni conocemos su dirección.
-¡Oh, esto no tiene ninguna importancia! - replicó desdeñosamente Nikolái Nikoláievich - Conocemos las iniciales P.P. Zh... ¿No es así, Viera?
-G. S. Zh.
-Estupendo. Sabemos, además, que es funcionario. estos datos bastan. Mañana consultaré la guía oficial de la ciudad y buscaré el nombre de un funcionario o de un empleado condichas iniciales. Si por algún motivo no lo encuentro, llamaré a un agente de la policía secreta y le mandaré que lo busque. Si hay dificultad haré uso de este papel con su autógrafo. En una palabra, mañana a las dos de la tarde sabré con exactitud la dirección y el nombre de este valiente, e incluso a qué horas suele estar e su casa. No bien lo sepa, mañana mismo, le devolveremos su tesoro y tomaremos medidas a fin de que nunca más vuelva a recordarnos su existencia.
-¿Qué piensas hacer? - preguntó el príncipe Vasili.
-¿Qué? Visitaré al gobernador y le pediré...
-No, de ningún modo debes dirigirte al gobernador. Ya sabes cuáles son nuestras relaciones...En este caso sí correríamos el peligro de ponernos en ridículo.
-No importa. Veré al coronel de los gendarmes. Somos amigos del club. Que llame a este Romeo y que le amenace con el dedo ante la nariz. ¿Sabes cómo lo hace? Pone el dedo frente a la nariz del individuo y lo agita sin hacer el menor movimiento con la mano, mientras exclama: "¿Esto , señor, no lo to-le-ra-ré!"
-¡Uf! ¡Por los gendarmes! - exclamó Viera frunciendo el ceño.
-Tiene razón Viera - añadió el príncipe - Es mejor no mezclar a ningún extraño en este asunto. Empezarán a correr rumores, chismorreos... Conocemos todos muy bien nuestra ciudad. Vivimos todos como en campanas de cristal... Lo mejor será que vaya yo mismo a ver a ese... joven... aunque Dios sabe si no tiene ya sesenta años... Le devuelvo el brazalete y le suelto una buena reprimenda...
-En este caso yo iré contigo - dijo Nikolái Nikoláievich, interrumpiéndole-. Tú eres demasiado benévolo. Déjame que le hable yo... Ahora, amigos míos, perdonadme si me retiro - sacó el reloj de bolsillo y miró la hora-. Apenas me sostengo y aún he de estudiar dos expedientes.
-No sé por qué empiezo a sentir lástima por este desgraciado -dijo Viera, indecisa.
-¡No hay que sentir la mejor lástima por él! - replicó vivamente Nikolái, deteniéndose en el umbral de la puerta-. Si se hubiera permitido esta extravagancia del brazalete y la carta una persona de nuestro círculo, el príncipe Vasili le retaría. Y si no lo hiciera él, lo haría yo. En otros tiempos, simplemente habría dado orden de llevarlo a la cuadra y azotarlo. Mañana, Vasili Lvóvich, espérame en la oficina. Te llamaré por teléfono.

X

La sucia escalera olía a ratones, a gatos, a petróleo y a lavadero. Antes de alcanzar el sexto piso, el príncipe Vasili Lvóvich se detuvo.
_Espera un poco - dijo a su cuñado -. Déjame que recobre un poco el aliento. Mejor habría sido no dar este paso, Nikolái...
Subieron dos peldaños más. En el rellano de la escalera, la oscuridad era tanta, que Nikolái Nikoláievich tuvo que encender cerillas por dos veces antes de que pudieran distinguir los números de los pisos.
A su llamada abrió la puerta una mujer gruesa, de pelo blanco, ojos grises con gafas y el cuerpo algo inclinado hacia adelante, por lo visto a consecuencia de alguna enfermedad.
-¿Está en casa el señor Zheltkov? - preguntó Nikolái Nikoláievich.
La mujer miró inquieta a los dos hombres, cuyo porte distinguido debió tranquilizarla.
-Está en casa, entren, tengan la bondad - respondió, dejando el paso libre-. Llamen a la primera puerta a la izquierda.
Bulat-Tuganovski dio tres golpes breves y decididos. En el interior se oyó ruido. Volvió a llamar.
-Adelante - respondió una voz débil-.
La habitación era muy baja de techo, más amplia y larga, casi cuadrangular. Dos ventanas redondas, semejantes a los ventanillos de los barcos, le daban escasa luz. Todo el aspecto de la habitación recordaba al camarote de un barco mercante. A lo largo de una pared se veía una cama estrecha; a lo largo de otra, un diván grande y ancho, cubierto por un magnífico tapiz turkmeno muy derrotado, y en el centro, una mesa con un mantel de colorines ucraniano.
Al principio, la cara del inquilino no se distinguía: estaba de espalda a la luz y se frotaba las manos, perplejo. Era alto, delgado, y tenía los cabellos largos, lanosos y suaves.
-Si no me equivoco, usted es el señor Zheltkov, ¿verdad? -preguntó arrogante Nikolái Nikoláievich.
-Zheltkov, servidor de ustedes.
Dio unos pasos con la mano tendida hacia Tuganovski, pero en el mismo instante, sin hacer el menor caso de la mano que le ofrecía, Nikólai Nikoláievich se volció con toda naturalidad hacia Shein.
-Ya te decía que no nos equivocábamos.
Los dedos afilados y nerviosos de Zheltkov se deslizaron por la solapa de su corta chaqueta marrón, abrochando y desabrochando los botones. Por fin llegó a decir con dificultad, señalando el diván e inclinándose torpemente:
-Tengan la bondad, siéntense.
Ahora podían verlo bien: era pálido, tenía un dulce rostro de doncella, ojos azules y un tenaz mentón infantil con un hoyito en el centro. Su edad oscilaría entre los treinta y los treinta y cinco años.
-Muchas gracias - le respondió sencillamente el príncipe Shein, mirándolo con suma atención.
-Merci -respondió brevemente Nikolái Nikoláievich, y ambos permanecieron de pie-. Sólo le entretendremos unos breves minutos. Este señor es el príncipe Vasili Lvóvich Shein, presidente de la Junta provincial de na nobleza. Mi apellido es Mirá-Bulat Tuganovski. So el fiscal. el asunto del que tendremos el honor de hablar con usted, nos afecta por igual al príncipe y a mí, mejor dicho : a la esposa del príncipe y a mi hermana.
Zheltkov, completamente desconcertado, se dejó caer en el diván y balbuceó, sin color en los labios: "Tengan la bondad de sentarse, señores", pero recordó probablemente que ya había propuesto lo mismo antes sin éxito alguno y se levantó, se acercó a la ventana pasándose la mano por los cabellos y volvió a su lugar anterior. De nuevo sus temblorosos dedos tiraron de los botones, de los rubios bigotes y se elevaron hasta su rostro sin necesidad alguna.
-Me tiene a sus órdenes, Excelencia -dijo con sorda voz, mirando a Vasili Lvóvich con ojos suplicantes.
Pero Shein calló. Hizo uso de la palabra Nikolái Nikoláievich.
-En primer lugar, permítame que le devuelva el objeto -dijo Nikolái Nikoláievich, sacando del bolsillo el estuche rojo y poniéndolo cuidadosamente sobre la mesa - Naturalmente, hace honor a su buen gusto, pero le rogamos con insistencia que tales sorpresas no vuelvan a repetirse.
-Perdonen... Sé que he obrado mal - balbuceó Zheltkov, mirando al suelo y ruborizándose-. ¿Me permiten, quizá, que les ofrezca una tasa de té?
-Estoy muy contento, señor Zheltkov, de que sea usted una persona honrada - prosiguió Nikolái Nikoláievich, como si no hubiera oído las últimas palabras de su interlocutor-, un caballero a quien media la palabra le basta. Me figuro que nos pondremos de acuerdo en seguida. Si no me equivoco, usted persigue a la princesa Viera Nikoláievna hace ya unos siete u ocho años, ¿no es así?
-Sí - respondió Zheltkov con voz débil y bajando la vista respetuosamente.
-Hasta ahora no hemos tomado contra usted ninguna medida, aunque esto, confiéselo usted, no sólo era posible, sino que habría sido necesario. ¿No es verdad?
-Sí.
-Así es. Pero su última acción, es decir, el envío de este brazalete de granates, rebasa los límites de nuestra paciencia. ¿Lo comprende? Se termina. No he de negarle que nuestra primera intención fue recabar el concurso de las autoridades, pero no lo hemos hecho y me alegro mucho de ello, pues he adivinado en seguida, repito, que es usted una persona honrada.
-Perdone. ¿Qué ha dicho usted? -preguntó de pronto vivamente Zheltkov, y se echó a reír-. ¿Pensaban ustedes recurrir a las autoridades?... ¿Es esto lo que ha dicho usted?
Metió las manos en los bolsillos, se sentó cómodamente en un extremo del diván, sacó la pitillera y una caja de cerillas y encendió un cigarrillo.
-¿Han dicho ustedes que pensaban recurrir a las autoridades... ¿Me perdona, príncipe, que esté sentado? - Pronunció estas palabras dirigiéndose al príncipe - ¿Qué más?
-Vasili Lvóvich acercó una silla a la mesa y se sentó. Sorprendido e interesado, no dejaba de observar atentamente y con seria curiosidad el rostro de aquel extraño individuo.
-Comprenda usted, amigo mío, que siempre podemos emplear esta medida -prosiguió Nikoái Nikoláievich con cierta insolencia-. Meterse en la vida de otra familia.
-Perdone si le interrumpo...
-Perdón, no; ahora le interrumpo yo... -repuso casi gritando el fiscal.
-Como guste. Hable. Le escucho. Pero h ede decir unas palabras al príncipe Vasili Lvóvich. - Y sin volver a prestar atención a Tuganovskik dijo: -Ha llegado el momento más doloroso de mi existencia. Y he de de hablar con usted, príncipe, haciendo caso omiso de los formalismos... ¿Me escuchará?
-Le escucho -respondió Shein - Pero, Nikolái, cállate un poco - dijo impaciente, al observar el airado gesto de Tuganovski-. Hable.
-Durante varios segundos Zheltkov respiró con la boca abierta, como si le faltara aire, y se puso a hablar de súbito, como si le hubieran dado cuerda. Hablaba con las mandíbulas. Tenía los labios blancos e inmóviles, como los de un cadáver.
-Me es difícil pronunciar unas palabras... para decir... que amo a su esposa. Pero siete años de amor respetuoso sin esperanza me dan derecho a ello. Estoy de acuerdo en que al principio, cuando Viera Nikoláievna todavía era una señorita, le escribía cartas estúpidas e incluso esperaba que me respondiera. Estoy también de acuerdo en que mi última acción, es decir, el envío del brazalete, ha sido una tontería mayor aún. Pero... le miro a usted francamente a los ojos y siento que usted me comprende. Sé que nunca tendré fuerzas para olvidarla... Dígame, príncipe... aunque esto sea desagradable para usted... dígame: ¿qué haría usted para arrancar de mí este sentimiento? ¿Enviarme a otra ciudad, como ha dicho Nikolái Nikoláievich? Lo mismo da. Allí seguiría amando a Viera Nikoláievna como aquí. ¿Encerrarme en la cárcel? Pero también desde la cárcel encontraría la manera de recordarle que existo. No queda más que una solución: la muerte... Si usted quiere, estoy dispuesto a morir de la manera que sea.
- En vez de resolver la cuestión, estamos participando en una escena de melodrama barato -dijo Nikolái Nikiláievich, poniéndose el sombrero-. El asunto es simple: se le ofrecen a usted dos posibilidades: o cesa por completo de perseguir a la princesa Viera Nikoláievna o, si no accede a ello, tomaremos las medidas que están a nuestro alcance, teniendo en cuenta nuestra posición, nuestras relaciones, etcétera.
Pero Zheltkov ni siquiera le miró, aunque oyó perfectamente sus palabras. Dirigiéndose al príncipe Vasili Lvóvich, preguntó:
-¿Me permite ausentarme diez minutos? No les oculto que iré a hablar por teléfono con la princesa Viera Nikoláievna. Les aseguro a ustedes que les referiré todo cuanto quepa referir.
-Vaya -respondió Shein.
Cuando Vasili Lvóvich y Tuganovski se quedaron solos, Nikólai Nikoláievich arremetió en seguida contra su cuñado.
- Así es imposible -gritó, haciendo como si arrojara al suelo algún invisible objeto que sacara del pecho-. Así es absolutamente imposible. Ya te advertí que la parte práctica de la conversación corría por mi cuenta. Pero tú te has apocado y le has permitido extenderse acerca de sus sentimientos. Yo lo habría resuelto todo en dos palabras.
_Espera -repuso el príncipe Vasili Lvóvich-. Ahora mismo se aclarará todo. Lo importante es que he visto su cara y me doy cuenta de que este individuo es incapaz de engañar y mentir a sabiendas. Y es verdad, Nikolái; piénsalo.¿Acaso es culpable de amar y cabe dirigir un sentimiento como el del amor? Este es un sentimiento que no ha encontrado aún quien lo explique. -Después de meditar unos instantes, el príncipe añadió: -Este4 hombre me da pena. No se trata sólo de que me dé pena. Presiento que me hallo frente a una gran tragedia anímica y que en este caso no puedo hacer el payaso.
-Esto es decadentismo -exclamó Nikolái Nikoláievich

A los diez minutos, Zheltkov volvió. Tenía los ojos hundidos, como repletos de lágrimas sin verter. Estaba claro que había perdido la noción de la cortesía y de quién debía sentarse y dónde, y se olvidaba de conducirse como un caballero. También esto lo comprendió el príncipe Shein, con sensibilidad impresionable y nerviosa.
- Estoy dispuesto -dijo-. No volverán a oír nada de mí. Es como si para ustedes hubiera muerto. Pero quisiera hacerle un último ruego. Se lo digo a usted, príncipe. He sustraído dinero del Estado y no tendré más remedio que huir de esta ciudad. ¿Me permite escribir otra carta, la última, a la princesa Viera Nikoláievna?
- Está bien, escriba -dijo Shein.
- Nada más -contestó sonriendo altivamente Zheltkov-. Nada volverán a oír de mí ni volverán a verme nunca, claro está. La princesa Viera Nikoláievna no quería hablar conmigo de ningún modo. Cunado le he preguntado si podía quedarme en la ciudad para verla de vez en cuando, naturalmente, sin que ella se diera cuenta, me ha respondido: "¡Si supiera cuán harta estoy de esta historia! Por favor, termínela cuanto antes". Pues bien, pongo fin a esta historia. He hecho cuanto de mí se pedía, ¿no es así?
Al atardecer, ya en la villa, Vasili Lvóvich relató a su esposa con gran exactitud la entrevista que habían tenido con Zheltkov, sin omitir los detalles. era como si se sintiera obligado a hacerlo así.
Viera, aunque estaba inquieta, no se sorprendió ni se sintió desconcertada. Por la noche, cuando su marido se acostó, ella le dijo de pronto, volviéndose hacia la pared:
-Déjame, sé que este hombre va a suicidarse.

XI

La princesa Viera Nikoláievna no leía nunca los periódicos, porque, en primer lugar, la ensuciaban las manos, y en segundo lugar no llegaba a entender la lengua en que ahora se escribe.
Pero el destino hizo que abriera uno y que sus ojos se fijaran precisamente en la columnita que contenía la siguiente nota:
"Muerte misteriosa. Ayer, a eso de las siete de la tarde, se suicidó el funcionario de Hacienda G.S. Zheltkov. A juzgar por los datos de la encuesta abierta por el juzgado, el suicida tomó la fatal resolución por haber dilapidado fondos del Estado. Así por lo menos indica en su carta. Dado que, según las declaraciones de los testigos, se ha llegado a la conclusión de que el suicida ha obrado por voluntad propia, se ha resuelto no enviar el cadáver a la sala de disecciones anatómicas."
Viera se quedó pensativa.
"¿Por qué lo había presentido? ¿Por qué había intuido precisamente este fin trágico? Y de qué se trataba: ¿de amor o de una locura?"
Estuvo todo el día paseando por el jardín y por el huerto de frutales. La zozobra que sentía crecer en su interior por minutos le impedía permanecer sentada. Todos sus pensamientos se hallaban encadenados a aquel hombre desconocido a quien nunca había visto y a quien ya no vería probablemente nunca, a aquel ridículo G.S. Zh.
"¿Quién sabe? Quizá se ha cruzado en tu vida el amor auténtico, abnegado, verdadero, recordó que le había dicho Anósov.
A las seis de la tarde llegó el cartero. Esta vez Viera Nikoláievna reconoció la letra de Zheltkov y rasgó el sobre con ternura inesperada para ella misma.
Zheltkov había escrito lo siguiente:
"No tengo la culpa, Viera Nikoláievna, de que a Dios le pareciera conveniente enviarme una felicitad tan grande como es quererla a usted. Las cosas han ocurrido de tal modo, que en la vida no me interesa nada; ni la política, ni la ciencia, ni la filosofía, ni las preocupaciones por el futuro y la felicidad de los hombres; para mí, la vida entera está concentrada en usted. Ahora objeto molesto. Si puede, perdóneme por ello. Hoy saldo de viaje y no regresaré nunca. Nada le recordará mi persona.
"Siento hacia usted infinito agradecimiento por el mero hecho de que existe. Me he sometido a prueba. No se trata de una enfermedad ni de ninguna idea maniática. Lo que siento es amor con el que la Providencia ha tenido a bien premiarme.
"No importa que a los ojos de usted y a los de su hermano Nikolái Nikoláievich sea ridículo. AL partir, exclamo entusiasmado: Santificado sea Tu nombre.
"Hace ocho años la vi a usted en un palco del circo y me dije desde el primer momento: la amo, porque no hay en el mundo nada que se le asemeje, no ha nada mejor: ni fieras, ni plantas, ni estrellas. Ni hay persona alguna más encantadora ni más dulce que usted. Es como si en usted hubiera hallado su encarnación la belleza toda de la tierra...
"¿Que debía hacer? ¿Huir a otra ciudad? De todos modos mi corazón habría estado siempre al lado de usted, a sus pies; todos los instantes del día habrían estado ocupados por la imagen de usted, con pensamientos y sueños acerca de usted... con un dulce desvarío. Me avergüenzo mucho y me ruborizo mentalmente al pensar en el estúpido brazalete; ¿qué quiere usted? Ha sido un error. Me imagino la impresión que habrá causado a sus invitados.
"Dentro de diez minutos salgo de viaje. Sólo me queda tiempo de pegar un sello en el sobre y echar la carta al buzón. Así no tendré que confiarla a nadie más. Esta carta quémela. Yo mismo acabo de encender la estufa y quemo lo más preciado de cuanto tenía; un pañuelito que le robé a usted, se lo confieso. Lo había usted olvidado en una silla durante el baile de una fiesta benéfica. He quemado su billetito -¡cómo lo he besado!- por el que me prohibió que le escribiera. El programa de una exposición de pinturas. Usted lo había tenido en sus manos y lo olvidó luego en una silla, al salir... Se ha terminado. He cortado todos los hilos, pero, a pesar de todo, creo que usted se acordará de mí, casi estoy seguro de ello. Si es así, entonces... Sé que usted es muy aficionada a la música, la he visto sobre todo en los cuartetos de Beethoven; pues bien, si se acuerda de mí toque o mande toca la sonata D-dur N.º 2, op.2.
"No sé cómo terminar esta carta. Con toda el alma le doy las gracias por haber constituido usted mi única alegría en la vida, mi único consuelo, mi único pensamiento. Que Dios le conceda mucha felicidad y que las pequeñeces de esta vida no inquieten su alma encantadora. Le besa la mano.
G.S.Zh."
Se acercó a su marido, con los ojos irritados por el llanto y con los labios hinchados. Le enseñó la carta y le dijo:
-No quiero ocultarte nada, pero siento que en nuestra vida se ha mezclado algo espantoso. Probablemente habéis cometido alguna imprudencia tú y Nikolái Nikoláievich.
El príncipe Shein leyó atentamente la carta, luego la dobló con mucho cuidado y, después de guardar silencio largo rato, dijo:
-No dudo de la sinceridad de este individuo. Es más: no me atrevo a escrutar sus sentimientos por ti.
-¿Ha muerto?
-Sí, ha muerto. Creo que él te quería y que no estaba loco. No dejé de observarlo un solo instante, y me di cuenta de todos sus movimientos, de todos los cambios que se produjeron en su cara. Para él la vida no existía sin ti. Tuve la impresión de hallarme ante un sufrimiento enorme, del que la gente muere, y casi comprendí que tenía delante una persona muerta. ¿Me comprendes, Viera? Yo no sabía de qué manera comportarme ni qué hacer...
_Escucha, Vasili -le dijo Viera Nikoláievna interrumpiéndole-. ¿No te sabrá mal que vaya a la ciudad y lo vea?
-No, no, Viera; vete. Yo mismo iría, pero Nikolái me ha puesto en situación difícil. Temo que me sentiría cohibido.

XII

Viera Nikoláievna hizo detener su coche dos calles antes de llegar a la Luterana. No le fue difícil hallar el piso de Zheltkov. Le abrió la puerta una mujer vieja, de ojos grises, muy gruesa, que llevaba gafas con montura de plata, y le preguntó, cómo había preguntado el día anterior:
-¿A quién desea ver?
-Al señor Zheltkov - respondió la princesa.
Probablemente el vestido de Viera Nikoláievna, el sombrero, los guantes y un tono levemente imperioso produjeron gran impresión sobre la dueña de la casa. Empezó a dar explicaciones.
-Pase, haga el favor. Por la primera puerta, a la izquierda. Ahora, allí... Se nos ha marchado tan pronto... Bueno, supongamos que hubiera hecho un desfalco. Podía habérmelo dicho. Ya sabe usted que no es mucho el capital que se gana cuando se alquilan habitaciones a los solteros. Pero seiscientos o setecientos rublos los habría podido encontrar y los habría entregado por él. ¿Si supiera usted, señora, qué persona más excelente era! Lo he tenido ocho años de inquilino y lo quería como si fuera mi propio hijo.
Allí mismo, en el recibidor, había una silla, y Viera se dejó caer en ella.
-Soy una amiga de su difunto inquilino -dijo, eligiendo con cuidado las palabras-. Cuénteme algo de los últimos minutos de su vida, de lo que hizo y de lo que dijo.
-Vinieron dos señores y estuvieron hablando mucho rato. El dijo luego que le ofrecían un puesto de intendente. Después el señor Ezhi se fue corriendo hasta el teléfono y volvió muy contento. Después estos señores se marcharon, y él se sentó y se puso a escribir una carta. Luego se fue a echar la carta al buzón, y después oímos como un disparo de un revólver de juguete. No le dimos la menor importancia. A las siete de la tarde siempre tomaba el té. Lukeria, la criada, se acerca y llama a la puerta. El no contesta. Lukeria vuelve a llamar otra vez y otra. Tuvimos que forzar la puerta. Ya estaba muerto.
-Cuénteme algo acerca del brazalete -ordenó Viera Nikoláievna.
-¡Ah, sí,sí! ¡El brazalete! Lo había olvidado. ¿Como lo sabe usted? Antes de escribir la carta vino a mi habitación y me preguntó: "¿Es usted católica?" le respondí: "Soy católica". Entonces él añadió: "Ustedes tienen una costumbre muy agradable (así lo dijo: una costumbre muy agradable), y es engalanar la imagen de la Madre del Señor con anillos, collares y regalos. Voy a rogarle una cosa: ¿puede colgar este brazalete en un ícono?" Le prometí hacerlo.
-¡Me deja pasar a verle? - preguntó Viera
-Pase, pase, señora. Su puerta es la primera a la izquierda. Hoy querían llevarlo a la sala de disecciones anatómicas, pero tiene un hermano que ha hecho gestiones para que que puedan enterrarlo cristianamente. Pase, haga el favor.
Viera reunió todas sus fuerzas y abrió la puerta. La habitación olía a incienso. Ardían tres cirios. Zheltkov yacía sobre una mesa en el centro d ela habitación. Tenía la cabeza muy baja, como si adrede le hubieran puesto una almohada pequeña y blanda, pues al cadáver ya le daba lo mismo. Sus ojos cerrados tenían aspecto de profunda nobleza. Los labios le sonreían beatífica y apaciblemente., como si antes de despedirse de la vida hubiera conocido algún misterio profundo y dulce, solución para todos los problemas de su vida humana. Viera recordó que la misma sosegada expresión había observado en las máscaras de dos grandes sacrificados: Pushkin y Napoleón.
-Si usted lo manda, señora, saldré - dijo la vieja mujer, y en su voz se notó un acento de suma intimidad.
-Está bien, luego la llamaré -respondió Viera.
Del bolsillo lateral de la chaqueta sacó inmediatamente una gran rosa roja, levantó un poco la cabeza del cadáver, con la mano izquierda, y con la derecha le puso la flor bajo el cuello. En aquel instante comprendió que el amor con que toda mujer sueña acababa de pasar ante ella. Recordó las palabras del general Anósov acerca del amor excepcional y eterno, palabras casi proféticas. Separando los cabellos del muerto le apretó con fuerza las sienes y lo besó con largo y amistoso ósculo en la fría y húmeda frente.
Cuando salió, la dueña de la casa le dijo, aduladora y con un fuerte acento polaco:
-Ya veo, señora, que usted no es como las demás, que vienen sólo por curiosidad. El difunto señor Zheltkov, antes de morir, me dijo: "Si acaso muriera y viniera a verme una dama, dígale que la mejor obra de Beethoven es..." Incluso me lo describió. Mire...
-Muéstremelo -dijo Viera Nikoláievna, sin poder contener las lágrimas-. Perdóneme, esta impresión de la muerte es tan dolorosa, que no puedo dominarme.
Y leyó de nuevo las palabras, escritas con la letra que tan bien conocía: "L. von Beethoven. Son. N.º 2, op. 2. Largo apassionato."

XIII

Viera Nikoláievna regresó a su casa bastante tarde y se alegró de que no estuviera ni su marido ni su hermano.
En cambio la estaba esperando la pianista Jenny Reiter. Viera, emocionada por lo que había visto y oído, se le arrojó a los brazos y, besándole las grandes y hermosas manos, le dijo:
-Jenny, querida, te lo ruego: toca algo para mí - y salió en seguida al jardín, donde se sentó en un banco.
Ni un instante dudó de que Jenny tocaría el pasaje de la segunda sonata pedido por la persona muerta que llevaba el raro apellido de Zheltkov.
Así fue. Viera reconoció desde los primeros acordes esa obra excepcional, única. Parció que su alma se desdoblaba. Viera pensaba al mismo tiempo que ante ella había pasado un gran amor, un amor que se da tan sólo una vez en la vida cada mil años. Recordó las palabras de Anósov y se preguntó por qué ese hombre
la había obligado a escuchar precisamente esa obra de Beethoven, incluso contra su propio deseo. En su mente cobraron forma los pensamientos y coincidieron hasta tal punto con la música, que constituían una especie de tonadilla que terminaba con las palabras: Santificado sea el Tu nombre.
"Ahora os mostraré en dulces sones la vida que sumisa y alegremente, se condenó al martirio, al sufrimiento y a la muerte. No sé lo que son quejas ni reproches, ni lo que es la mordedura del amor propio. Ante ti rezo siempre la misma oración: Santificado sea el Tu nombre.
"Preveo sufrimientos, sangre y muerte. Pienso que es difícil la separación de cuerpo y alma, pero es magnífica la alabanza que a ti elevo, apasionada alabanza y sosegado amo. Santificado sea el Tu nombre.
"Evoco cada uno de tus pasos, tu sonrisa, tu mirada, el ruido que hacías al andar. Mis últimos recuerdos están envueltos por dulce tristeza, por sosegada y magnífica tristeza. Pero no te causo pena alguna. Me voy solo, silencioso, como Dios y el destino han tenido a bien disponer. Santificado sea el Tu nombre."
"En la melancólica hora postrera, sólo a ti elevo mis rezos. La vida habría podido ser más hermosa para mí No te lamentes, pobre corazón, no te lamentes. Con mi alma llamo a la muerte, pero el corazón me rebosa de alabanzas hacia ti. Santificado sea el Tu nombre."
"Ni tú ni las personas que te han rodeado no sabéis cuán excelsa eres. El reloj da las horas. Ha llegado la mía. Y al morir, en el penoso instante de despedirme de la vida, canto, a pesar de todo: gloria a Ti."
"Ya viene la muerte, que lo apacigua todo, y yo canto: gloria a Ti..."
La princesa Viera se abrazó a un tronco de acacia, se apretó contra él y lloró. El árbol se mecía suavemente. Sopló una dulce brisa y, como si tuviera compasión por ella, puso un susurro en las hojas. Se notó más viva la fragancia de las estrellas del tabaco... Entretanto, la sorprendente música,como si se subordinara a su pena, continuaba:
"Sosiégate, mi querida, sosiégate, sosiégate. ¿Me recuerdas? ¿Recuerdas? Tú has sido mi único y último amor. Sosiégate, estoy contigo. Piensa en mí y yo estaré contigo, pues nosotros nos hemos amado. Nos hemos querido sólo un instante, mas ha sido para todos los siglos de los siglos. ¿Me recuerdas? ¿Recuerdas? ¿Recuerdas? Noto tus lágrimas. Sosiégate. Mi sueño es tan dulce, tan dulce, tan dulce."
Cuando acabó de tocar, Jenny Reiter salió de la estancia y vio a la princesa Viera sentada en un banco, bañada en lágrimas.
-¿Qué te pasa? -preguntó la pianista.
Viera, con los ojos relucientes, inquieta y emocionada, se puso a besarle la cara, los labios, los ojos, y dijo:
-Nada, nada. Ahora ha me ha perdonado. Me siento bien.

1911.